Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo

 

VIGÉSIMO DOMINGO DURANTE EL AÑO,

Ciclo “C”

17-18 de agosto 2013

 

 

 

Cristo del Gran poder

[Museo de Cataluña]

Introducción

 

El amor auténtico arde y quema sin jamás consumirse como en la zarza ardiendo de Moisés. Jesús, en su Condescendencia, con su Pascua, nos ha traído ese Fuego inextinguible, logrando así que no se apague la última chispa de Vida. El mal muerde, hiere y mata, y muchísimas veces degenera en pasiva resignación, en mediocridad y en apatía. Los horizontes se achican cada vez más, muere la esperanza. De estos males terribles ha venido a liberarnos Jesús. Al abismo gélido del pecado ha contrapuesto la inmensa calidez de su amor, amor que es como un bautismo de fuego que lo conduce a beber hasta el fondo el cáliz de la Vida que vence todo odio, todo pecado, toda división, toda muerte. El mensaje proclamado y vivido por Jesús, es fuego puro. Quien se acerca a Jesús no puede evitar quemarse, arder con ese fuego inextinguible. No caben las medias tintas; subir con Jesús a Jerusalén supone recibir un doble bautismo: el de beber hasta el fondo el cáliz de la Pasión y el del Espíritu Santo en Pentecostés; ¡para recibir el segundo hay que beber el cáliz de la Cruz!

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

1ª lectura: Jeremías 38,4-10

 

1.1.- La primera lectura nos presenta un momento dramático del difícil ministerio profético de Jeremías. Jerusalén está siendo asediada por el ejército de Nabucodonosor,  rey de Babilonia. En la ciudad escasean los bienes de primera necesidad, se intenta de resistir a ultranza, esperando una intervención divina, como la ocurrida en tiempos de Isaías, un siglo antes. Ante semejante  situación Jeremías, que ya ha sido detenido a causa de sus persistentes anuncios de ruina: Así habla el Señor: “El que permanezca en esta ciudad morirá por la espada, el hambre y la peste; el que se rinda a los caldeos [e. d. babilonios] vivirá y su vida será para él un botín: sí, él quedará con vida” (Jr 38,2).

Este es uno de los anuncios fundamentales de Jeremías, si bien no él único,  tanto antes como después de la caída de Jerusalén: Babilonia es un mero instrumento de la ira de Dios contra Israel; por eso mismo es importante no oponer resistencia, ya que sólo se logrará empeorar la situación.

 

1.2.- Jeremías ejerció su ministerio profético en el momento histórico en el que los enemigos debían prevalecer, con la finalidad de dar testimonio que aun en semejante adversidad la historia es conducida por el Señor YHVH. De lo contrario, ante la derrota, Israel necesariamente habría sacado la equivocada conclusión de que el Señor-Dios lo había abandonado, o, cosa peor todavía, que YHVH había sido vencido por los dioses babilonios. Jeremías es puesto como figura contradictoria para mostrar que cuanto ocurre es por voluntad de Dios.

 

1.3.- Se trata de una misión harto ingrata, y el episodio de la cisterna es clara ilustración de ello. Los dirigentes de Israel le piden al rey Sedecías la muerte del profeta, están súper seguros de conocer en que estriba el “bienestar” (el shalom) del pueblo. Ni se plantean en averiguar cuál sea el plan de Dios, lo saben de entrada: resistir como lo había dicho Isaías un siglo antes. Se olvidan de lo que desde la perspectiva del Nuevo Testamento llamamos “los signos de los tiempos”.  En nombre de su propia visión, acríticamente asumida, tenida por la de Dios, rechazan el momento actual del plan de Dios. Para ellos, dueños de una confianza ciega en que es imposible la caída de la dinastía  davídica y seguros de la perennidad del Templo, les resulta fácil ver en las palabras de Jeremías una ofensa a la confianza en la Palabra de Dios. Eso hace que Jeremías se encuentre en el centro de la tormenta, tanto que llega a definirse a sí mismo como un hombre discutido y controvertido por todo el país, puntualizando: Yo no di ni recibí nada prestado, y sin embargo todos me maldicen  (Jr 15,10). Asistimos aquí a una paradoja, que será también la de Jesús en el Evangelio: no he venido a traer la paz sino la guerra… El Salmo Responsorial 39(40) corresponde a la oración de Jeremías después de su liberación.

 

 

Salmo 39(40),2-4. 18

 

2.1.- El estribillo sálmico elegido para interiorizar la Palabra, en la versión del Leccionario dice así: ¡Señor, ven pronto a socorrerme!, forma parte de la “Invocación inicial” que la Liturgia pone en nuestros labios al iniciar las diversas Horas: ¡Dios mío, ven en mi auxilio, Señor, date prisa en socorrerme! (Salmo 39(40)14,  y Salmo 69(70),2). Esta invocación tiene larga prosapia en el “método” de la Oración Continua, tal como lo testimonia la siguiente cita de las Conferencias sobre la Oración de Abba Isaac, que nos han sido transmitidas por Casiano:

 

2.2.- “Si ustedes quieren que el pensamiento de Dios habite sin cesar en ustedes, deben proponer continuamente a su mirada interior esta fórmula de devoción: Ven, oh Dios, en mi ayuda, apresúrate, Señor, a socorrerme -. No sin razón ha sido preferido este versículo entre todos los de la Escritura. Contiene en sí todos los sentimientos que puede tener la naturaleza humana. Se adapta felizmente a todos los estados, y ayuda a mantenerse firme ante las tentaciones que nos asaltan.

En efecto, entraña la invocación hecha a Dios para sortear los peligros, la humildad de una sincera confesión, la vigilancia de un alma siempre alerta y penetrada de un temor perseverante, la consideración de nuestra fragilidad. Hace brotar asimismo la esperanza consoladora de ser escuchados y una fe ciega en la bondad divina, siempre pronta a socorrernos. Quien recurre sin cesar a su protector, adquiere la seguridad de que le asiste a todas horas. Viene a ser como la voz del amor urgente, de la caridad acendrada; es como la exclamación del alma cuya mirada se posa temerosa sobre las asechanzas que la rodean, que tiembla frente a los enemigos que la asedian día y noche, y de quienes sabe que no puede librarse sin el auxilio de aquel que invoca”[1].

 

 

Segunda Lectura: Hebreos 12,1-4

 

3.1.- La disposición de estos versículos es cuidadosa, como ocurre frecuentemente en la carta. En el centro de estas líneas, Jesús… Nosotros no estamos solos, estamos rodeados. Rodeados por esa inmensa muchedumbre de testigos que nos han alentado en cuanto a la “manera” de la fe, y esta presencia es de más peso que las ocasiones de pecar, o las cargas que nos rodean (por pecado entendemos la vuelta atrás, lejos del seguimiento de Cristo). Nuestra vida es una lucha, por la cual nuestra fe adquiere el nombre deresistencia, es de eso que tenemos necesidad (Cf. Hb 10,36).

3.2.-Resistencia que consiste en tener la mirada fija en Jesús, en quien encontramos un poderoso aliento; tener nuestra mirada en Jesús es también ver lo invisible, es decir, apoyarse en la convicción en las que nos introduce toda la parte doctrinal de la carta; Jesús como sumo sacerdote, liturgo de nuestra salvación. Aquí Jesús es mencionado en relación con la fe, del cual se dice que es su autor y perfeccionador. Principio y final; Jesús abre el camino de la fe, y él lo recorre hasta su conclusión; en la vida de Jesús, la fe empieza y alcanza su plena madurez. La fe articulada con la esperanza, que a veces recibe el nombre de resistencia, es el régimen de nuestra vida, y es el de la vida de Cristo. Estamos invitados a vivir de la fe de Cristo, y esto es posible porque es él quien comienza y quien acaba. Esta es la relación entre nuestra vida para nosotros y su vida para él, es una misma fe, la suya, la que les proporciona su “manera” y les permite vivir las luchas y las pruebas en que ellas consisten.

3.3.-La perícopa termina con Cristo sentado a la derecha de Dios; nuevamente cita del Salmo 110(109), que como sabemos, es el signo de la victoria adquirida. Adquirida por el movimiento (desde su entrada en el mundo hasta su sentarse a la derecha de Dios), o el acto (su oficio de sumo sacerdote en la alianza nueva) de la vida de Jesús; la indicación nueva aquí es que, en esta vida, alegría vergüenza están mezcladas. Jesús no reivindicó la “alegría” (de una victoria radiante y maravillosa), sino que no se avergonzó (de la cruz), obteniendo así una victoria real y definitiva. Al decir esto de Cristo, la carta ayuda a aquellos a los que se dirige a hacer frente a esa prueba a esa prueba del deshonor social con las que se enfrentan los cristianos. Poco a poco, toda esta parte de la exhortación afecta los puntos cruciales de la vida de aquellos a los que se dirige la carta; y en cada ocasión constatamos que les remite al misterio de Cristo, que ha desplegado en la parte doctrinal.[2]

 

 

Evangelio: san Lucas 12,49-53

 

4.1.- Jesús confía a sus discípulos que siente la urgencia de traer «fuego a la tierra» y que tiene prisa por ver cómo se cumple su «bautismo» (vv. 49-50), Este sentimiento de urgencia se encuentra también en las consignas que preceden y en las que siguen,

 

4.2.- Lectura de conjunto.

 

4.2.1.- La primera parte (que incluye dos bienaventuranzas) versa sobre la vigilancia (vv.

35-48): la comparación del señor que vuelve de las bodas se desliza, por asociación de ideas, hacia la del señor que querría saber la hora en que el ladrón va a llegar. La pregunta de Pedro conlleva otra comparación, la del mayordomo despierto o insensato. Sigue una confidencia de Jesús sobre la espera impaciente del cumplimiento de su misión, a pesar de la crisis que ésta puede provocar dentro de las familias (vv. 49-53)

 

4.2.2.- En la segunda parte (vv. 54-59), Jesús invita a la muchedumbre a saber leer los signos del tiempo que está a punto de vivir, un tiempo que exige decisiones rápidas,

 

4.3.- Al hilo del texto.

 

4.3.1.- La Idea de que el Señor pueda ponerse en disposición de servir para ofrecer una comida a sus servidores es propia de Lucas (vv. 37-38) y, con seguridad, comprensible sólo en la visión cristiana de Jesús como siervo de Dios y de los hombres.

 

4.3.2.- «Si vuelve a la segunda o a la tercera Vigilia»».  Como los judíos dividían la noche en tres vigilias y los romanos en cuatro, esta expresión prepara al lector para la posibilidad de un largo tiempo antes de la venida gloriosa del Señor,

 

4.3.3.- A la pregunta de Pedro (v. 41), Jesús no responde ni sí ni no, sino que hace una aplicación particular a aquellos que tienen responsabilidades con respecto a sus hermanos. Lucas piensa sin duda en casos concretos de su Iglesia: responsables que abusan, voluntariamente negligentes o ignorantes. Evidentemente, los bastonazos no hay que tomarlos al pie de la letra.

 

4.3.4.- El comienzo de la confidencia de Jesús resulta misterioso: ¿se trata del fuego del Espíritu Santo en el que Jesús debía bautizar al pueblo según Juan Bautista (Lc 3,10)? ¿Se trata del cambio que trae la venida de Dios para reinar sobre la tierra, lo que supone forzosamente una “crisis”, un “fuego” purificador? Quizá las dos cosas.  El bautismo en el que el propio Jesús debe sumergirse es la pasión que se avecina. Jesús no está apremiado por morir, está apremiado por ver cómo se cumple esta llegada de Dios, que suscita una oposición “encarnizada” (Lc 11,53). Su venida trae la división a las familias, y esto a pesar de la paz prometida por los ángeles en Belén (Lc2,14) o la paz del Resucitado prometida a sus discípulos (Lc 24,36). Se juega tanto en la decisión a favor o en contra del reino de Dios que cada cual debe hacer personalmente su elección. Jesús reprocha a la muchedumbre que no reconozca que el tiempo está bajo el signo de la urgencia de la decisión (vv. 55-56). Es el tiempo de la salvación, pero también de la caída o del levantamiento (cántico de Simeón)[3].

 

 

Los Maestros de la fe nos iluminan

 

Jeremías, [el profeta] exclamó ¡No nombraré más el nombre del Señor, no hablaré más en su nombre! y añade: se produjo en mi corazón como un fuego ardiente, inflamado en mis huesos; estoy abatido por todas partes y no puedo soportarlo (Jr 20,9).  [Cristo], el Verbo del Señor ha venido a incendiar su corazón: y se produjo en mi corazón como un fuego ardiente, inflamado en mis huesos (…). Este fuego lo enciende el Salvador que dijo: He venido a arrojar fuego a la tierra (Lc 12,49); y dado que el Salvador enciende este fuego, por eso, en los que comienzan a escucharlo empieza por el fuego y arroja primero fuego en su corazón. Es precisamente lo que confiesan [los discípulos de Emaús] Simón[4] y Cleofás cuando, a propósito de sus palabras, decían: ¿No ardía nuestro corazón por el camino, cuando nos explicaba las Escrituras? (Lc 24,32). Aquí tanto el corazón de Simón como el de Cleofás son inflamados por el fuego; óyeles decir: ¿no ardía nuestro corazón?

(…) Voy a describir quién es el que tiene este fuego en el corazón. Imagina a dos hombres que han cometido un pecado del mismo género. De estos dos hombres que han cometido un pecado aborrecible, uno no se aflige, ni siente dolor, ni está molesto (…). Mira al otro que, después de cometer su falta, no puede soportarla, sino que es castigado por su conciencia y torturado en su corazón, que no puede comer ni beber (…). ¿Cuál de los dos prefieres? ¿Cuál te parece tiene esperanza en Dios? ¿Acaso aquel que pecó y no recapacitó, sino que perdió todo sentido de dolor hasta el punto de entregarse a la impunidad (Cf. Ef 4,19), o este, que después de un único pecado se aflige y se lamenta? Éste está esperanzado; más aun, es quemado por el fuego de la aflicción.

(…) Que cada uno de nosotros examine su conciencia y vea qué pecados ha cometido y cómo debe ser castigado; que pida a Dios que ese fuego que estaba en Jeremías venga a él, y después [venga a él] el fuego que había llegado a Simón y Cleofás[5].

 

pmaxalexander@gmail.com


[1] Juan Casiano, Conferencia X,10. Cf. meditacioncristiana.net/…/Conferencias%20IX%20y%20X%20de%20Jua

[2] J.-M. Carrière, “¡Resistid!” Relectura de la carta a los Hebreos, Estella (Navarra ) 2011 (CB 151), pp. 54-55. Levemente adaptado.

[3] Y. Saoot, Evangelio de Jesucristo según san LucasEstella (Navarra) 2004 (CB 137), pp. 60-61

[4] Sobre el nombre del segundo discípulo de Emaús, cf. multimedios.org/docs/d000873/

[5] Orígenes, Homilías sobre Jeremías, (Intr., trad.., y notas de J. R. Díaz Sánchez-Cid) Madrid-Buenos Aires-…,  2007, pp.  351-354. Traducción algo modificada. Orígenes nació hacia el 185 en una familia cristiana de Alejandría, su padre murió mártir durante la persecución de Severo (202). Como su patrimonio había sido confiscado por la administración imperial tuvo que dedicarse a la enseñanza para subsistir y sostener a su familia. Se le confió la escuela de catecúmenos de Alejandría, que dirigió llevando una vida ejemplar. Durante el período que va del 203 al 231, en que dirigió dicha escuela, viajó a Roma, Arabia y a Palestina con ocasión del saqueo de Alejandría por Caracalla. Ordenado sacerdote de paso por Cesárea. Demetrio de Alejandría, quien según Eusebio, movido por la envidia, convocó un sínodo en el que, argumentando que un castrado no podía recibir la ordenación sacerdotal,  excomulgó a Orígenes. En el 231 otro sínodo lo depuso del sacerdocio. A la muerte de Demetrio (232), Orígenes regresó a Alejandría, pero Heracles, el nuevo obispo,- ¡antiguo discípulo suyo! -, renovó la excomunión. Ante aquella situación Orígenes partió a Cesárea de Palestina, comenzando así una etapa distinta de su vida, pues el obispo de esta ciudad lo invitó a fundar allí una [nueva] escuela de teología. Hacia el 244 volvió a Arabia, logrando convencer al obispo de Bostra, Berilo, del error de su monarquianismo. Tras pasar por numerosas penalidades durante la persecución de Decio, murió en Tiro el año 253.

“(…) Los invito a acoger en su corazón la enseñanza de [Orígenes] este gran maestro en la fe, el cual nos recuerda con entusiasmo que, en la lectura orante de la Escritura y en el compromiso coherente de la vida, la Iglesia siempre se renueva y rejuvenece. La palabra de Dios, que ni envejece ni se agota nunca, es medio privilegiado para ese fin. En efecto, la palabra de Dios, por obra del Espíritu Santo, nos guía continuamente a la verdad completa. Pidamos al Señor que nos dé hoy pensadores, teólogos y exégetas que perciban estas múltiples dimensiones, esta actualidad permanente de la sagrada Escritura, su novedad para hoy”. (§ tomado de la catequesis sobre Orígenes de Benedicto XVI, 25-04-2007).

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