Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo

 

DECIMONOVENO DOMINGO  DURANTE

EL AÑO,

Ciclo “C”

10- 11 de agosto 2013

 

 

Jesús enseñando a sus discípulos

[Rembrandt, † 1669]

 

 

 

Introducción

 

0.1.- En Aparecida, Dios ha ofrecido su propia Madre al Brasil. Pero Dios ha dado también en Aparecida una lección sobre sí mismo, sobre su forma de ser y de actuar. Una lección de esa humildad que pertenece a Dios como un rasgo esencial, y que está en el ADN de Dios. En Aparecida hay algo perenne que aprender sobre Dios y sobre la Iglesia; una enseñanza que ni la Iglesia en Brasil, ni Brasil mismo deben olvidar. En el origen del evento de Aparecida está la búsqueda de unos pobres pescadores. Mucha hambre y pocos recursos. La gente siempre necesita pan. Los hombres comienzan siempre por sus necesidades, también hoy. Tienen una barca frágil, inadecuada; tienen redes viejas, tal vez también deterioradas, insuficientes.

En primer lugar aparece el esfuerzo, quizás el cansancio de la pesca, y, sin embargo, el resultado es escaso: un revés, un fracaso. A pesar del sacrificio, las redes están vacías. Después, cuando Dios quiere, él mismo aparece en su misterio. Las aguas son profundas y, sin embargo, siempre esconden la posibilidad de Dios; y él llegó por sorpresa, quizás cuando ya no se lo esperaba. Siempre se pone a prueba la paciencia de los que le esperan. Y Dios llegó de un modo nuevo, porque siempre Dios es sorpresa: una imagen de frágil arcilla, ennegrecida por las aguas del río, y también envejecida por el tiempo. Dios aparece siempre con aspecto de pequeñez. Así apareció entonces la imagen de la Inmaculada Concepción. Primero el cuerpo, luego la cabeza, después cuerpo y cabeza juntos: unidad. Lo que estaba separado recobra la unidad. El Brasil colonial estaba dividido por el vergonzoso muro de la esclavitud. La Virgen de Aparecida se presenta con el rostro negro, primero dividida y después unida en manos de los pescadores.

Hay aquí una enseñanza que Dios nos quiere ofrecer. Su belleza reflejada en la Madre, concebida sin pecado original, emerge de la oscuridad del río. En Aparecida, desde el principio, Dios nos da un mensaje de recomposición de lo que está separado, de reunión de lo que está dividido. Los muros, barrancos y distancias, que también hoy existen, están destinados a desaparecer. La Iglesia no puede desatender esta lección: ser instrumento de reconciliación.

 

0.2.- Los pescadores no desprecian el misterio encontrado en el río, aun cuando es un misterio que aparece incompleto. No tiran las partes del misterio. Esperan la plenitud. Y ésta no tarda en llegar. Hay algo sabio que hemos de aprender. Hay piezas de un misterio, como partes de un mosaico, que vamos encontrando. Nosotros queremos ver el todo con demasiada prisa, mientras que Dios se hace ver poco a poco. También la Iglesia debe aprender esta espera.

Después, los pescadores llevan a casa el misterio. La gente sencilla siempre tiene espacio para albergar el misterio. Tal vez hemos reducido nuestro hablar del misterio a una explicación racional; pero en la gente, el misterio entra por el corazón. En la casa de los pobres, Dios siempre encuentra sitio. Los pescadores «agasalham»: arropan el misterio de la Virgen que han pescado, como si tuviera frío y necesitara calor. Dios pide que se le resguarde en la parte más cálida de nosotros mismos: el corazón. Después será Dios quien irradie el calor que necesitamos, pero primero entra con la astucia de quien mendiga. Los pescadores cubren el misterio de la Virgen con el pobre manto de su fe. Llaman a los vecinos para que vean la belleza encontrada, se reúnen en torno a ella, cuentan sus penas en su presencia y le encomiendan sus preocupaciones. Hacen posible así que las intenciones de Dios se realicen: una gracia, y luego otra; una gracia que abre a otra; una gracia que prepara a otra. Dios va desplegando gradualmente la humildad misteriosa de su fuerza.

 

0.3.- Hay mucho que aprender de esta actitud de los pescadores. Una iglesia que da espacio al misterio de Dios; una iglesia que alberga en sí misma este misterio, de manera que pueda maravillar a la gente, atraerla. Sólo la belleza de Dios puede atraer. El camino de Dios es el de la atracción. A Dios, uno se lo lleva a casa. Él despierta en el hombre el deseo de tenerlo en su propia vida, en su propio hogar, en el propio corazón. Él despierta en nosotros el deseo de llamar a los vecinos para dar a conocer su belleza. La misión nace precisamente de este hechizo divino, de este estupor del encuentro.

Hablamos de la misión, de Iglesia misionera. Pienso en los pescadores que llaman a sus vecinos para que vean el misterio de la Virgen. Sin la sencillez de su actitud, nuestra misión está condenada al fracaso. La Iglesia siempre tiene necesidad apremiante de no olvidar la lección de Aparecida, no la puede desatender. Las redes de la Iglesia son frágiles, quizás remendadas; la barca de la Iglesia no tiene la potencia de los grandes transatlánticos que surcan los océanos. Y, sin embargo, Dios quiere manifestarse precisamente a través de nuestros medios, medios pobres, porque siempre es él quien actúa[1].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Sabiduría  18,6-8

 

1.1.- Uno de los fenómenos más típicos en la literatura bíblica es el de las “relecturas”[2]. Lo mencionamos porque estos versículos forman parte de la amplia relectura realizada por el Libro de la Sabiduría, en los capítulos 10 al 19, de las vivencias del éxodo pascual de Israel.  Como ocurre habitualmente en la Escritura, el autor recorre los acontecimientos de ayer con los ojos del hoy, buscando y encontrando en dichos acontecimientos luces para el presente.  El Libro está dirigido, y por tanto responde a sus interrogantes y problemáticas,  a las comunidades hebreas de la diáspora, en especial las de Alejandría. En el libro, si bien por una parte, se integran estímulos provenientes de la cultura helenista, por otra, intentan estimular y reforzar el sentido de la propia identidad en fidelidad.

 

1.2.- Al rememorar, en tono lírico, la salida de Egipto, la Lectura nos presenta algunas de las peculiaridadesdel pueblo que el Señor se eligió como herencia (Salmo responsorial).

Se trata de un pueblo, que al igual que Abraham, su padre, está ‘en-camino’, peregrinando hacia… Pueblo extranjero y peregrino que desconoce la meta: su camino permanece ignoto, sin embargo en absoluto queda librado al acaso o a  la casualidad; lo recorren iluminados y guiados por un “sol” que no los quema ni tampoco decrece en su luminosidad: es  la columna de fuego, símbolo de la Toráh, de la Ley, de la Palabra de Dios. Un pueblo al que sus antepasados le legaron la luz de la profecía plasmada en esa maravillosa herencia hecha canto, a través de los salmos pascuales (la lectura sin duda que hace referencia al así llamado “Hallel egipcio”, es decir a los salmos 112[113]-117[118; cf. Mt 26,30], pero usando una amplitud mayor puede ser  incluido todo el Salterio: y ya entonces entonaron los cantos de los Padres).

 

1.3.- Se trata de un pueblo que proclama y experimenta las maravillosas intervenciones de Dios en la historia, intervenciones que son al mismo tiempo,- ¡como las dos caras de una misma moneda! -, juicio y salvación: juicio para los unos y salvación para los otros; pero juicio que siempre es una llamada, una interpelación, que impulsa a seguir caminando hacia…, el Señor. Un pueblo que cuando se desencadena dicho juicio, se encuentra protegido de la devastación producida por el mal gracias al sacrificio del cordero pascual (¡bastaría poner las letras mayúsculas allí donde corresponda y estaríamos ya rememorando la Pascua en Cristo!).

 

1.4.- Se trata de un pueblo único (es decir, unido y unificado), un organismo en el cual se comparten males y bienes: los santos hijos de los justos ofrecieron sacrificios en secreto, y establecieron de común acuerdo esta ley divina: que los santos compartirían igualmente los mismos bienes y los mismos peligros. Este es el Israel de Dios (Gal 6,16), el ideal que el autor propone a los hebreos que viven dispersos entre los paganos; esta es la Iglesia ‘en-camino’, que vive como peregrina y forastera (¡releer lo evocado por Benedicto XVI en la introducción a este subsidio!), diseminada por las ciudades (cf. 1Pe 1,1),  peregrinando hacia una patria distinta y diversa (cf. Fil 3,20; Hb 11,13), que está en el mundo sin ser del mundo (Jn 17,14-16)[3].

 

1.5.- En dicho camino hacia la meta somos guiados por aquella “Columna de fuego” (rememorar el Exultet pascual), que dijo de sí mismo: Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no anda en tinieblas (Jn 8,12), Palabra hecha carne que nos regala su Espíritu, anunciador y perfeccionador del plan de Dios en la historia, que va desplegando paulatinamente su sentido, sobre todo a través de la Palabra de los dos Testamentos, en la cual ya todo está dicho, pero cuya comprensión va creciendo conjuntamente al desarrollarse de la Iglesia (Cf Dei Verbum 8). De, -¡y en! -, este “éxodo” nace un pueblo asperjado y salvado por la sangre del Cordero (cf. Hb 12,24; 1Pe 1,2), que alaba y canta todos los días con la Virgen María el actuar salvífico del juicio de Dios en la historia: Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes (Lc 1,51-52).  Éxodo que plasma un pueblo, nacido de la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu, llamado a tener un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo era común entre ellos (Hech 4,32)…

 

 

Salmo responsorial: Salmo 32[33],1. 12. 18-20. 22

 

2.1.- El salmo 32, dividido en 22 versículos, tantos cuantas son las letras del alfabeto hebreo, es un canto de alabanza al Señor del universo y de la historia. Está impregnado de alegría desde sus primeras palabras: Aclamen, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos. Den gracias al Señor con la cítara, toquen en su honor el arpa de diez cuerdas; cántenle un cántico nuevo, acompañando los vítores con aclamaciones  (vv. 1-3). Por tanto, esta aclamación (teru’aj) va acompañada de música y es expresión de una voz interior de fe y esperanza, de felicidad y confianza. El cántico es nuevo, no sólo porque renueva la certeza en la presencia divina dentro de la creación y de las situaciones humanas, sino también porque anticipa la alabanza perfecta que se entonará el día de la salvación definitiva, cuando el reino de Dios llegue a su realización gloriosa.

San Basilio, considerando precisamente el cumplimiento final en Cristo, explica así este pasaje: «Habitualmente se llama «nuevo» a lo insólito o a lo que acaba de nacer. Si piensas en el modo de la encarnación del Señor, admirable y superior a cualquier imaginación, cantas necesariamente un cántico nuevo e insólito. Y si repasas con la mente la regeneración y la renovación de toda la humanidad, envejecida por el pecado, y anuncias los misterios de la resurrección, también entonces cantas un cántico nuevo e insólito» (Homilía sobre el salmo 32, 2:  PG 29,327). En resumidas cuentas, según San Basilio, la invitación del salmista, que dice: Canten al Señor un cántico nuevo, para los creyentes en Cristo significa: «Honren a Dios, no según la costumbre antigua de la «letra», sino según la novedad del «espíritu». En efecto, quien no valora la Ley exteriormente, sino que reconoce su «espíritu», canta un cántico nuevo» (ib.).

 

2.2.- El cuerpo central del himno está articulado en tres partes, que forman una trilogía de alabanza. En la primera (vv. 6-9) se celebra la palabra creadora de Dios. La arquitectura admirable del universo, semejante a un templo cósmico, no surgió  ni se desarrolló a consecuencia de una lucha entre dioses, como sugerían ciertas cosmogonías del antiguo Oriente Próximo, sino sólo gracias a la eficacia de la palabra divina. Precisamente como enseña la primera página del Génesis: Dijo Dios… Y así fue (cf. Gn 1). En efecto, el salmista repite: Porque él lo dijo, y existió; él lo mandó, y surgió (Sal 32, 9).

El orante atribuye una importancia particular al control de las aguas marinas, porque en la Biblia son el signo del caos y el mal. El mundo, a pesar de sus límites, es conservado en el ser por el Creador,  que, como recuerda el libro de Job, ordena al mar detenerse en la playa: ¡Llegarás hasta aquí, no más allá; aquí se romperá el orgullo de tus olas! (Jb 38, 11).

 

2.3.- El Señor es también el soberano de la historia humana, como se afirma en la segunda parte del salmo 32, en los versículos 10-15. Con vigorosa antítesis se oponen los proyectos de las potencias terrenas y el designio admirable que Dios está trazando en la historia. Los programas humanos, cuando quieren ser alternativos, introducen injusticia, mal y violencia, en contraposición con el proyecto divino de justicia y salvación. Y, a pesar de sus éxitos transitorios y aparentes, se reducen a simples maquinaciones, condenadas a la disolución y al fracaso.

En el libro bíblico de los Proverbios se afirma sintéticamente: Muchos proyectos hay en el corazón del hombre, pero  sólo  el  plan de Dios se realiza (Pr 19, 21). De modo semejante, el salmista nos recuerda que Dios, desde el cielo, su morada trascendente, sigue todos los itinerarios de la humanidad, incluso los insensatos y absurdos, e intuye todos los secretos del corazón humano. (…)

 

2.4.- La tercera y última parte del Salmo (vv. 16-22) vuelve a tratar, desde dos perspectivas nuevas, el tema del señorío único de Dios sobre la historia humana. Por una parte, invita ante todo a los poderosos a no engañarse confiando en la fuerza militar de los ejércitos y la caballería; por otra, a los fieles, a menudo oprimidos, hambrientos y al borde de la muerte, los exhorta a esperar en el Señor, que no permitirá que caigan en el abismo de la destrucción. Así, se revela la función también «catequística» de este salmo. Se transforma en una llamada a la fe en un Dios que no es indiferente a la arrogancia de los poderosos y se compadece de la debilidad de la humanidad, elevándola y sosteniéndola si tiene confianza, si se fía de él, y si eleva a él su súplica y su alabanza.  (…)

 

2.5.- El Salmo concluye con una antífona que es también el final del conocido himno Te Deum: «Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti» (v. 22). La gracia divina y la esperanza humana se encuentran y se abrazan. Más aún, la fidelidad amorosa de Dios (según el valor del vocablo hebraico original usado aquí, hésed), como  un  manto, nos envuelve, calienta y  protege, ofreciéndonos serenidad y  proporcionando  un fundamento seguro a nuestra fe y a nuestra esperanza[4].

 

 

Segunda Lectura: Carta a los Hebreos 11,1-2. 8-19

 

3.1.- Aunque con toda seguridad quiere el autor dar una definición de la fe -en el estilo de la filosofía de la época-, la frase no contiene en modo alguno una descripción exhaustiva de lo que significa la fe en el Primer Testamento. Nos hallamos más bien ante la concepción típica de la carta a los Hebreos, que se distingue notablemente del concepto paulino de fe o del de los sinópticos. Mientras Pablo y los Evangelios asocian indisolublemente la fe con la persona y la obra de Cristo, nuestra carta la considera como una actitud del hombre frente  al mundo futuro e invisible del cielo. El que está firmemente persuadido de la existencia de esa «patria superior» (11,13.16), de esa ciudad «del cielo» (11,10.16) y no se deja ofuscar por el mundo aparente de la tierra, ése muestra tener fe. Aquí, por tanto, se nos manifiesta la fe con el ropaje de una determinada idea del mundo y doctrina de las virtudes, pues tal orientación de la vida hacia el mundo invisible de los bienes celestiales esperados responde a la concepción platonizante de la existencia en la filosofía alejandrina de la religión. (…)

 

3.2.- La historia de Abraham ofrece material abundante para sensibilizar lo que significa la fe y hacia qué se orienta. El mismo éxodo del patriarca de su país natal y la trabajosa peregrinación sin meta conocida nos muestra a los cristianos que debemos seguir ciegamente la llamada de Dios. Incluso en la tierra de las promesas, es decir, para los cristianos, en el ámbito de la Iglesia, estamos como de paso, sin poder instalarnos de forma duradera. La tienda, que a cada momento se puede levantar, es símbolo de una peregrinación que no conoce meta en la tierra. (…)

 

3.3.- El segundo gran acontecimiento en la historia de Abraham es la promesa de descendencia. Llama la atención que la carta a los Hebreos ensalce la fe de Sara, mientras el Primer Testamento habla más bien de su duda acerca de la promesa de Dios (Gén 18,12). (…) Es posible que precisamente a los cristianos que habían  comenzado a dudar y a sentirse inseguros se propusiera el ejemplo de una mujer que, como es sabido, sólo se convenció de la veracidad y seguridad de la palabra de Dios cuando vio cumplida la promesa. Lo que para los cristianos del siglo primero sólo podía ser todavía objeto de fe, a saber, que de uno que había muerto en cruz obtendrían salud y vida innumerables hombres, era algo que en Abraham se había realizado ya en forma ejemplar y figurativa. Aunque el patriarca había perdido ya hacía tiempo su potencia procreativa, mediante la promesa de Dios vino a ser todavía padre y patriarca de un pueblo que, para las ideas de la Biblia, era incomparablemente grande. La carta quiere inculcar una y otra vez que la muerte no es para la fe un obstáculo insuperable. Más aún: precisamente con la muerte alcanzaron la meta celestial de las promesas los testigos de la fe de la antigua alianza.

 

3.4.- Aunque el autor no ha agotado todavía, ni mucho menos, la lista de los ejemplos tomados de la historia de Abraham y de los patriarcas (cf. 11,17-22), inserta aquí una reflexión general sobre los que en la tierra reconocían ser extranjeros y advenedizos. Es evidente que no se refiere aquí a los patriarcas, que a la manera de seminómadas iban de una parte a otra cambiando sus lugares de pastoreo conforme a las estaciones del año, sino a todos los fieles, para quienes no puede ser la tierra una patria definitiva. (…)

 

3.5.- La historia conmovedora del sacrificio de Isaac ha hallado variado eco en el cristianismo. Pablo (Rom 8,32) y Juan (Jn 3,16) reconocen en la figura de Abraham a Dios Padre que por amor nuestro entrega a su único Hijo (cf. Gén 22,16). A diferencia de esta interpretación rigurosamente teológica, la carta a los Hebreos habla de la actitud del creyente, al que Dios reclama precisamente lo que anteriormente le había dado o prometido. En esta prueba cree Abraham en Dios contra Dios, y su fe parece a nuestra carta ser el resultado de una reflexión lógica: Si Dios tiene poder para resucitar a muertos, entonces también puede exigir la muerte del heredero de la promesa. Así pues, propiamente habría debido Abraham ejecutar el sacrificio cruento, y si volvió a recuperar a su único hijo en forma incruenta, esto sólo fue un símil, una referencia a la verdadera recuperación de la vida, que sigue a la muerte[5].

 

 

Evangelio: san Lucas 12,32-48 [ó más breve: 12,35-40]

 

4.1.- No temas, pequeño rebaño, porque [Dios, su] Padre se complace en darles su Reino: estas palabras de Jesús, con las que comienza el Evangelio de hoy, no sólo son de gran consuelo, sino que son básicas y fundamentales, por ser una suerte de “tarjeta de presentación” de la Comunidad querida por Jesús, revelándonos cómo desea que ella sea. Al definirla como pequeño rebaño Jesús afirma, ante todo, que él es  el buen Pastor (Jn 10,11 y 14), y que el Padre ha puesto las ovejas en sus manos, otorgándoles Vida eterna (Jn 10,27-30). ¿Cuál puede ser el significado de la denominación  pequeño rebaño? No debemos entenderla únicamente en un sentido cuantitativo; la exhortación a la “pequeñez” es una admonición y una advertencia contra la tentación de querer ser elogiados y admirados  por los hombres (cf. Lc 6,26). Nada de orgullo o arrogancia, esas no deberían ser actitudes  de los hombres y mujeres de Iglesia, sino la de la humildad de quienes únicamente confían en el Padre y en su Reino, que ya viene…

 

4.2.- Esta maravillosa y extraordinaria frase de Jesús colorea y determina el resto del presente pasaje evangélico: Jesús pide a sus discípulos que repartan todos sus bienes, compartiendo todo lo que poseen, sin preocuparse por el mañana (cf. Mt 6,34). Que ninguna acumulación de bienes, en detrimento y menoscabo de los hermanos,  se transforme en una mochila tan pesada para quien es consciente de que allí donde está su tesoro, allí está también su corazón. Si tu único tesoro es la comunión con el Señor Jesús, entonces sabes que el anticipo de ese tesoro, que nos está reservado en los Cielos, lo constituye la alegría de poder vivir ya desde aquí la comunión y el compartir fraternos. ¿Cómo podríamos gozar al final de los tiempos si no sabemos alegrar a los hermanos en el aquí y ahora?

 

4.3.- Si tenemos a Jesús como el tesoro más precioso de nuestras vidas, por el cual vale la pena perder la propia vida (cf. Lc 9,24), entonces también seremos capaces de orientar vigilantemente nuestra vida hacia el horizonte de su retorno, tal y como lo repetimos en cada Eucaristía: “…, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo…” (Cf. Tit 2,13 y 2Tim 4,8). Para no adormilarse ni dejar de esperar/tener-esperanza, es indispensable mantener una actitud de vigilante vigilia, estando de guardia, ‘siempre-listos-para…’.  A la actitud de vigilancia el Señor le ‘acollara’ una bienaventuranza: ¡Felices los servidores a quienes el Señor encuentre velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos. Hacia quienes lo esperen sin cansarse ni desfallecer Jesús tendrá los mismos gestos “cuasi-sacramentales” que los que tuvo hacia los discípulos durante la última Cena, cuando se hizo servidor de sus servidores (cf.  Lc 22,27 y 29-30).

 

4.4.- Ante las inquietudes de Pedro Jesús extrae de sus exhortaciones algunas consecuencias aplicables a aquellos que en su Comunidad tienen funciones y responsabilidades “pastorales”. Todos somos exhortados a la “vigilancia”, pero a algunos el Pastor de los pastores (1Pe5,4) les ha confiado la tarea de seradministradores fieles y previsores, capaces de distribuir sabiamente la ración de trigo a sus herman@s, no cayendo jamás en la tentación de tiranizar al rebaño que les ha sido confiado (1Pe 5,3), sino comoservidores de Cristo (1Cor 4,1).

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Sea la fe precursora de tu camino, sea la Escritura divina tu camino. Bueno es el celestial guía de la palabra. Enciende tu candil en esta lámpara, para que luzca tu ojo interior, que es la lámpara de tu cuerpo. Tienes multitud de lámparas: enciéndelas todas, porque se te ha dicho: Tengan ceñida la cintura y encendidas las lámparas.

Donde la oscuridad es muy densa, se necesitan muchas lámparas, para que en medio de tan profundas tinieblas brille la luz de nuestros méritos. Estas son las lámparas que la ley dispuso que ardieran continuamente en la carpa del encuentro. En efecto, la carpa del encuentro es este nuestro cuerpo, en el cual vino Cristo a través de un templo más grande y más perfecto, como está escrito, para entrar en el santuario por su propia sangre y purificar nuestra conciencia de la mancha y de las obras muertas; de este modo, en nuestros cuerpos, que mediante el testimonio y calidad de sus actos manifiestan lo oculto y escondido de nuestros pensamientos, brillará, cual otras tantas lámparas, la clara luz de nuestras virtudes. Éstas son las lámparas encendidas, que día y noche lucen en el templo de Dios. Si conservas en tu cuerpo el templo de Dios, si tus miembros son miembros de Cristo, lucirán tus virtudes, que nadie conseguirá apagar, a menos que las apague tu propio pecado. Resplandezca la solemnidad de nuestras fiestas con esta luz de mente pura y afectos sinceros.

Brille, pues, siempre tu lámpara. Reprende Cristo incluso a los que, sirviéndose de la lámpara, no siempre la utilizan, diciendo: Tengan ceñida la cintura y encendidas las lámparas. No nos gocemos eventualmente de la luz. Se goza eventualmente el que en la Iglesia escuchó la palabra y se alegra; pero apenas sale de ella se olvida de lo que oyó y no se preocupa más. Este es el que deambula por su casa sin lámpara; y, en consecuencia, camina en tinieblas, el que se ocupa de actividades propias de las tinieblas, vestido de las vestiduras del diablo y no de Cristo. Esto sucede cada vez que no luce la lámpara de la palabra. Por tanto, no descuidemos jamás la palabra de Dios, que es para nosotros origen de toda virtud y una cierta potenciación de todas nuestras obras.

Si los miembros de nuestro cuerpo no pueden actuar correctamente sin luz —pues sin luz los pies vacilan y las manos yerran—, ¿con cuánta mayor razón no habrán de referirse a la luz de la palabra los pasos de nuestra alma y las operaciones de nuestra mente? Pues existen también unas manos del alma, que tocan acertadamente —como tocó Tomás las señales de la resurrección del Señor—, si nos ilumina la luz de la palabra presente. Que esta lámpara permanezca encendida en toda palabra y en toda obra. Que todos nuestros pasos, externos e internos, se muevan a la luz de esta lámpara[6].

 

pmaxalexander@gmail.com


[1] Francisco, Encuentro con el episcopado brasileño, 27 de julio 2013º. Extracto

[2] Por lo tanto, “releer” no es sólo actualizar sino también modificar. Las relecturas, en el interior de los libros proféticos, suelen transformar profundamente el sentido y la orientación de la voz inicial del profeta que lleva su nombre.(…)  La palabra profética no es cualquier cosa; es la de YHVH, cuyo mensajero es el profeta; Como tal, debe referirse al presente; no se transmiten los oráculos proféticos en cuanto historia, para ser archivados. Se transmiten como palabra presente de Dios. Tomado de S. Croatto, La estructura de los libros proféticos,- Las relecturas en el interior del corpus profético- RIBLA 35-36, pp. 4.

[3] La tradición monástica habla al respecto de ‘xeniteia’, la virtud de ‘vivir-en-permanente-estado-de-peregrinación’, sabiéndose y considerándose siempre como extranjero/forastero/de paso-hacia. Ya en los primeros tiempos cristianos se tenía aguda consciencia de ser peregrinos: citemos, como mero ejemplo, el conocido pasaje de la Carta a DiognetoEn cuanto al misterio de la religión propia de los cristianos, no esperes que lo podrás comprender de hombre alguno. Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su lengua, ni por sus costumbres. En efecto, en lugar alguno establecen ciudades exclusivas suyas, ni usan lengua alguna extraña, ni viven un género de vida singular. (…) Habitan en sus propias patrias, pero como extranjeros; participan en todo como los ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña les es patria, y toda patria les es extraña.(I,3)

[4] Juan Pablo II, Catequesis del 8 de agosto 2001. Adaptada y abreviada.

[5] F.-J. Schierse, La Carta a los Hebreos, Barcelona  1970 (NTM 18), pp. 106. 114-119. Abreviada y adaptada.

[6] San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 118,14, 11-13, PL 15, 1394-1395. Nació en Tréveris el 337 ó 339, siendo su padre prefecto de las Galias. Es posible que perteneciera a la «gens Aurelia». Tras la muerte de su padre, se trasladó a Roma donde ya estaba en el 353. Estudió retórica y ejerció la abogacía el 368 en la prefectura de Sirmio. El 370 fue nombrado consular de Liguria y Emilia con residencia en Milán. Siendo catecúmeno en esta última ciudad, tuvo que intervenir en la disputa entre arríanos y católicos ocasionada por la muerte del obispo arriano Auxencio, y en el curso de su intervención fue aclamado como obispo por ambos bandos. En el momento de su consagración entregó a la Iglesia y a los pobres todo el oro y la plata que tenía y traspasó la propiedad de sus haciendas a la Iglesia (reservando a su hermana el usufructo). Aunque, por prudencia, no procedió a la destitución del clero arriano, sí manifestó su oposición a esta herejía. En el 376 y el 377 se enfrentó con la agitación provocada por el sacerdote arriano Juliano. En el año 378 se entrevistó con Graciano, que había pedido del obispo ser instruido en la fe contra el arrianismo. En honor del emperador, Ambrosio compone el tratado Acerca de Noé, donde compara al monarca con el patriarca, comparación excesiva pero que pudo influir en la postura de Graciano cada vez más favorable hacia los católicos. A la muerte de Valentiniano, asesinado en mayo del 392, nuestro obispo mantendría una postura ambivalente ante su sucesor, el católico Eugenio, al que reconoce pero del que se mantiene apartado. Recuperada la confianza de Teodosio tras este episodio, Ambrosio mantendrá buenas relaciones con él hasta la muerte de aquél, en el 395. Al regresar de un viaje a Pavía, el año 397, cayó enfermo, falleciendo ese mismo año.

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