Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo

DÉCIMO OCTAVO DOMINGO DURANTE

EL AÑO,

Ciclo “C”

03-04 de agosto 2013.

 

 

Ya sé lo que haré: demoleré mis graneros y construiré otros más grandes

[Flurheyn 1529]

 

 

 

 

Introducción

 

0.1.- Desde el primer momento en que he tocado el suelo brasileño, y también aquí [en la comunidad deVarginha], entre ustedes, me siento acogido. Y es importante saber acoger; es todavía más bello que cualquier adorno. Digo esto porque, cuando somos generosos en acoger a una persona y compartimos algo con ella —algo de comer, un lugar en nuestra casa, nuestro tiempo— no nos hacemos más pobres, sino que nos enriquecemos. Ya sé que, cuando alguien que necesita comer llama a su puerta, siempre encuentran ustedes un modo de compartir la comida; como dice el proverbio, siempre se puede «añadir más agua a los frijoles [porotos]». ¿Se puede añadir más agua a los frijoles?… ¿Siempre?… Y lo hacen con amor, mostrando que la verdadera riqueza no está en las cosas, sino en el corazón.

 

0.2.- Y el pueblo brasileño, especialmente las personas más sencillas, pueden dar al mundo una valiosa lección de solidaridad, una palabra —esta palabra solidaridad— a menudo olvidada u omitida, porque es incómoda. Casi da la impresión de una palabra rara… solidaridad. Me gustaría hacer un llamamiento a quienes tienen más recursos, a los poderes públicos y a todos los hombres de buena voluntad comprometidos en la justicia social: que no se cansen de trabajar por un mundo más justo y más solidario. Nadie puede permanecer indiferente ante las desigualdades que aún existen en el mundo. Que cada uno, según sus posibilidades y responsabilidades, ofrezca su contribución para poner fin a tantas injusticias sociales. No es, no es la cultura del egoísmo, del individualismo, que muchas veces regula nuestra sociedad, la que construye y lleva a un mundo más habitable; no es ésta, sino la cultura de la solidaridad; la cultura de la solidaridad no es ver en el otro un competidor o un número, sino un hermano. Y todos nosotros somos hermanos.

(…) Ningún esfuerzo de «pacificación» será duradero, ni habrá armonía y felicidad para una sociedad que ignora, que margina y abandona en la periferia una parte de sí misma. Una sociedad así, simplemente se empobrece a sí misma; más aún, pierde algo que es esencial para ella. No dejemos, no dejemos entrar en nuestro corazón la cultura del descarte. No dejemos entrar en nuestro corazón la cultura del descarte, porque somos hermanos. No hay que descartar a nadie. Recordémoslo siempre: sólo cuando se es capaz de compartir, llega la verdadera riqueza; todo lo que se comparte se multiplica. Pensemos en la multiplicación de los panes de Jesús. La medida de la grandeza de una sociedad está determinada por la forma en que trata a quien está más necesitado, a quien no tiene más que su pobreza.

 

0.3.- También quisiera decir que la Iglesia, «abogada de la justicia y defensora de los pobres ante intolerables desigualdades sociales y económicas, que claman al cielo» (Documento de Aparecida, 395), desea ofrecer su colaboración a toda iniciativa que pueda significar un verdadero desarrollo de cada hombre y de todo el hombre. Queridos amigos, ciertamente es necesario dar pan a quien tiene hambre; es un acto de justicia. Pero hay también un hambre más profunda, el hambre de una felicidad que sólo Dios puede saciar. Hambre de dignidad. No hay una verdadera promoción del bien común, ni un verdadero desarrollo del hombre, cuando se ignoran los pilares fundamentales que sostienen una nación, sus bienes inmateriales: lavida, que es un don de Dios, un valor que siempre se ha de tutelar y promover; la familia, fundamento de la convivencia y remedio contra la desintegración social; la educación integral, que no se reduce a una simple transmisión de información con el objetivo de producir ganancias; la salud, que debe buscar el bienestar integral de la persona, incluyendo la dimensión espiritual, esencial para el equilibrio humano y una sana convivencia; la seguridad, en la convicción de que la violencia sólo se puede vencer partiendo del cambio del corazón humano[1].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Eclesiastés 1,2; 2,21-23

 

1.1.- El Eclesiastés o Cohélet es uno de los libros bíblicos de más difícil interpretación, sobre el cual los exégetas siguen multiplicando sus intentos de explicación, convirtiéndolo ya sea en un dialogante religiosísimo que discute con un impío, ó en un predicador, para algunos pesimista, para otros optimista, para otros  aun, escéptico, para otros, en fin, es un fatalista; otros lo tienen por un sabio que ha descubierto la quintaesencia de la piedad… No es este el lugar para desarrollar con amplitud tal disparidad de opiniones, pero es importante saber que nos encontramos ante un acorde bíblico bastante único, con algunos pocos ecos en Job o en algún que otro salmo….

 

1.2.- A nuestro autor le basta con dos afirmaciones, como si se fueran pinceladas de un hábil pintor, para describir que la condición humana: (1) es un esfuerzo-trabajo continuo, una ansiedad permanente (2), a la que no corresponde un resultado que guarde proporción con semejante empeño. ¿Qué obtiene el ser humano con tanta actividad? ¡Ni siquiera gozar de noches serenas y tranquilas! ¿Para qué tanto esfuerzo?

La lectura de hoy, como en un eco anticipador al Evangelio, trae el ejemplo del trabajo (pero en el libro hay muchas otras ejemplificaciones): se trabaja, puede que hasta exitosamente, obteniendo ganancias, y ¿después, qué?, ¿al fin de cuentas, qué es lo que se ganó?, ¿lo ganado con tanto esfuerzo, de quién será?, ¿acaso nuestra vida dependerá de los bienes que nos hayamos agenciado? (Sal 48[49]; 72[73]).

 

1.3.- Nuestro ‘Predicador’ compara la condición humana con el recorrido del viento, actividad tan inútil cuanto fatigosa: dirigí mi atención a todas las obras que habían hecho mis manos y a todo el esfuerzo que me había empeñado en realizar, y vi que todo es vanidad y correr tras el viento: ¡no se obtiene ningún provecho bajo el sol! (2,11). Es esto lo que intenta afirmar su famoso estribillo inicial, que la liturgia de este domingo coloca al comienzo, casi como si fuera un ‘título’: ¡Vanidad, pura vanidad!, dice Cohélet. ¡Vanidad, pura vanidad! ¡Nada más que vanidad! (1,2).  Esta palabra (vanidad) está puesta como inclusión, al comienzo y al final del libro (1,2 y 12,8),  y es utilizada por el Eclesiastés en 37 ocasiones, como queriendo martillear de esta manera el núcleo de su sabiduría. En hebreo [jebel] el término, que a partir de la Vulgata latina, se empezó a traducir por ‘vanidad’, tiene muchos otros matices, y es imposible encontrar un equivalente exacto en nuestras lenguas.

 

1.3.1.- Jebel indica-señala-significa ‘soplo’, ‘vapor’, ‘niebla  tenue y ligera’, ‘algo tan inconsistente que se hace cada vez más tenue, hasta desvanecerse y desaparecer’: sin embargo no se trata de una ilusión, ni de un fantasma, ni tampoco de un espejismo, sino de algo inútil, capaz de evocar, metafóricamente, la caducidad del ser humano (Jb 7,16 y Sal 61[62],10), la no-verdad de los ídolos (Dt 32,1), la ineficacia de los auxilios y ayudas tan esperados (Is 30,7), la inutilidad de los esfuerzos y proyectos (Jb 9,29). Se podría decir que jebel es verdadera y realmente aquello que en NINGÚN CASO puede decirse de Dios, pero que si puede predicarse como cualidad antitética a su Presencia, eficaz y operante. El profeta Jeremías usa este término para referirse a los ídolos y a sus seguidores (2,5).

 

1.3.2.- A. Neher, el gran pensador hebreo, hace una interpretación de jebel que es extraordinariamente sugerente: a través de jebel se evoca un destino, o mejor dicho, un destino desastroso, el de una línea de la cual no se conoce más que una caída que termina fatalmente; ante tal destino la única sensación y sentimiento posibles es la de verse enfrentado con la nada, con el vacío. Neher, al relacionar JeBeL con el nombre JaBeL [en hebreo las consonantes son idénticas en ambos casos: h [=sonido ‘j’] b l]  logra trasladar a la historia del segundo hijo de Adán y Eva todas las valencias de ‘vacío’, ‘vanidad’, ‘absurdo’ e ‘inconsistencia’ que se albergan en nuestro vocablo de marras. Según Génesis 4, si bien Abel agradó a Dios con sus sacrificios y ofrendas, termina siendo asesinado por su hermano Caín, disolviéndose en la ‘nada’. Comenta Neher: “Todo en esta historia es jebel, no sólo en Abel, sino también en Caín (…); de toda la descendencia y las posesiones de Caín (dicho nombre justamente significa ‘poseer’ (Gn 4,1), nada permanecerá bajo el sol. La historia humana, que sufre un fracaso tan estrepitoso en Abel, fracasa más estrepitosamente aun en Caín: ¡tanto aquel que lleva inscrita en su condición la tendencia a la disolución (Abel es igual que un soplo), como aquel que posee una fuerte voluntad de poder y de poseer (Caín), se ven ambos condenados a  desvanecerse y desaparecer! Y es este, justamente,  el punto de partida de las reflexiones de un Cohélet”[2].

 

1.4.- Nuestro autor tiene una habilidad consumada para hacernos descubrir que todo en la vida es tan inaferrable como lo es el viento. El Cohélet destruye de este modo nuestras falsas seguridades, nuestras soluciones de apuro, adquiridas con descuento y a bajo precio, que creemos nos permiten llevar una “vida-normal”, como si todos nuestros cálculos fueran a cerrar a la perfección. ¡Al fin y al cabo, son soluciones humanas de “personas normales”; cosa que puede ocurrir igualmente con las soluciones “cristianas”, a las que domesticamos con la velocidad del rayo, sin haberlas asimilado adecuadamente…  Logrando de ese modo que los grandes desafíos del Evangelio queden convertidas en “pastillas tranquilizantes”,  excelentes ‘calma angustias’,  sin influjo alguno en la vida concreta,  ya que no son fruto de opciones personales. La fe queda de este modo convertida en un recetario de comidas listas para hornear. Es, por ende, importantísimo que nos dejemos desinstalar y poner en crisis por el Eclesiastés, ya que, al fin de cuentas, ¿qué es lo que ganaremos con todo nuestro esfuerzo? Esta es la mejor manera de mantener abierto el oído del corazón a la escucha del Señor: Que descienda hasta nosotros la bondad del Señor; que el Señor, nuestro Dios haga prosperar la obra de nuestras manos (salmo responsorial).

 

 

Salmo Responsorial: Salmo 89[90],3-6. 12-14. 17

 

2.1.- Los versículos de este salmo (…) constituyen una meditación sapiencial, que, sin embargo, tiene también el tono de una súplica. En efecto, el orante del salmo 89 pone en el centro de su oración uno de los temas más estudiados por la filosofía, más cantados por la poesía, más sentidos por la experiencia de la humanidad de todos los tiempos y de todas las regiones de nuestro planeta: la caducidad humana y el fluir del tiempo.

Pensemos en ciertas páginas inolvidables del libro de Job, en las que se pondera nuestra fragilidad. En efecto, somos como los que habitan casas de arcilla, fundadas en el polvo. Se les aplasta como a una polilla. De la noche a la mañana quedan pulverizados. Para siempre perecen sin advertirlo nadie (Jb 4,19-20). Nuestra vida en la tierra es como una sombra (Jb 8,9). Job confiesa también: Mis días han sido más veloces que un correo, se han ido sin ver la dicha. Se han deslizado lo mismo que canoas de junco, como águila que cae sobre la presa. (Jb 9,25-26).

 

2.2.- Al inicio de su canto, que se asemeja a una elegía (vv. 2-6), el salmista opone con insistencia la eternidad de Dios al tiempo efímero del hombre. He aquí la declaración más explícita: Mil años en tu presencia son un ayer que pasó, una guardia nocturna (v. 4).

Como consecuencia del pecado original, el hombre, por orden de Dios, cae en el polvo del que había sido sacado, como ya se afirma en el relato del Génesis: Eres polvo y al polvo volverás (Gn 3,19; cf. 2,7). El Creador, que plasma en toda su belleza y complejidad a la criatura humana, es también quien reduce elhombre a polvo (v. 3). Y «polvo», en el lenguaje bíblico, es expresión simbólica también de la muerte, de los infiernos, del silencio del sepulcro.

 

2.3.- En esta súplica es fuerte el sentido del límite humano. Nuestra existencia tiene la fragilidad de la hierba que brota al alba; inmediatamente oye el silbido de la hoz, que la reduce a un montón de heno. Muy pronto la lozanía de la vida deja paso a la aridez de la muerte (cf. Sal 89,5-6; Is 40,6-7; Jb 14,1-2; Sal 102,14-16).

Como acontece a menudo en el Primer Testamento, el salmista asocia el pecado a esa radical debilidad: en nosotros hay finitud, pero también culpabilidad. Por eso, sobre nuestra existencia parece que se ciernen también la ira y el juicio del Señor: ¡Cómo nos ha consumido tu cólera, y nos ha trastornado tu indignación! Pusiste nuestras culpas ante ti (…) y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera (Sal 89,7-9).

 

2.4.- (…) Este salmo, disipa nuestras ilusiones y nuestro orgullo. La vida humana es limitada: los años de nuestra vida son setenta, ochenta para los más robustos, afirma el orante. Además, el paso de las horas, de los días y de los meses está marcado por «la fatiga y el dolor» (cf. v. 10) e incluso los años son como unsuspiro [v. 9. Y aquí  encontramos  la expresión tan repetida en el Eclesiastés,- ¡vanidad-vacío-suspiro-nada! -, del cual está tomada nuestra Primera Lectura. En la reflexión sobre la precariedad-inutilidad se encuentran el salmo y el libro del Qohelet].

He aquí, por tanto, la gran lección: el Señor nos enseña a contar nuestros días para que, aceptándolos con sano realismo, adquiramos un corazón sabio (v. 12). Pero el orante pide a Dios algo más: que su gracia sostenga y alegre nuestros días, tan frágiles y marcados por la prueba; que nos haga gustar el sabor de la esperanza, aunque la ola del tiempo parezca arrastrarnos. Sólo la gracia del Señor puede dar consistencia y perennidad a nuestras acciones diarias: Baje a nosotros la bondad del Señor, nuestro Dios; haga prosperar la obra de nuestras manos, ¡prospere la obra de nuestras manos! (v. 17).

Con la oración pedimos a Dios que un rayo de la eternidad penetre en nuestra breve vida y en nuestro obrar. Con la presencia de la gracia divina en nosotros, una luz brillará en el fluir de los días, la miseria se transformará en gloria y lo que parece sin sentido cobrará significado.

 

2.5.- Concluyamos nuestra reflexión sobre el salmo 89 cediendo la palabra a la antigua tradición cristiana, que comenta el Salterio teniendo como telón de fondo la figura gloriosa de Cristo. Así, para el escritor cristiano Orígenes, en su Tratado sobre los Salmos, que nos ha llegado en la traducción latina de San Jerónimo, la resurrección de Cristo es la que nos da la posibilidad, vislumbrada por el salmista, de que toda nuestra vida sea alegría y júbilo (v. 14). Y esto porque la Pascua de Cristo es la fuente de nuestra vida más allá de la muerte: 

«Después de alegrarnos por la resurrección de nuestro Señor, mediante la cual creemos que ya hemos sido redimidos y que también nosotros resucitaremos un día, ahora, pasando con gozo los días que nos queden de vida, nos alegramos de esta confianza, y con himnos y cánticos espirituales alabamos a Dios por Jesucristo nuestro Señor»[3].

 

 

Segunda Lectura: carta a los Colosenses 3,1-5. 9-11

 

3.1.- Por el bautismo hemos muerto con Cristo no solamente al pecado, sino a todos esos reglamentos que no tienen más que una apariencia de devoción. (…)

En contrapartida, Pablo caracteriza la vida del cristiano como una unión indisoluble con Cristo.

Mientras que en 2,12 y ss se tenía la impresión de que todo estaba ya hecho, nuestro pasaje mantiene la tensión entre el ya y el todavía no, tan característica del Nuevo Testamento. Es verdad que hemosresucitado con Cristo, pero tenemos que hacernos (de hecho) lo que ya somos (de derecho).

Aunque la antítesis vida/muerte sea una constante en Pablo (por ejemplo Rom 6,4; 1Cor 15,21; 2Cor 2,16; 4,11s; etc.), presenta aquí una forma especial, ya que el mismo Cristo es considerado como la vida. El lenguaje corresponde a las enseñanzas de Jesús sobre la vida en el Evangelio de Juan: Yo soy la resurrección y la vida (11,25).

 

3.1.1.- Por el momento sigue estando oculta nuestra participación en la vida de Cristo, pero se revelará en todo su esplendor el día de la manifestación de Cristo (3,4). Es éste el único pasaje de Colosenses  en el que se hace una alusión directa a la parusía. Es útil comparar este texto con Filipenses 3,20s: Nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, que transfigurará nuestro cuerpo humilde para hacerlo semejante a su cuerpo glorioso.

 

3.2.- Pablo usa dos adjetivos para expresar la novedad de la vida en Cristo: por un lado nuevo [neos]que se opone a viejo/antiguo [palaios], y se sitúa sólo en la línea temporal. Cada año es nuevo respecto al precedente, ¡lo cual no quiere decir que sea mejor! Por otro lado, kainos que expresa la novedad cualitativa,por lo que se utiliza para designar la nueva Alianza, la Alianza del Espíritu en oposición a la alianza de la carne (así en 2Cor 3,6). En Col 3,10 Pablo juega con los dos matices: lo nuevo (neos) que se renueva (verbo compuesto con kainos) y en Ef 4,24 presenta al hombre nuevo (kainos), revestido en el bautismo, creado según Dios en la justicia y la santidad que vienen de la verdad.

Aunque la inmersión en Cristo es un acontecimiento único, no deja de exigir un progreso incesante, como indica el participio presente: este hombre nuevo no deja de renovarse (cf. Rom 12,2; Ef 4,24). Es imposible expresar mejor el dinamismo de la vida cristiana. Recordemos la bella fórmula de Gregorio de Niza: “En materia de virtud, hemos aprendido del Apóstol que su perfección no tiene más que un límite: no tener límites” (Vida de Moisés, prólogo). El objetivo es un  conocimiento más afinado de la voluntad de Dios (cf.Col 1,9s), haciéndose cada vez más imagen .de Aquel que es por excelencia la imagen de Dios (1,5).

 

3.3.- Como le gusta repetir a Pablo, el bautismo está en el principio de la unidad cristiana, más allá detodas las diferencias religiosas, culturales y sociales.

En 1,27 el misterio de Dios se resumía en la presencia de Cristo entre nosotros, como esperanza de lagloria. Según esta misma concentración de la mirada en Cristo, como expresión total del misterio de Dios(2,2), nuestra exhortación bautismal termina con estas palabras significativas: ¡Cristo todo en todos![4]

 

 

Evangelio: san Lucas 12,13-21

 

4.1.- Una pelea entre hermanos es el disparador de la enseñanza de Jesús en el Evangelio de este domingo. Es justo, bueno y necesario descubrir una coordinada continuidad en la temática de los evangelios de los últimos domingos: el Buen Samaritano se portó fraternalmente con el herido, no así el sacerdote y el levita; sólo la escucha de la Palabra, con apertura de corazón, hace posible que las dos hermanas,- Marta y María -, se hagan partícipes de esa ‘parte mejor’ de la herencia que es el Señor; el padrenuestro, al enseñarnos a conjugar la vida en ‘nuestro’ y no en ‘mío’, nos graba a fuego nuestra condición de hijos e hijas en el Hijo, capacitándonos en el Espíritu para que viviendo fraternamente, invoquemos, con un solo corazón y con una sola voz, a Dios nuestro Padre.

 

4.2.- Resulta evidente que entre los hermanos del evangelio de este domingo existe litigio, no logran ponerse de acuerdo y, como suele ocurrir, cada uno de ellos se siente postergado y perjudicado en sus derechos e intereses. Uno de los dos recurre a Jesús con la esperanza de que se le haga justicia. Pero Jesús se niega a entrar en ese juego: ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes? ¿Por qué no pueden ponerse de acuerdo entre ustedes? Es bueno que en este punto, ya antes de la parábola que sigue, nos detengamos a reflexionar sobre una cuestión que va más allá del problema de la herencia o del apego a los bienes materiales: muchísimas veces Dios no responde a nuestras preguntas, simplemente porque están mal planteadas. Las formulamos desde una perspectiva en la que Dios no quiere dejarse meter; partimos de premisas falseadas y corrompidas…

 

4.3.- La respuesta de Jesús supera ampliamente la perspectiva de la pregunta, cuestionando la pregunta misma. El interlocutor le pidió resolver un problema puntual, sin caer en la cuenta de la existencia de una cuestión muchísimo más importante: la del apego a los bienes. ¿Cómo habrá reaccionado ante la respuesta de Jesús? No lo sabemos. En una de esas se alejó decepcionado, pensando que al Maestro no le interesaban sus problemas, o puede que se hay dejado ‘seducir’ (Cf. Jer 20,7-9) por Jesús, adoptando una nueva perspectiva de vida, comprendiendo que detrás de la negativa de Jesús se escondía una ‘herencia’ mucho más apetecible, logrando captar que era indispensable llegar hasta la raíz del litigio con su hermano: ¡la del egoísmo! Ni el mismísimo Jesús hubiera podido solucionarlo mientras ambos siguieran encerrados en su egoísmo. Cuando no se vive el padrenuestro y cuando el espíritu de hermandad brilla por su ausencia, ninguna solución puede abrirse camino, cosa que comprobamos todos los días, entre hermanos, familias, países y hemisferios…  (Cf. Aparecida 60-70; 397-398…).

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

No se gloríe el sabio de su saber, no se gloríe el rico en su riqueza, no se gloríe el soldado de su valor,aunque hubieren escalado la cima del saber, de la riqueza o del valor. Voy a añadir a la lista nuevos paralelismos: Ni se gloríe el famoso y célebre en su gloria; ni el que está sano, de su salud; ni el apuesto, de su hermosa presencia; ni el joven, de su juventud; en una palabra, que ningún soberbio o vanidoso se gloríe en ninguna de aquellas cosas que celebran los mortales. En todo caso, el que se gloríe que se gloríe sólo en esto: en conocer y buscar a Dios, en dolerse de la suerte de los desgraciados y en hacer reservas de bien para la vida futura.

Todo lo demás son cosas inconsistentes y frágiles y, como en el juego del ajedrez, pasan de unos a otros, cambiando de campo; y nada es tan propio del que lo posee que no acabe por esfumarse con el andar del tiempo o haya de transmitirse con dolor a los herederos. Aquéllas, en cambio, son realidades seguras y estables, que nunca nos dejan ni se dilapidan, ni quedan frustradas las esperanzas de quienes depositaron en ellas su confianza.

A mi parecer, ésta es asimismo la causa de que los hombres no tengan en esta vida ningún bien estable y duradero. Y esto —como todo lo demás— lo ha dispuesto así de sabiamente la Palabra creadora y aquellaSabiduría que supera todo entendimiento, para que nos sintamos defraudados por las cosas que caen bajo nuestra observación, al ver que van siempre cambiando en uno u otro sentido, ya están en alza, ya en baja, padeciendo continuos reveses y, ya antes de tenerlas en la mano, se te escurren y se te escapan. Comprobando, pues, su inestabilidad y variabilidad, esforcémonos por llegar al puerto de la vida futura. ¿Qué no haríamos nosotros de ser estable nuestra prosperidad si, inconsistente y frágil como es, hasta tal punto nos hallamos como maniatados por sutiles cadenas y reducidos a esta servidumbre por sus engañosos placeres, que nos vemos incapacitados para pensar que pueda haber algo mejor y más excelente que las realidades presentes, y eso a pesar de escuchar y estar firmemente persuadidos de que hemos sido creados a imagen de Dios, imagen que está arriba y nos atrae hacia sí?

El que sea sabio, que recoja estos hechos. ¿Quién dejará pasar las cosas transitorias? ¿Quién prestará atención a las cosas estables? ¿Quién tendrá como transitorias las cosas presentes? Dichoso el hombre que, dividiendo y deslindando estas cosas con la espada de la Palabra que separa lo mejor de lo peor, dispone las subidas de su corazón, como en cierto lugar dice el profeta David, y, huyendo con todas sus energías de este valle de lágrimas, busca los bienes de allá arriba, y, crucificado al mundo juntamente con Cristo, con Cristo resucita, junto con Cristo asciende, heredero de una vida que ya no es ni caduca ni falaz: donde no hay ya serpiente que muerde junto al camino ni que aceche el talón, como puede comprobarse observando su cabeza.

Considerando esto mismo, también el bienaventurado Miqueas dice atacando a los que se arrastran por tierra y tienen del bien sólo el ideal: Acérquense a los montes eternos: ¡arriba, en marcha!, que este no es sitio de reposo. Son más o menos las mismas palabras, con las cuales nos anima nuestro Señor y Salvador, diciendo: Levántense, vámonos de aquí. Jesús dijo esto no sólo a los que entonces tenía como discípulos, invitándoles a salir únicamente de aquel lugar —como quizá alguno pudiera pensar—, sino tratando de apartar siempre y a todos sus discípulos de la tierra y de las realidades terrenas, para elevarlos al cielo y a las realidades celestiales.

Vayamos, pues, de una vez en pos del Verbo, busquemos aquel descanso, rechacemos la riqueza y abundancia de esta vida. Aprovechémonos solamente de lo bueno que hay en ellas, a saber: redimamos nuestras almas a base de limosnas, demos a los pobres nuestros bienes, para  enriquecernos con los del cielo[5].

 

pmaxalexander@gmail.com


[1] Francisco, Discurso a  la comunidad de Varginha,- Río de Janeiro 25-07-2013-, Nº 1-2. Levemente abreviado.

[2] A. Neher, Notes sur Qohelet, París 1951, p. 72.

[3] Juan Pablo II, Audiencia del 26 de marzo 2003, que cita al final a: Orígenes-Jerónimo, 74 omelie sul libro dei Salmi, Milán 1993, p. 652  Hemos acortado y adaptado la catequesis.

[4] E. Cothenet, Las cartas a los colosenses y a los efesios, Estella (Navarra) 1994 (CB 82), pp. 30-32.  Levemente adaptado.

[5] San Gregorio de Nacianzo, Sermón 14, sobre el amor a los pobres 20-22. PG 35, 882-886. Gregorio nació hacia el año 330. Tras cursar brillantemente sus estudios en Cesárea de Capadocia, en Cesárea de Palestina, Alejandría y Atenas, recibió el bautismo hacia el 358 y decidió consagrarse a la “filosofía monástica”, pero sin decidirse, contra lo que había prometido, a dejar su familia para unirse a Basilio, con excepción de breves períodos, en los que se dedicó con su amigo al estudio de la obra de Orígenes. Por navidades del 361 fue ordenado sacerdote por su padre, judío converso, obispo de Nacianzo durante 45 años (san Gregorio El Mayor, su madre fue santa Nona y sus hermanos, los santos Cesáreo y Gorgonia). En el año 372, san Basilio, como parte de su plan de política religiosa, lo obligó a aceptar la sede episcopal de Sásima, una estación postal a la que Gregorio se negó luego a trasladarse. El 374, tras la muerte del padre, gobierna por poco tiempo la diócesis de Nacianzo, pero se retira en seguida a Seleucia de Isauria. Cuando a la muerte del emperador Valente (378) los nicenos cobran nuevas esperanzas de prevalecer, la sede de Constantinopla estaba en manos de los arrianos (desde el 351); para reagrupar la pequeña comunidad ortodoxa según la línea trazada por Basilio (que ya había fallecido) se recurre a Gregorio, que implanta su sede en casa de un pariente (capilla de la Anástasis). Las dotes humanas y religiosas de Gregorio y los 22 memorables discursos que pronuncia durante estos años le granjean una espléndida notoriedad, no exenta sin embargo de críticas de una y otra parte. En 381, se convocó un concilio en Constantinopla (el concilio que luego será catalogado como segundo ecuménico). Tras la muerte repentina de Melecio, Gregorio, elegido como presidente del concilio, mostró su desacuerdo con la fórmula de fe que se proponía. Gregorio propugnaba una declaración inequívoca de la divinidad y de la consubstancialidad del Espíritu Santo. Hubiera querido, por otra parte, satisfacer los deseos de los occidentales que lo querían sucesor de Melecio, pero no logró sino disgustar a unos y otros. Gregorio no tardó en comunicar con gran amargura su dimisión al emperador y, al cabo de dos años pasados en Nacianzo, hizo elegir como obispo de esta sede a su primo Eulalio (383) y se retiró a su propiedad de Arianzo. Murió en el año 390. Cf.www.corazones.org/santos/gregorio_nacianceno.htm

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