Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo.

 TERCER DOMINGO DE PASCUA, Ciclo “C”

09-10 de abril 2016

5151

“Apacienta mis corderos”

(Rafael Sancio, 1515)

 

Introducción

 

0.1.- En la Primera Lectura llama la atención la fuerza de Pedro y los demás Apóstoles. Al mandato de permanecer en silencio, de no seguir enseñando en el nombre de Jesús, de no anunciar más su mensaje, ellos responden claramente: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Y no los detiene ni siquiera el ser azotados, ultrajados y encarcelados. Pedro y los Apóstoles anuncian con audacia, con parresia, aquello que han recibido, el Evangelio de Jesús. Y nosotros, ¿somos capaces de llevar la Palabra de Dios a nuestros ambientes de vida? ¿Sabemos hablar de Cristo, de lo que representa para nosotros, en familia, con los que forman parte de nuestra vida cotidiana? La fe nace de la escucha, y se refuerza con el anuncio.

 

0.2.- Pero demos un paso más: el anuncio de Pedro y de los Apóstoles no consiste sólo en palabras, sino que la fidelidad a Cristo entra en su vida, que queda transformada, recibe una nueva dirección, y es precisamente con su vida con la que dan testimonio de la fe y del anuncio de Cristo. En el Evangelio, Jesús pide a Pedro por tres veces que apaciente su grey, y que la apaciente con su amor, y le anuncia: «Cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras» (Jn 21,18). Esta es una palabra dirigida a nosotros, los Pastores: no se puede apacentar el rebaño de Dios si no se acepta ser llevados por la voluntad de Dios incluso donde no queremos, si no hay disponibilidad para dar testimonio de Cristo con la entrega de nosotros mismos, sin reservas, sin cálculos, a veces a costa incluso de nuestra vida. Pero esto vale para todos: el Evangelio ha de ser anunciado y testimoniado. Cada uno debería preguntarse: ¿Cómo doy yo testimonio de Cristo con mi fe? ¿Tengo el valor de Pedro y los otros Apóstoles de pensar, decidir y vivir como cristiano, obedeciendo a Dios? Es verdad que el testimonio de la fe tiene muchas formas, como en un gran mural hay variedad de colores y de matices; pero todos son importantes, incluso los que no destacan. En el gran designio de Dios, cada detalle es importante, también el pequeño y humilde testimonio tuyo y mío, también ese escondido de quien vive con sencillez su fe en lo cotidiano de las relaciones de familia, de trabajo, de amistad. Hay santos del cada día, los santos «ocultos», una especie de «clase media de la santidad», como decía un escritor francés, esa «clase media de la santidad» de la que todos podemos formar parte. Pero en diversas partes del mundo hay también quien sufre, como Pedro y los Apóstoles, a causa del Evangelio; hay quien entrega la propia vida por permanecer fiel a Cristo, con un testimonio marcado con el precio de su sangre. Recordémoslo bien todos: no se puede anunciar el Evangelio de Jesús sin el testimonio concreto de la vida. Quien nos escucha y nos ve, debe poder leer en nuestros actos eso mismo que oye en nuestros labios, y dar gloria a Dios. Me viene ahora a la memoria un consejo que San Francisco de Asís daba a sus hermanos: predicad el Evangelio y, si fuese necesario, también con las palabras. Predicar con la vida: el testimonio. La incoherencia de los fieles y los Pastores entre lo que dicen y lo que hacen, entre la palabra y el modo de vivir, mina la credibilidad de la Iglesia.

 

0.3.- Pero todo esto solamente es posible si reconocemos a Jesucristo, porque es él quien nos ha llamado, nos ha invitado a recorrer su camino, nos ha elegido. Anunciar y dar testimonio es posible únicamente si estamos junto a él, justamente como Pedro, Juan y los otros discípulos estaban en torno a Jesús resucitado, como dice el pasaje del Evangelio de hoy; hay una cercanía cotidiana con él, y ellos saben muy bien quién es, lo conocen. El Evangelista subraya que «ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor» (Jn 21,12). Y esto es un punto importante para nosotros: vivir una relación intensa con Jesús, una intimidad de diálogo y de vida, de tal manera que lo reconozcamos como «el Señor». ¡Adorarlo! El pasaje del Apocalipsis que hemos escuchado nos habla de la adoración: miríadas de ángeles, todas las creaturas, los vivientes, los ancianos, se postran en adoración ante el Trono de Dios y el Cordero inmolado, que es Cristo, a quien se debe alabanza, honor y gloria (cf. Ap 5,11-14). Quisiera que nos hiciéramos todos una pregunta: Tú, yo, ¿adoramos al Señor? ¿Acudimos a Dios sólo para pedir, para agradecer, o nos dirigimos a él también para adorarlo? Pero, entonces, ¿qué quiere decir adorar a Dios? Significa aprender a estar con él, a pararse a dialogar con él, sintiendo que su presencia es la más verdadera, la más buena, la más importante de todas. Cada uno de nosotros, en la propia vida, de manera consciente y tal vez a veces sin darse cuenta, tiene un orden muy preciso de las cosas consideradas más o menos importantes. Adorar al Señor quiere decir darle a él el lugar que le corresponde; adorar al Señor quiere decir afirmar, creer – pero no simplemente de palabra – que únicamente él guía verdaderamente nuestra vida; adorar al Señor quiere decir que estamos convencidos ante él de que es el único Dios, el Dios de nuestra vida, el Dios de nuestra historia.

Esto tiene una consecuencia en nuestra vida: despojarnos de tantos ídolos, pequeños o grandes, que tenemos, y en los cuales nos refugiamos, en los cuales buscamos y tantas veces ponemos nuestra seguridad. Son ídolos que a menudo mantenemos bien escondidos; pueden ser la ambición, el carrerismo, el gusto del éxito, el poner en el centro a uno mismo, la tendencia a estar por encima de los otros, la pretensión de ser los únicos amos de nuestra vida, algún pecado al que estamos apegados, y muchos otros. Esta tarde quisiera que resonase una pregunta en el corazón de cada uno, y que respondiéramos a ella con sinceridad: ¿He pensado en qué ídolo oculto tengo en mi vida que me impide adorar al Señor? Adorar es despojarse de nuestros ídolos, también de esos más recónditos, y escoger al Señor como centro, como vía maestra de nuestra vida.

Queridos hermanos y hermanas, el Señor nos llama cada día a seguirlo con valentía y fidelidad; nos ha concedido el gran don de elegirnos como discípulos suyos; nos invita a proclamarlo con gozo como el Resucitado, pero nos pide que lo hagamos con la palabra y el testimonio de nuestra vida en lo cotidiano. El Señor es el único, el único Dios de nuestra vida, y nos invita a despojarnos de tantos ídolos y a adorarle sólo a él. Anunciar, dar testimonio, adorar. Que la Santísima Virgen María y el Apóstol Pablo nos ayuden en este camino, e intercedan por nosotros.

Así sea[1].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Hechos de los Apóstoles 5, 27-32. 40b-41

 

1.1.- Este reiterado comportamiento de la autoridad del templo no necesita ninguna motivación especial en el contexto de la exposición precedente. Los apóstoles, soltados después del primer juicio oral con una severa prohibición de hablar (4,17ss), aun reconociendo las autoridades judías, se sintieron más obligados con Dios que con los hombres (4,19). En el encargo de Jesús resucitado de dar testimonio los apóstoles vieron una obligación que venía de Dios.

 

1.2.- Los jefes judíos tienen que experimentar con una claridad creciente su importancia ante el poder vital de la comunidad de Jesús. Esto se les presenta ante la vista con una evidencia inesperada. En el primer encuentro judicial con Pedro y Juan la escena irrefutable del cojo de nacimiento curado les impedía proceder según sus verdaderas intenciones. Ahora la cárcel vacía les mostraba claramente cuán difícil es combatir contra el poder vital de un movimiento impulsado por el Espíritu Santo.

A los jefes judíos tuvo que producirles el efecto de un insoportable desafío de la conciencia de su poder la noticia de que los hombres que habían puesto en la cárcel estaban precisamente en el templo y allí anunciaban la doctrina por cuya causa se les quería procesar. Pero lo más grave para ellos es este pueblo que se reúne lleno de entusiasmo en torno de los apóstoles y escucha atentamente su predicación. (…)

Los apóstoles están ante el sanedrín. Se presentan como hombres libres. Son libres, porque el mismo Dios los ha liberado por medio de su ángel. Son libres, porque el pueblo se colocó detrás de ellos. También aquí vemos el gobierno misterioso del Espíritu Santo. Porque sólo él puede dirigir las cosas de la vida de tal forma que los planes de Dios también se cumplan en la armonía externa de las causas. Los Hechos de los apóstoles siempre saben informar sobre tales situaciones. Además de este temor al pueblo ¿temía también el sanedrín algo más? Raras veces suenan las palabras del sumo sacerdote. Su discurso ¿no rezuma temor y recelo? En primer lugar, es una acusación. No podía ser de otra manera. El sumo sacerdote recuerda a los apóstoles la prohibición de «que no enseñarais en este nombre» (4,17s). De nuevo rehúye decir el nombre en torno del cual todo gira. (…)

 

1.3.- La respuesta de los apóstoles a los reproches del sanedrín no es el lenguaje que usan los acusados. Antes bien se vuelve contra los acusadores con una confesión valiente.

Obsérvese la sensible diferencia de su actitud en el primer juicio oral. Allí tampoco se puede notar ninguna sumisión temerosa. Pero no hay que pasar por alto una cierta reserva con respecto al supremo tribunal del pueblo. Esta vez los apóstoles ya no someten al juicio del sanedrín la decisión de si es justo obedecer a los hombres antes que a Dios. Su voz resuena claramente y sin ninguna reserva en la sala del tribunal: Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres.

No solamente Pedro lo dice así, aunque él es el que habla. Sino que el texto tiene cuidado en hacer constar: «Pedro y los apóstoles dijeron…» En ellos toda la Iglesia hace uso de la palabra. Pondérese el peso de estas palabras en esta situación. ¿Quién da a los apóstoles el derecho de hablar así, la facultad de considerar la orden del sanedrín como mandamiento humano, de no hacer caso de esta orden? ¿De dónde les viene la seguridad con que pueden distinguir en qué han de obedecer a Dios antes que a los hombres?

Estas son cuestiones serias. Difícilmente se pueden solventar desde fuera con argumentos humanos. Concurren dos ámbitos de obligaciones: las leyes de la autoridad visible y terrena, y las leyes del Espíritu Santo. Este sanedrín como órgano del pueblo elegido por Dios podía atribuir a la voluntad divina su facultad de gobernar por medio de honorables tradiciones. Según la manera general de ver de los judíos estos hombres de Galilea eran sus súbditos. ¿No tenía, pues, derecho a reclamar una obediencia absoluta?

Se podría pensar así. Y en el sanedrín probablemente muchos pensaban así, y por sus convicciones sinceras no podían pensar de otra manera. (…) Ahora de nuevo se da la misma situación, ya que el sanedrín reclama de los apóstoles una obediencia incondicional.

Los apóstoles ciertamente pudieron sentir la alternativa en que se les había puesto. Sin embargo, ya se han decidido. El encargo de Jesús resucitado se les ha confiado a ellos. El encargo del que se les ha mostrado vivo y se ha revelado en su misterio divino. El encargo del que les ha enviado al Espíritu Santo en el día de pentecostés, y desde entonces ha demostrado su fuerza con señales y prodigios. Como dijo Pedro con tono autoritativo en el primer juicio oral, ellos no podían dejar de decir lo que habían oído y visto (4,20).

 

1.4.- Los apóstoles están ante la suprema autoridad del pueblo judío. Tienen que dar respuesta. Lo hacen con la conciencia de lo que se les imputa. Su respuesta, tal como está en el relato de los Hechos de los apóstoles, comprende pocas palabras, pero en cada una de ellas se contiene una declaración trascendental. Esta respuesta es una confesión, confesión y testimonio, llamada y promesa. Una apelación promotora de la naciente Iglesia a la sinagoga recusante.

 

1.5.- De nuevo penetra por el recinto, como primer y más importante testimonio, el mensaje que hasta ahora hemos percibido siempre como la confesión de los apóstoles. El Dios de nuestros padres, dice conscientemente el apóstol. No quiere hablar como un forastero, como si estuviera fuera de Israel. No, su Dios también es el Dios de estos hombres del sanedrín, y así es el Dios de sus padres, el Dios de Israel, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, como lo nombró Pedro ya en su discurso después de la curación del rengo de nacimiento (3,13). Con esta alusión al «Dios de nuestros padres», Pedro invoca en cierto modo, toda la historia de la revelación de este Dios como testimonio de su mensaje.

El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, así suena el testimonio ante los hombres del sanedrín, y éstos oyen este mensaje como la confesión convencida de hombres que están ciertos de lo que dicen. (…) Por encima de la pasión y muerte de Jesús los apóstoles contemplaban con una emoción todavía mayor la gloria que Jesús había recibido en su resurrección y ensalzamiento al lado de Dios.

En esta hora memorable Pedro muestra a Jesús de Nazaret a la diestra de Dios como príncipe y salvador, y así atestigua de él las más altas dignidades, que en el lenguaje del Primer Testamento solamente corresponde a Dios. Este «príncipe y salvador» ha sido exaltado por Dios, para traer a Israel la salvación que ella espera desde los profetas, y que incluye en sí la conversión y el perdón de los pecados.

En la respuesta de Pedro se describe con pocas palabras la acción salvadora de Dios. Tres veces se nombra a Dios en el texto: El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús… A éste lo ha exaltado Dios a su diestra como príncipe y salvador… El Espíritu Santo que Dios ha concedido a los que le obedecen… Y en esta conciencia se funda la confesión introductoria: Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres. Así pues, en las palabras de los apóstoles se contiene una justificación y una llamada; una justificación del mensaje que anuncian en nombre de Jesús, una llamada a los hombres del sanedrín, con cuya inteligencia y disposición está unida de una forma decisiva la salvación de todo el pueblo. ¿Cómo reciben esta llamada? Perseveran en su obcecación. Todavía lo hacen más obstinadamente. Ellos, al oírlos, llenos de rabia, estaban resueltos a acabar con ellos.

 

1.6.- ¡Cuánto puede un solo hombre, a quien se le ha concedido la sabiduría y prudencia y el poder de la voluntad sincera, desinteresada! Ante él se doblega la efervescente conmoción de los demás. Gamaliel conoce al sanedrín y consigue que suelten a los apóstoles. El Espíritu Santo se sirve del hombre, y dirige y guarda a la Iglesia. La leyenda dice que Gamaliel pronto se hizo cristiano. No sabemos nada con seguridad sobre ello. Difícilmente se puede suponer que profesara la fe en Cristo. Si la hubiera profesado, difícilmente tendría el gran prestigio que tiene en la tradición judía. Pero podemos suponer que en este memorable juicio oral pudieron recapacitar muchos que escucharon el testimonio de los apóstoles, y lo relacionaron con lo que irradiaba a los hombres la naciente Iglesia. ¿Qué significa la flagelación en el feliz desenlace de este peligroso proceso? El sanedrín los castigó y así conservó su aspecto de suprema autoridad. La flagelación tiene la apariencia de un castigo por no haber observado la prohibición de hablar[2].

 

 

Salmo Responsorial: Salmo 29[30],2. 4-6. 11-12a.13b

 

2.1.- El orante eleva a Dios, desde lo más profundo de su corazón, una intensa y ferviente acción de gracias porque lo ha librado del abismo de la muerte. Ese sentimiento resalta con fuerza en el salmo 29. (…) Este himno de gratitud revela una notable finura literaria y se caracteriza por una serie de contrastes que expresan de modo simbólico la liberación alcanzada gracias al Señor. Así, “sacar la vida del abismo” se opone a “bajar a la fosa” (v. 4); la “bondad de Dios de por vida” sustituye su “cólera de un instante” (v. 6); el “júbilo de la mañana” sucede al “llanto del atardecer”; el “luto” se convierte en “danza” y el triste “sayal” se transforma en “vestido de fiesta” (v. 12).

Así pues, una vez que ha pasado la noche de la muerte, clarea el alba del nuevo día. Por eso, la tradición cristiana ha leído este salmo como canto pascual. (…)

 

2.2.- El orante se dirige repetidamente al “Señor” -por lo menos ocho veces- para anunciar que lo ensalzará (vv. 2 y 13), para recordar el grito que ha elevado hacia él en el tiempo de la prueba (vv. 3 y 9) y su intervención liberadora (vv. 2, 3, 4, 8 y 12), y para invocar de nuevo su misericordia (v. 11). En otro lugar, el orante invita a los fieles a cantar himnos al Señor para darle gracias (v. 5).

Las sensaciones oscilan constantemente entre el recuerdo terrible de la pesadilla vivida y la alegría de la liberación. Ciertamente, el peligro pasado es grave y todavía causa escalofrío; el recuerdo del sufrimiento vivido es aún nítido e intenso; hace muy poco que el llanto se ha enjugado. Pero ya ha despuntado el alba de un nuevo día; en vez de la muerte se ha abierto la perspectiva de la vida que continúa.

 

2.3.- De este modo, el Salmo demuestra que nunca debemos dejarnos arrastrar por la oscura tentación de la desesperación, aunque parezca que todo está perdido. Ciertamente, tampoco hemos de caer en la falsa esperanza de salvarnos por nosotros mismos, con nuestros propios recursos. En efecto, al salmista le asalta la tentación de la soberbia y la autosuficiencia:  Yo pensaba muy seguro: “No vacilaré jamás (v. 7). Los Padres de la Iglesia comentaron también esta tentación que asalta en los tiempos de bienestar y vieron en la prueba una invitación de Dios a la humildad. (…)

 

2.4.- Después de confesar la tentación de soberbia que le asaltó en el tiempo de prosperidad, el salmista recuerda la prueba que sufrió a continuación, diciendo al Señor:  Escondiste tu rostro, y quedé desconcertado (v. 8).

El orante recuerda entonces de qué manera imploró al Señor (vv. 9-11):  gritó, pidió ayuda, suplicó que le librara de la muerte, aduciendo como razón el hecho de que la muerte no produce ninguna ventaja a Dios, dado que los muertos no pueden ensalzarlo y ya no tienen motivos para proclamar su fidelidad, al haber sido abandonados por él.

Volvemos a encontrar esa misma argumentación en el salmo 87, en el cual el orante, que ve cerca la muerte, pregunta a Dios: ¿Se anuncia en el sepulcro tu misericordia o tu fidelidad en el reino de la muerte? (Sal 87, 12). (…)

Así expresaba el Primer Testamento el intenso deseo humano de una victoria de Dios sobre la muerte y refería diversos casos en los que se había obtenido esta victoria: gente que corría peligro de morir de hambre en el desierto, prisioneros que se libraban de la condena a muerte, enfermos curados, marineros salvados del naufragio (Sal 106, 4-32). Sin embargo, no se trataba de victorias definitivas. Tarde o temprano, la muerte lograba prevalecer.

La aspiración a la victoria, a pesar de todo, se ha mantenido siempre y al final se ha convertido en una esperanza de resurrección. La satisfacción de esta fuerte aspiración ha quedado garantizada plenamente con la resurrección de Cristo, por la cual nunca daremos gracias a Dios suficientemente[3].

 

 

Segunda Lectura: Apocalipsis 5,11-14

 

3.1.- Ya ve Juan al vencedor que está en pie en el círculo de la corte celestial directamente delante del trono. Anunciado como «León», aparece como «un Cordero… como degollado». No se puede decir con más brevedad y propiedad cuándo y cómo se reportó la victoria que se acaba de mencionar; como un cordero, víctima preferida del Antiguo Testamento, este león se hizo así mismo víctima expiatoria por los pecados de todos (cf. 1,5); por eso el Apocalipsis prefiere especialmente el titulo de Cordero para designar al Redentor (veintiocho veces; cf. también Jn 1,29). Ahora bien, él demostró la fortaleza del león, resucitando a la vida eterna (cf. 1,18), de modo que se le designa simplemente como «el que vive», (1,18). (…)

 

3.2.- En el canto de alabanza de los que asisten al trono entra también ahora la innumerable multitud de los ángeles, como también lo entona sin excepción la entera creación terrestre en su gran variedad; los cuatro seres vivientes pronuncian el amén, y los ancianos concluyen esta liturgia verdaderamente cósmica con el culto de la adoración. Así el conjunto se presenta como una visión prospectiva de la consumación, que es la meta del proceso turbulento, cuya descripción comienza tras esta introducción. En función de tal visión en profundidad se resuelven todos los enigmas de la historia de la misma manera como sólo en función de la elevación del Cordero al trono resultan claras y comprensivas la pasión y muerte de Jesús[4].

 

 

Evangelio: San Juan 21,1-19 (ó más breve: 21,1-14)

 

4.1.- ¿Me amas? Estas palabras nos escrutan, penetrando hasta lo más profundo de nuestro corazón; son palabras que deben llevarnos a recorrer los senderos de la vida dejándonos encontrar por el Buen Pastor y saliendo al encuentro de aquellas y aquellos que andan buscando el pastito verde y el agua fresca… Nuestra codicia y avidez nos convierten en lobos que nos devoramos mutuamente; nuestros deseos de dominio y mando nos convierten en tiranos…

¡Te amo Señor! Y en Ti, Señor, amo a todas las criaturas, incluyéndome a mí. En tu perdón recupero el rostro, surcado por las lágrimas del fracaso. Creía amarte, y todo ese amor se derrumbó apenas cantó un gallo. Ya no me atrevo a afirmar, Señor, que soy mejor que mis hermanos, porque sólo en tu mirada encontré cómo cerrar las llagas de mis fragilidades, son cicatrices que no permitirán me olvidé de tu amor y de mi pequeñez. Tú lo sabes todo, Señor, sabes que te quiero.

 

4.2.- El Evangelio de este domingo tiene dos secciones: la primera nos relata la aparición del Resucitado a orillas del Lago y la pesca milagrosa; la segunda nos trae el diálogo de Jesús con Pedro. Hablaremos de la segunda.

Estamos ante un relato de vocación y es posible leerlo a tres niveles. El primero es el de la vocación cristiana en general, cualquiera que ella sea. El segundo es el de la vocación al ministerio pastoral. El tercero, el de la específica vocación de Pedro al frente de los Doce. Nos limitaremos a reflexionar sobre el primero.

 

4.2.1.- Lo primero que debemos subrayar es que la vocación, toda vocación a cualquier estado de vida, nace a partir de una intensa y personal relación con Jesús resucitado [¡Recordemos los fuertes textos de Aparecida, al respecto!]. Es importante subrayarlo: no se capta la propia vocación solamente a partir de uno mismo, haciéndose preguntas del estilo: “¿qué me gustaría hacer?”, “¿cómo y en qué me siento realizado?”. La vocación nace, crece y se mantiene en un diálogo de a dos, -¡valga la redundancia!-. Ahí está su origen, sus raíces, sus motivaciones y únicamente a partir de ahí se entiende y percibe.

 

4.2.2.- Una segunda consideración es que toda vocación se consolida en la medida en que se pasa de la confianza en uno mismo a la confianza en el Señor. Recordemos que ésta no es la primera llamada, la primera “vocación”, de Pedro. Ya había sido llamado al comienzo de la vida pública de Jesús. Mientras tanto han pasado muchas cosas, entre otras, la triple negación de Pedro a la que hace eco la triple pregunta del Señor. Ahora Pedro puede desempeñar su ministerio, porque ha aprendido vital y experimentalmente la diferencia abismal que existe entre confiar en uno mismo y confiar en el Señor.

 

4.2.3.- Y una última observación, que ciertamente no hay que colocar en el último lugar: en cada vocación, en toda vocación, está previsto e incluido el martirio. Jesús alude a ello al decir: Cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras. La vocación cristiana es vocación a amar como Jesús amó. Incluye el don de la propia vida. Si no hay amor más grande que el de dar la vida, y si el discípulo no es más grande que el Maestro, entonces la culminación de nuestro discipulado, de nuestro seguimiento puede no ser otro, ¡no puede ser otro!, ¿no puede?, ¡estamos a años luz de semejante amor…!

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Ahora toda la creación está invitada a alegrarse y rego­cijarse, porque la resurrección de Cristo ha abierto los ce­rrojos del infierno, los nuevos bautizados han renovado la tierra y el Espíritu Santo abre el cielo. El infierno, boqui­abierto de admiración, deja salir a los muertos, de la tierra renovada germinan los resucitados, el cielo abierto acoge a los que suben hasta él. El ladrón ha escalado el paraíso, los cuerpos de los santos tienen acceso a la ciudad santa, los muertos regresan junto a los vivos. Como en un despliegue de la resurrección de Cristo, todos los elementos son trans­portados hacia lo alto. El infierno deja escalar las cumbres a los que hasta ahora tenía retenidos, la tierra envía al cielo a los que había sepultado, el cielo presenta al Señor a todos los que recibe. Con un solo movimiento la pasión del Señor nos saca de los bajos fondos, nos eleva de la tierra y nos co­loca en los cielos. La resurrección de Cristo es vida para los difuntos, perdón para los pecadores y gloria para los santos. David compromete a la creación entera a festejar la resu­rrección de Cristo al decir que hay que alegrarse y regoci­jarse en este día que ha hecho el Señor. (…)

La luz de Cristo es un día sin noche, un día sin fin. Res­plandece e irradia por todas partes sin conocer el ocaso. Es el día de Cristo. Lo dice el Apóstol: La noche está avanzada, el día está más acerca. La noche está avanzada y no volverá más. Entiéndelo: una vez aparecida la luz de Cristo, las tinieblas del diablo han emprendido la fuga y la oscuri­dad del pecado no vuelve más; las brumas del pasado han quedado disipadas por el esplendor eterno. (…) Porque el Hijo es este día mismo a quien su Padre, el día, ha comunicado el íntimo secreto de su divinidad. Él es el día que ha dicho por boca de Salomón: He alzado en el cielo una luz sin ocaso.

Igual que la noche no puede se­guir al día celestial, tampoco las tinieblas pueden seguir a la justicia de Cristo. El día celestial resplandece, chisporrotea y brilla sin cesar, y no puede quedar ensombrecido por nin­guna oscuridad. La luz de Cristo luce, brilla e irradia con­tinuamente y las brumas del pecado no pueden cubrirla. Por eso dice San Juan Evangelista: La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no han logrado extinguirla. (…) Por eso, hermanos, tenemos que alegrarnos en este santo día. Que nadie se sustraiga al gozo común por ser consciente de sus pecados, que nadie se aleje de la oración del pueblo de Dios por el peso de sus faltas. Ningún pecador tiene que desesperar del perdón en este día privilegiado. Porque si el ladrón obtuvo la gracia del paraíso, ¿cómo el cristiano no va a obtener la del perdón?[5]

555

 

Jesús, Pedro y los discípulos en la pesca milagrosa

(Fresco en san Ángel de Formio, Capua, hacia 1050)

 

pmaxalexander@gmail.com

[1] Papa Francisco, Homilía en San Pablo extramuros: 14-04-2013.

[2] J. Kurzinger, Los Hechos de los Apóstoles, Barcelona 1974 (El Nuevo Testamento y su Mensaje), pp. 138-150   Adaptado y abreviado. Ver Relecturas de los Hechos de los Apóstoles, Estella (Navarra) 2006 (CB 128), pp. 7-18.

[3] Juan Pablo II, Audiencia del miércoles 12 de mayo 2004. Adaptado y abreviado

[4] E. Schick, El Apocalipsis, Barcelona 19882 (El Nuevo Testamento y su Mensaje 23), pp. 81 y 87. Levemente adaptado.

[5] San Máximo de Turín, Sermón 53, 1, 2, 4: CCL 23, 214-216. Máximo es poeta, místico y al mismo tiempo predicador popular. Para él gracias a la Resurrección de Cristo los seres humanos irrumpen “masivamente” en la vida nueva que les ha sido regalada por el Señor. Entre finales del siglo 4º e inicios del 5º, [Máximo] contribuyó decididamente a la difusión y a la consolidación del cristianismo en el norte de Italia (…) obispo de Turín en el año 398, un año después de la muerte de san Ambrosio. Tenemos muy pocas noticias de él; pero, en compensación, ha llegado hasta nosotros una colección de cerca de noventa Sermones. En ellos se puede constatar la profunda y vital relación del obispo con su ciudad, que atestigua un punto evidente de contacto entre el ministerio episcopal de san Ambrosio y el de san Máximo. En aquel tiempo, fuertes tensiones turbaban la convivencia civil ordenada. En este contexto, san Máximo logró unir al pueblo cristiano en torno a su persona de pastor y maestro. (…); el tono y el contenido de los Sermones implican una profunda conciencia de la responsabilidad política del Obispo en las circunstancias históricas específicas. Él es el “centinela” de la ciudad. (…) En el Sermón 89 el Obispo de Turín ilustra a los fieles sus tareas, sirviéndose de una comparación singular entre la función episcopal y la de las abejas: Los obispos —dice—, “como la abeja, observan la castidad del cuerpo, proporcionan el alimento de la vida celestial y utilizan el aguijón de la ley. Son puros para santificar, dulces para reconfortar, severos para castigar”. Así describe san Máximo la tarea del obispo en su época. (Extraído de la catequesis de Benedicto XVI: 31-10-2007).

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