Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo.

DOMINGO DE LA OCTAVA DE PASCUA

[Segundo de Pascua, o de la divina misericordia]

02-03 de abril 2016

La manifestación pascual a Tomás y los apóstoles

(Duccio. 1310)

Introducción

 

Celebramos hoy el segundo domingo de Pascua, también llamado «de la Divina Misericordia». Qué hermosa es esta realidad de fe para nuestra vida: la misericordia de Dios. Un amor tan grande, tan profundo el que Dios nos tiene, un amor que no decae, que siempre aferra nuestra mano y nos sostiene, nos levanta, nos guía.

En el Evangelio de hoy, el apóstol Tomás experimenta precisamente esta misericordia de Dios, que tiene un rostro concreto, el de Jesús, el de Jesús resucitado. Tomás no se fía de lo que dicen los otros Apóstoles: «Hemos visto el Señor»; no le basta la promesa de Jesús, que había anunciado: al tercer día resucitaré. Quiere ver, quiere meter su mano en la señal de los clavos y del costado. ¿Cuál es la reacción de Jesús? La paciencia: Jesús no abandona al terco Tomás en su incredulidad; le da una semana de tiempo, no le cierra la puerta, espera. Y Tomás reconoce su propia pobreza, la poca fe: «Señor mío y Dios mío»: con esta invocación simple, pero llena de fe, responde a la paciencia de Jesús. Se deja envolver por la misericordia divina, la ve ante sí, en las heridas de las manos y de los pies, en el costado abierto, y recobra la confianza: es un hombre nuevo, ya no es incrédulo sino creyente.

Y recordemos también a Pedro: que tres veces reniega de Jesús precisamente cuando debía estar más cerca de él; y cuando toca el fondo encuentra la mirada de Jesús que, con paciencia, sin palabras, le dice: «Pedro, no tengas miedo de tu debilidad, confía en mí»; y Pedro comprende, siente la mirada de amor de Jesús y llora. Qué hermosa es esta mirada de Jesús -cuánta ternura–. Hermanos y hermanas, no perdamos nunca la confianza en la paciente misericordia de Dios.

Pensemos en los dos discípulos de Emaús: el rostro triste, un caminar errante, sin esperanza. Pero Jesús no les abandona: recorre a su lado el camino, y no sólo. Con paciencia explica las Escrituras que se referían a Él y se detiene a compartir con ellos la comida. Éste es el estilo de Dios: no es impaciente como nosotros, que frecuentemente queremos todo y enseguida, también con las personas. Dios es paciente con nosotros porque nos ama, y quien ama comprende, espera, da confianza, no abandona, no corta los puentes, sabe perdonar. Recordémoslo en nuestra vida de cristianos: Dios nos espera siempre, aun cuando nos hayamos alejado. Él no está nunca lejos, y si volvemos a Él, está preparado para abrazarnos.

A mí me produce siempre una gran impresión releer la parábola del Padre misericordioso, me impresiona porque me infunde siempre una gran esperanza. Pensad en aquel hijo menor que estaba en la casa del Padre, era amado; y aun así quiere su parte de la herencia; y se va, lo gasta todo, llega al nivel más bajo, muy lejos del Padre; y cuando ha tocado fondo, siente la nostalgia del calor de la casa paterna y vuelve. ¿Y el Padre? ¿Había olvidado al Hijo? No, nunca. Está allí, lo ve desde lejos, lo estaba esperando cada día, cada momento: ha estado siempre en su corazón como hijo, incluso cuando lo había abandonado, incluso cuando había dilapidado todo el patrimonio, es decir su libertad; el Padre con paciencia y amor, con esperanza y misericordia no había dejado ni un momento de pensar en él, y en cuanto lo ve, todavía lejano, corre a su encuentro y lo abraza con ternura, la ternura de Dios, sin una palabra de reproche: Ha vuelto. Y esta es la alegría del padre. En ese abrazo al hijo está toda esta alegría: ¡Ha vuelto! Dios siempre nos espera, no se cansa. Jesús nos muestra esta paciencia misericordiosa de Dios para que recobremos la confianza, la esperanza, siempre. Un gran teólogo alemán, Romano Guardini, decía que Dios responde a nuestra debilidad con su paciencia y éste es el motivo de nuestra confianza, de nuestra esperanza. Es como un diálogo entre nuestra debilidad y la paciencia de Dios, es un diálogo que, si lo hacemos, nos da esperanza[1].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Hechos de los Apóstoles 5,12-16

 

1.1.- En los Hechos de los Apóstoles leemos pasajes llamados “sumarios”, en los cuales Lucas hace un “bordado”, una “pintura” de la comunidad cristiana nacida de la Pascua del Señor y Mesías. Los más importantes son tres: 2,42-47; 4,32-35; 5,12-16. Vemos entonces que nuestra Primera lectura nos propone el tercer sumario. Éste pone en el centro de atención al grupo de los Apóstoles, y en particular a Pedro, que desempeña un rol central.

 

1.1.1.- El sumario se abre con una mención muy concreta de las “manos”: por manos de los apóstoles se realizaban muchas señales y prodigios en el pueblo…, que en el Leccionario se transforma en el abstracto: Los Apóstoles hacían muchos signos y prodigios en el pueblo. Lucas nos (de)muestra así que las “manos” de los Apóstoles continúan la obra de las “manos” de Jesús (leer Lc 4,40-41 [Jesús, imponiendo las manos]; 7,21-23), y su acción, como la del Maestro, tiene una gran irradiación (leer Lc 5,17; 6,17-18).

 

1.2.- La percepción del misterio poderoso que obra en el grupo de los Apóstoles suscita temor-respeto y admiración inseparablemente unidos entre sí. Esa es la reacción que suscitan las auténticas manifestaciones de Dios.

(a) Por una parte suscita “entusiasmo”: el pueblo ensalza y “aplaude”, con el mismo entusiasmo mostrado ante las obras y manifestaciones de Jesús (leer Lc 5,26; 7,16, en donde se encuentran unidos el temor y el gozo-alabanza).

(b) Por el otro lado suscita “temor”: pero ningún otro se atrevía a unirse al grupo de los Apóstoles. Se trata de una intuición, de la percepción de encontrarse ante un misterio que no debe ni puede manipularse, que no depende de la voluntad humana, y que por eso prohíbe cualquier hipótesis que pretenda agregarse al grupo por propia iniciativa (recordemos el episodio de la elección de Matías: Hch 1,15-26). En el primer sumario se habla explícitamente que en la comunidad pascual reinaba El “santo temor”: Un santo temor se apoderó de todos ellos porque los Apóstoles realizaban muchos prodigios y signos. (Hch 2,43). Como vemos también aquí se habla de los signos y prodigios obrados por los Apóstoles. Su testimonio no se manifiesta únicamente en los prodigios, sino en el amor fraterno. La versión del Leccionario resulta pobre (Todos solían congregarse unidos en un mismo espíritu), el texto dice mucho más: “eran unánimes, permanecían concordes” (comparar con Hch 1,14; 2,46; 4,24). Estamos ante un testimonio vivido en profunda comunión, que impulsa no tanto a querer entrar a formar parte del “grupo dirigente”, sin más bien a adherirse al Señor mediante la fe. Este es el nexo entre el v. 13 y el 14 (que una vez más se desdibuja en nuestro Leccionario) que podría circunscribirse como sigue: “ninguno se atrevía a asociarse a los Apóstoles; más bien se agregaban al número de los creyentes en Jesús”.

De este modo la resurrección del Señor, a través de la vocación apostólica, edifica la Iglesia, la comunidad de aquellos que, a través del testimonio de los Apóstoles, creen en la Palabra de Jesús y les confían su propia existencia. La Iglesia, tal como lo confesamos en el Credo, es apostólica, construida sobre el cimiento de los Apóstoles (leer Ef 2,20), cuya fe atesora, custodia y transmite (Hch 2,42).

Con este sumario los Hechos nos han delineado algunos de los elementos del misterio de la Iglesia, elementos permanentes que constituyen un desafío permanente y continuo para todos los que formamos la Comunidad de los discípulos. Comunión ordenada, cada miembro cumple una función que le es propia, en el contexto de la común vocación a la santidad que brota de la Resurrección de Cristo (Ver Lumen gentium)

 

 

Salmo Responsorial: Salmo 117,2-4. 22-24. 25-27ª

 

2.1.- Cuando el cristiano, en sintonía con la voz orante de Israel, canta este salmo, experimenta en su interior una emoción particular. En efecto, encuentra en este himno, de intensa índole litúrgica, dos frases que resonarán dentro del Nuevo Testamento con una nueva tonalidad. La primera se halla en el versículo 22: La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Jesús cita esta frase, aplicándola a su misión de muerte y de gloria, después de narrar la parábola de los viñadores homicidas (Mt 21, 42). También la recoge Pedro en los HechosEste Jesús es la piedra que ustedes, los constructores, han desechado y que se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos (Hechos 4, 11-12). San Cirilo de Jerusalén comenta: Afirmamos que el Señor Jesucristo es uno solo, para que la filiación sea única; afirmamos que es uno solo, para que no pienses que existe otro (…). En efecto, le llamamos piedra, no inanimada ni cortada por manos humanas, sino piedra angular, porque quien crea en ella no quedará defraudado[2].
2.2.- La segunda frase que el Nuevo Testamento toma del salmo 117 es la que cantaba la muchedumbre en la solemne entrada mesiánica de Cristo en Jerusalén: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!” (Mt 21, 9. Sal 117, 26). La aclamación está enmarcada por un “Hosanna” que recoge la invocación hebrea hoshia’ na’: “sálvanos”.

 

2.3.- Este espléndido himno bíblico está incluido en la pequeña colección de salmos, del 112 al 117, llamada el “Hallel pascual”, es decir, la alabanza sálmica usada en el culto judío para la Pascua y también para las principales solemnidades del Año litúrgico. Puede considerarse que el hilo conductor del salmo 117 es el rito procesional, marcado tal vez por cantos para el solista y para el coro, que tiene como telón de fondo la ciudad santa y su templo. Una hermosa antífona abre y cierra el texto: Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia (vv. 1 y 29).

 

2.4.- La palabra misericordia traduce la palabra hebrea hesed, que designa la fidelidad generosa de Dios para con su pueblo aliado y amigo. Esta fidelidad la cantan tres clases de personas:  todo Israel, la casa de Aarón, es decir, los sacerdotes, y los que temen a Dios, una expresión que se refiere a los fieles y sucesivamente también a los prosélitos, es decir, a los miembros de las demás naciones deseosos de aceptar la ley del Señor (leer vv. 2-4) …

 

2.5.- El salmo 117 estimula a los cristianos a reconocer en el evento pascual de Jesús el día en que actuó el Señor, en el que la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Así pues, con el salmo pueden cantar llenos de gratitud: el Señor es mi fuerza y mi energía, él es mi salvación (v. 14). Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo (v. 24)[3].

 

 

Segunda Lectura: Apocalipsis 1,9-11a. 12-13. 17-19

 

3.1.- Un profeta no habla en nombre propio; tiene necesidad de ser enviado y legitimado por Dios para anunciar su palabra. Así como en el caso de los profetas del Antiguo Testamento, también Juan experimenta un llamamiento especial, cuyas circunstancias se describen aquí. Con la designación y misión por parte de Dios se da naturalmente también la autoridad para con aquellos que son objeto del encargo; de la misma manera, tal encargo para el que uno es llamado por Dios, en cuanto a su contenido y su ejecución es independiente del conocimiento y de la idea humana, así como de la apreciación personal; en efecto, el prestigio del que es llamado, al igual que su autorización y su legitimación no estriba en su personalidad, sino el encargo para el que ha sido designado y en virtud del cual él puede exigir que se le tome en serio y se le acepte en su ministerio. Por esta razón, tampoco el ministerio en la Iglesia crea, como sucede con frecuencia en el mundo, una relación de superior y súbdito, pues en la Iglesia tienen todos un único Señor, al que están subordinados, Jesucristo; ahora bien, entre sí son ellos mismos «hermanos» (Mt 23,8). Así pues, también Juan se presenta con el nombre de hermano a aquellos a quienes se dirige por encargo de su común Señor. Con todos comparte la misma gracia de la elección por Dios, así como la misma suerte en el mundo. Cierto que ahora tiene ya, aunque todavía invisiblemente, participación en la realeza de su Señor glorificado, pero mientras están en la tierra tienen que compartir primero con él la suerte que el mundo le había deparado (Mt 10,38s; 16,24; 24,9; Jn 15,20; 16,33). La «tribulación» en el mundo ha sido predicha a la Iglesia como su estado normal, y la experiencia de la historia muestra que al ceder esta tribulación de fuera, las más de las veces decrecen también la concordia y la paz dentro de la Iglesia; en cambio, los males que amenazan en común consolidan la unión fraternal, como también en la persecución da valiente prueba de sí la fidelidad a la fe de los fieles en particular en virtud de la espera confiada del Señor que ha de venir, con cuya venida la participación en su señorío regio será para ellos una experiencia beatificante.

 

3.2.- La tribulación de Juan tiene su forma especial, así como su razón especial. Él había proclamado la palabra de Dios en la provincia de Asia, dando testimonio de la salvación y ofrecida por Dios a los hombres y operada por medio de Jesucristo (leer Hch 1,8; 4,33; 5,32).

Para hacerlo enmudecer como misionero y para privar de su apoyo a las comunidades cristianas de Asia Menor, había sido desterrado de la tierra firme y conducido por la fuerza a la pequeña isla rocosa de Patmos, de 40 kms. de extensión, al oeste de Mileto. La primera persecución cristiana que alcanzó también a Asia fue la que tuvo lugar bajo el emperador Domiciano en 95-96; en ella se produjo el primer choque del cristianismo con el imperio romano por causa del culto al emperador (exigencia de prestar honores divinos al genio del imperio romano representado por el emperador). Según parece, la persecución no está plenamente en marcha, pero en el destierro de Juan proyecta ya anticipadamente sus sombras. Al que a los ojos de los hombres estaba privado de toda influencia para la Iglesia de entonces, el Espíritu de Dios hace de él, en su lugar de destierro, su instrumento especial, por el que él mismo viene en socorro de la Iglesia contra la oposición de los poderosos en el mundo.

 

3.3.- Sucedió un «día del Señor», un domingo -la celebración del primer día de la semana, día de la resurrección de Jesús, con el banquete eucarístico había venido ya a reemplazar el sábado judaico (Hch 20,7; lCor 16,2)-, que el Espíritu de Dios vino sobre Juan para constituirlo en vidente y pregonero profético de la palabra que Jesús quería que llegase a su Iglesia. El estado extático, en el que Juan recibe su llamamiento y se le muestra también el mensaje en imágenes (visiones), lo explica él mismo como un verse lleno del Espíritu de Dios; su espíritu humano, sin perder la conciencia, queda capacitado, de esta manera, para recibir conocimientos que por naturaleza le son inaccesibles. El espíritu humano debe ser primeramente abierto por el Espíritu de Dios y elevado por encima de sus posibilidades, si ha de percibir y comprender una revelación divina; por esta razón también la potencia y el acto de la fe es efecto del Espíritu de Dios, es gracia.

 

3.4.- La primera visión comienza con una experiencia auditiva: detrás del profeta arrobado, una voz -por tanto, no en él mismo- cuya fuerza le afecta como un toque de trompeta, lo interpela. Lo fuerza a volverse para ver quién le habla y le comunica el encargo. Esta vivencia le sobreviene de forma totalmente inesperada; el encargo mismo estaba fuera de su campo visual, ya que su ejecución tenía que parecer imposible desde el punto de vista humano; en el auténtico profetismo no hay acuerdo psíquico con uno mismo. Juan tiene que escribir lo que le viene mostrado y enviar los apuntes a siete iglesias determinadas. Jesús había ordenado a los apóstoles proclamar el Evangelio mediante predicación oral; este encargo lo vemos ahora extendido también a la proclamación por medio de la palabra escrita. La palabra de Dios que Juan ha de transmitir por escrito, se le mostrará en imágenes; el lenguaje figurado era también el medio preferido por Jesús mismo en su predicación. La palabra de Dios puede ser no sólo oíble, sino que de esta manera había de hacerse también visible, ya que el ver, y hasta meras representaciones visuales, son las formas más sugestivas y eficaces de percepción humana. Si bien la verdad de revelación sobrenatural sólo puede hacerse accesible a la vista en imágenes analógicas, por lo cual la transmisión de la revelación debe operar siempre con la conjunción comparativa «como», sin embargo, este medio conduce más fácil y eficazmente que una idea sin relieve, a una comprensión más profunda. Cierto que, en las parábolas de Jesús, como también en el Apocalipsis, sólo se produce un conocimiento analógico, pero tampoco el lenguaje en conceptos mentales alcanza inmediatamente el contenido de la revelación, ni lleva más allá de un conocimiento comparativo. Ni siquiera la palabra de Dios hecha visible para el ojo humano en la persona de Jesús mostró la realidad de Dios inmediatamente al espíritu humano, sino que sólo la acercó un tanto en la refracción a través del campo de experiencia humana. Por esta misma razón también Juan puede reproducir lo que se le mostró en el éxtasis únicamente en formas visuales que le son familiares, o que tampoco son extrañas a aquellos a quienes debe transmitir lo que ha visto como una misiva de Dios mismo. (…)

 

3.5.- Cuando Juan se vuelve, tiene su primera visión; ésta le muestra al Señor Jesús glorioso (v. 13), tal como está presente en la tierra en medio de su Iglesia. Salta a la vista lo que esta visión tiene de consolador para una Iglesia perseguida.

Los siete candelabros de oro se explican al final de la visión (1,20) como símbolos de las siete Iglesias a las que va dirigida la misiva. En el templo de Jerusalén lucía el candelabro de oro de siete brazos como símbolo del pueblo de Dios. Los candelabros son del metal más precioso, de oro; en el Apocalipsis aparece siempre el oro, junto con las perlas, las piedras preciosas y el cristal, como la materia de que está formado el cielo (cf. 4,4; 21,15.18.21). (…)

 

3.6.- La figura en que el Señor es contemplado por Juan en medio de su Iglesia recuerda al «Hijo del hombre» en Dan 7,13; según los Evangelios, Jesús se aplicó con preferencia este nombre para expresar su misión mesiánica; en Daniel aparece el Hijo del hombre como aquel al que «se ha dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18); el Hijo del hombre glorificado es el Señor de su Iglesia. La túnica talar y el ceñidor de oro eran distintivos de los sacerdotes y de los reyes. El Hijo del hombre, como el sumo sacerdote de Israel, ejerce su poder como mediador para con Dios (cf. Heb 7,24s). También la continuación de la descripción está tomada del libro de Daniel, concretamente de la figura del «anciano de días» (Dan 7,9); el blanco resplandeciente es el color de la glorificación en el cielo. Cuando el Apocalipsis traslada sin más la figura del «anciano de días» al «Hijo del hombre», significa con ello que Dios mismo aparece en Jesús glorificado; conforme al modelo de Daniel, también los atributos divinos de eternidad y omnisciencia («ojos como llama de fuego») son destacados especialmente en este «Hijo del hombre». La mirada penetrante es un requisito para el oficio de juez, que más adelante se le asignará con la imagen de la «espada aguda de dos filos» (v. 16). La impresión de firmeza y de poder que dimana de todo el cuadro se reproduce con la descripción de los pies; éstos, duros como bronce precioso y llenos del resplandor celestial, simbolizan la omnipotencia del divino triunfador, al que ningún poder de la historia detiene y retrae de su camino, ante cuya sentencia judicial deberán todos un día doblegarse. A la figura sobrehumana y súper-potente cuadra también su voz; su fuerza viene representada gráficamente con la imagen del estruendo de las olas encrespadas, como sin duda lo había experimentado Juan en la estación invernal en Patmos (cf. también Sal 29 [28] 3-5). A nadie puede pasar inadvertida esta voz, su orden de mando se impone.

 

3.7.- El Señor se aplica a sí mismo palabras que anteriormente se habían dicho de Dios (1,8); él es eterno como el Padre, existe antes que el mundo entero, está por encima de su historia, y delante de él llegará ésta un día a su fin; «el que vive» es un nombre de Dios en la Escritura, por oposición a los ídolos muertos. Luego prosigue la presentación aludiendo a su encarnación en forma expresiva; él compartió con nosotros la condición humana hasta la muerte y la superó también por nosotros con su resurrección a la vida eterna; como triunfador de la muerte vino a ser Señor sobre su esfera de dominio y sobre los que están aprisionados en ella, los muertos. Así, desde el comienzo mismo del libro que quiere incitar a la prontitud para la confesión de la fe hasta la muerte, aparece como la viva promesa de vida a todos los que en la persecución que se inicia han de morir por causa de su nombre; los que le pertenecen han hallado con él y en él el absoluto punto de referencia por encima de todo temor propiamente dicho. (…)

 

3.8.- Al profeta armado ya para su misión se le reitera el encargo (1,11) y se le expresa con precisión. Lo que se le ha mostrado en las visiones debe fijarlo por escrito y remitirlo reunido a las siete iglesias de Asia Menor y a sus prepósitos. Una declaración tocante al contenido anuncia que él será informado sobre el estado presente de la Iglesia («las cosas que son») y el transcurso futuro de la historia de la salvación («las que han de ser después de éstas»). A estas dos secciones responde la división del libro: Presente y futuro están contrapuestos mutuamente como formas de vivencia del tiempo, aunque la estructura interna del tiempo quedó modificada substancialmente con la primera venida del Redentor. El tiempo se ha convertido en tiempo final, no sólo en el sentido de que está totalmente orientado a la segunda venida de Cristo, sino sobre todo por el hecho de que en su transcurso perecedero se hincó un germen de existencia eterna desde que el Hijo de Dios entró en él corporalmente y luego, en calidad de quien resucitó corporalmente, superó toda caducidad del tiempo. El futuro eterno comenzó ya con el establecimiento del reinado de Dios en el mundo y en los hombres. Este reinado ha venido a ser la verdadera fuerza motriz de la historia universal con vistas a su consumación final; entonces se pondrá al descubierto lo que había estado ya presente en todo el tiempo final (cf. Rom 8,18-25)[4].

 

 

Evangelio: San Juan: 20,19-31

 

4.1.- El episodio de la aparición a Tomás es famoso, pero es indispensable estar atentos para no falsear su enseñanza: ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto! (v. 29). ¿Quiénes son esos que han creído sin haber visto? Aquellos que necesitaron signos menos contundentes para creer, sin una necesidad perentoria de ver a Jesús ‘directamente’. Su personificación es el discípulo que Jesús amaba, el cual, entrando en el sepulcro con apenas algunos signos indirectos de la resurrección, vio y creyó (v. 8).

 

4.2.- El reproche de Jesús no se refiere, por tanto, al hecho de que Tomás haya tenido necesidad de signos para creer. Esto sería algo contrario a la Escritura toda, que está llena de signos dados por Dios para que los seres humanos crean. Una fe que pretende prescindir totalmente de signos sería apenas una ‘construcción mental’.

Jesús le reprocha al apóstol el que no haya creído apoyado en aquellos signos que tenía, aunque estos fueran harto pobres. Una fe fuerte sabe captar los signos de Dios, aunque sean insignificantes; una fe débil necesita de grandes signos. Es eso lo que Jesús le dice, -¡y nos dice!-, a Tomás.

 

4.3.- Resulta entonces que, -contrariamente a un muy difundido estereotipo-, Tomás no es un escéptico, que sólo cree en lo que ve y toca. Siguió a Jesús, se arriesgó y se la jugó (Jn 11,16; 14,5). Pero tampoco es, -tal como algunos quisieran-, el campeón de la fe que no se contenta con lo que otros le cuentan, sino que desea tener un encuentro con el Señor, un encuentro intenso, directo, físico. No, es apenas un discípulo que en tales circunstancias no logra captar los signos ofrecidos por Dios, respondiendo con fe al desafío que la vida le ha planteado.

Jesús, sin embargo, capta su predisposición a creer, y por eso le ofrece un signo mayor todavía: él mismo y sus llagas. Ellas son un fuerte signo del amor de Jesús, llegado hasta el extremo (Jn 13,1). ¡Quien se arriesga a amar hasta el extremo no podrá quedar libre de llagas y heridas!

También nosotros estamos llamados a hacer esa misma experiencia, la de llegar a ‘palpar con las propias manos’ el amor, la misericordia del Señor, a través de los signos, pequeños o/y grandes, de su presencia y de su misericordia. El Maestro nos repite hoy a nosotros lo mismo que le dijera a Tomás: en adelante no seas incrédulo, sino persona de fe.

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Ustedes saben tan bien como yo que nuestro Señor y Salvador Jesucristo es el médico de nuestra salud eterna, y que asumió la enfermedad de nuestra naturaleza, para que nuestra enfermedad no fuera sempiterna. Asumió, en efecto, un cuerpo mortal, para en él matar la muerte. Y si es verdad que fue crucificado por nuestra debilidad —como dice el Apóstol—, vive ahora por la fuerza de Dios.

Del mismo Apóstol son estas palabras: Ya no muere más, la muerte ya no tiene dominio sobre él. Todo esto es bien conocido de la fe de ustedes. Pero debemos también saber que todos los milagros que obró en los cuerpos tienen por blanco el hacernos llegar a lo que ni pasa ni tendrá fin. Devolvió a los ciegos unos ojos que un día había de cerrar la muerte; resucitó a Lázaro, que nuevamente debería morir. Y todo cuanto hizo por la salud de los cuerpos, no lo hizo para hacerlos inmortales, bien que tuviera la intención de otorgar incluso a los cuerpos, al final de los tiempos, la salud eterna. Pero como no eran creídas las maravillas invisibles, quiso, por medio de acciones visibles y temporales, levantar la fe hacia las cosas invisibles.

Nadie, pues, diga, hermanos, que en la actualidad ya no obra nuestro Señor Jesucristo los milagros que antes hacía y, en consecuencia, prefiera los primeros tiempos de la Iglesia a los presentes; pues en cierto lugar el mismo Señor pone a los que creen sin ver sobre los que creyeron por haber visto. En efecto, la fe de los discípulos era por entonces en tal modo vacilante, que, aun viendo resucitado al Maestro, necesitaron palparlo para creer.

No les bastó verlo con los propios ojos: quisieron palpar con las manos su cuerpo y las cicatrices de las recientes heridas; hasta el punto de que el discípulo que había dudado, tan pronto como tocó y reconoció las cicatrices, exclamó: ¡Señor mío y Dios mío! Aquellas cicatrices eran las credenciales del que había curado las heridas de los demás.

¿No podía el Señor resucitar sin las cicatrices? Sin duda, pero sabía que en el corazón de sus discípulos quedaban heridas, que habrían de ser curadas por las cicatrices conservadas en su cuerpo. Y ¿qué respondió el Señor al discípulo que, reconociéndole por su Dios, exclamó: ¿Señor mío y Dios mío? Le dijo: ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.

¿A quiénes llamó dichosos, hermanos, sino a nosotros? Y no solamente a nosotros, sino a todos los que vengan después de nosotros. Porque no mucho tiempo después, habiéndose alejado de sus ojos mortales para fortalecer la fe en sus corazones, cuantos en adelante creyeron en él, creyeron sin verlo, y su fe tuvo gran mérito: para conquistar esa fe, movilizaron únicamente su piadoso corazón, y no el corazón y la mano deseosa de comprobar[5].

 

pmaxalexander@gmail.com

[1] Papa Francisco, Homilía en San Juan de Letrán: 07-04-2013. 1ra. parte.

[2] Cirilo de Jerusalén, Le Catechesi, Roma 1993, pp. 312-313.

[3] Juan Pablo II, Catequesis 1ª sobre el salmo 117 (05-12-2001), resumida y adaptada.

[4] E. Schick, El Apocalipsis, Barcelona 19882 (El Nuevo Testamento y su Mensaje 23), pp. 33-43. Algo abreviado y adaptado.

[5] San Agustín de Hipona, Sermón 88,1-2, Edición de los Maurinos, Tomo 5 469-470. Agustín nació el 13 de noviembre del 354 en Tagaste, Numidia, hijo de un consejero municipal y modesto propietario. Estudió en Tagaste, Madaura y Cartago. Enseñó gramática en Tagaste (374) y retórica en Cartago (375-383), Roma (384) y Milán (384-386). Tras leer el Hortensio de Cicerón (373) inició su búsqueda espiritual que le llevaría primero a adoptar posturas racionalistas y, posteriormente, maniqueas. Decepcionado del maniqueísmo tras su encuentro con el obispo maniqueo Fausto, cayó en el escepticismo. Llegado a Milán, la predicación de Ambrosio le impresionó, llevándole a la convicción de que la autoridad de la fe es la Biblia, a la que la Iglesia apoya y lee. La influencia neo-platónica disipó algunos de los obstáculos que encontraba para aceptar el cristianismo, pero el impulso definitivo le vino de la lectura de la carta del apóstol Pablo a los romanos en la que descubrió a Cristo no sólo como maestro sino también como salvador. Era agosto del 386. Tras su conversión renunció a la enseñanza y también a la mujer con la que había vivido durante años y que le había dado un hijo. Tras un breve retiro en Casiciaco, regresó a Milán donde fue bautizado por Ambrosio junto con su hijo Adeodato y su amigo Alipio. Tras una estancia breve en Roma —en el puerto de Ostia murió su madre, Mónica— se retiró a Tagaste donde inició un proyecto de vida monástica. En el 391 fue ordenado —no muy a su placer —sacerdote en Hipona y fundó un monasterio. En el 395 fue consagrado obispo, siendo desde el 397 titular de la sede. Aparte de la ingente tarea pastoral —que iba desde la administración económica al enfrentamiento con las autoridades políticas, pasando por las predicaciones dos veces a la semana, pero en muchos casos dos veces al día y varios días seguidos— desarrolló una fecundísima actividad teológica que le llevó a enfrentarse con maniqueos, donatistas, pelagianos, arríanos y paganos. Fue el principal protagonista de la solución del cisma donatista, aunque resulta discutible la legitimación que hizo del uso de la fuerza para combatir la herejía, así como de la controversia pelagiana. Murió en el 430 durante el asedio de Hipona por los vándalos.

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