Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo.

DOMINGO QUINTO DE CUARESMA, Ciclo “C”

12-13 de marzo 2016

Jesús y la mujer sorprendida en adulterio (Juan 8,1-11)

(La 2ª caída de Jesús bajo el peso del pecado; Vía Crucis,

Catedral de Salto, Uruguay. Obra del Padre Ricardo Ramos)

 

 

Introducción

 

0.1.- «Dios perdona no con un decreto sino con una caricia». Y con la misericordia «Jesús va incluso más allá de la ley y perdona acariciando las heridas de nuestros pecados».

«Las lecturas de hoy nos hablan del adulterio», que junto a la blasfemia y la idolatría era considerado «un pecado gravísimo en la ley de Moisés», sancionado «con la pena de muerte» por lapidación. El adulterio, en efecto, «va contra la imagen de Dios, la fidelidad de Dios», porque «el matrimonio es el símbolo, y también una realidad humana de la relación fiel de Dios con su pueblo». Así, «cuando se arruina el matrimonio con un adulterio, se ensucia esta relación entre Dios y el pueblo». En ese tiempo era considerado «un pecado grave» porque «se ensuciaba precisamente el símbolo de la relación entre Dios y el pueblo, de la fidelidad de Dios».

En el pasaje evangélico propuesto en la liturgia (Jn 8, 1-11), que relata la historia de la mujer adúltera, «encontramos a Jesús que estaba sentado allí, entre mucha gente, y hacía las veces de catequista, enseñaba». Luego «se acercaron los escribas y los fariseos con una mujer que llevaban delante de ellos, tal vez con las manos atadas, podemos imaginar». Y, así, «la colocaron en medio y la acusaron: ¡he aquí una adúltera!». Se trataba de una «acusación pública». Y, relata el Evangelio, hicieron una pregunta a Jesús: ¿Qué tenemos que hacer con esta mujer? Tú nos hablas de bondad, pero Moisés nos dijo que tenemos que matarla. Ellos «decían esto para ponerlo a prueba, para tener un motivo para acusarlo». En efecto, «si Jesús decía: sí, adelante con la lapidación», tenían la ocasión de decir a la gente: «pero este es vuestro maestro tan bueno, mira lo que hizo con esta pobre mujer». Si, en cambio, «Jesús decía: no, pobrecilla, perdónenla», he aquí que podían acusarlo «de no cumplir la ley». Su único objetivo era «poner precisamente a prueba y tender una trampa» a Jesús. «A ellos no les importaba la mujer; no les importaban los adulterios». Es más, «tal vez algunos de ellos eran adúlteros».

Por su parte, a pesar de que había mucha gente alrededor, «Jesús quería permanecer solo con la mujer, quería hablar al corazón de la mujer: es la cosa más importante para Jesús». Y «el pueblo se había marchado lentamente» tras escuchar sus palabras: «El que esté sin pecado, que tire la primera piedra».

«El Evangelio con una cierta ironía dice que todos se fueron, uno por uno, comenzando por los más ancianos». He aquí, entonces, «el momento de Jesús confesor». Queda «solo con la mujer», que permanecía «allí en medio». Mientras tanto, «Jesús estaba inclinado y escribía con el dedo en el polvo de la tierra. Algunos exegetas dicen que Jesús escribía los pecados de estos escribas y fariseos. Tal vez es una imaginación». Luego «se levantó y miró» a la mujer, que estaba «llena de vergüenza, y le dijo: Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado? Estamos solos, tú y yo. Tú ante Dios. Sin acusaciones, sin críticas: tú y Dios».

La mujer no se proclama víctima de «una falsa acusación», no se defiende afirmando: «yo no cometí adulterio». No, «ella reconoce su pecado» y responde a Jesús: «Ninguno, Señor, me ha condenado». A su vez Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más, para no pasar un mal momento, para no pasar tanta vergüenza, para no ofender a Dios, para no ensuciar la hermosa relación entre Dios y su pueblo».

Así, pues, «Jesús perdona. Pero aquí hay algo más que el perdón. Porque como confesor Jesús va más allá de la ley». En efecto, «la ley decía que ella tenía que ser castigada». Pero Él «va más allá. No le dice: no es pecado el adulterio. Ni tampoco la condena con la ley». Precisamente «este es el misterio de la misericordia de Jesús».

Y «Jesús para tener misericordia» va más allá de «la ley que mandaba la lapidación»; y dice a la mujer que se marche en paz. «La misericordia —explicó el Papa— es algo difícil de comprender: no borra los pecados», porque para borrar los pecados «está el perdón de Dios». Pero «la misericordia es el modo como perdona Dios». Porque «Jesús podía decir: yo te perdono, anda. Como dijo al paralítico: tus pecados están perdonados». En esta situación «Jesús va más allá» y aconseja a la mujer «que no peque más». Y «aquí se ve la actitud misericordiosa de Jesús: defiende al pecador de los enemigos, defiende al pecador de una condena justa».

Esto, añadió el Pontífice, «vale también para nosotros». Y afirmó: «¡Cuántos de nosotros tal vez mereceríamos una condena! Y sería incluso justa. Pero Él perdona». ¿Cómo? «Con esta misericordia» que «no borra el pecado: es el perdón de Dios el que lo borra», mientras que «la misericordia va más allá». Es «como el cielo: nosotros miramos al cielo, vemos muchas estrellas, pero cuando sale el sol por la mañana, con mucha luz, las estrellas no se ven». Y «así es la misericordia de Dios: una gran luz de amor, de ternura». Porque «Dios perdona no con un decreto, sino con una caricia». Lo hace «acariciando nuestras heridas de pecado porque Él está implicado en el perdón, está involucrado en nuestra salvación».

Con este estilo, «Jesús es confesor». No humilla a la mujer adúltera, «no le dice: qué has hecho, cuándo lo has hecho, cómo lo has hecho y con quién lo has hecho». Le dice en cambio «que se marche y que no peque más: es grande la misericordia de Dios, es grande la misericordia de Jesús: nos perdona acariciándonos»[1].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

En la tradición bíblica, el adulterio viene a significar la infidelidad de los componentes del pueblo elegido respecto a su Dios. Sus relaciones son las de un Dios-esposo, loco de amor, que se desvive por un pueblo que, paradójicamente, se comporta como esposa infiel que paga a sus amantes con los regalos del esposo. De esta imagen matrimonial, central y continua en la Biblia, podemos sacar tanto el modelo de relaciones con Dios como el concepto profundo de pecado. El mensaje central del Nuevo Testamento es la presentación de Dios como Amor, como “Abba” (papá). Esta realidad, vivida con euforia o con serenidad, más allá de todo legalismo, llama a unas relaciones filiales.

 

 

Primera Lectura: Isaías 43,16-21

 

1.1.- En esta, nuestra lectura, Isaías le habla al Israel exiliado en Babilonia, diciéndole: No se acuerden de las cosas pasadas, no piensen en las cosas antiguas. Invitación harto extraña, si tenemos en cuenta que ‘recordar’ es uno de los principales deberes de todo buen israelita, quien jamás debe dejar caer en el olvido el recuerdo de la historia de su pueblo[2]. El Primer Testamento no es, en última instancia, otra cosa que una continua relectura de la historia de la salvación, en la cual es central y fundamental la idea fuerza de ‘memorial’, celebración que actualizando el pasado, lo hace presente en el ‘HOY’ de Dios.

De tomar las palabras del profeta superficialmente, se podrían confundir con esos manidos intentos de consolar a quienes sufren, diciéndoles, “no es para tanto, ya pasará”, lo que en el caso de Israel equivaldría a exhortarles a que “olviden los sufrimientos y quebrantos del presente, el exilio no es para tanto”. ¡Cuidado, no nos equivoquemos, que el objetivo del “olvido” es muy distinto!

 

1.2.- La invitación al olvido se refiere a los hechos del Éxodo y al cruce del Mar Rojo, de los cuales el profeta, en aparente contradicción, hace memoria. Israel se había acostumbrado a referirse a dicho episodio como el prototipo de las intervenciones salvíficas de Dios: ¡eso es precisamente de lo que hay que olvidarse! Aclaremos: Isaías está afirmando que la actual intervención salvífica de Dios para que su pueblo vuelva del exilio será tan maravillosa, que hará palidecer, empequeñecer y hasta olvidar nada menos que el Éxodo: ¡al igual que le abrió un camino a través del infranqueable Mar Rojo, abrirá ahora un camino por el infranqueable desierto! Nos encontramos ante un nuevo éxodo, que será aun más maravilloso que el primero.

 

1.3.- La salvación de Dios jamás se limita únicamente al pasado, está actuando, hoy y aquí, para nosotros. El hacer memoria del pasado, cosa justa y necesaria ya que quien olvida su historia pierde su identidad, no debe llevarnos a perder de vista que Dios sigue construyendo, hoy y aquí, su historia de amor; puede que sea bajo la forma de un pequeño brote: ya está germinando, ¿no se dan cuenta? Hacer memoria de la historia de la salvación tiene precisamente ese propósito: ayudarnos a descubrir, a ver y entender el obrar de Dios en el presente.

Con lo cual nos abrimos al futuro. Quien sabe discernir la acción de Dios en el hoy (personal, familiar, comunitario y eclesial), pasa de una perspectiva cerrada, -no hay caminos, estamos en un callejón sin salida, no podemos ir a ninguna parte-, a una perspectiva de apertura: Dios nos está abriendo un camino por donde humanamente no es posible camino alguno: no es el fin de la historia tan cacareado hace algunos años, sino que Dios nos abre un porvenir, un futuro inaudito. ¡El callejón sin salida de la muerte se abre pascualmente a la anchísima avenida de la resurrección! Renace la esperanza…

Las dimensiones de pasado, presente y futuro están indisolublemente unidas en la vida cristiana, la una no podría mantenerse sin las otras.

Todo esto encuentra su concentración máxima, -fuente y cumbre-, en la celebración eucarística, memorial de la Pascua de Cristo. Su ‘paso’ de este mundo al Padre, paso a través de la muerte, -¡muerte en el amor fiel al Padre y amor hasta el extremo hacia nosotros!-, leída siempre y constantemente a la luz de toda la historia de la salvación, se abre al presente como lugar de la manifestación de Dios, y al futuro como camino a través del cual él viene continuamente a nuestro encuentro.

 

 

Salmo Responsorial: Salmo 125[126],1-6

 

2.1.- Al escuchar las palabras del salmo 125 se tiene la impresión de contemplar con los propios ojos el acontecimiento cantado en la segunda parte del libro de Isaías: el “nuevo éxodo”. Es el regreso de Israel del exilio babilónico a la tierra de los padres, tras el edicto del rey persa Ciro en el año 558 a.C. Entonces se repitió la experiencia gozosa del primer éxodo, cuando el pueblo hebreo fue liberado de la esclavitud egipcia.

Este salmo cobraba un significado particular cuando se cantaba en los días en que Israel se sentía amenazado y atemorizado, porque debía afrontar de nuevo una prueba. En efecto, el Salmo comprende una oración por el regreso de los prisioneros del momento (v. 4). Así, se transforma en una oración del pueblo de Dios en su itinerario histórico, lleno de peligros y pruebas, pero siempre abierto a la confianza en Dios salvador y liberador, defensor de los débiles y los oprimidos.

 

2.2.- El Salmo introduce en un clima de júbilo: se sonríe, se festeja la libertad obtenida, afloran a los labios cantos de alegría (vv. 1-2). La reacción ante la libertad recuperada es doble. Por un lado, las naciones paganas reconocen la grandeza del Dios de Israel: El Señor ha estado grande con ellos (v. 2). La salvación del pueblo elegido se convierte en una prueba nítida de la existencia eficaz y poderosa de Dios, presente y activo en la historia. Por otro lado, es el pueblo de Dios el que profesa su fe en el Señor que salva: El Señor ha estado grande con nosotros (v. 3).

 

2.3.- El pensamiento va después al pasado, revivido con un estremecimiento de miedo y amargura. Centremos nuestra atención en la imagen agrícola que usa el salmista: Los que sembraban con lágrimas cosechan entre canciones (v. 5). Bajo el peso del trabajo, a veces el rostro se cubre de lágrimas:  se está realizando una siembra fatigosa, que tal vez resulte inútil e infructuosa. Pero, cuando llega la cosecha abundante y gozosa, se descubre que el dolor ha sido fecundo.

En este versículo del Salmo se condensa la gran lección sobre el misterio de fecundidad y de vida que puede encerrar el sufrimiento. Precisamente como dijo Jesús en vísperas de su pasión y muerte:  Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto (Jn 12, 24).

 

2.4.- El horizonte del Salmo se abre así a la cosecha festiva, símbolo de la alegría engendrada por la libertad, la paz y la prosperidad, que son fruto de la bendición divina. Así pues, esta oración es un canto de esperanza, al que se puede recurrir cuando se está inmerso en el tiempo de la prueba, del miedo, de la amenaza externa y de la opresión interior.

Pero puede convertirse también en una exhortación más general a vivir la vida y hacer las opciones en un clima de fidelidad. La perseverancia en el bien, aunque encuentre incomprensiones y obstáculos, al final llega siempre a una meta de luz, de fecundidad y de paz.

Es lo que San Pablo recordaba a los Gálatas:  El que siembra en el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna. No nos cansemos de obrar el bien; que a su tiempo nos vendrá la cosecha si no desfallecemos (Ga 6, 8-9).

 

2.5.- Concluyamos con una reflexión de San Beda el Venerable (672-735) sobre el salmo 125 comentando las palabras con que Jesús anunció a sus discípulos la tristeza que les esperaba y, al mismo tiempo, la alegría que brotaría de su aflicción (leer Jn 16, 20).

San Beda recuerda que:

Lloraban y se lamentaban los que amaban a Cristo cuando vieron que los enemigos lo prendieron, lo ataron, lo llevaron a juicio, lo condenaron, lo flagelaron, se burlaron de él y, por último, lo crucificaron, lo hirieron con la lanza y lo sepultaron. Al contrario, los que amaban el mundo se alegraban (…) cuando condenaron a una muerte infamante a aquel que les molestaba sólo al verlo. Los discípulos se entristecieron por la muerte del Señor, pero, conocida su resurrección, su tristeza se convirtió en alegría; visto después el prodigio de la Ascensión, con mayor alegría todavía alababan y bendecían al Señor, como testimonia el evangelista San Lucas (Lc 24, 53). Pero estas palabras del Señor se pueden aplicar a todos los fieles que, a través de las lágrimas y las aflicciones del mundo, tratan de llegar a las alegrías eternas, y que con razón ahora lloran y están tristes, porque no pueden ver aún a aquel que aman, y porque, mientras estén en el cuerpo, saben que están lejos de la patria y del reino, aunque estén seguros de llegar al premio a través de las fatigas y las luchas. Su tristeza se convertirá en alegría cuando, terminada la lucha de esta vida, reciban la recompensa de la vida eterna, según lo que dice el Salmo: Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre canciones[3].

 

 

Segunda Lectura: Carta a los Filipenses 3,8-14

 

3.1.- Ya se sabe, sobre todo según la carta a los Romanos, en qué nivel sitúa Pablo la «Justicia» [Por el ardor de mi cielo, perseguidor de la Iglesia; y en lo que se refiere a la justicia que procede de la Ley, de una conducta irreprochable, 3,6]. Lo que señala aquí nuestro texto tampoco deja lugar a dudas. Porque si Pablo sigue aparentemente ofreciendo su propia experiencia, esta resulta ejemplar. De hecho, se trata de «una condensación extraordinaria del cristianismo paulino» (J F Collange) que se les administra a partir de Flp 3, 7 como un remedio preventivo a los cristianos de Filipos. No hay que ver aquí un simple procedimiento estilístico, ya que el caso es muy distinto del que se daba en el hombre descrito en Romanos 7, 7-24. Lo que aquí se dice vale a la vez para Pablo y para cuantos se adhieren a su evangelio, en esta confesión todos pueden y hasta deben reconocerse, y en primer lugar en el aspecto negativo, la calificación violenta y sin rodeos que Pablo da a su vida judía no carece de sentido pastoral. No olvidemos que los destinatarios de esta carta estaban acosados por personas que propagaban un compromiso judeocristiano.

 

3.2.- Cuando Pablo escribe que todo lo que hasta ahora consideraba una ganancia, lo tengo por pérdida, piensa seguramente en aquellos que son tentados por ellos. Pero no se limita a eso, ya que Pablo se sale ahora del marco en donde lo habla colocado el dilema que oponía el judaísmo al cristianismo más aún, todo me parece una pérdida [= desventaja] comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él he sacrificado todas las cosas, a las que tengo por (3 8).

 

3.2.1.- Esta generalización, en términos tan vivos, puede aplicarse, aún más a los que, sin pasar por el judaísmo, deben apreciar la gracia que se les ha concedido.

Una gracia, una ganancia, que compensa infinitamente la perdida de beneficios terrenos. Pensemos en las palabras de Jesús: ¿De qué le sirve a uno si gana el mundo entero, si arruina su vida? (Mt 16,26). En todo caso, se advierte en ambos pasajes la afirmación del valor absoluto de un destino por el que ha de sacrificarse todo lo demás. La salvación es ante todo para Pablo una ganancia fundamental, la de Cristo (3 8) Una formula condensada que abraza todo lo que la palabra Cristo incluye en el espíritu del apóstol. Por lo demás, Pablo aclara su pensamiento identificando esa ganancia con haber conocido [al Mesías Jesús], conocer el poder de su resurrección y participar de sus sufrimientos, hasta hacerme semejante a él en la muerte (3,10). Se trata de un conocimiento muy especial. No se excluye entonces la conciencia refleja de lo que se vive. Pero sepamos que “conocer a Cristo es vivir experimentando la aventura que liga al creyente con su Señor: vivir, pero también morir. Porque si esa ganancia superior a todo lo demás consiste en recibir la potencia de vida que deriva de la resurrección de Cristo, no es posible prescindir de su muerte.

 

3.2.2.- Muerte y Vida: ¡ese paso se realiza en el bautismo!, como expone Pablo en Romanos 6, 1-11. Pero lo que se realiza en el sacramento a costa de una «muerte» no física, los creyentes tendrán que seguir realizándolo ciertamente cuando durante el curso de su existencia en este mundo su fidelidad tenga que mantenerse según el criterio del sufrimiento: solidaridad con sus sufrimientos, reproduciendo en mi su muerte (3, 10). No se trata sin duda de una generalización del martirio que Pablo haya establecido como resultado obligatorio de la vida cristiana, hemos de recordar aquí la exposición de la carta a los Romanos que ilumina la densidad un tanto enigmática de estas frases: allí morir es ante todo morir al pecado, librarse de su dominio (Rom 6,2. 10). Esta liberación, que se lleva a cabo en el bautismo mediante la fe, prosigue a través de la existencia en un combate contra las fuerzas de la traición, siempre dispuestas a resurgir en cada creyente. Este combate, en el plano moral, es ya un sufrimiento. Pero está claro que pueden presentarse ocasiones en que se sale del terreno moral y se llega al de la persecución la violencia física, la muerte

Pablo lo sabe por propia experiencia y es lo que explica que en este lugar invierta el orden normal muerte-resurrección (3, 10) podemos creer que desea subrayar así las condiciones «mortales» de esta vida en aquellos que han recibido la gracia, no sólo de creer en Cristo, sino de sufrir por él, a ejemplo de Pablo en la prisión (Flp 1,29-30).

 

3.2.3.- En realidad, esa vida de Jesús en nosotros no se manifestará plenamente hasta el momento en que ese ser corruptible… que somos no se revista de inmortalidad (1Cor 15, 5) Por eso Pablo, fijando su mirada en el futuro dice en Flp 3,11: con el fin de llegar, si es posible, a la resurrección de entre los muertos. Lo cierto es que Pablo desea que todos sus corresponsales salgan de la inmadurez en la que yacen aun muchos de ellos (leer 1Cor 14, 20). Pero Pablo sabe igualmente que la vida del mas allá está caracterizada por una perfección que el cristiano solamente puede vislumbrar en su situación terrena (leer 1Cor 13,10)[4].

 

 

Evangelio: San Juan 8,1-11

 

4.1.- Este admirable relato no es joánico[5]. Ausente de los manuscritos más antiguos, es ignorado por los Padres de la Iglesia hasta el siglo 4º. A partir de entonces, su canonicidad fue defendida por algunos Padres latinos; la primera mención sobre él se encuentra en la Didaskalia[6], que lo cita para exhortar a los obispos a la clemencia con los pecadores. Por su estilo y por su contenido, este texto está emparentado con los relatos sinópticos, particularmente de Lucas. No se sabe dónde fue recogida en primer lugar esta «perla perdida de la tradición antigua». (…) [Nuestro texto] es de tipo kerigmático. El narrador ha seleccionado los rasgos más útiles a su propósito: mostrar que Jesús trae a los hombres pecadores el perdón escatológico y gratuito de Dios.

El predominio del elemento visual en la expresión literaria orienta hacia un significado simbólico. Después de una lectura cursiva, leeremos de nuevo el texto en esta segunda perspectiva.

 

4.2.- ¿Por qué este relato, profundamente evangélico, ha sido tanto tiempo tenido en el ostracismo? Todos están de acuerdo en pensar que su contenido causaba dificultades en la Iglesia primitiva, ya que el adulterio, reprobado en Israel, se contaba entre los pecados que se juzgaban incompatibles con la condición de bautizados y que causaban la exclusión de la comunidad, si no de la misericordia de Dios. Poco a poco la institución de las prácticas penitenciales permitió reintegrar a los pecadores públicos en la comunión eclesial. El hecho de que la perícopa haya sido finalmente aceptada en el canon confirma su autenticidad: no se podría borrar una tradición sólida. Es más difícil ver nacer semejante relato, cuyo estilo está marcado por las repeticiones de palabras y el ritmo de la transmisión oral, en el seno de la misma Iglesia, en oposición con su práctica pastoral. El motivo de la inserción de este texto en su lugar actual, en el que interrumpe de forma poco atinada la secuencia de los capítulos 7-8, es poco claro. Lo que importa es el hecho mismo de la inserción: recuerda que el referente de la tradición evangélica es el único Cristo, sean cuales fueren las teologías respectivas de los evangelistas.

 

4.3.- Una lectura cursiva La introducción (7, 53-8, 2) muestra que el relato formaba parte de una narración continua. Además, es claro el parecido con el pasaje con que Lucas termina la vida pública: Jesús pasaba el día en el templo enseñando y salía a pasar la noche en el monte de los olivos. Y todo el pueblo venía a él desde la aurora al templo para escucharlo (Le 21, 37s, cf Me 11, 11; Mt 21, 17). Así pues, nuestro episodio se sitúa al final del ministerio de Jesús, como lo confirma la situación del mismo Jesús, que se dispone a acusar (8, 6).

Los escribas y los fariseos tienden una trampa al rabí. Si propone la clemencia, se pondrá en conflicto con la ley; si aprueba la lapidación de la mujer, irá en contra de su misma predicación y chocará además con la autoridad romana. Además, al evocar el flagrante delito y al traer a la mujer, los adversarios ponen a Jesús contra la pared: no tiene más remedio que pronunciarse. Por una vez, la pieza en que se basan sus argumentos tiene un peso notable. No se trata ya de una cuestión de escuela, sino de una decisión de vida o muerte. La «trampa» es radical.

 

4.3.1.- La mujer queda situada de pie «en medio», según solía hacerse en los interrogatorios judiciales (leer Hech 4, 7). Este detalle la deja aislada, a pesar de señalar a su alrededor el círculo de los acusadores que la amenazan. Jesús, sentado para enseñar, forma materialmente parte del círculo. Pero los fariseos no interrogan a la mujer, -su transgresión es patente y no cuenta a sus ojos mucho más que el denario que se debe al César-. Interrogan a Jesús. (…) Los escribas y los fariseos oponen la autoridad de la ley a la de Jesús, a quien llaman Maestro: Moisés nos ha prescrito… ¿tú qué dices? ¿Hay aquí una alusión a la manera de hablar del rabí de Nazaret: Pero yo les digo… (Mt 5, 43s)? En vez de responder, Jesús se inclina y escribe con el dedo en el suelo. Las interpretaciones de este gesto no tienen en cuenta muchas veces la segunda vez que se realiza (8, 8): a Jesús le gustaría retrasar su respuesta, o demostrar que la cuestión no le atañe, o también escribiría la sentencia antes de leerla en voz alta, según el uso romano. Ya desde la antigüedad se ha pensado que se trataba en este caso de una acción simbólica, parecida a la de los profetas, evocando un versículo de Jeremías: Los que se apartan de mí (YHVH) serán inscritos en el suelo (Jer 17, 13 LXX; ver Job 13, 26).

 

4.3.2.- Jesús recordaría así el juicio de Dios sobre todos los pecadores en Israel. Esta interpretación requiere ser completada; pero de suyo es válida: Jesús, urgido por sus interlocutores pronuncia una palabra que no es formalmente un juicio pronunciado por él sobre ellos, sino que los remite al tribunal de su conciencia para que encuentren allí la verdad. Es en cierto modo invitarles a pasar de lo legal a lo moral, haciendo funcionar la ley no como un repertorio de entredichos, sino como reveladora de los corazones. Jesús dice: El que de ustedes esté sin pecado, tírele el primero una piedra… Esta sentencia lapidaria tiene la radicalidad propia del lenguaje de Jesús (…) Luego Jesús repite el mismo gesto de escribir en el suelo. El efecto es impresionante, los acusadores se van retirando uno a uno. El narrador indica que Jesús fue dejado solo. La trampa se ha abierto, para él y la controversia queda liquidada. La mujer, a pesar de que se ha deshecho el círculo de la muerte sigue estando allí. No huyó… Jesús le da la palabra, invitándola familiarmente (¿dónde están?) a comprobar que nadie la ha condenado. No le contesta llamándolo ‘Maestro’, sino Señor. Jesús no le declara, como en Lc 7,48, que su pecado está perdonado, sino permaneciendo en el terreno jurídico, le dice: Yo tampoco te condeno.

 

4.4.-Repaso simbólico

La lectura precedente se limitó a seguir el relato. Intentemos ahora captarlo en su totalidad (…). Los críticos se han planteado inútilmente varias cuestiones. Para proceder a una lapidación, ¿no se necesitaba hacer un juicio en toda regla?, ¿ha tenido ya lugar ese juicio o todavía no?, ¿cuál era, desde un punto de vista legal, la situación de la acusada: prometida en matrimonio o casada ya?, ¿había sido ya advertida una vez, según la costumbre?, ¿por qué su amante no es perseguido por el mismo delito?, ¿estaba el marido de acuerdo con los fariseos?, ¿es probable que los escribas y los fariseos sometieran a la sentencia de Jesús un caso penal? En los sinópticos, las controversias sólo se refieren a cuestiones rituales o de tipo general. Finalmente, ¿es creíble en estas circunstancias un desenlace semejante, parecido al del episodio del tributo en Mt 22, 22? Todas estas aporías[7], especialmente la ausencia del amante y la del marido, invitan al lector a buscar en el texto algo distinto de lo que parece ser el relato de una anécdota: un relato simbólico.

 

Hay tres datos que abren a esta interpretación.

Puesto en la tesitura de pronunciar una condena conforme a la ley, Jesús se calla. Parece abstraerse en un gesto independiente. Las diversas explicaciones de este gesto propuestas por los comentaristas no tienen en cuenta el tenor sorprendente del texto. La frase escribía en el suelo habría sido suficiente para indicar la acción si ésta se limitase a evocar el juicio de Dios sobre todo hombre pecador o a crear un tiempo de silencio. Pero el texto va detallando los movimientos: por dos veces describe a Jesús, que «se agacha», luego «se levanta» (v. 6s.8.10). ¿Por qué esta insistencia en un relato tan breve? La mención del monte de los olivos en el exordio ha situado ya el episodio en la inminencia de la pasión. Por medio de estos dos verbos contrarios, el gesto adquiere un significado cristológico: imita el rebajamiento y la exaltación por medio de las cuales Jesús va a reconciliar con Dios a la humanidad prisionera de su condición pecadora.

Esto es lo que muestra el relato a través del personaje que nos pone delante, el de la mujer que pasa de la muerte a la vida. Según la ley tenía que ser lapidada, y el círculo de acusadores que la rodean representa de forma visual la imposibilidad en que ella está de librarse de la muerte. Pero este círculo se rompe por la palabra de Cristo, y no queda de él nada más que la línea invisible que vincula a la mujer con Jesús. El silencio del texto sobre los sentimientos de la mujer no solamente sirve para destacar el valor de la gratuidad del perdón que el Señor le concede, sino que deja sitio, en el relato, al papel salvador de Jesús. Y la visión imaginaria de la mujer aplastada por las piedras queda sustituida por la de la misma mujer que se va, libre, hacia un porvenir que le ha abierto Jesús. De forma incoativa este paso de la muerte a la vida es real, incluso para los escribas y los fariseos: Jesús tampoco los condena a ellos, al mismo tiempo que les hace tomar conciencia de su pecado. También ellos se ven orientados hacia la esperanza del perdón de Dios.

La unidad del texto queda asegurada también por la mujer, presente desde el principio hasta el fin: todo transcurre a propósito de ella. ¿Por qué haber escogido a una mujer para el papel que representa en el relato? ¿y por qué una adúltera? En la tradición profética el adulterio es la metáfora por excelencia de la infidelidad del pueblo elegido al Dios único, el Dios de la alianza. La mujer del relato se convierte en una figura de Israel, al que Jesús ha venido a revelar el perdón escatológico de Dios. La ausencia del amante y del marido quedan también justificadas: el amante son los Baales, los dioses extranjeros, que ni siquiera merecen ser nombrados, y el marido, el esposo único, es Dios, el invisible.

Otra confirmación de esta lectura nos la podría dar también la repetición del «en medio» (v. 3.9). Curiosamente, este término aparece dos veces seguidas en Dt 22, 21.24, en un contexto que habla de las leyes sobre el adulterio: Quitarás el mal de en medio de ti, es decir, de en medio del pueblo. A pesar de la formulación diferente, es posible una reminiscencia literaria, que se refiere a todo Israel. El texto sigue abierto, sin decirnos nada de lo que ocurrió a continuación con la mujer; tampoco en la parábola del Padre del hijo pródigo se nos dice nada de la decisión del hijo mayor-Israel (Le 15,32). También aquí se invita al lector a dejar sus temores, a no encerrarse en un pasado, que a veces es otro círculo de muerte, y a caminar en la libertad de los hijos de Dios[8].

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Los letrados y los fariseos le habían traído al Señor Jesús una mujer sorprendida en adulterio. Y se la habían traído para ponerlo a prueba: de modo que, si la absolvía, entraría en conflicto con la ley; y si la condenaba, habría traicionado la economía de la encarnación, puesto que había venido a perdonar los pecados de todos.

Presentándosela, pues, le dijeron: Hemos sorprendido a esta mujer en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú, ¿qué dices? Mientras decían esto, Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Y como se quedaron esperando una respuesta, se incorporó y les dijo: El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra. ¿Cabe sentencia más divina: que castigue el pecado el que esté exento de pecado? ¿Cómo podrían, en efecto, soportar a quien condena los delitos ajenos, mientras defiende los propios? ¿No se condena más bien a sí mismo, quien en otro reprueba lo que él mismo comete?

Dijo esto, y siguió escribiendo en el suelo. ¿Qué escribía? Probablemente esto: Te fijas en la paja que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo. Escribía en el suelo con el dedo, con el mismo dedo que había escrito la ley. Los pecadores serán escritos en el polvo, los justos en el cielo, como se dijo a los discípulos: Estén alegres porque sus nombres están escritos en el cielo.

Ellos, al oírlo, se fueron yendo uno a uno, empezando por los más viejos, y, sentándose, reflexionaban sobre sí mismos. Y quedó solo Jesús, y la mujer en medio, de pie. Bien dice el evangelista que salieron fuera, los que no querían estar con Cristo. Fuera está la letra; dentro, los misterios. Los que vivían a la sombra de la ley, sin poder ver el sol de justicia, en las sagradas Escrituras andaban tras cosas comparables más bien a las hojas de los árboles, que a sus frutos.

Finalmente, habiéndose marchado letrados y fariseos, quedó solo Jesús, y la mujer en medio, de pie. Jesús, que se disponía a perdonar el pecado, se queda solo, como él mismo dice: Está por llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que ustedes se dispersarán cada cual por su lado y a mí me dejarán solo. Pues no fue un delegado o un embajador, sino el Señor en persona, el que salvó a su pueblo. Queda solo, pues ningún hombre puede tener en común con Cristo el poder de perdonar los pecados. Este poder es privativo de Cristo, que quita el pecado del mundo. Y mereció ciertamente ser absuelta la mujer que —mientras los judíos se iban— permaneció sola con Jesús. Incorporándose Jesús, dijo a la mujer: ¿Dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha lapidado? Ella contestó: Ninguno, Señor. Y Jesús le dijo: Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más. Observa los misterios de Dios y la clemencia de Cristo. Cuando la mujer es acusada, Jesús se inclina; y se incorpora cuando desaparece el acusador: y es que él no quiere condenar a nadie, sino absolver a todos. ¿Qué significa, pues: Anda, y en adelante no peques más? Esto: Desde el momento en que Cristo te ha redimido, que la gracia corrija a la que la pena no conseguiría enmendar, sino sólo castigar[9].

 

pmaxalexander@gmail.com

[1] Papa Francisco, Homilía diaria en la Casa santa Marta: 07-04-2014

[2] El drama del olvido. [En el olvido] precisamente se muestra deficiente la memoria del hombre, al paso que Dios no olvida ni su palabra ni su nombre (Jer 1,12; Ez 20,14). A pesar de las amonestaciones del Deuteronomio (Dt 4,9; 8,11 ; 9,7): Guárdate de olvidar a YHVH tu Dios…, acuérdate…, el pueblo olvida a su Dios y ahí está su pecado (Jue 8,34; Jer 2,13; Os 2,15)..Según la lógica del amor, parece Dios entonces olvidar a la esposa infiel, desgracia que debería inducirla a volver (Os 4,6; Miq 3,4; Jer 14,9). En efecto, toda aflicción debería reanimar en el hombre el recuerdo de Dios (2Par 15,2ss: Os 2,9; 5,15). Se añade la predicación profética, que es una larga «llamada» (Miq 6,3ss; Jer 13,22-25) destinada a poner el corazón del hombre en el estado de receptividad en que Dios puede realizar su pascua (Ez 16,63; Dt 8,2ss). El arrepentimiento es, al mismo tiempo que recuerdo de las faltas, llamamiento a la memoria de Dios (Ez 16,61ss; Neh 1,7ss), y en el perdón Dios, cuya memoria es la del amor, se acuerda de la alianza (1Re 21,29; Jer 31,20) y se olvida el pecado (Jer 31,34). X. Leon-Dufour, Vocabulario Teología Bíblica, Memoria, Barcelona 19957, pp. 525-526. La negrita es nuestra.

[3] San Beda el Venerable, Omelie sul Vangelo, 2, 13:  Collana di Testi Patristici, XC, Roma 1990, pp. 379-380. Benedicto XVI, Audiencia General, miércoles 17 de agosto 2005. Ligeramente adaptada.

[4] S. Légasse, La carta a los Filipenses, la carta a Filemón, Estella (Navarra) 1981 (CB 33) , pp.35-37. Levemente adaptada.

[5] Mientras que el testimonio más antiguo de Jn (P66) data de alrededor del año 200, el primer manuscrito griego que contiene esta perícopa es el Codex Bezae (siglo 5º). Sin embargo, algunos manuscritos anteriores dejan un espacio en blanco después de 7, 52, como si el copista hubiera conocido la existencia del relato. Jerónimo (siglo 4º) dice que lo encontró en manuscritos griegos y latinos, un pasaje de Dídimo (siglo 4º), descubierto recientemente, deja suponer su existencia en un manuscrito alejandrino (cf B D Ehrmann, NTS 34 [1988] 24-44). La inserción del relato podría remontarse a finales del siglo 3º. En latín, figura en la Vulgata (finales del siglo 4º)… En algunos manuscritos posteriores se le sitúa detrás de Le 23, 37s o como un apéndice de Juan.

[6] Documento eclesiástico sirio del siglo 3º.

[7] Aporía: Dificultad lógica insuperable de un razonamiento o de su conclusión (DRAE).

[8] X. Léon-Dufour, Lectura del Evangelio de Juan,- Juan 5-12,- Volumen II, Salamanca 1992, pp. 246-253. Adaptado, algo abreviado. Numeración, subrayados y negrita, nuestros.

[9] San Ambrosio de Milán, Carta 26,11-20: PL 16, 1088-1090. Nació en Tréveris el 337 ó 339, siendo su padre prefecto de las Galias. Es posible que perteneciera a la “gens Aurelia”. Tras la muerte de su padre, se trasladó a Roma donde ya estaba el 353. Estudió retórica y ejerció la abogacía el 368 en la prefectura de Sirmio. El 370 fue nombrado consular de Liguria y Emilia con residencia en Milán. Siendo catecúmeno en esta última ciudad, tuvo que intervenir en la disputa entre arríanos y católicos ocasionada por la muerte del obispo arriano Auxencio, y en el curso de su intervención fue aclamado como obispo por ambos bandos. En el momento de su consagración entregó a la Iglesia y a los pobres todo el oro y la plata que tenía y traspasó la propiedad de sus haciendas a la Iglesia (reservando a su hermana el usufructo). Aunque, por prudencia, no procedió a la destitución del clero arriano, sí manifestó su oposición a esta herejía. En el 376 y 377 se enfrentó con la agitación provocada por el sacerdote arriano Juliano. En el 378 se entrevistó con Graciano, que había pedido del obispo el ser instruido en la fe contra el arrianismo. En honor del emperador, Ambrosio compone el tratado Acerca de Noé, donde compara al monarca con el patriarca, comparación excesiva pero que pudo influir en la postura de Graciano cada vez más favorable a los católicos. A la muerte de Valentiniano, asesinado en mayo del 392, mantendría una postura ambivalente ante su sucesor, el católico Eugenio, al que reconoce pero del que se mantiene apartado. Recuperada la confianza de Teodosio tras este episodio, Ambrosio mantendrá buenas relaciones con él hasta la muerte de aquél, en el 395. Al regresar de un viaje a Pavía, en el 397, cayó enfermo, falleciendo en ese mismo año.

Páginas