Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo.

CUARTO DOMINGO DE CUARESMA, Ciclo “C”

¡Domingo Laetare!

05-06 de marzo 2016

“Mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida”

(Rembrandt, † 1668)

Introducción

 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la liturgia de hoy se lee el capítulo 15 del Evangelio de Lucas, que contiene las tres parábolas de la misericordia: la de la oveja perdida, la de la moneda extraviada y después la más larga de las parábolas, típica de san Lucas, la del padre y los dos hijos, el hijo «pródigo» y el hijo que se cree «justo», que se cree santo. Estas tres parábolas hablan de la alegría de Dios. Dios es alegre. Interesante esto: ¡Dios es alegre! ¿Y cuál es la alegría de Dios? La alegría de Dios es perdonar, ¡la alegría de Dios es perdonar! Es la alegría de un pastor que reencuentra su oveja; la alegría de una mujer que halla su moneda; es la alegría de un padre que vuelve a acoger en casa al hijo que se había perdido, que estaba como muerto y ha vuelto a la vida, ha vuelto a casa. ¡Aquí está todo el Evangelio! ¡Aquí! ¡Aquí está todo el Evangelio, está todo el cristianismo! Pero miren que no es sentimiento, no es «buenismo». Al contrario, la misericordia es la verdadera fuerza que puede salvar al hombre y al mundo del «cáncer» que es el pecado, el mal moral, el mal espiritual. Sólo el amor llena los vacíos, las vorágines negativas que el mal abre en el corazón y en la historia. Sólo el amor puede hacer esto, y ésta es la alegría de Dios.

Jesús es todo misericordia, Jesús es todo amor: es Dios hecho hombre. Cada uno de nosotros, cada uno de nosotros, es esa oveja perdida, esa moneda perdida; cada uno de nosotros es ese hijo que ha derrochado la propia libertad siguiendo ídolos falsos, espejismos de felicidad, y ha perdido todo. Pero Dios no nos olvida, el Padre no nos abandona nunca. Es un padre paciente, nos espera siempre. Respeta nuestra libertad, pero permanece siempre fiel. Y cuando volvemos a Él, nos acoge como a hijos, en su casa, porque jamás deja, ni siquiera por un momento, de esperarnos, con amor. Y su corazón está en fiesta por cada hijo que regresa. Está en fiesta porque es alegría. Dios tiene esta alegría, cuando uno de nosotros pecadores va a Él y pide su perdón.

¿El peligro cuál es? Es que presumamos de ser justos, y juzguemos a los demás. Juzguemos también a Dios, porque pensamos que debería castigar a los pecadores, condenarles a muerte, en lugar de perdonar. Entonces sí que nos arriesgamos a permanecer fuera de la casa del Padre. Como ese hermano mayor de la parábola, que en vez de estar contento porque su hermano ha vuelto, se enoja con el padre que lo ha recibido y hace fiesta. Si en nuestro corazón no hay la misericordia, la alegría del perdón, no estamos en comunión con Dios, aunque observemos todos los preceptos, porque es el amor lo que salva, no la sola práctica de los preceptos. Es el amor a Dios y al prójimo lo que da cumplimiento a todos los mandamientos. Y éste es el amor de Dios, su alegría: perdonar. ¡Nos espera siempre! Tal vez alguno en su corazón tiene algo grave: «Pero he hecho esto, he hecho aquello…». ¡Él te espera! Él es padre: ¡siempre nos espera!

Si nosotros vivimos según la ley «ojo por ojo, diente por diente», nunca salimos de la espiral del mal. El Maligno es listo, y nos hace creer que con nuestra justicia humana podemos salvarnos y salvar el mundo. En realidad, sólo la justicia de Dios nos puede salvar. Y la justicia de Dios se ha revelado en la Cruz: la Cruz es el juicio de Dios sobre todos nosotros y sobre este mundo. ¿Pero cómo nos juzga Dios? ¡Dando la vida por nosotros! He aquí el acto supremo de justicia que ha vencido de una vez por todas al Príncipe de este mundo; y este acto supremo de justicia es precisamente también el acto supremo de misericordia. Jesús nos llama a todos a seguir este camino: Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso (Lc 6, 36). Les pido algo, ahora. En silencio, todos, pensemos… que cada uno piense en una persona con la que no estamos bien, con la que estamos enojados, a la que no queremos. Pensemos en esa persona y en silencio, en este momento, oremos por esta persona y seamos misericordiosos con esta persona. [Silencio de oración]

Invoquemos ahora la intercesión de María, Madre de la Misericordia[1].

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Josué 4,19. 5,10-12 (¿5,9a . 10-12?[2])

 

1.1.- Esta lectura nos relata la entrada de Israel en la tierra prometida y la celebración de la primera pascua en ella. Un texto muy breve que corre el riesgo de ser injustamente pasado por alto. El relato es precedido por el cruce del río Jordán, descrito con los rasgos que rememoran el paso del Mar Rojo. Idéntico eco lo tenemos en el salmo 114(113),3-4: el mar, al verlos, huyó, el Jordán se echó atrás… ¿Qué te pasa, mar, que huyes, y a ti, Jordán que te echas atrás? Se trata de uno de los salmos pascuales (del Hallel egipcio) que cantan líricamente la Pascua, y que el mismo Jesús cantó con los suyos (Mt 26,30; Mc 14,26), todo lo cual nos pone en la pista justa para enhebrar la lectura del Éxodo del domingo pasado, que nos puso en marcha por el desierto, después de cruzar el Mar Rojo para poder llegar, en este “hoy-de-Dios”, a penetrar en la tierra de la promesa, después de cruzar el Jordán. En el “credo” pascual, tanto el salmista como Josué dejan de lado los cuarenta años del desierto, relacionando directamente la salida de Egipto con la entrada en la tierra.

 

1.2.- Esta no es una enseñanza secundaria, no basta con salir, es indispensable llegar. No alcanza con peregrinar, hay que llegar a la meta. No basta con sentirse libres-de, es necesario saberse libres-para. No alcanza con huir de algo, sino que es necesario dirigirse hacia algo, hacia alguien (¡hacia Alguien, con mayúscula!). Parece una perogrullada, algo obvio, pero no lo es, al menos por dos razones:

Primera: Hoy asistimos con muchísima frecuencia, a la canonización de lo provisorio, enfocando la vida como si la meta fuera un permanente caminar-sin-meta. Todo lo que se puede hacer es caminar, no existe meta alguna ni llegada ninguna.

Segunda: muchas veces, si no en teoría, sí en la vida concreta, olvidados de la meta hacemos como si el camino fuera, en sí mismo, la meta.

Por eso mismo es tan importante la enseñanza del Señor en la Escritura, llamándonos a peregrinar hacia una meta: llegar y entrar a la tierra que mana leche y miel.

 

1.3.- La historia, desde la óptica “deuteronomista”, y el libro de Josué forma parte de dicho enfoque de la historia de salvación, subraya que el don de la tierra es gracia, puro don del Señor: el Dios de Israel se la concedió a su pueblo con total y absoluta gratuidad; una de las maneras de mostrar esto es ver cómo Israel irá tomando posesión de la tierra: ¡prácticamente sin ningún esfuerzo! Al capítulo del que están entresacados los versículos de nuestra Lectura le sigue la emblemática toma de la ciudad de Jericó (Jos 6) cuyas murallas se desploman al sonido de las trompetas del Señor, con lo cual se nos está transmitiendo una verdad teológica: es el Señor el que entrega la tierra: porque no fue su espada la que ocupó la tierra, ni su brazo el que les dio la victoria, sino tu diestra y tu brazo y la luz de tu rostro, porque tú los amabas (Salmo 44[43],4).

Esta íntima relación entre el don y el donante, hace que en el Primer Testamento se desate toda una dinámica por la cual Israel es conducido a descubrir que Dios mismo será la tierra de la promesa y que el Señor será el verdadero “lugar-de-reposo-descanso”: el Señor es el lote de mi herencia y mi cáliz… Me ha tocado un lote hermoso, estoy contento con mi herencia (Sal 16[15],5-6), texto que es bueno y necesario leer junto al del salmo 73[72],24-26: ¿No te tengo a ti en el cielo? Y contigo, ¿qué me importa la tierra. Se consumen mi corazón y mi carne por Dios, la Roca de mi corazón, mi lote perpetuo (Leer también Dt 10,9 y 18,2; Sal 95[94] y Hebreos 4).

Con lo cual hemos llegado al terreno del Evangelio de este domingo, el de la alegría (¡laetare!). ¿Acaso no es un llegar a “la más óptima de las tierras prometidas” recibir el abrazo del Padre misericordioso que con absoluta gratuidad recibe a sus hijos, arropándolos con las vestiduras de la salvación y alimentándolos no ya con espigas tostadas, sino con la “mejor cosecha” de su Tierra, el Maná que no cesará de multiplicarse mientras no hayamos entrado a gozar de aquel banquete que ningún ojo vio, ni ningún oído oyó, ni ninguna imaginación pudo ni siquiera soñar…?

 

 

Segunda Lectura: 2ª carta a los Corintios 5,17-21

 

2.1.- Reconciliación es la palabra clave de este texto, repetida en cada versículo. Otras palabras parecidas son: expiación, salvación, renovación. Esta es la obra de Cristo y es también nuestra misión y nuestra tarea.

Cristo es reconciliación viviente. Cristo es la bandera blanca que Dios envía al mundo. Cristo es el abrazo personal entre Dios y los hombres. Cristo es nuestra paz. Él se hizo responsable de nuestros pecados, cargó con ellos y los clavó en la cruz. Así, Dios, por medio de Cristo, no destruyó a los enemigos sino a la enemistad. Entonces brotó el arco iris que abrazó al cielo y a la tierra.

Tarea nuestra es actualizar esta reconciliación de Cristo, seguir anunciando la paz y trabajar por ella. Reconciliar unos hombres con otros, unos pueblos con otros, y todos, el mundo entero, con Dios. ¡Qué tarea más difícil, pero a la vez qué gratificante, la de reconciliar personas, familias, Iglesias, religiones, pueblos, etnias, Estados! Sigue siendo necesaria la cruz, la de Cristo y la nuestra, extender bien los brazos para abrazar al mundo.

Hay que derribar primero muchos muros de incomprensión, odios y resentimientos, injusticias y opresiones… Pero todo es viejo y lo antiguo ya ha pasado. En Cristo ya ha empezado algo “nuevo”[3].

 

 

Evangelio: San Lucas 15,1-3. 11-32

 

3.1.- La parábola de los dos hermanos (el hijo pródigo y el hijo que se quedó en casa) y del padre bueno.

Esta parábola de Jesús, quizás la más bella, se conoce también como la «parábola del hijo pródigo» En ella, la figura del hijo pródigo está tan admirablemente descrita, y su desenlace -en lo bueno y en lo malo- nos toca de tal manera el corazón que aparece sin duda como el verdadero centro de la narración. Pero la parábola tiene en realidad tres protagonistas. J. Jeremias y otros autores han propuesto llamarla mejor la «parábola del padre bueno», ya que él sería el auténtico centro del texto. P. Grelot, en cambio, destaca como elemento esencial la figura del segundo hijo y opina -a mi modo de ver con razón- que lo más acertado sería llamarla «parábola de los dos hermanos» Esto se desprende ante todo de la situación que ha dado lugar a la parábola y que Lucas presenta [en los tres primeros versículos que leemos hoy: 15,1-3]. Allí encontramos dos grupos, dos «hermanos»: los publicanos y los pecadores, los fariseos y los letrados. Jesús les responde con tres parábolas: la de la oveja descarriada y las noventa y nueve que se quedan en casa; después la de la dracma perdida; y, finalmente, comienza de nuevo y dice: Un hombre tenía dos hijos (15, 11). Por tanto, se trata de los dos.

El Señor retoma así una tradición que viene de muy atrás: la temática de los dos hermanos recorre todo el Antiguo Testamento, comenzando por Caín y Abel, pasando por Ismael e Isaac, hasta llegar a Esaú y Jacob, y se refleja otra vez, de modo diferente, en el comportamiento de los once hijos de Jacob con José. En los casos de elección domina una sorprendente dialéctica entre los dos hermanos, que en el Antiguo Testamento queda como una cuestión abierta. Jesús retoma esta temática en un nuevo momento de la actuación histórica de Dios y le da una nueva orientación.

En el Evangelio de Mateo aparece un texto sobre dos hermanos similar al de nuestra parábola: uno asegura querer cumplir la voluntad del padre, pero no lo hace; el segundo se niega a la petición del padre, pero luego se arrepiente y cumple su voluntad (Mt 21,28-32). También aquí se trata de la relación entre pecadores y fariseos; también aquí el texto se convierte en una llamada a dar un nuevo sí al Dios que nos llama.

 

3.2.- Pero tratemos ahora de seguir la parábola paso a paso. Aparece ante todo la figura del hijo pródigo, pero ya inmediatamente, desde el principio, vemos también la magnanimidad del padre. Accede al deseo del hijo menor de recibir su parte de la herencia y reparte la heredad. Da libertad. Puede imaginarse lo que el hijo menor hará, pero le deja seguir su camino. El hijo se marcha a un país lejano. Los Padres [de la Iglesia] han visto aquí sobre todo el alejamiento interior del mundo del padre -del mundo de Dios-, la ruptura interna de la relación, la magnitud de la separación de lo que es propio y de lo que es auténtico. El hijo derrocha su herencia. Sólo quiere disfrutar. Quiere aprovechar la vida al máximo, tener lo que considera una «vida en plenitud». No desea someterse ya a ningún precepto, a ninguna autoridad: busca la libertad radical; quiere vivir sólo para sí mismo, sin ninguna exigencia.

Disfruta de la vida; se siente totalmente autónomo. ¿Acaso nos es difícil ver precisamente en eso el espíritu de la rebelión moderna contra Dios y contra la Ley de Dios? ¿El abandono de todo lo que hasta ahora era el fundamento básico, así como la búsqueda de una libertad sin límites? La palabra griega usada en la parábola para designar la herencia derrochada significa en el lenguaje de los filósofos griegos «sustancia», naturaleza. El hijo perdido desperdicia su «naturaleza», se desperdicia a sí mismo.

Al final ha gastado todo. El que era totalmente libre ahora se convierte realmente en siervo, en un cuidador de cerdos que sería feliz si pudiera llenar su estómago con lo que ellos comían. El hombre que entiende la libertad como puro arbitrio, el simple hacer lo que quiere e ir donde se le antoja, vive en la mentira, pues por su propia naturaleza forma parte de una reciprocidad, su libertad es una libertad que debe compartir con los otros; su misma esencia lleva consigo disciplina y normas; identificarse íntimamente con ellas, eso sería libertad. Así, una falsa autonomía conduce a la esclavitud: la historia, entretanto, nos lo ha demostrado de sobra. Para los judíos, el cerdo es un animal impuro; ser cuidador de cerdos es, por tanto, la expresión de la máxima alienación y el mayor empobrecimiento del hombre. El que era totalmente libre se convierte en un esclavo miserable.

 

3.2.1.- Al llegar a este punto se produce la «vuelta atrás». El hijo pródigo se da cuenta de que está perdido. Comprende que en su casa era un hombre libre y que los esclavos de su padre son más libres que él, que había creído ser absolutamente libre. «Entonces recapacitó», dice el Evangelio (15, 17), Y esta expresión, como ocurrió con la del país lejano (…). Los Padres opinan que: viviendo lejos de casa, de sus orígenes, este hombre se había alejado también de sí mismo, vivía alejado de la verdad de su existencia.

Su retorno, su «conversión», consiste en que reconoce todo esto, que se ve a sí mismo alienado; se da cuenta de que se ha ido realmente a un país lejano y que ahora vuelve hacia sí mismo. Pero en sí mismo encuentra la indicación del camino hacia el padre, hacia la verdadera libertad de «hijo». Las palabras que prepara para cuando llegue a casa nos permiten apreciar la dimensión de la peregrinación interior que ahora emprende.

Son la expresión de una existencia en camino que ahora-a través de todos los desiertos- vuelve «a casa», a sí mismo y al padre. Camina hacia la verdad de su existencia y, por tanto, «a casa». Con esta interpretación «existencial» del regreso a casa, los Padres nos explican al mismo tiempo lo que es la «conversión», el sufrimiento y la purificación interna que implica, y podemos decir tranquilamente que, con ello, han entendido correctamente la esencia de la parábola y nos ayudan a reconocer su actualidad.

 

3.2.2.- El padre ve al hijo cuando todavía estaba lejos, sale a su encuentro. Escucha su confesión y reconoce en ella el camino interior que ha recorrido, ve que ha encontrado el camino hacia la verdadera libertad. Así, ni siquiera le deja terminar, lo abraza y lo besa, y manda preparar un gran banquete. Reina la alegría porque el hijo que estaba muerto cuando se marchó de la casa paterna con su fortuna, ahora ha vuelto a la vida, ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado (15,32).

Los Padres han puesto todo su amor en la interpretación de esta escena. El hijo perdido se convierte para ellos en la imagen del hombre, el «Adán» que todos somos, ese Adán al que Dios le sale al encuentro y lo recibe de nuevo en su casa. En la parábola, el padre encarga a los servidores que traigan enseguida el mejor traje. Para los Padres, ese «mejor traje» es una alusión al vestido de la gracia, que tenía originalmente el hombre y que después perdió con el pecado. Ahora, este «mejor traje» se le da de nuevo, es el vestido del hijo.

En la fiesta que se prepara, ellos ven una imagen de la fiesta de la fe, la Eucaristía festiva, en la que se anticipa el banquete eterno. En el texto griego se dice literalmente que el hermano mayor, al regresar a casa, oye sinfonías y coros: para los Padres es una imagen de la sinfonía de la fe, que hace del ser cristiano una alegría y una fiesta.

 

3.2.3.- Pero lo esencial del texto no está ciertamente en estos detalles; lo esencial es, sin duda, la figura del padre. ¿Resulta comprensible? ¿Puede y debe actuar así un padre? Píerre Grelot ha hecho notar que Jesús se expresa aquí tomando como punto de referencia el Antiguo Testamento: la imagen original de esta visión de Días Padre se encuentra en Oseas (11,1-9). Allí se habla de la elección de Israel y de su traición: Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí; sacrificaban a los Baales, e incensaban a los ídolos (11,2). Dios ve también cómo este pueblo es destruido, cómo la espada hace estragos en sus ciudades (11, 6). y entonces el profeta describe bien lo que sucede en nuestra parábola: ¿Cómo te trataré, Efraín? ¿Acaso puedo abandonarte, Israel? … Se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas. No cederé al ardor de mí cólera, no volveré a destruir a Efraín; porque soy Dios y no hombre, santo en medio de ti… (11, 8ss). Puesto que Dios es Dios, el Santo, actúa como ningún hombre podría actuar. Días tiene un corazón, y ese corazón se revuelve, por así decirlo, contra sí mismo: aquí encontramos de nuevo, tanto en el profeta como en el Evangelio, la palabra sobre la «compasión» expresada con la imagen del seno materno. El corazón de Dios transforma la ira y cambia el castigo por el perdón.

 

3.2.3.1.- Para el cristiano surge aquí la pregunta: ¿dónde está aquí el puesto de Jesucristo? En la parábola sólo aparece el Padre. ¿Falta quizás la cristología en esta parábola?

Agustín ha intentado introducir la cristología, descubriéndola donde se dice que el padre abrazó al hijo (15,20). «El brazo del Padre es el Hijo», dice. y habría podido remitirse a Ireneo, que describió al Hijo y al Espíritu como las dos manos del Padre. «El brazo del Padre es el Hijo»: cuando pone su brazo sobre nuestro hombro, como «su yugo suave», no se trata de un peso que nos oprime, sino del gesto de aceptación lleno de amor. El «yugo» de este brazo no es un peso que debamos soportar, sino el regalo del amor que nos sostiene y nos convierte en hijos. Se trata de una explicación muy sugestiva, pero es más bien una «alegoría» que va claramente más allá del texto.

Grelot ha encontrado una interpretación más conforme al texto y que va más a fondo. Hace notar que, con esta parábola, con la actitud del padre de la parábola, como con en las anteriores, Jesús justifica su bondad para con los pecadores, su acogida de los pecadores.

Con su actitud, Jesús «se convierte en revelación viviente de quien Él llamaba su Padre». La consideración del contexto histórico de la parábola, pues, delinea de por sí una «cristología implícita». «Su pasión y su resurrección han acentuado aún más este aspecto: ¿cómo ha mostrado Dios su amor misericordioso por los pecadores? Haciendo morir a Cristo por nosotros “cuando todavía éramos pecadores” (Rm 5, 8). Jesús no puede entrar en el marco narrativo de su parábola porque vive identificándose con el Padre celestial, recalcando la actitud del Padre en la suya. Cristo resucitado está hoy, en este punto, en la misma situación que Jesús de Nazaret durante el tiempo de su ministerio en la tierra». De hecho, Jesús justifica en esta parábola su comportamiento remitiéndolo al del Padre, identificándolo con Él.

 

3.2.4.- Así, precisamente a través de la figura del Padre, Cristo aparece en el centro de esta parábola como la realización concreta del obrar paterno. y he aquí que aparece el hermano mayor. Regresa a casa tras el trabajo en el campo, oye la fiesta en la casa, se entera del motivo y se enoja. Simplemente, no considera justo que a ese haragán, que ha malgastado con prostitutas toda su fortuna -el patrimonio del padre-, se le obsequie con una fiesta espléndida sin pasar antes por una prueba, sin un tiempo de penitencia. Esto se contrapone a su idea de la justicia: una vida de trabajo como la suya parece insignificante frente al sucio pasado del otro. La amargura lo invade: En tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos (15,29). El padre trata también de complacerle y le habla con benevolencia.

El hermano mayor no sabe de los avatares y andaduras más recónditos del otro, del camino que le llevó tan lejos, de su caída y de su reencuentro consigo mismo. Sólo ve la injusticia. Y ahí se demuestra que él, en silencio, también había soñado con una libertad sin límites, que había un rescoldo interior de amargura en su obediencia, y que no conoce la gracia que supone estar en casa, la auténtica libertad que tiene como hijo.

Hijo, tú estás siempre conmigo -le dice el padre-, y todo lo mío es tuyo (15, 31). Con eso le explica la grandeza de ser hijo. Son las mismas palabras con las que Jesús describe su relación con el Padre en la oración sacerdotal: Todo lo mío es tuyo, y todo lo tuyo es mío (Jn 17, 10).

 

3.3.- La parábola se interrumpe aquí; nada nos dice de la reacción del hermano mayor.

Tampoco podría hacerlo, pues en este punto la parábola pasa directamente a la situación real que tiene ante sus ojos: con estas palabras del padre, Jesús habla al corazón de los fariseos y de los letrados que murmuraban y se indignaban de su bondad con los pecadores (15,2). Ahora se ve totalmente claro que Jesús identifica su bondad hacia los pecadores con la bondad del padre de la parábola, y que todas las palabras que se ponen en boca del padre las dice Él mismo a las personas piadosas. La parábola no narra algo remoto, sino lo que ocurre aquí y ahora a través de Él. Trata de conquistar el corazón de sus adversarios. Les pide entrar y participar en el júbilo de este momento de vuelta a casa y de reconciliación. Estas palabras permanecen en el Evangelio como una invitación implorante. Pablo recoge esta invitación cuando escribe: «En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20).

Así, la parábola se sitúa, por un lado, de un modo muy realista en el punto histórico en que Jesús la relata; pero al mismo tiempo va más allá de ese momento histórico, pues la invitación suplicante de Dios continúa.

 

3.3.1.- Pero, ¿a quién se dirige ahora? Los Padres, muy en general, han vinculado el tema de los dos hermanos con la relación entre judíos y paganos. No les ha resultado muy difícil ver en el hijo disoluto, alejado de Dios y de sí mismo, un reflejo del mundo del paganismo, al que Jesús abre las puertas a la comunión de Dios en la gracia y para el que celebra ahora la fiesta de su amor. Así, tampoco resulta difícil reconocer en el hermano que se había quedado en casa al pueblo de Israel, que con razón podría decir: «En tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya». Precisamente en la fidelidad a la Torá se manifiesta la fidelidad de Israel y también su imagen de Dios.

Esta aplicación a los judíos no es injustificada si se la considera tal como la encontramos en el texto: como una delicada tentativa de Dios de persuadir a Israel, tentativa que está totalmente en las manos de Dios. Tengamos en cuenta que, ciertamente, el padre de la parábola no sólo no pone en duda la fidelidad del hijo mayor, sino que confirma expresamente su posición como hijo suyo: Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Sería más bien una interpretación errónea si se quisiera transformar esto en una condena de los judíos, algo de lo no se habla para nada en el texto.

 

3.3.2.- Si bien es lícito considerar la aplicación de la parábola de los dos hermanos a Israel y los paganos como una dimensión implícita en el texto, quedan todavía otras dimensiones. Las palabras de Jesús sobre el hermano mayor no aluden sólo a Israel (también los pecadores que se acercaban a Él eran judíos), sino al peligro específico de los piadosos, de los que estaban limpios, «en regla» con Dios como lo expresa Grelot (p. 229).

Grelot subraya así la breve frase: Sin desobedecer nunca una orden tuya. Para los [piadosos] Dios es sobre todo Ley; se ven en relación jurídica con Dios y, bajo este aspecto, a la par con Él. Pero Dios es algo más: han de convertirse del Dios-Ley al Dios más grande, al Dios del amor. Entonces no abandonarán su obediencia, pero ésta brotará de fuentes más profundas y será, por ello, mayor, más sincera y pura, pero sobre todo también más humilde.

 

3.3.3.- Añadamos ahora otro punto de vista que ya hemos mencionado antes: en la amargura frente a la bondad de Dios se aprecia una amargura interior por la obediencia prestada que muestra los límites de esa sumisión: en su interior, también les habría gustado escapar hacia la gran libertad. Se aprecia una envidia solapada de lo que el otro se ha podido permitir. No han recorrido el camino que ha purificado al hermano menor y le ha hecho comprender lo que significa realmente la libertad, lo que significa ser hijo. Ven su libertad como una servidumbre y no están maduros para ser verdaderamente hijos. También ellos necesitan todavía un camino; pueden encontrarlo sencillamente si le dan la razón a Dios, si aceptan la fiesta de Dios como si fuera también la suya. Así, en la parábola, el Padre nos habla a través de Cristo a los que nos hemos quedado en casa, para que también nosotros nos convirtamos verdaderamente y estemos contentos de nuestra fe[4].

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

De lejos penetras mis pensamientos; distingues mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares. ¿Qué significa de lejos? Mientras todavía estoy en camino, antes de llegar a la patria, tú penetras mis pensamientos.

Cierto padre de familia tenía dos hijos; el mayor estaba cerca, trabajaba en el campo, y simboliza a los santos, que ejecutan dentro de la ley los preceptos y las ordenanzas de ella. Por el contrario, el género humano, que se había inclinado al culto de los ídolos, se hallaba peregrinando lejos. ¿Qué más lejano de aquel que te hizo, que la hechura que tú mismo te hiciste? Así, pues, el hijo menor emigró a un país lejano, llevando consigo toda su fortuna y -según nos informa el evangelio— la derrochó viviendo perdidamente. Y empezando a pasar necesidad, fue y se empleó en lo de un hombre principal de aquella región, quien lo mandó a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago la comida que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.

Después de tanto trabajo, estrechez, tribulación y necesidad, se acordó de su padre, y decidió volver a casa. Se dijo: Me pondré en camino adonde está mi padre. Reconoce ahora su voz que dice; me conoces cuando me siento o me levanto. Me senté en la indigencia, me levanté por el deseo de tu pan. De lejos penetras mis pensamientos. Por eso dice el Señor en el evangelio que el padre se puso a correr al encuentro del hijo que regresaba. Realmente, como de lejos había penetrado sus pensamientos, distingues mi camino y mi descanso. Mi camino, dice. ¿Cuál, sino el malo, el que él había recorrido, apartándose del padre, como si pudiera ocultarse a los ojos del vengador, o como si hubiera podido ser humillado por aquella extrema necesidad o ser contratado para guardar cerdos, sin la voluntad del padre que quería flagelarlo lejano, para recibirlo cercano?

Así pues, como un fugitivo capturado, perseguido por la legítima venganza de Dios, que nos castiga en nuestros afectos, por cualquier sitio que vayamos y en cualquier lugar adonde hubiéramos llegado; como un fugitivo capturado —repito— dice: Distingues mi camino y mi descanso. ¿Qué significa mi camino? Aquel por el que anduve. ¿Qué significa mi descanso? El término de mi peregrinación. Distingues mi camino y mi descanso. Aquella mi meta lejana no era lejana a tus ojos: me alejé mucho, y tú estabas aquí. Distingues mi camino y mi descanso.

Todas mis sendas te son familiares. Las conocías antes de que yo las anduviera, antes de que yo caminara por ellas, y permitiste que yo anduviera en la fatiga, mis propios caminos para que, si en un momento dado decidiera abandonar ese trabajoso camino, regresara a tus sendas. Porque no hay dolo en mi lengua. ¿Por qué dijo esto? Porque, te lo confieso, anduve por mis sendas, me alejé de ti; me aparté de ti, con quien me iba bien, y mi propio bien fue un mal para mí sin ti. Pues de haberme ido bien sin ti, quizá no hubiera querido volver a ti. Por lo cual, confesando éste sus pecados, declarando que el cuerpo de Cristo está justificado no por sí mismo, sino por la gracia de Cristo, dijo: ¡En mi lengua no hay doblez[5].

 

pmaxalexander@gmail.com

[1] Papa Francisco, Ángelus 15-09-2013. Algo adaptado.

[2] Nuestro Leccionario del Cono Sur es el único entre los que consulté, que omite Josué 5,9a [Hoy he quitado de encima de ustedes el oprobio de Egipto], reemplazándolo por 4,19; con tal omisión no sólo perdemos el resonar del “HOY” de Dios, que re-actualizamos en el “hoy” litúrgico, en el “hoy” pascual, sino que igualmente se difumina que la llegada a la tierra prometida, gracias a haber sellado la Alianza y celebrar la Pascua, eliminando el oprobio de Egipto;, es decir, haberse visto privados de su dignidad al estar sometidos a la esclavitud, Ni el Leccionario latino, ni tampoco los de le lengua alemana, italiana o inglesa o el castellano de España, han omitido el v. 9a. ¿Razón por la que el nuestro lo hace?

[3] Adaptado del folleto de Caritas España, Un Dios para tu hermano, Cuaresma y Pascua 1992, pp. 92-94.

[4] J. Ratzinger, Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Primera Parte: Desde el Bautismo a la Transfiguración, (Traducción de C. Bas Álvarez), Madrid, México, Buenos Aires 20071, pp. 243-252. Levemente adaptado. La numeración, negrita y los subrayados son nuestros.

[5] San Agustín de Hipona, Comentarios sobre los salmos, Salmo 138,5; Enarraciones sobre los Salmos 4º- Obras de san Agustín XXII, (Ed. B. Martín Pérez), Madrid 1967, pp. 577-579. 5-6, CCL 40, 1992-1993.

Agustín nació el 13 de noviembre del 354 en Tagaste, Numidia, hijo de un consejero municipal y modesto propietario. Estudió en Tagaste, Madaura y Cartago. Enseñó gramática en Tagaste (374) y retórica en Cartago (375-383), Roma (384) y Milán (384-386). Tras leer el Hortensio de Cicerón (373) inició su búsqueda espiritual que le llevaría primero a adoptar posturas racionalistas y, posteriormente, maniqueas.

Decepcionado del maniqueísmo tras su encuentro con el obispo maniqueo Fausto, cayó en el escepticismo. Llegado a Milán, la predicación de Ambrosio le impresionó, llevándole a la convicción de que la autoridad de la fe es la Biblia, a la que la Iglesia apoya y lee. La influencia neo-platónica disipó algunos de los obstáculos que encontraba para aceptar el cristianismo, pero el impulso definitivo le vino de la lectura de la carta del apóstol Pablo a los romanos en la que descubrió a Cristo no sólo como maestro sino también como salvador. Era agosto del 386. Tras su conversión renunció a la enseñanza y también a la mujer con la que había vivido durante años y que le había dado un hijo. Tras un breve retiro en Casiciaco, regresó a Milán donde fue bautizado por Ambrosio junto con su hijo Adeodato y su amigo Alipio. Tras una breve estancia en Roma — durante su permanencia en el puerto de Ostia murió su madre, Mónica — se retiró a Tagaste donde inició un proyecto de vida monástica. En el 391 fue ordenado — no muy a su placer — sacerdote en Hipona y fundó un monasterio. En el 395 fue consagrado obispo, siendo desde el 397 titular de la sede. Aparte de la ingente tarea pastoral — que iba desde la administración económica al enfrentamiento con las autoridades políticas, pasando por las predicaciones dos veces a la semana, pero en muchos casos dos veces al día y varios días seguidos — desarrolló una fecundísima actividad teológica que le llevó a enfrentarse con maniqueos, donatistas, pelagianos, arríanos y paganos. Fue el principal protagonista de la solución del cisma donatista, aunque resulta discutible la legitimación que hizo del uso de la fuerza para combatir la herejía, así como de la controversia pelagiana. Murió en el año 430 durante el asedio de Hipona por los vándalos.

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