Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo.

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA, Ciclo “C”

20-21 de febrero 2016

La Transfiguración: ábside de la iglesia del Monasterio de Santa Catalina

[Al pie del monte Sinaí-Horeb. Península del Sinaí, Egipto]

Introducción

 

0.1.- Hoy, el Evangelio nos presenta el acontecimiento de la Transfiguración. Es la segunda etapa del camino cuaresmal: la primera, las tentaciones en el desierto, y la segunda: la Transfiguración. Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado (Mt 17, 1). La montaña representa el lugar de la cercanía con Dios y del encuentro íntimo con Él; el lugar de la oración, donde estar ante la presencia del Señor. Allá arriba en la montaña, Jesús se presenta a los tres discípulos transfigurado, luminoso; y luego aparecen Moisés y Elías, conversando con Él. Su rostro es tan resplandeciente y sus vestiduras tan blancas, que Pedro queda deslumbrado hasta querer quedarse allí, casi como para detener ese momento. Pero enseguida resuena desde lo alto la voz del Padre que proclama a Jesús como su Hijo muy querido, diciendo: Escúchenlo (v. 5).

Es muy importante esta invitación del Padre. Nosotros, los discípulos de Jesús, estamos llamados a ser personas que escuchan su voz y se toman en serio sus palabras. Para escuchar a Jesús, tenemos que seguirlo, tal como hacían las multitudes en el Evangelio, que lo reconocían por las calles de Palestina. Jesús no tenía una cátedra o un púlpito fijos, sino que era un maestro itinerante, que proponía sus enseñanzas a lo largo de las calles, recorriendo distancias no siempre previsibles y, a veces algo incómodas.

De este episodio de la Transfiguración, quisiera señalar dos elementos significativos, que sintetizo en dos palabras: subida y bajada. Tenemos necesidad de apartarnos en un espacio de silencio – de subir a la montaña – para reencontrarnos con nosotros mismos y percibir mejor la voz del Señor. ¡Pero no podemos quedarnos ahí! El encuentro con Dios en la oración nos impulsa nuevamente a bajar de la montaña y a volver hacia abajo, a la llanura, donde nos encontramos con muchos hermanos abrumados por fatigas, injusticias, pobreza material y espiritual. A estos hermanos nuestros que están en dificultad, estamos llamados a brindarles los frutos de la experiencia que hemos vivido con Dios, compartiendo con ellos los tesoros de la gracia recibida. Pero, si no hemos estado con Dios, si nuestro corazón no ha sido consolado ¿cómo podremos consolar a otros?

Esta misión concierne a toda la Iglesia y es responsabilidad en primer lugar de los Pastores – obispos y sacerdotes – llamados a sumergirse en medio de las necesidades del Pueblo de Dios, acercándose con afecto y ternura, especialmente a los más débiles y pequeños, a los últimos. Pero para cumplir con alegría y disponibilidad esta obra pastoral, los Obispos y los sacerdotes necesitan las oraciones de toda la comunidad cristiana. Dirijámonos ahora a nuestra Madre María, y encomendémonos a su guía para proseguir con fe y generosidad el itinerario de la Cuaresma, aprendiendo un poco más a «subir» con la oración y a bajar con la caridad fraterna[1].

0.2.- En nuestro itinerario pascual la Liturgia de este 2º domingo de la Santa Cuarentena dirige nuestra atención al tema del cambio, de la metamorfosis como la llaman los griegos; el cambio de forma (= la reforma, el cambio, la conformación a Cristo…) es un elemento fundamental en nuestra experiencia cristiana. Estamos llamados a “cambiar de formato”, a reformar nuestra vida continuamente, estamos llamados a la conversión continua para conformarnos cada vez más a Cristo; no está fuera de lugar recordar que poseemos la fuerza divina necesaria (la gracia) como para reformar nuestra vida. Si así no fuera toda nuestra aventura espiritual podría convertirse en un deseo frustrado y frustrante: quisiera cambiar, pero no puedo. La Pascua de Jesucristo, el don del Espíritu Santo, nos hacen capaces de poder lograrlo.

Hoy vamos haciendo camino contemplando al Señor sobre la santa montaña. Jesús ha llevado consigo a tres de sus discípulos, -¡y a nosotros si aceptamos su invitación!-; con este pequeño grupo se retira a la soledad, -probablemente el cerro sea el del Tabor, altura que domina la llanura de Galilea-, para hacer un tiempo de oración solitaria. Mientras oraba –nos dice el evangelista Lucas– su rostro cambió de aspecto. Una primera indicación importante surge justamente a causa de tal puntualización: “su rostro cambió de aspecto mientras oraba”. La trasformación de Jesús está estrechamente relacionada con su adhesión al Padre. Mientras Él se une a la voluntad de Dios, adhiriéndose con fuerza al proyecto del Padre, permaneciendo en estrecho e íntimo coloquio con Él, su rostro se transfigura.

Los apóstoles, que están habituados a ver a Jesús en la “forma”[2] habitual y normal, contemplan su “forma” divina. Son los tres que acompañarán a Jesús en Getsemaní, donde lo verán desfigurado, hecho una máscara de dolor y de angustia antes de que llegue el momento de su arresto… Los discípulos, que sólo conocían la “forma” humana habitual de Jesús, están siendo preparados como para afrontar la “forma” deshumanizante / inhumana. Será en el momento del sufrimiento, cuando desfigurado, Jesús no tenga ya aspecto humano, porque el sufrimiento y el dolor lo dejarán completamente desfigurado. Los apóstoles se encuentran a mitad de camino: han visto la figura divina y deben afrontar aun aquella trágica situación de muerte y– precisamente es a través de haber presenciado este cambio de “forma”– que son llamados a cambiar su punto de mira, sus modos de ver y justipreciar… Sobre el Tabor Cristo se les ha presentado bajo su “forma” divina para darles el coraje de afrontar la Pasión. Los discípulos deben aceptar y asimilar el camino pascual, la realidad de la Cruz, y así cambiar de mentalidad: la trasfiguración de Jesús debe “transfigurarnos” a nosotros, sus discípulos.

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

La Transfiguración en los tres Evangelios sinópticos

 

1.1.- En los tres sinópticos la confesión de Pedro y el relato de la transfiguración de Jesús están enlazados entre sí por una referencia temporal. Mateo y Marcos dicen: Seis días después tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan (Mt 17,1; Mc 9,2), Lucas escribe: Unos ocho días después. (Lc 9, 28). Esto indica ante todo que los dos acontecimientos en los que Pedro desempeña un papel destacado están relacionados uno con otro. En un primer momento podríamos decir que, en ambos casos, se trata de la divinidad de Jesús, el Hijo; pero en las dos ocasiones la aparición de su gloria está relacionada también con el tema de la pasión. La divinidad de Jesús va unida a la cruz; sólo en esa interrelación reconocemos a Jesús correctamente.

Jean-Marie van Cangh y Michel van Esbroeck han analizado minuciosamente la relación del pasaje con el calendario de fiestas judías. Llaman la atención sobre el hecho de que sólo cinco días separan dos grandes fiestas judías en otoño: primero el Yom Hakkippurim, la gran fiesta de la expiación; seis días más tarde, la fiesta de las Tiendas (Sukkot), que dura una semana. Esto significaría que la confesión de Pedro tuvo lugar en el gran día de la expiación y que, desde el punto de vista teológico, se la debería interpretar en el trasfondo de esta fiesta, única ocasión del año en la que el sumo sacerdote pronuncia solemnemente el nombre de YHWH en el sanctasanctórum del templo. La confesión de Pedro en Jesús como Hijo del Dios vivo tendría en este contexto una dimensión más profunda. Jean Daniélou, en cambio, relaciona exclusivamente la datación que ofrecen los evangelistas con la fiesta de la Tiendas, que -como ya se ha dicho- duraba una semana. En definitiva, pues, las indicaciones temporales de Mateo, Marcos y Lucas coincidirían. Los seis o cerca de ocho días harían referencia entonces a la semana de la fiesta de las Tiendas; por tanto, la transfiguración de Jesús habría tenido lugar el último día de esta fiesta, que al mismo tiempo era su punto culminante y su síntesis interna.

Ambas interpretaciones tienen en común que relacionan la transfiguración de Jesús con la fiesta de las Tiendas. Veremos que, de hecho, esta relación se manifiesta en el texto mismo, lo que nos permite entender mejor todo el acontecimiento. Aparte de la singularidad de estos relatos, se muestra aquí un rasgo fundamental de la vida de Jesús, puesto de relieve sobre todo por Juan.

Precisamente al analizar las relaciones entre la historia de la transfiguración y la fiesta de las Tiendas veremos que todas las fiestas judías tienen tres dimensiones. Proceden de celebraciones de la religión natural, es decir, hablan del Creador y de la creación; luego se convierten en conmemoraciones de la acción de Dios en la historia y finalmente, basándose en esto, en fiestas de la esperanza que salen al encuentro del Señor que viene, en el cual la acción salvadora de Dios en la historia alcanza su plenitud, y se llega a la vez a la reconciliación de toda la creación. Veremos que estas tres dimensiones de las fiestas profundizan más y adquieren un carácter nuevo mediante su realización en la vida y la pasión de Jesús.

A esta interpretación litúrgica de la fecha se contrapone otra, defendida insistentemente sobre todo por Hartmut Gese, que no cree suficientemente fundada la relación con la fiesta de las Tiendas y, en su lugar, lee todo el texto sobre el trasfondo de Éxodo 24, la subida de Moisés al monte Sinaí. En efecto, este capítulo, en el que se describe la ratificación de la alianza de Dios con Israel, es una clave esencial para la interpretación del acontecimiento de la transfiguración. En él se dice: La nube lo cubría y la gloria del Señor descansaba sobre el monte Sinaí y la nube lo cubrió durante seis días. Al séptimo día llamó a Moisés desde la nube (Ex 24, 16). El hecho de que aquí -a diferencia de lo que ocurre en los Evangelios- se hable del séptimo día no impide una relación entre Éxodo 24 y el acontecimiento de la transfiguración; en cualquier caso, a mí me parece más convincente la datación basada en el calendario de fiestas judías. Por lo demás, nada tiene de extraño que en los acontecimientos de la vida de Jesús confluyan relaciones tipológicas diferentes, demostrando así que tanto Moisés como los Profetas hablan todos de Jesús.

 

1.2.-Pasemos a tratar ahora del relato de la transfiguración.

 

1.2.1.- Allí se dice que Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y los llevó a un monte alto, a solas (cf. Mc 9,2). Volveremos a encontrar a los tres juntos en el monte de los Olivos (cf. Mc 14, 33), en la extrema angustia de Jesús, como imagen que contrasta con la de la transfiguración, aunque ambas están inseparablemente relacionadas entre sí. No podemos dejar de ver la relación con Éxodo 24, donde Moisés lleva consigo en su ascensión a Aarón, Nadab y Abihú, además de los setenta ancianos de Israel.

De nuevo nos encontramos -como en el Sermón de la Montaña y en las noches que Jesús pasaba en oración- con el monte como lugar de máxima cercanía de Dios; de nuevo tenemos que pensar en los diversos montes de la vida de Jesús como en un todo único: el monte de la tentación, el monte de su gran predicación, el monte de la oración, el monte de la transfiguración, el monte de la angustia, el monte de la cruz y, por último, el monte de la ascensión, en el que el Señor -en contraposición a la oferta de dominio sobre el mundo en virtud del poder del demonio- dice: Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra (Mt 28, 18). Pero resaltan en el fondo también el Sinaí, el Horeb, el Moria, los montes de la revelación del Antiguo Testamento, que son todos ellos al mismo tiempo montes de la pasión y montes de la revelación y, a su vez, señalan al monte del templo, en el que la revelación se hace liturgia.

En la búsqueda de una interpretación, se perfila sin duda en primer lugar sobre el fondo el simbolismo general del monte: el monte como lugar de la subida, no sólo externa, sino sobre todo interior; el monte como liberación del peso de la vida cotidiana, como un respirar en el aire puro de la creación; el monte que permite contemplar la inmensidad de la creación y su belleza; el monte que me da altura interior y me hace intuir al Creador. La historia añade a estas consideraciones la experiencia del Dios que habla y la experiencia de la pasión, que culmina con el sacrificio de Isaac, con el sacrificio del cordero, prefiguración del Cordero definitivo sacrificado en el monte Calvario. Moisés y Elías recibieron en el monte la revelación de Dios; ahora están en coloquio con Aquel que es la revelación de Dios en persona.

 

1.2.2.- Y se transfiguró delante de ellos, dice simplemente Marcos, y añade, con un poco de torpeza y casi balbuciendo ante el misterio: Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo (9, 2s). Mateo utiliza ya palabras de mayor aplomo: Su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz (17,2). Lucas es el único que había mencionado antes el motivo de la subida: subió a lo alto de una montaña, para orar; y, a partir de ahí, explica el acontecimiento del que son testigos los tres discípulos: Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blanco (9,29). La transfiguración es un acontecimiento de oración; se ve claramente lo que sucede en la conversación de Jesús con el Padre: la íntima compenetración de su ser con Dios, que se convierte en luz pura. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz. En ese momento se percibe también por los sentidos lo que es Jesús en lo más íntimo de sí y lo que Pedro trata de decir en su confesión: el ser de Jesús en la luz de Dios, su propio ser luz como Hijo.

Aquí se puede ver tanto la referencia a la figura de Moisés como su diferencia: Cuando Moisés bajó del monte Sinaí…, no sabía que tenía radiante la piel de la cara, de haber hablado con el Señor (Ex 34,29). Al hablar con Dios su luz resplandece en él y al mismo tiempo, le hace resplandecer. Pero es, por así decirlo, una luz que le llega desde fuera, y que ahora le hace brillar también a él. Por el contrario, Jesús resplandece desde el interior, no sólo recibe la luz, sino que Él mismo es Luz de Luz. Al mismo tiempo, las vestiduras de Jesús, blancas como la luz durante la transfiguración, hablan también de nuestro futuro. En la literatura apocalíptica, los vestidos blancos son expresión de criatura celestial, de los ángeles y de los elegidos. Así, el Apocalipsis de Juan habla de los vestidos blancos que llevarán los que serán salvados (cf. sobre todo 7,9.13; 19, 14). Y esto nos dice algo más: las vestiduras de los elegidos son blancas porque han sido lavadas en la sangre del Cordero (cf. Ap 7, 14). Es decir, porque a través del bautismo se unieron a la pasión de Jesús y su pasión es la purificación que nos devuelve la vestidura original que habíamos perdido por el pecado (cf. Le 15, 22). A través del bautismo nos revestimos de luz con Jesús y nos convertimos nosotros mismos en luz.

 

1.2.3.- Ahora aparecen Moisés y Elías hablando con Jesús. Lo que el Resucitado explicará a los discípulos en el camino hacia Emaús es aquí una aparición visible. La Ley y los Profetas hablan con Jesús, hablan de Jesús. Sólo Lucas nos cuenta -al menos en una breve indicación de qué hablaban los dos grandes testigos de Dios con Jesús: «Aparecieron con gloria; hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén» (9,31). Su tema de conversación es la cruz, pero entendida en un sentido más amplio, como el éxodo de Jesús que debía cumplirse en Jerusalén. La cruz de Jesús es éxodo, un salir de esta vida, un atravesar el «mar Rojo» de la pasión y un llegar a su gloria, en la cual, no obstante, quedan siempre impresos los estigmas. Con ello aparece claro que el tema fundamental de la Ley y los Profetas es la «esperanza de Israel», el éxodo que libera definitivamente; que, además, el contenido de esta esperanza es el Hijo del hombre que sufre y el siervo de Dios que, padeciendo, abre la puerta a la novedad y a la libertad. Moisés y Elías se convierten ellos mismos en figuras y testimonios de la pasión.

Con el Transfigurado hablan de lo que han dicho en la tierra, de la pasión de Jesús; pero mientras hablan de ello con el Transfigurado aparece evidente que esta pasión trae la salvación; que está impregnada de la gloria de Dios, que la pasión se transforma en luz, en libertad y alegría. (…)

De este modo, la esperanza en la salvación y la pasión son asociadas entre sí, desarrollando una imagen de la redención que, en el fondo, se ajusta a la Escritura, pero que comporta una novedad revolucionaria respecto a las esperanzas que se tenían: con el Cristo que padece, la Escritura debía y debe ser releída continuamente. Siempre tenemos que dejar que el Señor nos introduzca de nuevo en su conversación con Moisés y Elías; tenemos que aprender continuamente a comprender la Escritura de nuevo a partir de Él, el Resucitado.

 

1.2.4.- Volvamos a la narración de la transfiguración. Los tres discípulos están impresionados por la grandiosidad de la aparición. El temor de Dios se apodera de ellos, como hemos visto que sucede en otros momentos en los que sienten la proximidad de Dios en Jesús, perciben su propia miseria y quedan casi paralizados por el miedo. Estaban asustados, dice Marcos (9,6). Y entonces toma Pedro la palabra, aunque en su aturdimiento no sabía lo que decía (9, 6); Maestro. ¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías (9, 5).

Se ha debatido mucho sobre estas palabras pronunciadas, por así decirlo, en éxtasis, en el temor, pero también en la alegría por la proximidad de Dios. ¿Tienen que ver con la fiesta de las Tiendas, en cuyo día final tuvo lugar la aparición? Hartmut Gese lo discute y opina que el auténtico punto de referencia en el Antiguo Testamento es Éxodo 33, 7ss, donde se describe la “ritualización del episodio del Sinaí”: según este texto, Moisés montó «fuera del campamento» la tienda del encuentro, sobre la que descendió después la columna de nube. Allí el Señor y Moisés hablaron «cara a cara, como habla un hombre con su amigo» (33, 11). Por tanto, Pedro querría aquí dar un carácter estable al evento de la aparición levantando también tiendas del encuentro; el detalle de la nube que cubrió a los discípulos podría confirmarlo. Podría tratarse de una reminiscencia del texto de la Escritura antes citado; tanto la exegesis judía como la paleocristiana conocen una encrucijada en la que confluyen diversas referencias a la revelación, complementándose unas a otras. Sin embargo, el hecho de que debían construirse tres tiendas contrasta con una referencia de semejante tipo o, al menos, la hace parecer secundaria.

La relación con la fiesta de las Tiendas resulta plausible cuando se considera la interpretación mesiánica de esta fiesta en el judaísmo de la época de Jesús. (…) En el Nuevo Testamento encontramos en Lucas las palabras sobre la morada eterna de los justos en la vida futura (16,9). “La epifanía de la gloria de Jesús -dice Daniélou- es interpretada por Pedro como el signo de que ha llegado el tiempo mesiánico. Y una de las características de los tiempos mesiánicos era que los justos morarían en las tiendas, cuya figura era la fiesta de las Tiendas”. La vivencia de la transfiguración durante la fiesta de las Tiendas hizo que Pedro reconociera en su éxtasis “que las realidades prefiguradas en los ritos de la fiesta se habían hecho realidad… La escena de la transfiguración indica la llegada del tiempo mesiánico”. Al bajar del monte Pedro debe aprender a comprender de un modo nuevo que el tiempo mesiánico es, en primer lugar, el tiempo de la cruz y que la transfiguración -ser luz en virtud del Señor y con Él- comporta nuestro ser abrasados por la luz de la pasión.

A partir de estas conexiones adquiere también un nuevo sentido la frase fundamental del Prólogo de Juan, en la que el evangelista sintetiza el misterio de Jesús: y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros (Jn 1, 14).

 

1.2.5.- Teniendo en cuenta esta panorámica, volvamos de nuevo al relato de la transfiguración. Se formó una nube que los cubrió y una voz salió de la nube: Éste es mi Hijo amado; escuchadlo (Mc 9, 7). La nube sagrada, es el signo de la presencia de Dios mismo, la shekiná. La nube sobre la tienda del encuentro indicaba la presencia de Dios. Jesús es la tienda sagrada sobre la que está la nube de la presencia de Dios y desde la cual cubre ahora con su sombra también a los demás. Se repite la escena del bautismo de Jesús, cuando el Padre mismo proclama desde la nube a Jesús como Hijo: Tú eres mi Hijo amado, mi preferido (Mc 1, 11). Pero a esta proclamación solemne de la dignidad filial se añade ahora el imperativo: Escúchenlo. Aquí se aprecia de nuevo claramente la relación con la subida de Moisés al Sinaí que hemos visto al principio como trasfondo de la historia de la transfiguración. Moisés recibió en el monte la Torá, la palabra con la enseñanza de Dios. Ahora se nos dice, con referencia a Jesús: Escúchenlo. (…)

En el monte los cubre con su sombra la nube sagrada de Dios. En el monte -en la conversación de Jesús transfigurado con la Ley y los Profetas- reconocen que ha llegado la verdadera fiesta de las Tiendas. En el monte experimentan que Jesús mismo es la Torá viviente, toda la Palabra de Dios. En el monte ven el poder (dynamys) del reino que llega en Cristo. Pero precisamente en el encuentro aterrador con la gloria de Dios en Jesús tienen que aprender lo que Pablo dice a los discípulos de todos los tiempos en la Primera Carta a los Corintios: Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los griegos; pero para los llamados a Cristo –judíos o griegos-, poder de Dios y sabiduría de Dios (1, 23s). Este poder del reino futuro se les muestra en Jesús transfigurado, que con los testigos de la Antigua Alianza habla de la “necesidad” de su pasión como camino hacia la gloria (cf. Lc 24,26s). Así viven la Parusía anticipada; se les va introduciendo así poco a poco en toda la profundidad del misterio de Jesús[3].

 

 

Primera Lectura: Génesis 15,5-12- 17-18

 

2.1.- Esta 1ª lectura, tomada del Génesis, nos relata la alianza que Dios estipuló con Abrán, que en aquel momento aun no tiene hijos, y Dios le promete una descendencia tan numerosa como las estrellas; y a esa descendencia le promete una tierra.

El relato del descuartizamiento nos presenta la estipulación de la alianza según los usos y costumbres del Medio Oriente: cada uno de los “contrayentes” pasaba por en medio de los animales descuartizados y desangrándose, realizando este fortísimo gesto como expresión de un compromiso que pone en juego la vida misma de los contrayentes: “que me suceda como a estos animales si no soy fiel a este pacto”.

Constatamos que en este caso el que pasa por entre los animales es únicamente Dios, -como fuego-: clara señal de que se trata de un compromiso unilateral, ¡es Dios quien da el primer paso absolutamente gratuito hacia nosotros! Pablo y Juan nos lo repetirán hasta la saciedad en el NT y Jesús nos advierte: no son ustedes los que me eligieron a mí, sino que yo los elegí a ustedes. Tenemos la tendencia de subrayar lo que nosotros hacemos “por” Dios, pero es muchísimo más decisivo lo que Él hace por nosotros: no somos nosotros los que hemos amado a Dios, Él nos amó primero…

 

2.1.1.- A Abrán se le pide que tenga confianza, que crea, que tenga fe en Dios, porque es el Señor que lo ha hecho salir de Ur de los Caldeos para darle en posesión esta tierra.

Vemos una vez más que Dios no se define tanto en términos abstractos, sino a través de las “maravillas”, de las grandes cosas realizadas a favor de su pueblo en el transcurrir de la historia, en la que “establece relaciones personales”. Con nuestras “definiciones” de Dios caemos en la tentación de pretender “dominar” a Dios (es lo que la Escritura denomina: conocer el “Nombre” de Dios). Si en cambio tenemos ante nosotros un Dios que se “define” en la historia, nos veremos “tentados” a establecer relaciones personales con Él. Abrán creyó y salió de su tierra, obedeciendo al Señor, confiando en las “increíbles” promesas de Dios (¡que dos abuelos estériles y decrépitos tendrían hijos tan numerosos como las estrellas…!).

 

2.1.2- También Jesús, como nos los relata el evangelio de Lucas hoy, confía en el Padre y cumple su éxodo: …, y dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecían revestidos de gloria y hablaban del éxodo de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén…, sobre la cruz y en el sepulcro. Ese es el camino de SU, -¡de nuestra!-, resurrección. Éste es el camino, no hay otro, es el camino seguido por Abrám y por Jesús: ponerse en manos de Dios y ponerse en estado de éxodo, sin otra seguridad que la que nos propone el salmo responsorial: El Señor es mi luz y mi salvación. Eliminemos el viejo fermento, para que en Pascua el Señor haga nuevas todas las cosas (leer 1Cor 5,7-8)

 

 

Segunda Lectura: Carta a los Filipenses 3,17-4,1 (ó 3,20-4,1)

 

3.1.- Pablo propone a los filipenses, como modelo, su propia vida y la de todos los que se comportan como él. Eso es coherente con su amor a la cruz de Cristo, y ve en el hecho de compartir sus sufrimientos y de configurarse con su muerte la garantía de su propia resurrección. El camino de la cruz lleva a la resurrección. Por eso hablar de la cruz de Cristo significa no reducirse a hacer referencia al crucificado, sino que incluye la invitación a tratar de descubrir la señal de la cruz en la existencia misma del creyente, incapaz de salvarse por sí solo y que vive, a la vez, en un «cuerpo miserable». Pero la cruz, a pesar de su sentido de realismo respecto a la vida y situación del hombre, tiene enemigos. Son aquellos que caen en la trampa de hacerse una vida de mentira, que huyen hasta de la mera palabra cruz, que hacen de la comida su dios y se glorían de sus vergüenzas. Pablo deja entrever una inexplicable incoherencia en la vida de tales seres: no aprecian sino las cosas de la tierra. (3,19). Es realmente incomprensible e inexplicable para quien puede anunciar a creyentes y a quien no creen: nosotros somos ciudadanos del cielo, y esperamos ardientemente que venga de allí como Salvador el Señor Jesucristo. (20).

 

3.2.- El descubrimiento de la cruz de Cristo en la existencia del creyente no quiere decir que la vida de cualquier cristiano tenga que pasar necesariamente por las mismas o parecidas vicisitudes que las del Apóstol. Más bien, la cruz señala la forma personal de vivir y hacer camino de cada creyente, de paso por este mundo. Dejando satisfacciones terrenas que sólo conseguirían distraerle y detenerle, camina derecho y con paso ligero hacia su ciudad celestial. Desea poder hacer su camino en paz. Y, entre tanto, de todo lo que encuentra por el camino, sólo se afana por aquello que hay de verdadero, respetable, justo, limpio, estimable…, todo aquello que sea virtuoso y digno de alabanza (4,8). Y acaba Pablo insistiendo nuevamente en que pongan en práctica todo aquello que de él han aprendido, recibido, escuchado y visto. Es consciente de que éste es el camino para encontrar la paz de Dios.

El texto que hoy leemos, de la carta a los cristianos de Filipos deja sentir un claro regusto autobiográfico. En efecto, Pablo intenta expresarlo por medio del cambio que experimentó su manera de pensar al descubrir lo que representaba creer en Cristo. El anhelo último de su vida había sido desde siempre la justificación, llegar a ser justificado. De hecho, lo había buscado en el cumplimiento estricto de la ley judía, cosa en lo que se tenía como un “hombre sin tacha”. Así, pues, en eso, y también por razón de su nacimiento, educación y celo en el judaísmo, tenía suficientes motivos de gloria, tal vez más que todos sus correligionarios. Pero he aquí que un día se le hizo evidente la inutilidad y la esterilidad de todos sus esfuerzos y desvelos anteriores. Descubrió sencillamente que la verdadera justicia no provenía del cumplimiento de la ley, sino que viene de Dios por la fe en Cristo. De aquí que ahora, al mirar su vida anterior, lo considere todo como perjuicio y pérdida, ya que se ha dado cuenta de que solamente una cosa vale la pena: conseguir la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, su Señor. conocer el poder de su resurrección y la solidaridad con sus sufrimientos (3,10). Desde entonces todo en él se ha convertido en tensión hacia adelante, no teniendo otro objeto para vivir que el de perseguir el premio al que Dios llama desde arriba por Cristo Jesús (14)[4].

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

Fue el mismo Señor Jesús el que quiso que al monte subiera únicamente Moisés a recibir la Ley, aunque no sin Jesús, [el hijo de Nave, (Josué)]. Y en el evangelio, de entre los discípulos, únicamente a Pedro, Santiago y Juan les fue revelada la gloria de su resurrección. De esta manera, quiso mantener oculto su misterio, y frecuentemente recomendaba que no fueran fáciles en hablar a cualquiera de lo que habían visto, a fin de que las personas débiles, incapaces por su carácter vacilante de asimilar la virtualidad de los sacramentos, no sufrieran escándalo alguno.

Por lo demás, el mismo Pedro no sabía lo que decía, cuando se creyó obligado a construir tres chozas para el Señor y para sus servidores. Inmediatamente después fue incapaz de resistir el fulgor de la gloria del Señor, que lo transfiguraba: cayó en tierra y con él cayeron también los hijos del trueno, Santiago y Juan; una nube los cubrió con su sombra, y no fueron capaces de levantarse hasta que Jesús se acercó, los tocó y les mandó levantarse, deponiendo todo temor.

Entraron en la nube para conocer cosas arcanas y ocultas, y allí oyeron la voz de Dios que decía: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escúchenlo. ¿Qué significa: Éste es mi Hijo, el amado? Esto: No te equivoques, Simón, pensando que el Hijo de Dios puede ser parangonado con los servidores. Este es mi Hijo, ni Moisés es mi Hijo ni Elías es mi Hijo, aunque el uno dividiera en dos partes el mar, y el otro clausurara el cielo. Pero si es cierto que ambos vencieron la naturaleza de los elementos, fue con la fuerza de la Palabra de Dios, de la que fueron simples instrumentos; en cambio, éste es el que solidificó las aguas, cerró el cielo con la sequía y, cuando quiso, lo abrió enviando la lluvia.

Cuando se requiere un testimonio de la resurrección, se estipulan los servicios de los servidores; cuando se manifiesta la gloria del Señor resucitado, desaparece el esplendor de los servidores. En efecto, cuando el sol sale, neutraliza los reflectores de las estrellas y toda su luz se desvanece ante el astro del día. ¿Cómo, pues, podrían verse las estrellas humanas a la plena luz del eterno Sol de justicia y de aquel divino fulgor? ¿Dónde están ahora aquellas luces que milagrosamente brillaban ante los ojos de ustedes? El universo entero es pura tiniebla en comparación con la luz eterna. Que otros se esfuercen en agradar a Dios con sus servicios: sólo él es la luz verdadera y eterna, en la que el Padre tiene sus complacencias. También yo encuentro en él mis complacencias, considerando como mío todo lo que ha hecho él, y aspirando a que cuanto yo he hecho se considere realmente como obra del Hijo. Escúchenle cuando dice: Yo y el Padre somos uno. No dijo: yo y Moisés somos uno. No dijo que él y Elías eran partícipes de la misma gloria divina. ¿Por qué quieren construir tres chozas? La choza de Jesús no está en la tierra, sino en el cielo. Lo oyeron los apóstoles y cayeron al suelo despavoridos. Se acercó el Señor, les mandó levantarse y les ordenó que no contaran a nadie la visión[5].

 

pmaxalexander@gmail.com

[1] Papa Francisco, Homilía en el 2° domingo de Cuaresma: 16-03-2014.

[2] En griego se dice “El cual siendo de formacondición divina (µορφῇ ϑεοῦ= morfé-theu), Filipenses 2,6.

[3] J. Ratzinger, – Benedicto XVI -, Jesús de Nazaret, – Primera Parte: Desde el Bautismo a la Transfiguración, (Traducción de C. Bas Álvarez), Madrid, México, Buenos Aires 20071, pp. 356-368. Levemente adaptado. Los subrayados y destacados son nuestros.

[4] M. Gallarat, La Biblia día a día, -Comentario exegético a las lecturas de la Liturgia de las Horas-, Madrid 1981, pp 265-266 y 877. Tomado de mercaba.org. Levemente adaptado.

[5] San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 45,2, PL 14, 1188-1189. Nació en Tréveris el 337 ó 339, siendo su padre prefecto de las Galias. Es posible que perteneciera a la “gens Aurelia”. Tras la muerte de su padre, se trasladó a Roma donde ya estaba el 353. Estudió retórica y ejerció la abogacía el 368 en la prefectura de Sirmio. El 370 fue nombrado consular de Liguria y Emilia con residencia en Milán. Siendo catecúmeno en esta última ciudad, tuvo que intervenir en la disputa entre arríanos y católicos ocasionada por la muerte del obispo arriano Auxencio, y en el curso de su intervención fue aclamado como obispo por ambos bandos. En el momento de su consagración entregó a la Iglesia y a los pobres todo el oro y la plata que tenía y traspasó la propiedad de sus haciendas a la Iglesia (reservando a su hermana el usufructo). Aunque, por prudencia, no procedió a la destitución del clero arriano, sí manifestó su oposición a esta herejía. En el 376 y 377 se enfrentó con la agitación provocada por el sacerdote arriano Juliano. En el 378 se entrevistó con Graciano, que había pedido del obispo el ser instruido en la fe contra el arrianismo. En honor del emperador, Ambrosio compone el tratado Acerca de Noé, donde compara al monarca con el patriarca, comparación excesiva pero que pudo influir en la postura de Graciano cada vez más favorable a los católicos. A la muerte de Valentiniano, asesinado en mayo del 392, mantendría una postura ambivalente ante su sucesor, el católico Eugenio, al que reconoce, pero del que se mantiene apartado. Recuperada la confianza de Teodosio tras este episodio, Ambrosio mantendrá buenas relaciones con él hasta la muerte de aquél, en el 395. Al regresar de un viaje a Pavía, en el 397, cayó enfermo, falleciendo en ese mismo año.

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