Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo.

QUINTO DOMINGO DURANTE EL AÑO, Ciclo “C”

06-07 de febrero 2016

 

Pedro y sus compañeros, pesca-peces transformados en pesca-hombres

[Vitral, Canterbury

 

 

 

Introducción

 

0.1.- Hoy en la oración surgía en mi corazón, se me hacía presente cómo era la mirada de Jesús hacia Pedro. Y en el Evangelio encontré tres miradas diferentes de Jesús hacia Pedro.

«La primera mirada», se encuentra «al inicio del Evangelio de san Juan, cuando Andrés fue a su hermano Pedro y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías”». Y «lo llevó al encuentro de Jesús», quien «fijó su mirada en él y dijo: “Tú eres Simón, hijo de Jonás. Te llamarás Pedro”». Es «la primera mirada, la mirada de la misión que, más adelante, en Cesarea de Filipo, explica la misión: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”: esta será tu misión».

«Mientras tanto Pedro se había convertido en un entusiasta de Jesús: seguía a Jesús. Recordemos el pasaje del sexto capítulo del Evangelio de san Juan, cuando Jesús habla de comer su cuerpo y muchos discípulos en ese momento decían: “Es duro este lenguaje”». En tal medida que «comenzaron a marcharse». Entonces «Jesús miró a los discípulos y dijo: ¿También ustedes quieren irse?». Y «es el entusiasmo de Pedro que responde: “¡No! ¿Dónde iremos? Tú sólo tienes palabras de vida eterna”». Por lo tanto, está la primera mirada: la vocación y un primer anuncio de la misión. Y ¿cómo se muestra el espíritu de Pedro en esa primera mirada? Entusiasta. Es «el primer tiempo del camino con el Señor».

Luego, «he pensado en la segunda mirada». La encontramos «ya tarde la noche del Jueves santo, cuando Pedro quiso seguir a Jesús y se acercó al sitio donde estaba Él, en la casa del sacerdote, en prisión, pero lo reconocen: “No, no lo conozco”». Lo niega «tres veces». Luego «escucha el canto del gallo y se acuerda: ha negado al Señor. Lo perdió todo. Perdió a su amor». Precisamente en ese momento a Jesús lo llevaron a otra sala, atravesando el patio, y fijó la mirada en Pedro. El Evangelio de san Lucas dice que Pedro lloró amargamente. Así, el entusiasmo de seguir a Jesús se convirtió en llanto, porque él había pecado, había negado a Jesús. Pero esa mirada cambió el corazón de Pedro, más que al comienzo. Así, pues, el primer cambio fue el cambio de nombre y también de vocación. Por el contrario, esta segunda mirada es una mirada que cambia el corazón y es un cambio de conversión al amor.

No sabemos cómo fue la mirada en ese encuentro, estando solos, tras la resurrección. Sabemos que Jesús se encontró con Pedro, dice el Evangelio, pero no sabemos qué se dijeron. Y así, lo narrado en Juan 21 es una tercera mirada: la confirmación de la misión; pero también la mirada con la que Jesús pide confirmación del amor de Pedro. De hecho, «tres veces – ¡tres veces! – Pedro había renegado»; y ahora el Señor «tres veces le pide la manifestación de su amor». Y «cuando Pedro, cada vez, dice que sí, que lo quiere, que lo ama, Él le confía la misión: “Apacienta mis corderos, pastorea mis ovejas”». Y más aún, a la tercera pregunta —«Simón, hijo de Jonás, ¿me quieres?»— Pedro «se entristeció, casi llora». Y disgustado porque «por tercera vez» el Señor «le preguntaba “¿me quieres?”», él le respondió: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero». Y de vuelta Jesús: «Pastorea mis ovejas». He aquí, «la tercera mirada: la mirada de la misión».

«La primera, la mirada de la elección, con el entusiasmo de seguir a Jesús; la segunda, la mirada del arrepentimiento en el momento del pecado tan grave de haber renegado a Jesús; la tercera es la mirada de la misión: “Pastorea mis ovejas”». Pero «no termina ahí. Jesús va más allá: tú haces todo esto por amor y después, ¿serás coronado rey? No. Es más, el Señor afirma con claridad: Te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieres. Como diciendo: «También tú, como yo, estarás en aquel patio en el cual yo fijé mi mirada sobre ti: cerca de la cruz».

Nosotros también podemos pensar: ¿cuál es hoy la mirada de Jesús sobre mí? ¿Cómo me mira Jesús? ¿Con una llamada? ¿Con un perdón? ¿Con una misión?». Estamos seguros de que «en el camino que Él ha hecho, todos estamos bajo la mirada de Jesús: Él siempre nos mira con amor, nos pide algo, nos perdona algo y nos da una misión[1].

 

0.2.- La liturgia de este quinto domingo del tiempo ordinario nos presenta el tema de la llamada divina. En una visión majestuosa, Isaías se encuentra en presencia del Señor tres veces Santo y lo invade un gran temor y el sentimiento profundo de su propia indignidad. Pero un serafín purifica sus labios con un ascua y borra su pecado, y él, sintiéndose preparado para responder a la llamada, exclama: Heme aquí, Señor, envíame (cf. Is 6,1-2.3-8). La misma sucesión de sentimientos está presente en el episodio de la pesca milagrosa, de la que nos habla el pasaje evangélico de hoy. Invitados por Jesús a echar las redes, a pesar de una noche infructuosa, Simón Pedro y los demás discípulos, fiándose de su palabra, obtienen una pesca sobreabundante. Ante tal prodigio, Simón Pedro no se echa al cuello de Jesús para expresar la alegría de aquella pesca inesperada, sino que, como explica el evangelista san Lucas, se arroja a sus pies diciendo: Apártate de mí, Señor, que soy un pecador. Jesús, entonces, le asegura: No temas. Desde ahora serás pescador de hombres (cf. Lc 5,10); y él, dejándolo todo, lo sigue.

También san Pablo, recordando que había sido perseguidor de la Iglesia, se declara indigno de ser llamado apóstol, pero reconoce que la gracia de Dios ha hecho en él maravillas y, a pesar de sus limitaciones, le ha encomendado la tarea y el honor de predicar el Evangelio (cf. 1 Co 15,8-10). En estas tres experiencias vemos cómo el encuentro auténtico con Dios lleva al hombre a reconocer su pobreza e insuficiencia, sus limitaciones y su pecado. Pero, a pesar de esta fragilidad, el Señor, rico en misericordia y en perdón, transforma la vida del hombre y lo llama a seguirlo. La humildad de la que dan testimonio Isaías, Pedro y Pablo invita a los que han recibido el don de la vocación divina a no concentrarse en sus propias limitaciones, sino a tener la mirada fija en el Señor y en su sorprendente misericordia, para convertir el corazón, y seguir dejándolo todo por él con alegría.

De hecho, Dios no mira lo que es importante para el hombre: El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón” (1 S 16,7), y a los hombres pobres y débiles, pero con fe en él, los vuelve intrépidos apóstoles y heraldos de la salvación[2].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Isaías 6,1-2a. 3-8[3]

 

1.1.- El cambio de actitud y de vida, que a veces es tan repentino como una tormenta de verano, la fidelidad a elevados ideales morales y la fuerza con que sus conciudadanos son llamados a la coherencia, se originan en los profetas mediante aquel íntimo e inefable encuentro con el Señor en el que consiste la vocación. Gracias a ella, al compartir el pathos divino, es decir, la atención y el interés de Dios por el mundo, el profeta queda desconcertado, se colma de alegría y logra una embriagadora experiencia que ha sido audazmente definida como “saboreo de lo absoluto” (A. Neher).

 

1.2.- El relato [de nuestra primera Lectura tomada de Isaías] se divide en tres partes: experiencia, purificación y misión. El «ver» delimita a la perfección la primera parte («vi al Señor», «mis ojos han visto al rey, a YHVH Sebaot»: v. 1. 5). El «oír» (v. 8) señala el inicio de la misión: entre ambos elementos, como consecuencia del ver y preparación para el oír, se coloca -con más brevedad- la escena de la purificación/transformación/consagración del profeta (5,6-7). En la experiencia intervienen los sentidos: Isaías ve (v. 1), escucha (v. 3) y habla (v. 5). La escena comienza en la tierra, en el templo donde probablemente se encuentra el profeta, se extiende hacia el cielo donde se escucha el canto de los serafines que afecta la estructura misma de los muros: los quicios de los umbrales retemblaban a la voz del que gritaba. En la consagración se produce un movimiento contrario: desde el cielo el serafín vuela hacia la tierra, donde lleva a cabo la triple acción en el profeta, y posteriormente vuelve —cosa que se intuye— a su lugar de origen. La alternancia de elementos estáticos y dinámicos otorga un carácter grandioso y expresivo a las dos escenas.

 

1.3.- El profeta revela el tiempo, el lugar y el contenido de su experiencia. Con la muerte del rey Ozías en el 740, Dios parece asumir directamente la responsabilidad acerca del destino del pueblo, en el templo, donde “las volutas de humo se asemejan a los pliegues de un palio que bajan desde el trono de YHVH… y descienden para cubrir todo el edificio”. En cambio, Isaías pasa por “una experiencia mística que sirve de puente entre la eternidad y el tiempo (F. Montagnini). La presencia de YHVH, una realidad de la que se tenía noticias, se convierte ahora en encuentro, diálogo, amor, irrupción repentina: “Ya no se trata de alguien del que se habla, sino de alguien que habla y a quien se habla” (B. Renaud). Esta presencia se ilustra mediante términos tradicionales, por ejemplo «gloria» y nube, sustituida –en el contexto cúltico de la teofanía- por el vestido (1,2.3) y el humo (1,4). La nube constituye la expresión física de la presencia trascendente de YHVH, marco obligado de todas las teofanías, anuncia con su claroscuro la posibilidad de llegar a Dios sin penetrar en su interior, lo oculta y lo manifiesta en su majestad, potencia e irradiación dinámica.

 

1.4.- Los serafines (= “los ardientes”) desarrollan el tema de Dios-Rey, cuya corte representan, y anuncian la intervención divina purificadora, uniendo el cielo con la tierra, cuya parte más sagrada -el templo- es como un escabel del trono celestial. La voz (= canto) y el terremoto (= retemblar de los umbrales) constituyen elementos tradicionales de la presencia de lo divino. Isaías extrae de esta experiencia una nueva comprensión de Dios, de sí mismo y del pueblo. Se percibe a Dios como plenitud: las orlas del vestido llenan el templo, la gloria llena la tierra, el humo llena el santuario.

El esquema ternario predominante -las tres alas dobles de los serafines, la triple invocación, el triple motivo de la reacción de desconcierto del profeta (perdido, hombre impuro, vivo: 6,5)- connota ulteriormente una presencia que desborda el templo y la tierra. La «cola» del manto “expresa la distancia entre lo que es Dios y su forma de manifestarse, por un lado, y lo que puede percibir el ser humano, por el otro” (H. Eising). En el relato se advierte esa plenitud, incluso a través de su propia estructura: el v. 3b -entre 1b y 4b- establece una correspondencia entre, por una parte, el templo-la tierra-la casa, y, por la otra, el vestido-la gloria-el humo, dejando en los extremos a Dios que se aparece y al ser humano que reacciona (6,1. 5).

 

1.5.- La plenitud queda especificada como santidad, para la que debe intervenir el oído, una vez que los ojos han concluido su función. La santidad -expresada mediante el superlativo absoluto de la triple repetición que indica exclusividad, intensidad- es el atributo divino preferido por Isaías, que manifiesta así su concepción de la particular relación existente entre Dios y pueblo (1,4; 5,19. 24; 10,20; 12,6; 17,7; 29,19; 30,11. 15; 31,1; 37,24), que reaparece con frecuencia también en el Segundo Isaías (41,14.16.20). La santidad expresa la naturaleza radicalmente exclusiva de Dios, fascinadora y terrible, atrayente y ardorosa, admirable y que infunde temor, síntesis de trascendencia e inmanencia. Si desde el punto de vista ontológico la santidad consiste en la naturaleza de Dios «radicalmente distinto» del ser humano limitado y pecador, desde el punto de vista moral es una llamada a la conversión, a la sumisión y a la gloria. Ésta es participación, irradiación de la majestad divina, presencia divina resplandeciente, para la cual la distancia se convierte en proximidad, y la inaccesibilidad en comunicación.

 

1.6.- La percepción de Dios como Señor de los ejércitos constituye una afirmación de la realeza del Señor sobre el pueblo y sobre todo el mundo. Isaías, profeta de Dios, y el pueblo, que participa desde hace largo tiempo en las maravillas divinas, ¿se atreverán a unirse al coro de alabanzas de los serafines? Como voz que desentona en un coro armónico, se consideran indignos de entonar tales alabanzas, e iluminados por el resplandor divino perciben el pecado en todas las fibras de su propio ser. Este obstáculo a la proclamación de la gloria de Dios se encuentra asimismo en el origen de una justa sentencia de muerte pronunciada por el profeta mismo: ¡Ay de mí! ¡Estoy perdido, pues soy hombre de labios impuros que vivo en un pueblo de labios impuros…! (6,5). El pecado se percibe en los labios, que revelan lo que existe en el corazón y en toda la persona, y son el primer órgano que interviene en la misión profética.

Antes de destruirlo, el fuego divino ilumina los rincones más ocultos del espíritu. ¡Era más cómodo no conocerse! El ser humano no sólo descubre que ha pecado, sino que es pecador. Los contrastes ponen de manifiesto este aspecto: a la plenitud (6,1. 3) se opone el vacío (6,12), incluso en el “resto” cada vez más reducido (6,13); a la altura del trono (6,1) le corresponde la tala del terebinto (6,13).

 

1.7.- “El descubrimiento del pecado se inicia en el encuentro con Dios y, por tanto, por iniciativa divina, ya que Dios se revela como quiere y cuando quiere. Por paradójico que resulte, la revelación del pecado constituye una gracia: los abismos de la propia rebelión no pueden sondearse mediante un repliegue sobre uno mismo, sino únicamente a través del deslumbrante enfrentamiento en el que Dios me dice, con la palabra silenciosa de su aparición: eres pecador” (B. Renaud). Reconocer el propio pecado y merecer la sentencia de muerte equivale a abrirse una puerta hacia la salvación: de este modo el ser humano se coloca así en la verdad ante Dios, que teme no al pecado sino a la ausencia de una confesión sincera. Cuando el ser humano reconoce su pecado, “su perspectiva coincide totalmente con la perspectiva de Dios; juzga del mismo modo que Dios, y en otras palabras, se convierte en uno de aquellos íntimos de Dios que han recibido la gracia de introducirse con más profundidad en el secreto del misterio divino” (B. Renaud).

 

1.8.- La transformación también se manifiesta a través de la correspondencia literaria y teológica: al estoy perdido, soy impuro, vivo con impuros (6,5a) se opone la acción casi “sacramental” que se expresa mediante los términos tocado, quitada, perdonado (6,7b). Este vocabulario (“expiar” está vinculado literariamente con «kippur») indica la inversión de una situación comprometida, como en el caso de Is 1,4. Al bajar la barrera que nos separa de Dios (59,2), es decir, la iniquidad u ofensa a él, y la culpa que va unida al castigo inevitable, Isaías experimenta la otra cara de la santidad divina: el amor que se oculta bajo el aspecto atemorizador. Considera que la muerte es una primera etapa necesaria para llegar a la plenitud de la vida. La santidad divina, al destruir lo que se le opone, se convierte en la gran fuerza que comunica la vida: “Ha sentido que su alma recupera la vida en este baño de fuego y se ve completamente penetrado por la fe en Dios, terrible y al mismo tiempo salvador, que con el mismo gesto con el cual parece matarnos y aniquilarnos lo que hace en realidad es infundir en nuestras venas la corriente de la vida que no muere” (M.L. Dumeste). Aquí ya se encuentra presente la teología de la cruz.

De hecho, Isaías se siente como alguien que ha sido salvado por la gracia y que está vivo por la pura misericordia de Dios. Al percibir su propia pobreza radical, se abre a la grandeza y la omnipotencia divinas, y considera como muerte la pretensión de hallar con sus propias fuerzas la fuente de la vida, aquella orientación hacia sí mismo que le caracterizaba antes de que Dios lo separase de los demás (8,11). Convertido en un hombre nuevo (v. 6-7), un hombre de Dios, al que se une con “aquel gesto de tensión de todo el ser humano, para asirse a la mano que se le tiende desde más allá del abismo de la muerte” (M.L. Dumeste) que es la fe, ya no se pertenece a sí mismo, sino que comparte los pensamientos salvíficos divinos: se transforma entonces en intrépido testigo de Dios y de su acción liberadora[4].

 

 

Salmo Responsorial: Salmo (137(138),1-5. 7c-8

 

2.1.- El salmo 137, atribuido por la tradición judía al rey David, aunque probablemente fue compuesto en una época posterior, comienza con un canto personal del orante. Alza su voz en el marco de la asamblea del templo o, por lo menos, teniendo como referencia el santuario de Sión, sede de la presencia del Señor y de su encuentro con el pueblo de los fieles.

En efecto, el salmista afirma que se postrará hacia el santuario de Jerusalén (v. 2): en él canta ante Dios, que está en los cielos con su corte de ángeles, pero que también está a la escucha en el espacio terreno del templo (v. 1). El orante tiene la certeza de que el “nombre” del Señor, es decir, su realidad personal viva y operante, y sus virtudes de fidelidad y misericordia, signos de la alianza con su pueblo, son el fundamento de toda confianza y de toda esperanza (v. 2).

 

2.2.- Aquí la mirada se dirige por un instante al pasado, al día del sufrimiento: la voz divina había respondido entonces al clamor del fiel angustiado. Dios había infundido valor al alma turbada (v. 3). El original hebreo habla literalmente del Señor que “agita la fuerza en el alma” del justo oprimido: es como si se produjera la irrupción de un viento impetuoso que barre las dudas y los temores, infunde una energía vital nueva y aumenta la fortaleza y la confianza.

Después de esta premisa, aparentemente personal, el salmista ensancha su mirada al mundo e imagina que su testimonio abarca todo el horizonte: todos los reyes de la tierra, en una especie de adhesión universal, se asocian al orante en una alabanza común en honor de la grandeza y el poder soberanos del Señor (vv. 4-6).

 

2.3.- El contenido de esta alabanza coral que elevan todos los pueblos permite ver ya a la futura Iglesia de los paganos, la futura Iglesia universal. Este contenido tiene como primer tema la gloria y los caminos del Señor (v. 5), es decir, sus proyectos de salvación y su revelación. Así se descubre que Dios, ciertamente, es “sublime” y trascendente, pero se fija en el humilde con afecto, mientras que aleja de su rostro al soberbio como señal de rechazo y de juicio (v. 6).

Como proclama Isaías, así dice el Excelso y Sublime, el que mora por siempre y cuyo nombre es Santo: En lo excelso y sagrado yo moro, y estoy también con el humillado y abatido de espíritu, para avivar el espíritu de los abatidos, para avivar el ánimo de los humillados (Is 57,15). Por consiguiente, Dios opta por defender a los débiles, a las víctimas, a los humildes. Esto se da a conocer a todos los reyes, para que sepan cuál debe ser su opción en el gobierno de las naciones. Naturalmente, no sólo se dice a los reyes y a todos los gobiernos, sino también a todos nosotros, porque también nosotros debemos saber qué opción hemos de tomar: ponernos del lado de los humildes, de los últimos, de los pobres y los débiles.

 

2.4.- Después de este llamamiento, con dimensión mundial, a los responsables de las naciones, no sólo de aquel tiempo sino también de todos los tiempos, el orante vuelve a la alabanza personal (Sal 137, 7-8). Con una mirada que se dirige hacia el futuro de su vida, implora una ayuda de Dios también para las pruebas que aún le depare la existencia. Y todos nosotros oramos así juntamente con el orante de aquel tiempo. Se habla, de modo sintético, de la ira del enemigo (v. 7), una especie de símbolo de todas las hostilidades que puede afrontar el justo durante su camino en la historia. Pero él sabe, como sabemos también nosotros, que el Señor no lo abandonará nunca y que extenderá su mano para sostenerlo y guiarlo. Las palabras conclusivas del Salmo son, por tanto, una última y apasionada profesión de confianza en Dios porque su misericordia es eterna. No abandonará la obra de sus manos, es decir, su criatura (v. 8). Y también nosotros debemos vivir siempre con esta confianza, con esta certeza en la bondad de Dios.

Debemos tener la seguridad de que, por más pesadas y tempestuosas que sean las pruebas que debamos afrontar, nunca estaremos abandonados a nosotros mismos, nunca caeremos fuera de las manos del Señor, las manos que nos han creado y que ahora nos siguen en el itinerario de la vida. Como confesará San Pablo, Aquel que inició en ustedes la obra buena, él mismo la llevará a su cumplimiento (Flp 1, 6).

 

2.5.- Así hemos orado también nosotros con un salmo de alabanza, de acción de gracias y de confianza. Ahora queremos seguir entonando este himno de alabanza con el testimonio de un cantor cristiano, el gran San Efrén el Sirio, autor de textos de extraordinaria elevación poética y espiritual:

Por más grande que sea nuestra admiración por ti, Señor, tu gloria supera lo que lengua puede expresar canta san Efrén en un himno, y en otro: Alabanza a ti, para quien todas las cosas son fáciles, porque eres todopoderoso; y este es un motivo ulterior de nuestra confianza: que Dios tiene el poder de la misericordia y usa su poder para la misericordia. Que te alaben todos los que comprenden tu verdad[5].

 

 

Segunda Lectura: Primera Carta a los Corintios 15,1-11 (ó: 15,3b-8. 11)

 

3.1.- Ya en el mismo comienzo quiere llamar Pablo la atención sobre el hecho de que no estudia ahora una dificultad que le hayan planteado -como ha ocurrido otras veces en esta carta- sino que introduce el tema por propia iniciativa. (…) Debe observarse, desde una perspectiva puramente lingüística, cómo el Apóstol acentúa, mediante una serie sucesiva de breves frases relativas, la fuerza del Evangelio, que todo lo decide. Hasta el versículo 3b no empieza a hablarnos Pablo del contenido de lo que entiende por Evangelio.

 

3.2.- Desde el punto de vista de la forma lingüística llaman la atención en esta perícopa las repeticiones formales, que responden concretamente a dos tipos: en la primera mitad aparece una serie de breves sentencias encabezadas sin excepción por un “que”. Se trata, pues, de frases incidentales y subordinadas. En la segunda mitad hay una serie de frases principales e independientes: más tarde después se apareció… El versículo 5 ocupa una posición intermedia y, en cierto modo, pertenece a los dos tipos. (…) Es posible que la fórmula más antigua sea la contenida en los versículos 3b-5. Se enumeran en ella cuatro hechos salvíficos de Cristo: que murió, que fue sepultado, que resucitó y se apareció. Esto responde bien al núcleo de la confesión de fe apostólica. De hecho, tenemos aquí sólo un estadio anterior de aquel proceso de cristalización que fue evolucionando, poco a poco, obedeciendo a los mismos fines con que, más adelante, y con alguna mayor riqueza de fórmulas, se formó la confesión de fe: conseguir una fórmula de confesión para aquellos que admitían y reconocían a la Iglesia de Jesucristo. (…)

Propiamente hablando, en nuestro capítulo sólo se toca un punto: la resurrección de Cristo, pero de tal suerte que, para entenderla, es preciso mencionar y admitir otros acontecimientos salvíficos. Y si para Pablo la fórmula total era tan importante como para recordarla aquí, también es lo suficientemente importante para que nosotros la examinemos con la mayor atención. (…)

 

3.3.- La adición “según las Escrituras” se refiere fundamentalmente a la muerte en cuanto tal, es decir, no en primer término al “por nuestros pecados”. En efecto, la muerte del Mesías era el gran escándalo que sólo mediante el recurso a la Escritura se podía salvar, en cuanto que esta Escritura manifestaba que Dios ya lo había previsto así, y así debía ocurrir (cf. Lc 24,25). A esto se debe que todos los relatos de la pasión se esfuercen por demostrar, en sus diversos pormenores, que en ella, se cumplían las palabras de la Escritura. Y, desde aquí, sólo faltaba un paso para llegar a reconocer que también el “por nuestros pecados” estaba preanunciado en la Escritura, concretamente en Is 53. (…) Nuestro símbolo apostólico ofrece un estadio bastante evolucionado de este enriquecimiento. Y esto es tanto más significativo cuanto que, en él, se quiso conservar claramente la simetría de las dos series: crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos; resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios… Esta simetría se ha conservado también en nuestra fórmula, que duplica cada uno de los miembros del doble esquema: sepultado… apareció.

 

3.4.-Y que al tercer día fue resucitado según las Escrituras”. También este versículo consta de tres miembros, es decir, tiene exacto paralelismo con el versículo «murió…». Ambos contienen y abarcan el doble hecho decisivo de la redención. El paralelismo, por no decir la equivalencia, de los dos aspectos del misterio pascual aparece con diáfana claridad en el “según las Escrituras”, repetido con idénticas palabras.

Hemos traducido: “Fue resucitado” [el Leccionario traduce: resucitó]. Esta es la expresión corrientemente empleada en el Nuevo Testamento para designar este ser y acontecer enteramente nuevos. Para expresarlo no se ha echado mano, naturalmente, de una palabra totalmente nueva, pues en tal caso ¿quién la hubiera podido entender? El verbo original significa “hacer despertar”, “hacer levantar” y es, en primer término, una expresión que se aplica a uno que está echado, a causa del sueño o de cualquier enfermedad, para indicar que debe o puede levantarse de nuevo (cf. Mc 1,31). Pero respecto de un muerto, una cosa así sólo puede acontecer mediante un poder divino, ya actúen profetas, como Elías y Eliseo, ya el mismo Jesús.

 

3.5.-Al tercer día”. También aquí encontramos este elemento de nuestro credo apostólico. La cosa no es tan evidente y natural como pudiera hacernos creer la circunstancia de que ha pasado a ser algo habitual a nuestros oídos, por la repetición continua de nuestro credo actual. Fuera de este pasaje, Pablo no menciona nunca el tercer día. Los evangelios relatan profecías de la pasión que incluyen la resurrección al tercer día, o después de tres días, de donde debe deducirse que en ningún caso se ha pretendido afirmar un período de tres veces veinticuatro horas, sino que el cumplimiento de la profecía tuvo lugar dentro de un breve espacio de tiempo. Pero ¿por qué se le ha dado tanta importancia a esta determinación cronológica, que se la ha querido incluir dentro de una fórmula tan concisa? Por una razón parecida a la que llevó a la mención de Poncio Pilato en el credo: se quería fijar, datar y resaltar así, en la historicidad del mundo y del tiempo, el carácter de acontecimiento realmente sucedido de los hechos mencionados. (…)

 

3.6.-Que se apareció…”. Llegamos aquí a aquella parte del kerygma protocristiano que reviste máxima importancia, dentro de las modernas discusiones, en orden a determinar la recta intelección de la realidad de la resurrección. Y así, vamos a intentar abordar el tema con alguna profundidad. De acuerdo con el texto original, podría traducirse también: “y que fue visto” (por Cefas…). Con todo, los escritos neotestamentarios (y ya antes que ellos la traducción griega del Primer Testamento de los Setenta) expresan con esta fórmula, ante todo, un hacerse visible ciertas realidades supraterrenas que sólo Dios puede conceder o causar. Pero en ningún caso se refiere esta expresión a “visiones”. Por visiones entendemos experiencias internas en las que el experimentador “ve” algo que, fuera de él, no tiene realidad alguna. Tales visiones se han dado muchas veces en la historia de la revelación, sobre todo entre los profetas que, por eso mismo, reciben también el nombre de “videntes”.

El mismo Pablo las ha tenido y nosotros las enumeramos entre los fenómenos místicos de que disfrutó. Nos habla de visiones y revelaciones del Señor (2Cor 12,1ss), pero las distingue cuidadosamente de este otro ver al resucitado. De aquella experiencia nos habla como de mala gana y a más no poder, mientras que con este otro haber visto entra en la lista de los testigos oficiales, cuyo testimonio es fundamento obligatorio de la fe para toda la Iglesia. Es ciertamente difícil determinar con exactitud el género y modo de aquellas apariciones, de aquel ver al Señor, establecer el elemento objetivo y apreciar en su justo valor el carácter especial de este ver, que se distingue del modo de ver las realidades terrenas y tiene, por consiguiente, algún parecido con la «visión». El resucitado pertenece a un nuevo orden del ser para el que, en principio, no le han sido dado órganos al que vive en este mundo. Por lo mismo, hay que comenzar por abrirle los ojos. Y así, pudiera muy bien ocurrir que -como en las visiones- uno vea y otro, que está a su lado, no vea. Con todo es muy importante para la realidad de estas apariciones que no sea un individuo aislado, sino varios, y aun muchos, los que vieron al Señor.

 

3.7.- “…a Cefas, después a los doce”. Sólo aquí, en este documento, se nos menciona una aparición de Jesús a Pedro tan destacada y fundamental. Probablemente se trata de aquella misma que se menciona de pasada en el relato de Emaús (Lc 24,34). Evidentemente, llamar a Simón con el nombre de Cefas es también indicio de que en la primitiva Iglesia se sabía y se acentuaba la misión de fundamento que, con este nombre, asignó Jesús al apóstol Pedro. No es tan absolutamente cierto que la aparición al jefe de los apóstoles haya sido la primera en orden cronológico, pero sí lo es que se le reconoció rango de primera categoría. Lo probable es, desde luego, que ambas cosas se dieran a la vez. Después del jefe, se nombra el “colegio”. Fuera de este pasaje Pablo no utiliza nunca la expresión “los doce”. El carácter oficial y ministerial de este número se confirma en esta aparición, tanto más cuanto que no hubiera tenido ninguna importancia que en aquel momento hubieran sido, por ejemplo, sólo once.

 

3.8.-Más tarde se apareció a más de quinientos hermanos juntos, de los cuales la mayor parte viven todavía; otros han muerto”. El lenguaje y el ritmo permiten conocer claramente que hay aquí un nuevo planteamiento. Se abandona la forma subordinada «que» y se sigue el discurso con frases principales.

Más tarde se apareció a Santiago, «después a todos los apóstoles”. Esta línea, con su doble elemento constitutivo, se parece en mucho al versículo 5. El “hermano del Señor”, Santiago, tuvo o alcanzó, junto a Cefas, una posición cada vez más destacada en la Iglesia de Jerusalén. En el concilio Apostólico son ellos dos los que dirigen la controversia y los que toman las decisiones (…)

 

3.9.- “«Al último de todos, como a un aborto[6], se me apareció también a mí”. La frase procede, sin género de duda, del mismo Pablo, que se une así, con entera conciencia, a la precedente cadena de testigos. Y esto es sumamente extraño para nosotros, porque estamos acostumbrados a pensar que las apariciones pascuales acabaron con la ascensión al cielo y que, en todo caso, no se prolongaron durante tantos años como parece exigir el contexto de la carta. Ahora bien, ya el hecho mismo de la aparición a más de quinientos hermanos nos obliga a salir de aquellos límites. Por otra parte, la exposición lucana en que se apoya nuestra idea del plazo de cuarenta días, concluido con la ascensión al cielo, no debe ser necesariamente considerada como la única posible. Hoy podemos contemplar más claramente, como en una especie de estereovisión, la peculiaridad de cada uno de los diversos escritos neotestamentarios, y hemos aprendido a considerar como legítimas, unas junto a otras, diversas concepciones de una misma realidad. En todo caso, debemos tomar nota aquí de la convicción personal de Pablo de que la aparición de Cristo de que participó en el camino de Damasco entra en la serie de apariciones pascuales de que participaron los otros apóstoles. (…)

 

3.10.- Nunca puede olvidar, nunca quiere olvidar que persiguió a la Iglesia, que fue enemigo y aborreció aquella voluntad de amor y de salvación de Dios, que tenía ya un cuerpo en la tierra, que es su Iglesia. Pero, que lo mereciera o no, que fuera digno o no, ahora es apóstol y sabe que lo debe exclusivamente, y con mayor razón que nadie, a la gracia libérrima de Dios. Y porque debe a esta gracia su apostolado, también todos los frutos de su ministerio apostólico. Puede afirmar ya con toda objetividad -aunque se halla todavía en la mitad de su carrera- que ha trabajado y se ha fatigado más que ningún otro. Esta afirmación no anula en nada el carácter de gracia de sus trabajos; y, a la inversa, tampoco la intervención de la gracia anula la fatiga del Apóstol. La gracia no desvaloriza lo personal, las cualidades humanas. Aunque Pablo sabe que todo es gracia, y quiere tributar a esta gracia la gloria, con todo, no debe olvidarse que la gracia ha podido hacer todas estas cosas “con él”, con su disposición, con todas aquellas cualidades espirituales que recibió de la naturaleza, que adquirió con el estudio y con el agradecimiento de que se sabe deudor, desde aquel día, a Cristo. (…)

 

3.11.- Si consideramos ahora en su conjunto toda esta sección, en la que cada detalle tiene su importancia, merece la pena destacar un hecho: la sólida y densa conexión entre lo totalmente oficial y público y lo totalmente personal. En ninguna parte se afirma su apoyo en una común tradición apostólica, en un kerygma, en un Credo, casi podríamos decir en un dogma protoapostólico, con tanta formalidad y solemnidad como aquí, donde, por otra parte, su confesión aparece evidentemente en la dimensión más personal. Y confesión puede tomarse en su doble sentido: confesión de fe y confesión de pecados. Justamente en nuestros mismos días se ha podido comprobar todo el valor y el alcance permanente de estos versículos. Cuanto más y mayores eran los problemas y dificultades con que topaba la investigación sobre los Evangelios en lo concerniente a los relatos de la resurrección y, consiguientemente, de las apariciones, y cuanto más paso se abría la idea de que dichos relatos son, al menos en parte, más una forma narrativa que un relato protocolario de experiencias o vivencias personales, más valor histórico se concedía al testimonio del apóstol Pablo y, por tanto, al testimonio- por el mismo Pablo ofrecido- de aquella antiquísima tradición ya formada algunos decenios antes de la composición de nuestros Evangelios y, con entera seguridad, sólo unos pocos años después de la muerte y resurrección de Jesús.

El hecho es rico en consecuencias, debido concretamente a que en este sencillo y repetido “se apareció” tenemos, en cierto modo, el punto de partida de dos grupos detallados de relatos: la experiencia de san Pablo en Damasco, por él mismo varias veces mencionada con palabras cortas, pero plenas de contenido y significación (Gál 1,13; lCor 9,1; 2Cor 4,6), se relata nada menos que en tres lugares de los Hechos de los apóstoles de Lucas (capítulos 9, 22 y 26); lo que se tenía que ver y oír se nos ha transmitido con mayor o menor detalle. En este punto puede comprobarse que las variantes corren a cuenta del escritor Lucas. (…) Aquí sólo interesaba mostrar la gran importancia de la norma primitiva que Pablo nos ha transmitido con su propio testimonio y con el testimonio de la Iglesia primitiva, kerygmáticamente formulado[7].

 

 

Evangelio: san Lucas 5,1-11

 

4.1.- Esta segunda parte del Evangelio de Lucas (4,31-9,50) podría llevar por título: «En Galilea, Jesús anuncia la Buena Nueva y llama a la fe que salva».

Comprende el “discurso en la llanura”, que corresponde en parte al sermón de la montaña de Mateo, está precedido por la elección de los Doce, lo que marca su importancia. Después del discurso, Lucas pone por última vez a Jesús y a Juan en paralelo. Después viene una sección donde la Palabra es central, con dos parábolas, y a continuación otra sección donde el tema de la fe que salva se hace más insistente. Por último, Jesús forma a los Doce y les anuncia dos veces su pasión.

 

4.2.- Jesús enseña, exorciza y llama con autoridad (4,31-5,16)

En esta primera fase del ministerio de Jesús, el narrador no señala conflictos, sino la extrañeza que provoca y su fama creciente. El contenido de la enseñanza de Jesús aún no se desvela al lector, que, por el contrario, descubre la autoridad de su palabra, su poder sobre los demonios y la enfermedad, y la fuerza de su atracción sobre sus primeros compañeros.

 

4.3.- Simón, de una pesca a otra (5,1-11)

Esta pesca milagrosa no se cuenta más que en Lucas (otra, bastante diferente, se encuentra en Jn 21), No es extraña al tema de la autoridad de la palabra de Jesús, puesto que comienza con la muchedumbre que se aprieta para escuchar la Palabra de Dios, continúa con la aceptación de Simón de prestar confianza a la palabra de Jesús para echar las redes y culmina con esta orden: A partir de ahora serás pescador de hombres. El lector, ya instruido por la catequesis, comprende que el narrador le habla de la Iglesia: la función de Pedro es en primer lugar misionera y ha sido querida por Jesús.

 

4.4.- Lectura de conjunto.

Este relato no tiene como finalidad más que mostrar cómo Pedro, Santiago y Juan han abandonado todo para seguir a Jesús, El relato ya ha dado a entender que éste los conocía (episodio de la curación de la suegra de Pedro), Cuatro momentos jalonan la narración:

+la enseñanza de Jesús, que se ve obligado a poner distancia entre él y la muchedumbre subiendo a la barca de Simón (vv, 1-3);

+la pesca en aguas profundas por orden de Jesús (vv, 4-7);

+el diálogo entre Simón Pedro y Jesús (vv, 8-10);

+la conclusión breve, aunque capital: los tres pescadores siguen a Jesús para otra clase de pesca (v, 11).

 

4.4.1.- Al hilo del texto. La Palabra de Dios suena aquí como una expresión de las comunidades cristianas del tiempo de Lucas. El éxito de su predicación hace que Jesús se encuentre a sí mismo como aprisionado en una red, Habrá que esperar al final del relato para descubrir los nombres de los hijos de Zebedeo, y no se menciona al hermano de Pedro (sobreentendido en el así lo hicieron del v. 6). Lucas prepara así al lector para el grupo que Irá con Jesús a casa de Jairo y estará con él en la montaña de la transfiguración.

 

4.4.2.- A pesar de que la pesca tiene como finalidad llevar a la transformación de Simón en pescador de hombres, Lucas insiste en su carácter milagroso, Quizá piensa en las numerosas Iglesias fundadas por Pablo, que tuvo la audacia de adelantarse en las aguas profundas de las ciudades paganas.

 

4.4.3.- Simón había llamado a Jesús Maestro (en el sentido de “jefe”, palabra diferente a la de “enseñante”); “Simón Pedro” (con esa denominación el narrador anticipa 6,14), pasa a un registro superior al llamarlo Señor en el v. 8. Ha experimentado el mismo temor que Moisés ante la zarza ardiente o que Isaías en su visión de Dios en el Templo (Is 6,5).

 

4.4.4.- De hecho, Jesús no llama aquí a nadie (compárese con Leví en 5,27). No obstante, su palabra soberana va a cambiar el oficio de Simón para toda la vida. Éste queda libre, pero la atracción es más fuerte que el temor experimentado al principio.

 

4.5.- En la Primera Lectura (Is 6), Isaías habla de su temor y cuenta su vocación de profeta auténtico, frente a los que dudan de ello. Desde que sus labios son purificados, se presenta voluntario para la misión: Envíame. La aceptación por Pedro de su vocación, Lucas no la muestra mediante palabras, sino con el gesto de abandonar todo para seguir a Jesús. La relación entre los dos textos hace que surja la presencia del Dios tres veces santo en Jesús, denominado “Señor”.

El Sal 138 [137] -acción de gracias en presencia de los ángeles y en dirección al Templo- ha sido escogido a causa de la visión de Isaías. Pero el salmista dice también: Aumentaste la fuerza de mi alma: esto bien puede aplicarse a todo cristiano, invitado a mostrar confianza en la palabra de Jesús y a abandonar lo que impida seguirle[8].

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

“Estando el bienaventurado Pedro con otros dos discípulos de Cristo, el Señor, Santiago y Juan, en la montaña con el mismo Señor, oyó una voz venida del cielo: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escúchenlo. Recordando este episodio, el mencionado Apóstol escribe en su Carta: Esta voz traída del cielo la oímos nosotros estando con él en la montaña sagrada. Y luego continúa diciendo: Esto nos asegura la palabra de los profetas. Se oyó aquella voz del cielo, y se cercioró la palabra de los profetas.

Este Pedro, que así habla, fue pescador: y en la actualidad es un inestimable timbre de gloria para un orador, ser capaz de comprender al pescador. Esta es la razón por la que el apóstol Pablo, hablando de los primeros cristianos, les decía: Fíjense, hermanos, en su asamblea; no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; todo lo contrario, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios; lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar al fuerte. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta.

Si Cristo hubiera elegido a un orador para darle inicio a su obra, éste diría: fue por mi elocuencia que fui escogido. Si hubiera elegido a un senador, éste podría decir: fui escogido por mi dignidad. Si hubiera elegido a un emperador, éste podría decir: fui escogido gracias a mi poder. Que se calle y esperen todos estos, cálmense un poco. No es que deban ser dejados de lado o despreciados; sino que se mantengan de alguna forma aparte cuantos se pueden vanagloriar de sí mismos. Dame, dice él, aquel pescador; dame a aquel ignorante; dame a aquel con quien el senador no se digna hablar, ni siquiera cuando compra el pescado. Cuando lo haya transformado, quedará claro que soy yo quien actúa. Si bien, también en el senador, en el orador y en emperador, también yo actúo. Pero, aún cuando yo actúe en el senador, eso será mucho más evidente en el pescador. El senador puede gloriarse de sí mismo, tal como el orador y el emperador; el pescador sólo de Cristo se puede gloriar. Venga, venga en primer lugar el pescador, para enseñarnos la humildad que salva; después de él hasta el emperador podrá pasarla mejor”[9].

 

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[1] Papa Francisco, Homilía cotidiana: 22-05-2015. Extractado y adaptado.

[2] Benedicto XVI, Ángelus 7 de febrero 2010. Adapatado.

[3] En la celebración eucarística, el canto del Sanctus atestigua una gran verdad sobre la liturgia. En el Sanctus se unen la liturgia visible y la invisible, la liturgia de la tierra e y la del cielo, la liturgia en el tiempo y la liturgia eterna. El tiempo de la liturgia es lugar de salvación porque es el tiempo que se trasciende a sí mismo. Es por esto, que el canto angélico del Sanctus tiene una auténtica función ‘apocalíptica’ (= reveladora), en cuanto revela que la liturgia de la Iglesia está llamada a trascenderse a sí misma como liturgia terrena, encontrando cumplimiento en la liturgia celestial. Cf. L. D’Ayala Valva, “Santo, santo, santo”, en Entrare nei misteri di Cristo. Mistagogia della liturgia eucaristica attraverso i testi dei padri greci e bizantini, Magnano 2012, pp.. 257-258.

[4] B. Marconcini, El libro de Isaías (1-39), Barcelona 1995, pp. 88-94. Negrita y subrayados, nuestros.

[5]Benedicto XVI, Audiencia General 7 de diciembre de 2005. Levemente adaptada.

[6] La palabra castellana aborto remite a un embarazo interrumpido, y es importante señalar que semejante traducción del vocablo griego usado por san Pablo en absoluto transmite aquello que intenta decir el Apóstol, ya que aborto indica un niño no nacido. Pablo usa la palabra griega –éktroma– que señala y designa a un niño nacido con grandísima dificultad. Alude, por tanto, a un parto difícil —la medicina enseña que el término técnico usado por Pablo en nuestra lengua se dice: “parto distócico”— es decir un parto que tuvo necesidad de una intervención laboriosa (puede que hasta quirúrgica) para poder llevar a buen término el embarazo. Lo que Pablo quiere decir, es que le dio gran trabajo a Jesús convencerlo de que era el Mesías esperado. Es como si dijera: “¡llegué a la fe en Cristo sólo a través de un parto complicadísimo y dificilísimo…!” La palabra usada trae a la mente una herida, la cicatriz dejada por el bisturí o/y todas las maniobras extractivas de un parto dificilísimo. No se alude, por tanto, a un bebé no nacido, sino nacido con gran fatiga. La expresión sintetiza magníficamente aquella, su experiencia de Damasco, como un “trauma”, una herida, un recuerdo, una cicatriz imborrable, de un nacimiento difícil, pero finalmente exitoso. La última aparición pascual de Cristo Resucitado le estuvo reservada a Pablo y aquel acontecimiento fue similar a un parto difícil, en el que el niño corría altísimo riesgo de morir, pero una intervención “médica”, in extremis, logró finalmente hacerlo nacer.

[7] Eugen Walter, Primera carta a los Corintios, Barcelona (NTYSM 7) 1971, pp. 269-284. Abreviado y adaptado. El subrayado y la negrita son nuestros.

[8] Comentario tomado de: Y Saoût, Evangelio de Jesucristo según san Lucas, Estella (Navarra) 2008 (CB 137), pp. 31-33. Adaptado y complementado.

[9] San Agustín de Hipona, Sermón 43,5-6, PL 38, 256- 257. Agustín nació el 13 de noviembre del 354 en Tagaste, Numidia, hijo de un consejero municipal y modesto propietario. Estudió en Tagaste, Madaura y Cartago. Enseñó gramática en Tagaste (374) y retórica en Cartago (375-383), Roma (384) y Milán (384-386). Tras leer el Hortensio de Cicerón (373) inició su búsqueda espiritual que le llevaría primero a adoptar posturas racionalistas y, posteriormente, maniqueas. Decepcionado del maniqueísmo tras su encuentro con el obispo maniqueo Fausto, cayó en el escepticismo. Llegado a Milán, la predicación de Ambrosio le impresionó, llevándole a la convicción de que la autoridad de la fe es la Biblia, a la que la Iglesia apoya y lee. La influencia neo-platónica disipó algunos de los obstáculos que encontraba para aceptar el cristianismo, pero el impulso definitivo le vino de la lectura de la carta del apóstol Pablo a los romanos en la que descubrió a Cristo no sólo como maestro sino también como salvador. Era agosto del 386. Tras su conversión renunció a la enseñanza y también a la mujer con la que había vivido durante años y que le había dado un hijo. Tras un breve retiro en Casiciaco, regresó a Milán donde fue bautizado por Ambrosio junto con su hijo Adeodato y su amigo Alipio. Tras una estancia breve en Roma —en el puerto de Ostia murió su madre, Mónica— se retiró a Tagaste donde inició un proyecto de vida monástica. En el 391 fue ordenado —no muy a su placer— sacerdote en Hipona y fundó un monasterio. En el 395 fue consagrado obispo, siendo desde el 397 titular de la sede. Aparte de la ingente tarea pastoral —que iba desde la administración económica al enfrentamiento con las autoridades políticas, pasando por las predicaciones dos veces a la semana, pero en muchos casos dos veces al día y varios días seguidos— desarrolló una fecundísima actividad teológica que le llevó a enfrentarse con maniqueos, donatistas, pelagianos, arríanos y paganos. Fue el principal protagonista de la solución del cisma donatista, aunque resulta discutible la legitimación que hizo del uso de la fuerza para combatir la herejía, así como de la controversia pelagiana. Murió en el 430 durante el asedio de Hipona por los vándalos.

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