Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo.

CUARTO DOMINGO DURANTE EL AÑO, Ciclo “C”

30-31 de enero 2016

Jeremías en presencia del Señor

[Galliano, Como, Italia. Aprox. año 1000]

Introducción

 

0.1.- “No perder la memoria del primer amor”, es decir, la alegría del primer encuentro con Jesús, lo cual significa alimentar de continuo la esperanza. Y estos dos parámetros, memoria y esperanza, son el único “marco” dentro del cual el cristiano puede vivir la salvación, que siempre es un don de Dios, sin jamás caer en la tentación de la tibieza.

La salvación de los justos viene del Señor (Sal 36,39). Este versículo del Salmo nos recuerda que la salvación es un regalo del Señor. Y la pregunta que nos surge es ¿Cómo guardar este tesoro, preservar este don? De los criterios que nos ayudan a preservar, a custodiar este don, el primero es el de la memoria. De hecho, leemos en la Carta a los Hebreos: Recuerden, hermanos, los primeros tiempos, cuando fueron iluminados por la luz de Cristo (Hb 10,32). Esos días son los ‘del primer amor’, ¡ese es el nombre que le dan los profetas!: para nosotros, ¡el día del primer encuentro con Jesús! Porque cuando hemos encontrado a Jesús, o, mejor dicho, cuando él se ha dejado encontrar por nosotros, -porque es él el que lo hace todo-, experimentamos una inmensa alegría. Por lo tanto, el primer criterio para guardar intacto el gran regalo de la salvación es el de no perder la memoria, el de no olvidar aquellos primeros días, caracterizados por el entusiasmo, pero, sobre todo, el de no perder la memoria del “primer amor”[1].

 

0.2.- En la liturgia de este domingo se lee una de las páginas más hermosas del Nuevo Testamento y de toda la Biblia: el llamado “himno a la caridad” del apóstol san Pablo (1 Co 12, 31-13, 13). En su primera carta a los Corintios, después de explicar con la imagen del cuerpo, que los diferentes dones del Espíritu Santo contribuyen al bien de la única Iglesia, san Pablo muestra el “camino” de la perfección. Este camino —dice— no consiste en tener cualidades excepcionales: hablar lenguas nuevas, conocer todos los misterios, tener una fe prodigiosa o realizar gestos heroicos. Consiste, por el contrario, en la caridad (ágape), es decir, en el amor auténtico, el que Dios nos reveló en Jesucristo. La caridad es el don “mayor”, que da valor a todos los demás, y sin embargo “no es jactanciosa, no se engríe”; más aún, “se alegra con la verdad” y con el bien ajeno. Quien ama verdaderamente “no busca su propio interés”, “no toma en cuenta el mal recibido”, “todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (cf. 1 Co 13, 4-7). Al final, cuando nos encontremos cara a cara con Dios, todos los demás dones desaparecerán; el único que permanecerá para siempre será la caridad, porque Dios es amor y nosotros seremos semejantes a él, en comunión perfecta con él. Por ahora, mientras estamos en este mundo, la caridad es el distintivo del cristiano. Es la síntesis de toda su vida: de lo que cree y de lo que hace. Por eso, al inicio de mi pontificado, quise dedicar mi primera encíclica precisamente al tema del amor: Deus caritas est. (…) El amor es la esencia de Dios mismo, es el sentido de la creación y de la historia, es la luz que da bondad y belleza a la existencia de cada hombre. Al mismo tiempo, el amor es, por decir así, el “estilo” de Dios y del creyente; es el comportamiento de quien, respondiendo al amor de Dios, plantea su propia vida como don de sí mismo a Dios y al prójimo. En Jesucristo estos dos aspectos forman una unidad perfecta: él es el Amor encarnado. Este Amor se nos reveló plenamente en Cristo crucificado. Al contemplarlo, podemos confesar con el apóstol san Juan: Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él (cf. 1 Jn 4, 16; Deus caritas est, 1)[2].

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Jeremías 1,4-5. 17-19

 

1.1.- La primera lectura nos habla de la vocación del profeta Jeremías. ¡Vocación que lo precede y antecede total y absolutamente!: la mirada amorosa de Dios se había posado sobre Jeremías cuando todavía no existía (ver Ef 1,3-4; Gal 1,15, etc.). Dios lo había consagrado (= elegido, separado), para ser profeta de las naciones (v. 5), para anunciar la Palabra de Dios a Israel y a todas las naciones. Será un profeta no aceptado, rechazado: ya en su misma vocación, en su llamada, está como cincelado la “necesidad” de tener que combatir contra todo y contra todos: reyes, príncipes, sacerdotes, el pueblo; nadie aceptará el mensaje de Jeremías, que anuncia el fracaso de las estrategias humanas para salvarse de las amenazas de la “gran potencia” de aquel momento histórico (Babilonia).

Tras el “título” (1,1-3), el libro comienza con la presentación del profeta y la descripción de su misión, delineada en tres escenas: vv. 4-10, nombramiento como profeta de las naciones; vv. 11-16, dos visiones y su correspondiente explicación; vv. 17-19, exhortación final y ratificación. Vemos que nuestra lectura entresaca unos pocos versículos de la primera escena, se saltea la segunda, para culminar en la ratificación final En la lectura personal y en la preparación de la homilía se hace indispensable leer y rumiar todos estos versículos.

 

1.2.- Con un “tú” enfático se abre la exhortación final para la aceptación de la misión (vv. 17-19). La orden de ceñirse la cintura (v. 17, con paralelos en Job 38,3; 40,7) significa prepararse para el trabajo o la batalla, aquí para la predicación. Será esencial, para llevar a buen término esta tarea, no tener miedo a los hombres; todo esto se subraya con un juego de palabras: tener miedo y meter miedo (= nuestro leccionario traduce: no te dejes intimidar por ellos, no sea que te intimide; son expresiones que en hebreo se construyen con el mismo verbo).

El Yo de Dios (v. 18) sostendrá el de Jeremías. Te había constituido (v. 5) y hoy hago de ti (= te convierto v. 18) tienen en hebreo la misma raíz y señalan la nueva identidad de Jeremías. Merece la pena prestar atención a la traducción exacta del original hebreo. Se emplean tres expresiones para subrayar una defensa poderosa y estable: Mira que hoy Yo hago de ti una ciudad fortificada, una columna de hierro y una muralla de bronce.

Se habla de una ciudad fortificada en el Sal 60,11 y en Sal 108,11. Aparecen también, en plural, en Jr. 4,5 y 8,14, donde se habla de las ciudades de Judá asaltadas y que no ofrecen seguridad. La columna de hierro se explica a partir del modelo en las que seguramente se habían inspirado: las columnas de bronce de la fachada del Templo, de las que las de hierro son aquí un símbolo. Jeremías (52,17-22) describe con lujo de detalles y con gran pesar, el traslado de esas dos columnas a Babilonia, con una pormenorizada descripción de su belleza, haciendo percibir al lector la enorme pérdida que significó aquel acontecimiento. Dios, en cambio, convierte a Jeremías ya desde el primer momento, en columna de hierro. En el contexto del libro esto quiere decir que el profeta asumirá la función del Templo, superándolo (pues el hierro es superior al bronce para aquella mentalidad; recordemos que las armas de hierro fueron superiores a las de bronce…). La muralla de bronce (en singular también en 15,20) se contrapone a las murallas de Jerusalén del v. 15, que no fueron eficaces para proteger a la ciudad.

Las tres imágenes, consideradas en conjunto, describen la nueva función de Jeremías: el profeta será una defensa mejor y más segura que Jerusalén y que el Templo, que ahora están destruidos. Jeremía se mantendrá firme e inexpugnable (v. 19) frente a los ataques de todos, incluidos los poderosos del país, gracias a la asistencia divina. Jeremías está “armado” como para salir al encuentro de una vida llena de conflictos y contradicciones[3].

¿Con qué recursos contará el profeta para enfrentar semejante desafío? Cuenta con un solo recurso, ¡con la presencia del Señor! Ellos combatirán contra ti, pero no te derrotarán, porque yo estoy contigo (v. 19).

 

1.3.- Sorprendente contraste entre la universalidad de la misión del profeta y el hecho de que Jeremías ni siquiera será aceptado por su propio pueblo. ¡Harto extraño este Dios, que por una parte envía al mundo entero y por el otro enfrenta con el rechazo del propio pueblo, Israel!

La realidad de la historia de la salvación muestra que el proyecto de Dios se va realizando NO a través del éxito deslumbrante de sus enviados, sino a través de su FRACASO. El enviado tendrá “éxito”, pero única y exclusivamente a través del ofrecimiento de su propia persona en gratuidad total y desde la desnudez de la fe.

¿Uno piensa de inmediato en las semejanzas con Cristo, ¿verdad? Ciertamente, lo vivido por Jesús es, en muchos aspectos, análogo a lo de Jeremías. San Juan nos recuerda que la Palabra vino a los suyos y los suyos no la recibieron (Jn 1,11) y el evangelio de este domingo nos lo mostrará “en vivo y en directo”.

 

 

Salmo Responsorial: Salmo 70[71],1-4a 5-6a-b. 15a-b. 17

 

2.1.- El orante del salmo es un anciano. Eso dibuja el perfil individual del salmo y se convierte en clave unitaria de inteligencia. Incluso los elementos convencionales suenan de otro modo en boca del anciano. La vejez es un tiempo tardío del hombre. Remontarse a la niñez y recordar la juventud no es raro en grandes personajes, como Jr 1; Is 44,2.24; 48,8; en boca de un anciano suena con armónicos de nostalgia. La hostilidad en torno ¿es rasgo puramente convencional, es algo que vive de hecho, o influye una preocupación senil? Más que lo convencional, nos interesa lo peculiar: este anciano está lleno de agradecimiento, rebosa esperanza y siente que le queda una tarea. Vamos a repasarlo.

 

2.1.1.- Que el anciano se complazca en repasar su biografía resulta normal. Las dimensiones de un salmo no toleran el relato, sólo admiten referencias escuetas.

Nos hemos de contentar con el nacimiento, que no es territorio de la memoria, la adolescencia / juventud y la vejez / canicie presente. En compensación, se refiere globalmente a las tribulaciones de la vida: me hiciste pasar peligros, muchos y graves. Más importante es una referencia tan fugaz como densa: me instruiste; importante porque la instrucción es un proceso lento, prolongado, que empezó en la juventud y llega hasta ahora. Repasar la vida como un alumnado en la escuela de Dios ocupa medio verso y nos deja con ganas. Entre otras cosas, porque de la instrucción se pasa a la tarea.

 

2.1.2.- La esperanza presente del anciano es más notable. Que Dios haya sido su esperanza y confianza en épocas anteriores, desde la juventud (v. 5), muestra que el orante es un buen israelita, no una excepción. Pero este anciano, aunque acosado y amenazado, aunque impaciente por la edad, continúa esperando (v. 14).

No menos importante que la actitud esperanzada son los contenidos de su esperanza expresados en los v 20-21: vida, dignidad creciente, consuelo.

 

2.1.3.- Vinculado a lo anterior esta el sentido de tarea. No conocemos la edad de este anciano (el Sal 90,10 dice que la vida del hombre son setenta años y del más robusto hasta ochenta) El orante del salmo nos dice solo que le van faltando las fuerzas.

 

2.2.- Algunos Padres ponen el salmo en boca de Cristo: Orígenes, Jerónimo, Eusebio. Sus puntos de apoyo más fuertes son el v. 6 sobre el nacimiento, que sólo se aplicaría al Salvador y María, y el v. 20 que afirma la resurrección. Salta la dificultad de la vejez, que no vale para Cristo; a lo cual responden que vejez equivale a debilidad.

Otros proponen una interpretación colectiva. Según Teodoreto, el que ora es el pueblo judío, que nace al salir de Egipto (según Ez 16,3s), llega a la juventud en tiempo de Moisés y a la vejez en el destierro; la vejez terminará con el fin de la ley. Y la Iglesia es la generación venidera del v. 18.

Otros Padres identifican al orante con la Iglesia o con sus miembros: con variaciones notables Atanasio, Agustín, Eusebio, Casiodoro.

El nacimiento sucede en el bautismo; la juventud es la época de los mártires y de la difusión de la Iglesia; la vejez, los tiempos finales, cuando la caridad se enfriará (Mt 24,12), apenas se encontrará fe (Lc 18,8), y vendrá la apostasía (2 Tes 2,3).

Gregorio de Nisa junta la resurrección de Cristo con la nuestra:

Gracias a san Pablo sabemos cómo retorna el hombre del abismo (Rom 10,7): No te preguntes: ¿quién bajará al abismo?; es decir, con la Idea de sacar a Cristo de la muerte’. La muerte ha sido expulsada como entró en el mundo: por un hombre entró, por un hombre fue expulsada. El Hombre nuevo ha anulado la muerte. Bajó al abismo en su pasión para levantar consigo al hombre caído en el abismo[4].

 

2.3.- Tanto la antífona (Mi boca, Señor, anunciará tu salvación), como los versículos seleccionados, nos llevan a orar este salmo haciendo memoria de Jeremías que desde su juventud y ya desde antes de su nacimiento sintió la protección de Dios, haciéndolo capaz y predispuesto para anunciar la salvación y al mismo tiempo el salmo nos anticipa y prepara para dejarnos interpelar por lo vivido por Jesús (en Nazaret y siempre) con su inquebrantable confianza en el Padre, llevándolo finalmente a la ofrenda pascual de sí mismo, anuncio supremo y perenne de Salvación ofrecida no sólo a su pueblo, Israel, sino a todos los pueblos (tal como lo habían anticipado Elías y Eliseo).

 

 

Segunda Lectura: Primera Carta a los Corintios 12,31-13,13 [ó, más corto: 13,4-13]

 

3.1.- Pablo retoma las consideraciones que ha hecho sobre el amor en las frases condicionales introductorias, en las que ha expuesto que el saber y el don de predicción no son nada sin amor. Ahora hace hincapié en que únicamente el amor permanece. El amor no es sólo carisma, no es sólo don de la gracia de Dios, sino «manifestación de lo eterno en el tiempo», mientras que el saber y el don de profecía son «manifestación del Espíritu en la forma de lo provisional». Los dones de la gracia se nos regalan únicamente como consuelo para el tiempo de la espera en la venida de Jesús. Así se lo ha expuesto Pablo a los corintios ya en la introducción de su Carta: En la medida en que se ha consolidado entre ustedes el testimonio de Cristo, así, ya no les falta ningún don de gracia a los que esperáis la Revelación de nuestro Señor Jesucristo (1 Cor 1,6-7).

 

3.2.- Pablo describe la oposición entre el amor y los otros dos carismas con otra imagen: el saber y el don de profecía son «inmaduros»; el amor, por el contrario, es madurez.

El saber y el don de profecía revelan sólo un aspecto de Dios. El amor, sin embargo, nos introduce en el mismo Dios. Los corintios se sienten orgullosos de sus experiencias límite extáticas en el don de lenguas y en el don de profecía. Aunque estas experiencias extáticas nos remiten a Dios, no nos hacen partícipes de Dios. Esto sólo puede hacerlo el amor, que se ha de acreditar precisamente en la trivialidad y la banalidad de nuestra vida diaria.

 

3.3.- Si en medio de nuestra existencia cotidiana vivimos del amor que Dios nos regala, participamos de Dios. Y este ser partícipes de Dios llegará a su perfección cuando Cristo se revele en su gloria. Porque Dios es amor, como afirma la Primera Carta de Juan (1 Jn 4,16). El amor permanecerá también cuando lleguemos a la perfección en Dios. No es sólo un don de Dios que se nos da aquí en el camino de nuestra vida terrena como ayuda, para que el mundo llegue a plenitud. Es más bien Dios mismo. Y Dios no pasa nunca. Él nos consuma en la muerte de un modo que hasta ese momento no era posible. Nos regala la unidad consigo mismo y en esta unidad nos concede la perfección del amor. El amor se consuma en la muerte. Y sobrevive a la muerte. Es más fuerte que ella. En la muerte será perfecto. Y toda la inmadurez y la fragilidad de nuestra existencia humana pasarán para que Dios nos lleve a la madurez en su amor. En relación con esto, Pablo contrapone diferentes fases de la vida -el tiempo de la infancia y el tiempo de la edad adulta-: cuando él era niño, pensaba y hablaba como un niño. Cuando se hizo un hombre, dejó todas las cosas de niño. Esta contraposición de la infancia, por un lado, y el ser humano adulto, por otro, era muy querida en la antigüedad. Pablo asocia lo «inmaduro» con la fase de la infancia.

Con ello quiere decir que todo lo que consideramos importante aquí sobre la tierra, y de lo que nos vanagloriamos, es infantil comparado con la consumación, que tendrá lugar cuando ya no veamos a Dios como en un espejo, sino cara a cara. La imagen del espejo era estimada por los griegos. Para los filósofos griegos, desde Platón hasta Plutarco, el espejo es una imagen de que sólo podemos ver a Dios indirectamente. La misma creación es el espejo donde vemos la belleza de Dios. Pablo une dos imágenes: la imagen del espejo y la del enigma.

 

3.3.1.- El enigma remite a la teología judía. En el libro de los Números se dice que Dios habla con los seres humanos en visiones y sueños. Únicamente con Moisés habló cara a cara (cf. Nm 12,6-8). Pablo aplica esto a nuestra vida. Dios nos habla aquí en sueños y sólo enigmáticamente. Cuando seamos consumados en la manifestación de Jesucristo, veremos a Dios cara a cara, como Moisés.

En esta visión directa de Dios, el amor llega a plenitud. En ella, el amor no es sólo un poder que da a nuestra vida ya ahora otro sabor. En la muerte, el amor se transforma también en conocimiento pleno de Dios. En ella conocer y amar ya no se contraponen, sino que se identifican. (…) Conoceremos que Dios es amor. En el conocimiento se consuma nuestro amor.

 

3.4.- La fe, la esperanza y el amor se convirtieron, a lo largo de la historia, en las virtudes cristianas teologales, a diferencia de las cuatro virtudes cardinales, expuestas por Platón, que también fueron asumidas por la teología cristiana: justicia, fortaleza, templanza y prudencia. Las tres virtudes espirituales están íntimamente unidas. No hay amor sin fe.

Debo creer en lo bueno que hay en el otro para poder portarme bien con él. Sin la fe, el amor sería una exigencia excesiva. Y no hay amor sin esperanza. El amor es siempre también esperanza. El mismo Pablo ha mencionado esta tríada de fe, esperanza y amor también en otros pasajes, concretamente en la Primera Carta a los Tesalonicenses: Tenemos presente ante nuestro Dios y Padre el obrar de la fe de ustedes, el trabajo difícil de su amor y la tenacidad de su esperanza en Jesucristo nuestro Señor» (1Tes 1,3). Y un poco más adelante habla de la coraza de la fe y del amor, con la cual debemos revestirnos, y del yelmo de la esperanza de salvación (1 Tes 5,8). Fe, esperanza y amor están íntimamente unidos. Describen la esencia de la existencia cristiana.

Los padres de la Iglesia han reflexionado una y otra vez sobre este versículo. Para ellos constituía sobre todo un problema saber hasta qué punto la fe y la esperanza permanecen una vez llegado el momento de la consumación.

Ya que, según Pablo, la esperanza es reemplazada por el cumplimiento (cf. Rom 8,24), y la fe por la visión (cf. 2 Cor 5,7). Clemente de Alejandría piensa que, al entrar en la visión de Dios, cesan la fe y la esperanza y sólo permanece el amor, en el que nos hacemos uno con Dios. Agustín, en cambio, resuelve esta tensión entre el amor, que permanece siempre, y la fe y la esperanza, que, según la opinión de la mayoría de los Padres de la Iglesia, pasan cuando se produce la visión de Dios, de tal modo que la fe y la esperanza quedan incluidas en el amor. El amor sostiene y consuma en él la fe y la esperanza.

Hans-Josef Klauck responde a esta pregunta sobre la relación entre fe, esperanza y amor de este modo:

«Sólo el amor permanece a lo largo de todos los tiempos sin ningún cambio, porque sólo él puede decirse del mismo Dios. El amor es la definición permanente de la relación esencial entre Dios, Cristo, el Espíritu y los seres humanos, ahora y para toda la eternidad (cf. 1 Juan 4,16)».

Cualquiera que sea la respuesta que se dé a esta cuestión teológica, lo decisivo es para mí el hecho de que el amor es para Pablo lo más grande, que, a la postre, lleva a cumplimiento también la fe y la esperanza. Ahora, en este tiempo, las tres virtudes están unidas: fe, esperanza y amor. En la muerte, las tres serán una en el amor, que nos une para siempre con Dios, el fundamento originario de todo amor, que es por esencia amor. Entonces todo será amor, y nosotros seremos en el amor[5].

 

 

Evangelio: san Lucas 4,21-30

 

Observación previa: el texto de este domingo comienza en nuestro Leccionario de la siguiente manera:

Después que Jesús predicó en la sinagoga de Nazaret, todos daban testimonio a favor de Él y estaban llenos de admiración por las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: “¿No es éste el hijo de José?” Y aunque esté prevista y marcada la lectura de Lc 4,21, el Leccionario lo ha omitido, lisa y llanamente; el versículo omitido dice: Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír. Al omitir este versículo en el texto evangélico de este cuarto domingo se hace muy difícil de entender para todo el que lo escuche y no tenga en la memoria lo proclamado el del domingo anterior. Hemos consultado diversas traducciones y en todos los casos dichos leccionarios[6] incluyen el texto del citado versículo. Sugiero incluir el texto del v. 21 y empezar la lectura tal como, por ejemplo, lo hace el Leccionario de España (¡que transcribimos, poniéndolo en “ustedes”!): En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir en la sinagoga:

Hoy se cumple esta Escritura que ustedes acaban de oír:

Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Y se decían:

— ¿No es éste el hijo de José? …

 

4.1.- Según el procedimiento de “enlace” Lucas introduce el ministerio de Jesús en Galilea (vv. 14-15) concluyendo su primera gran parte dedicada a la preparación del Salvador. Y lo hace mediante una gran construcción teológica donde se puede discernir un programa en tres niveles: (a) programa de Jesús para su ministerio que comienza (la Buena Noticia anunciada a los pobres); (b) programa del autor para los temas que desarrollará hasta el final del libro de los Hechos (el rechazo por parte de los judíos y la proclamación a los paganos); (c) programa para Teófllo y cualquier lector (el hoy de la salvación).

 

4.2.- En mitad del episodio hay un brusco cambio de atmósfera. En un primer momento, Jesús parece decir que sus oyentes tienen la oportunidad, puesto que se cumple para ellos la promesa del favor de Dios, anunciada por Isaías. En un segundo momento parece buscar el conflicto al evocar a otros profetas que recibieron la misión de testimoniar el favor de Dios a extranjeros y no a sus compatriotas. En el horizonte se encuentra ya toda la misión cristiana con respecto a las naciones no judías, que llevará, al final del libro de los Hechos, a otra cita de Isaías (sobre la ceguera y la sordera del pueblo, Is 6,9-10) con esta conclusión de Pablo: Sépanlo, es a los paganos a quienes ha sido envidada esta salvación de Dios (Hch 28,23-28).

 

4.3.- Lucas ha empleado frecuentemente el verbo “cumplir” en el evangelio de la infancia: cumplimiento de acontecimientos (1,1; 2,39) o de tiempos (1,23.57; 2,6.22). Ahora se trata del cumplimiento de esta Escritura. Los oídos de los oyentes han escuchado el “yo” repetido en esta” Escritura. Así pues, si se cumple, sin otra precisión, sólo puede ser en la persona del que acaba de leerla. Ahora bien, ¿irá Jesús a abrir físicamente las puertas de las prisiones y liberar a los oprimidos?

La continuación del relato evangélico mostrará que no. Sin embargo, no saquemos conclusiones demasiado precipitadas con el pretexto de que la palabra griega traducida por “liberación” y “en libertad” se emplea también para el perdón de los pecados…

 

4.4.- Para hablar del mensaje de salvación procedente de Dios por Jesús, Lucas emplea dos veces la expresión “la palabra de [su] gracia” (Hch 14,3; 20,32), Aquí emplea el plural: Las palabras de gracia salidas de su boca.

También la primera reacción de los de Nazaret debe Interpretarse como favorable y admirativa, Pero “fijar los ojos” sobre alguien no siempre tiene un sentido favorable (Lc 22,56; Hch 13,9). Los de Nazaret puede que “fijaran los ojos” sobre Jesús porque su atención ha sido atraída por la omisión [en el texto de Isaías leído por Jesús] de las palabras: “día de venganza”, expresión más agradable para el nacionalismo; dicho de otra manera, se extrañaron de que las palabras de Jesús no fueran más que palabras de gracia y no de juicio. Ante estas ambigüedades, la “agresividad” de Jesús puede entenderse como una voluntad de clarificación.

 

4.5.- El proverbio médico, cúrate a ti mismo tendrá un eco en el momento de la crucifixión (Sálvate a ti mismo, Lc 23,35-39). Aquí significa: hacedor de milagros, realízalos para nosotros, tus compatriotas. La afirmación de que ningún profeta es bien recibido en su patria puede basarse, por ejemplo, en el caso de Jeremías, perseguido por la gente de su aldea (Jr 11,18-21).

Los dos ejemplos proféticos ofrecidos por Jesús ilustran que Dios ama al extranjero (Dt 10,18), y que la elección de un pueblo no da a éste el derecho de controlar a Dios, a sus enviados, ni tampoco sus beneficios, excluyendo a los otros. Ésta será la lucha de Pablo en el libro de los Hechos. El paso de una actitud favorable al furor también lo encontrará Pablo (Hch 13,44-45). El intento de matar a Jesús, su “paso” por en medio de sus compatriotas para alejarse de ellos, todo es aquí anticipación de aquellas situaciones futuras…

 

4.6.- Teófilo puede experimentar una vez más la solidez de la catequesis recibida. Jesús es mucho más que un enviado de Dios, puesto que tiene como programa actuar en favor de los pobres, lo que suscita a la vez adhesión y rechazo, como ante todos los profetas. Las gentes de Nazaret habrían podido formar parte de los testigos oculares mencionados por Lucas en su prefacio. En todo caso, cada lector puede actuar de manera que la Palabra de Dios, escrita en el Primer Testamento (como Isaías), o en el Nuevo Testamento (como Lucas), se cumpla hoy mediante su compromiso con el programa de Jesús[7].

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Cristo, a fin de restaurar el mundo y reconducir a Dios Padre todos los habitantes de la tierra, mejorándolo todo y renovando, como quien dice, la faz de la tierra, asumió la condición de siervo —no obstante ser el Señor del universo— y trajo la buena noticia a los pobres, afirmando que precisamente para eso había sido enviado.

Son pobres y como tales hay que considerar a los que se debaten en la indigencia de todo bien, no les queda esperanza alguna y, como dice la Escritura, están en el mundo privados de Dios. Pertenecen a este número los que, venidos del paganismo, han sido enriquecidos por la fe en él, han conseguido un tesoro celestial y divino, me refiero a la predicación del evangelio de salvación, mediante la cual han sido hechos partícipes del reino celestial y de la compañía de los santos, y herederos de unos bienes que ni la imaginación ni el humano lenguaje son capaces de abarcar. Pues, como está escrito: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman.

A no ser que lo que aquí se nos quiere decir es que a los pobres en el espíritu Cristo les ha otorgado el polifacético ministerio de los carismas. Llama quebrantados de corazón a los que poseen un ánimo débil y quebradizo y son incapaces de enfrentarse a los asaltos de las tentaciones y de tal modo están sometidos a ellas, que se dirían sus esclavos. A éstos les promete la salud y la medicina, y a los ciegos les da la vista.

Por lo que se refiere a quienes dan culto a la criatura, y dicen a un leño: «Eres mi padre»; a una piedra: «Me has dado a luz» y luego no conocieron al que por naturaleza es verdadero Dios, ¿qué otra cosa son sino ciegos y dotados de un corazón privado de la luz divina e inteligible? A éstos el Padre les infunde la luz del verdadero conocimiento de Dios, pues fueron llamados mediante la fe y lo conocieron; más aún, fueron conocidos de él. Siendo como eran hijos de la noche y de las tinieblas, se convirtieron en hijos de la luz, porque para ellos despuntó el día, salió el Sol de justicia y brilló el resplandeciente lucero.

Estimo que no existe inconveniente alguno en aplicar todo lo dicho a los hermanos nacidos en el seno del judaísmo. También ellos eran pobres, tenían el corazón desgarrado, estaban como cautivos y yacían en las tinieblas. Vino Cristo y, con preferencia a los demás, anunció a los israelitas las alegres y preclaras gestas de su presencia; vino, además, para proclamar el año de gracia del Señor, el día del desquite. Año de gracia fue aquel en que, por nosotros, Cristo fue crucificado. Fue entonces cuando nos convertimos en personas gratas a Dios Padre y cuando, por medio de Cristo, dimos fruto. Es lo que él nos enseñó, cuando dijo: les aseguro, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. Por Cristo, vino efectivamente el consuelo sobre los afligidos de Sión, y su ceniza se trocó en gloria. De hecho, dejaron de llorarla y de lamentarse por ella, y comenzaron, en el colmo de su alegría, a predicar y anunciar el evangelio[8].

pmaxalexander@gmail.com

[1] Papa Francisco, Homilía en la Casa Santa Marta: 30-01-2015. Extractos.

[2] Benedicto XVI, Ángelus 31-01-2010. Adaptado

[3] Tomado de: G. Fischer, El Libro de Jeremías, Barcelona-Madrid 1996 (GEAT) pp. 40 y 46-47. Modificado y adaptado.

[4] L. Alonso Schökel y Cecilia Camiti, Salmos I (Salmos 1-72), – Traducción, introducciones y comentario, Estella (Navarra) 1992, pp. 909-910 y 918. Adaptado

[5] Adaptado de: A. Grün, El Himno al amor de san Pablo, Santander 2008, pp. 69-75

[6] Los leccionarios en alemán, italiano, inglés, francés y el de España, incluyen todos el versículo 21. Citemos la versión “oficial” que es la que todos los leccionarios deben seguir, la latina, que comienza como sigue: Coepit Iesus dicere in sinagoga: “Hodie impleta est haec Sciptura in auribus vestris…”, Editio iuxta typicam alteram, Librería Editrice Vaticana 1977, Volumen I, p. 488.

[7] Comentario tomado de: Y Saoût, Evangelio de Jesucristo según san Lucas, Estella (Navarra) 2008 (CB 137), pp. 28-30. Adaptado y complementado.

[8] San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el libro del profeta Isaías Libro 5, t. 5: PG 70, 1351-1358. Nacido en Alejandría en fecha desconocida, en el 403 tomó parte en la destitución de Juan Crisóstomo en el sínodo de la Encina y su inquina hacia Juan la mantuvo, al menos, hasta el 417. Parece haber sido de un sadismo poco refrenado en sus actuaciones contra judíos y novacianos, lo que lo llevó a chocar con Orestes, el prefecto imperial de la ciudad. A partir del 428, en que Nestorio fue consagrado obispo de Constantinopla, se opuso activamente a él, procediendo a contradecir sus tesis en una carta pascual (429). Aquel enfrentamiento, que pronto llevó al de las escuelas respectivas de Alejandría y Constantinopla, impulsó a Nestorio y a Cirilo a solicitar la intervención del papa Celestino. Un sínodo celebrado en Roma (430) condenó a Nestorio a la vez que aprobaba la teología de Cirilo. Ante la postura áspera de éste hacia su contrincante — que amenazaba con provocar el cisma en Oriente — el emperador Teodosio II convocó un concilio en Efeso (431) en cuya primera sesión Nestorio fue depuesto y excomulgado. Cuatro días más tarde, la llegada de Juan de Antioquía provocó la convocatoria de un nuevo sínodo en el que se depuso y excomulgó a Cirilo. Teodosio, con vistas a evitar un conflicto, optó por declarar depuestos a Nestorio y a Cirilo y encarcelar a ambos. Posteriormente permitió que Cirilo regresara a su sede mientras Nestorio marchaba a un monasterio de Antioquía. En su afán de perseguir el nestorianismo, Cirilo estuvo a punto de condenar entre el 438 y el 440 a Teodoro de Mopsuestia, que había sido maestro de Nestorio, si bien se declaró, ya en su lecho de muerte, contrario a tal medida. Falleció en el 444.

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