Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo.

TERCER DOMINGO DURANTE EL AÑO, CICLO “C”

23-24 de enero 2016

“Hoy se cumple la Palabra”

[Padre Ricardo Ramos, Montevideo]

Introducción

 

0.1.- Es importante preguntarse: “¿Cómo debemos recibir la Palabra de Dios?”. La respuesta es clara: “Como se recibe a Jesucristo”. La Iglesia nos dice que Jesús está presente en la Escritura, en su Palabra. Por este motivo, yo aconsejo muchas veces que se lleve siempre un pequeño Evangelio —además, comprarlo cuesta poco, — para tenerlo en la mochila, en el bolsillo, y leer durante el día un pasaje del Evangelio. Un consejo práctico, no tanto para aprender algo, sino para encontrar a Jesús, porque Jesús está precisamente en su Palabra, en su Evangelio. Así, cada vez que leo el Evangelio, encuentro a Jesús. ¿Y cuál es la actitud necesaria para recibir esta Palabra? Se debe recibir como se recibe a Jesús, es decir, con el corazón abierto, con el corazón humilde, con el espíritu de las bienaventuranzas. Porque Jesús vino así, con humildad: vino pobre, vino con la unción del Espíritu Santo. Tal es así que Él mismo comenzó su discurso en la sinagoga de Nazaret con estas palabras: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor. En definitiva, Él es fuerza, es Palabra de Dios, porque está ungido por el Espíritu Santo. Así, también nosotros, si queremos escuchar y recibir la Palabra de Dios, tenemos que rezar al Espíritu Santo y pedir esta unción del corazón, que es la unción de las bienaventuranzas. Así, pues, tener un corazón como el corazón de las bienaventuranzas. Si Jesús está presente en la Palabra de Dios y nos habla en la Palabra de Dios, nos hará bien hoy durante el día preguntarnos: ¿cómo recibo yo la Palabra de Dios? Una pregunta esencial, con el renovado consejo de llevar siempre consigo el Evangelio para leer un pasaje cada día[1].

 

0.2.- En muchas comunidades quizás se dé hoy la oportunidad de presentar el evangelio de san Lucas.  Buena parte de nuestros cristianos practicantes son con frecuencia bastante ignorantes aún de la Escritura, incluso del Nuevo Testamento y de los Evangelios, y apenas distinguen las características propias que diferencian a estos cuatro escritos de presentación de la Buena Noticia de Jesús. Lucas, discípulo de Pablo y su compañero de misión, se informó exactamente de los hechos que se han verificado entre nosotros; se guió por los testigos oculares para que pudiéramos conocer la solidez de las enseñanzas que hemos recibido, de nuestra fe en el Señor. Lucas es un escritor lleno de finura, de alma creyente y delicada. El evangelio de Lucas sigue la línea del itinerario de Jesús hacia Jerusalén: hacia la Pascua. Nótese que Lucas nos enseña a celebrar la Pascua: la Buena Noticia que cada domingo, y siempre, proclamamos vivamente en la Eucaristía. Lucas es el evangelista de la misericordia de Cristo, de la pobreza, de la oración, del Espíritu Santo. Contempla constantemente a Jesús como “el Señor“, igual que su maestro Pablo y nos enseña que su salvación está abierta a todos los pueblos y a todas las culturas[2]. Los Hechos de los Apóstoles muestran el reguero pascual de la Palabra llegando hasta Roma y cumpliendo el encargo y la misión del Resucitado: Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra (Hechos 1,8).

 

0.3.- Lucas dedica los dos volúmenes de su obra (Evangelio y Hechos] a Teófilo, (Hechos 1,1-2); dicho nombre, -¡Teófilo!-, traducido al castellano significa: Amigo-de-Dios”, o también, “Buscador-de-Dios”. Al ‘dedicar’ su obra a Teófilo, independientemente de si el personaje es real o no, Lucas revela que su deseo no es otro que hacer que los “buscadores-de-Dios” al conocer a Jesús, se conviertan en “amigos-de-Dios”. El evangelio de San Lucas es la guía que un “Amigo y buscador-de-Dios” dedica a otros “Amigos y buscadores-de-Dios”. Queda así señalado todo un itinerario evangelizador y espiritual para caminar personal y comunitariamente durante este año, en una permanente misión continental a la luz de Aparecida y de las diversas recomendaciones de nuestros Pastores[3].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Nehemías 8,2-4a. 5-6. 8-10

 

1.1.- La primera lectura de este domingo nos retrotrae a un tiempo muy lejano, a un año que los estudiosos sitúan alrededor del año 444 a. C. En ese momento los israelitas, habiendo vuelto a su patria desde el exilio de Babilonia, intentaban retomar serenamente su existencia de siempre, incluida la frecuentación del Templo, momento central de una vida que vive y se alimenta de la Palabra de Dios y con ella se confronta. En aquellos días, así empieza nuestra Lectura, el sacerdote Esdras trajo la Ley ante la Asamblea, compuesta por los hombres, las mujeres y por todos los que podían entender lo que se leía. Era el primer día del séptimo mes. Luego, desde el alba hasta promediar el día, leyó el libro en la plaza que está ante la puerta del Agua, en presencia de los hombres, de las mujeres y de todos los que podían entender. Y todo el pueblo seguía con atención la lectura del libro de la Ley.

 

1.2.- Vemos como el pueblo rodea a su guía espiritual, al sacerdote Esdras, y escucha durante largo tiempo, -¡durante todo un día!-, la lectura y el comentario a la Palabra de Dios; se trata de hombres y mujeres de todas las clases sociales y de todas las edades, a partir de los doce años en adelante; se trata de todos aquellos con capacidad e inteligencia y por tanto responsables de su comportamiento moral y de sus “deberes” religiosos. Se trata de una escucha atenta, que el profeta Nehemías describe como sigue: Esdras, (…) abrió el libro a la vista de todo el pueblo y cuando lo abrió, (…) todo el pueblo se puso de pie. Esdras bendijo al Señor, el Dios grande, y todo el pueblo, levantando las manos, respondió: “¡Amén! ¡Amén!” Luego se inclinaron y se postraron delante del Señor con el rostro en tierra. No nos encontramos ante una asamblea distraída o que asiste a las reuniones sagradas por rutina; todo lo contrario, se trata de personas que demuestran poseer una vivísima fe en la Palabra del Señor, esa Palabra que se recibe y acuna en el corazón para transformarse en luz que ilumina el sendero de la vida, alimento y fundamento de la existencia cotidiana y fuerza para enfrentar los avatares y angustias que puedan sobrevenir. Esta relación cordial y vital con la Palabra es la razón por la que la multitud del Pueblo se ha reunido en la plaza del Templo, la que está delante de la puerta del Agua, y allí escucha y se deja instruir en el sentido profundo y siempre nuevo que sin cesar adquiere la Palabra de Dios, aquella que en la plenitud de los tiempos se encarnó en Jesús de Nazaret, Cristo-Mesías, el Hijo y Redentor, la única Palabra que puede dar sentido a nuestras vidas…

 

1.3.- La multitud que escucha la Palabra, proclamada por Esdras y explicada[4] por los levitas es una multitud que acepta conmovida este don de Dios: todo el pueblo lloraba al oír las palabras de la Ley; llanto como signo de arrepentimiento, pero mucho más, de amor agradecido hacia el Señor. Al despedir a esta multitud Nehemías le dice: vayan; coman bien, beban un buen vino y manden una[buena] porción a los que no tiene nada [preparado], porque éste es un día consagrado a nuestro Señor. No estén tristes, porque la alegría del Señor es la fortaleza de ustedes. Palabras que parecen preanunciar el banquete mesiánico anticipado en cada Eucaristía y pre-celebrado en las bodas de Caná: ¡por algo esas últimas palabras, –la alegría del Señor es nuestra fuerza-, se han convertido en palabras con las que es posible “mandar-en-misión-despedir” a nuestras asambleas eucarísticas!

 

 

Salmo Responsorial: Salmo 18,8-10. 15

 

2.1.- El salmo 18 es como un dístico. En la primera parte (vv. 2-7) (…) encontramos un himno al Creador, cuya misteriosa grandeza se manifiesta en el sol y en la luna. En cambio, en la segunda parte del Salmo (vv. 8-15) hallamos un himno sapiencial a la Torah, es decir, a la Ley de Dios. Ambas partes están unidas por un hilo conductor común: Dios ilumina el universo con el fulgor del sol e ilumina a la humanidad con el esplendor de su Palabra, contenida en la Revelación bíblica. Se trata, en cierto sentido, de un sol doble: el primero es una epifanía cósmica del Creador; el segundo es una manifestación histórica y gratuita de Dios salvador. Por algo la Torah, la Palabra divina, es descrita con rasgos “solares”: Los preceptos del Señor son rectos, alegran el corazón; los mandamientos del Señor son claros, iluminan los ojos (v. 9)[5].

 

2.2.- Sin transición ni introducción, irrumpe un tema nuevo [en nuestro salmo], entra la Ley abriendo paso a seis frases de una [gran] regularidad. (…). La regularidad de las frases es el significante lingüístico del significado, el orden que ha de establecer la Ley. La Ley es voluntad de Dios hecha palabra en un lenguaje inteligible para el orante A los seis versos se añaden otros dos de factura diversa y que recogen los anteriores. Los predicados de la Ley son en gran parte sensibles, corpóreos. Escogidos con cariño por el poeta para expresar una experiencia completa, espiritual y corpórea. Repasemos rápidamente algunos: devuelven la respiración o hacen recobrar fuerzas, alegran el corazón, dan luz a los ojos; son rectos, es límpida y pura; ofrece apoyo, es de confianza; se tienen en pie, son estables. Evitemos el peligro de espiritualizar prematuramente estos predicados. La Ley es razonable, no teme dar razones, y así educa al inexperto sin dejarlo en su ignorancia. La Ley es lúcida, no exige obediencia ciega, sino que ilumina los ojos. La Ley da alegría interna, no es carga insoportable[6].

 

 

Segunda Lectura: 1a Corintios 12,12-30 [ó más breve: 12,12-14. 27]

 

3.1.- Pablo quiere que los corintios no confundan el entusiasmo, fenómeno de [un poder y] fuerzas impersonales, que se apodera de lo humano, con la acción del Espíritu de Dios, dejando de ser juguete de fuerzas oscuras, su única inspiración depende del Señor, de Dios y del Espíritu (…).

 

3.2.- El cuerpo de Cristo (12,12-30)

 

3.2.1.- (12, 12-13: el cuerpo de Cristo y sus miembros, un único Espíritu)

Pablo comienza con una afirmación teológica: no dice a los corintios que forman un solo cuerpo como si constituyesen una sociedad a la que se adhirieran. El pensamiento [de Pablo] es contrario al que hoy tenemos: parte del cuerpo único del resucitado para mostrar que puede ser diversificado, articulado, sin dejar de ser uno (ver 6, 14-15). Hoy la reflexión es la inversa: ¿cómo puede ser uno lo que es plural? De este modo, Pablo recoge una fabula conocida desde el siglo 12º a. C., sobre los miembros y el estomago, conserva sus términos y su lenguaje, pero realizando una profunda transformación sobre la base del Resucitado. Además, la Iglesia no se parece al cuerpo de Cristo, sino que es ese cuerpo de Cristo, cuya unidad se basa en el bautismo.

 

3.2.2.- Este texto es importante para la eclesiología, ya que trata del cuerpo eclesial de Cristo (10, 17, 12, 12 27). Cuerpo de Cristo puede designar también al cuerpo de Cristo presente en el pan de la eucaristía (10, 16, 11, 24 y cuerpo del Señor 11, 27), y finalmente al cuerpo crucificado de Cristo (Rom 7,4).

 

3.3.- (12, 14-26: unidad y diversidad en el cuerpo de Cristo)

El resucitado que vive en Pablo (Gal 2, 20) le hace ver la realidad cristocéntrica de la Iglesia que se define por su centro único y no por su periferia: Hombre nuevo, hace de los otros criaturas nuevas (2 Cor 5,16-17). Tras una constatación de hecho (12, 14-17), muestra la organización de esta diversidad conforme al plan de Dios (12, 18-21), [pensamiento que Romanos 12, 5 resume muy bien: también todos nosotros formamos un solo Cuerpo en Cristo, y en lo que respecta a cada uno, somos miembros los unos de los otros. A los ojos de Dios, todos tienen el mismo valor, aunque sus funciones sean distintas (leer 8,11). Muerto por todos, Cristo resucitó por todos, de este modo, los sufrimientos y las alegrías de los miembros son compartidos en Cristo (12, 22-26).

 

3.4.- (12, 27-30: el cuerpo de Cristo y sus estructuras)

Pablo deja el estilo de la diatriba [y adopta un estilo] afirmativo: ustedes son el Cuerpo de Cristo, y cada uno en particular, miembros de ese Cuerpo. En 12, 28 enumera tres ministerios y luego una serie de dones: apóstoles, profetas, didáscalos [doctores]; milagros, carismas de curación, asistencia, gobierno, diversidad de lenguas.

 

3.4.1.- En 12, 29-30 formula una serie de preguntas ¿son todos apóstoles, profetas, didáscalos?, ¿o [acaso] tienen todos el don de hacer milagros, de curación, de asistencia, de gobierno, de hablar en lenguas, de interpretarlas?

Para enunciar la lista de los tres ministerios, lista que seguramente recibió en Antioquía, Pablo utiliza el verbo “establecer”, que en [la traducción griega llamada de] los Setenta designa el papel que Dios confía a algunos hombres en la historia de la salvación: a Abrahán (Gn 15, 17), o al siervo de YHVH (Is 49, 6). Pablo quiere de este modo afirmar el papel único, insustituible, de los apóstoles, de los profetas, de los didáscalos, no solo en el origen de la Iglesia, sino para la edificación de la misma en todos los tiempos. Los apóstoles tienen un testimonio fundamental (son cimiento: 3, 10), son testigos directos de Jesucristo muerto y resucitado (15, 5-9), son itinerantes (2 Cor 11, 26-28), pero tienen una función estable y permanente. Los profetas Cristianos exhortan y reconfortan a partir de las Escrituras, las aplican a las nuevas situaciones y muestran cómo las promesas de Dios se realizan en cada tiempo; algunos cristianos, hombres y mujeres, pueden ocasionalmente profetizar, en ese caso, sin llamarlos profetas se dice que profetizan (sobre los profetas Hechos 4,36, 13, 1-2, 15, 32, 21; Rom 12, 6; sobre las profetisas Hechos 21,9; 1Cor 11, 5). Los profetas reciben su ministerio del Espíritu y no directamente del resucitado. Los didáscalos o doctores enseñan a la comunidad (Hechos 13,1; Rom 12,7; Gal 6,6; Ef 4,11).

Los dones milagros y carismas de curación, ya fueron citados en 12,9-10, pero en orden inverso. “asistencia” [se menciona] solo aquí en el Nuevo Testamento. Se habla de la asistencia divina en la traducción de los Setenta: quizás sea análogo a Rom 12,8: gobierno (palabra griega que dio origen en español a ‘cibernética’), designa de ordinario al piloto, aquí [hace referencia a] una especie de ‘dirección espiritual’ del don de lenguas y de su interpretación (14, 1-36)[7].

 

 

Evangelio: San Lucas 1,1-4; 4,14-21

 

4.1.- Tal como lo planteamos en la introducción a este subsidio es importante descubrir que el Evangelio de este tercer domingo está compuesto por dos partes textualmente distantes entre sí: los primeros cuatro versículos de san Lucas se ensamblan con un texto que está a cuatro capítulos de distancia y que son el comienzo de la predicación de Jesús en Nazaret. Al ensamblar de esta manera estos dos textos la Iglesia, con su sabiduría pastoral, logra que comprendamos cómo fue que la Palabra de Dios se puso por escrito, transformándose así en Sagrada Escritura, en Biblia (una biblioteca con 72 libros), y como es indispensable que en todas las épocas, -¡también en la nuestra!-, vuelva a resonar como una Palabra dicha HOY, que se cumple y actúa HOY en la vida de los creyentes reunidos para celebrar la eucaristía.

4.2.- Las primeras palabras de san Lucas nos permiten captar las características esenciales de su evangelio. A veces llamado impropiamente “prólogo”, este pequeño texto (Lc 1,1-4) es en realidad un breve prefacio, A diferencia de Mateo y de Marcos, el autor, antes de comenzar su relato, se dirige a un personaje honorable, a la manera de los escritores de la época helenística y romana. El comienzo de los Hechos de los Apóstoles retoma brevemente este prefacio (Hechos 1,1-3).

 

4.3.- El autor distingue, entre las razones que lo han empujado a escribir, una constatación (puesto que otros ya lo han hecho) y una finalidad (para que Teófilo experimente la solidez de la catequesis que ha recibido). En el centro de una larga frase bastante equilibrada, Lucas nos dice de forma un tanto enigmática sobre qué quiere escribir: se trata de acontecimientos (literalmente se podría traducir también por “cosas”) que no solamente han sucedido, sino que se hancumplido”. Aunque ocurridos en el pasado, siguen teniendo vigencia y sentido, y este sentido estaba ya parcialmente esbozado anteriormente (en las Escrituras). Teófilo y [todo “amigo-de-Dios”] sabe, por la catequesis recibida y por su vida en Iglesia, que Lucas va a narrar los acontecimientos relativos a Jesús, o más bien “el-Acontecimiento-Jesús”, a través de sus palabras y sus acciones[8], Pero una cosa es la catequesis o el Credo y [muy otra cosa] “el arte de contar a Jesucristo”[9]. Ahora bien, Lucas se nos revela como un excelente narrador, escribe en un buen griego literario, excepto cuando imita voluntariamente el estilo de la traducción griega de las Escrituras llamada de los “Setenta”[10].

 

4.4.- En el segundo texto de Lucas que la Iglesia proclama HOY, nos encontramos con una escena análoga a la descrita por Nehemías; se nos relata cómo los creyentes hebreos en tiempos de Jesús se reúnen, -¡y eso ocurre hasta en un pueblito como Nazaret!-, el día sábado para escuchar la Palabra de Dios contenida en la Ley y los Profetas, libros escritos en el pasado como testimonio del actuar de Dios hacia su Pueblo. Y he aquí que Jesús, seguramente después de unos años de ausencia, vuelto al pueblito en el que se ha criado participa de la liturgia en la sinagoga: escucha un texto de la Ley-Torá, participa en el canto responsorial de algunos Salmos y después le toca leer la segunda lectura. Recibe el Rollo de los Profetas y lo abre para leer el texto de Isaías previsto para ese día, y proclama lo siguiente: El Espíritu del Señor está sobre mí, por eso me ha consagrado por la unción y me ha enviado para llevar la Alegre-Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor. Jesús cerró el Rollo-Libro, lo devolvió y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”. Esta afirmación dejó estupefacta a la gente de Nazaret que había visto crecer a Jesús, y lo conocía como el hijo del carpintero; pero Jesús no dice nada más, ya que acababa de revelar su verdadera identidad: Él es el cumplimiento pleno de las promesas de Dios. Viene a proclamar ese año de misericordia, de gracia, que durará tanto como dure el tiempo, un tiempo hecho pleno por la presencia de Dios…

 

4.5.- Hoy y aquí Jesús vuelve a repetir las mismas desconcertantes palabras pronunciadas en la sinagoga de Nazaret: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”. Cristo es nuestro HOY, el Hoy de Dios que ha entrado y asumido definitivamente la atormentada historia del hombre y del universo, para curar sus heridas, las que provienen del egoísmo que crea pobreza, injusticia, discriminación y opresión; ese pecado que se origina en el desamor generador de violencias, destrucción, desesperación y muerte; cosas todas que conocemos harto bien y de las cuales nos salva Cristo, con el poder de su liberación redentora; más aún: Él nos asocia a su misión, al regalarnos el mismo Espíritu que está sobre Él, enviándonos a llevar la Alegre-Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor. Esa es nuestra misión de bautizados, reunidos por el Espíritu en un solo cuerpo, como nos lo recuerda Pablo en la segunda lectura.

 

4.6.- “Lucas pone al comienzo de su descripción del camino de Jesús el rechazo que sufrió en Nazaret (cf. 4,16-29). Jesús anuncia que la promesa de Isaías de un año de gracia del Señor se ha cumplido: Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos… (4,18). Pero a causa de su pretensión, sus conciudadanos se pusieron furiosos enseguida y lo expulsaron fuera de la ciudad: Lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo (4,29). Precisamente con el mensaje de gracia que Jesús trae se inaugura la perspectiva de la cruz. Lucas, que ha redactado con gran cuidado su Evangelio, ha puesto muy conscientemente esta escena como una especie de título para toda la obra de Jesús.

No hay contradicción entre el jubiloso mensaje de Jesús y su aceptación de la cruz como muerte por muchos; al contrario: sólo en la aceptación y la transformación de la muerte alcanza el mensaje de la gracia toda su profundidad”[11].

 

 

Los Maestros de la fe nos iluminan

 

Jesús volvió a Galilea, con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.

Cuando lees: Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan, cuida de no juzgarlos dichosos únicamente a ellos, creyéndote privado de doctrina. Porque si es verdad lo que está escrito, el Señor no hablaba sólo entonces en las sinagogas de los judíos, sino que hoy, en esta reunión, habla el Señor. Y no sólo en ésta, sino también en cualquiera otra asamblea y en toda la tierra enseña Jesús, buscando los instrumentos adecuados para transmitir su enseñanza. ¡Oren para que también a mí me encuentre dispuesto y apto para ensalzarlo!

Después fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. No fue mera casualidad, sino providencia de Dios, el que, desenrollando el libro, diera con el capítulo de Isaías que hablaba proféticamente de él. Pues si, como está escrito, ni un solo gorrión cae en la trampa sin que lo disponga el Padre de ustedes y si los cabellos de la cabeza de los apóstoles están todos contados, posiblemente tampoco el hecho de que diera precisamente con el libro del profeta Isaías y concretamente no con otro pasaje, sino con éste, que subraya el misterio de Cristo: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido —no olvidemos que es el mismo Cristo quien proclama este texto—, hay que pensar que no sucedió porque sí o fue producto del juego de la casualidad, sino que ocurrió de acuerdo con la economía y la providencia divina.

Terminada la lectura, Jesús, enrollando el libro, lo devolvió al que lo ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. También ahora, en esta sinagoga, en esta asamblea, pueden —si así lo desean— fijar los ojos en el Salvador. Desde el momento mismo en que tú dirijas la más profunda mirada de tu corazón a la Sabiduría, a la Verdad y al Unigénito de Dios, para sumergirte en su contemplación, tus ojos están fijos en Jesús. ¡Dichosa la asamblea, de la que la Escritura atestigua que los ojos de todos estaban fijos en él! ¡Qué no daría yo porque esta asamblea mereciera semejante testimonio, de modo que los ojos de todos: catecúmenos y fieles, hombres, mujeres y niños, tuvieran en Jesús fijos los ojos! Y no los ojos del cuerpo, sino los del alma. En efecto, cuando los ojos de ustedes estuvieren fijos en él, su luz y su mirada harán más luminosos los rostros de ustedes, y de este modo podrán decir: “La luz de tu rostro nos ha marcado, Señor”. A él corresponde la gloria y el poder por los siglos de los siglos Amén[12].

pmaxalexander@gmail.com

[1] Papa Francisco, Homilía en la Casa Santa Marta, 01-09-2014. Extractos.

[2] P. Llabres, Misa Dominical 1980, 3. Tomado y adaptado de: www.mercaba.org

[3] Benedicto XVI, Ángelus 24-01-2010. Extracto.

[4] Muchos exégetas sostienen que los levitas iban traduciendo-explicando-parafraseando en arameo (más tarde ese procedimiento fue consignado por escrito. Se trata de los famosos ‘tárgum’) la lectura de la Ley hecha por Esdras en hebreo.

[5] Juan Pablo II, Audiencia 30-01-2002. Citamos sólo el párrafo en el que se alude a los versículos que la liturgia de este domingo nos propone.

[6] L. Alonso Schökel y Cecilia Camiti, Salmos I (Salmos 1-72),- Traducción, introducciones y comentario, Estella (Navarra) 1992, pp. 262-263. Levemente adaptado

[7] M. Carrez, La primera carta a los Corintios, Estella (Navarra), 1989 (CB 66), pp. 39-40. Adaptado y complementado. Negrita y subrayado, son nuestros

[8] Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina. En consecuencia, por esta revelación, Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía. Este plan de la revelación se realiza con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas. Pero la verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación (Dei Verbum 1,2. Subrayado y negrita nuestros).

[9] Jesús nos ha relatado al Padre, Lucas nos relata a Jesucristo…, la Iglesia vive-relata a Jesucristo. Se trata de un contar-relatar que “hace lo que dice”, es decir: posee y tiene todas las características del Dabar-Palabra-Acontecimiento-Revelación bíblica. Ver por ejemplo: J.-N. Aletti, El arte de contar a Jesucristo, – Lectura narrativa del evangelio de Lucas, Salamanca 1992. La cita de la Dei Verbum de la nota anterior fundamenta y aclara lo puntualizado en ésta.

[10] Los § 4.2 y 4.3 son una adaptación de: Y Saoût, Evangelio de Jesucristo según san Lucas, Estella (Navarra) 2008 (CB 137), p. 6.

[11] El § 4.6.- está tomado de: J. Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, – Segunda parte: Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección -,(traducción: J. Fernando del Río), Buenos Aires 2011, pp. 149-150.

[12] Orígenes, Homilía 32 sobre el evangelio de san Lucas 2-6: SC 87, 386-392. Orígenes nació hacia el 185 en una familia cristiana de Alejandría, su padre murió mártir durante la persecución de Severo (202). Como su patrimonio había sido confiscado por la administración imperial tuvo que dedicarse a la enseñanza para subsistir y sostener a su familia. Se le confió la escuela de catecúmenos de Alejandría, que dirigió llevando una vida ejemplar. Durante el período que va del 203 al 231, en que dirigió dicha escuela, viajó a Roma, Arabia y a Palestina con ocasión del saqueo de Alejandría por Caracalla. Ordenado sacerdote de paso por Cesárea. Demetrio de Alejandría, quien, según Eusebio, movido por la envidia, convocó un sínodo en el que, argumentando que un castrado no podía recibir la ordenación sacerdotal, excomulgó a Orígenes. En el 231 otro sínodo lo depuso del sacerdocio. A la muerte de Demetrio (232), Orígenes regresó a Alejandría, pero Heracles, el nuevo obispo, -¡antiguo discípulo suyo!-, renovó la excomunión. Ante aquella situación Orígenes partió a Cesárea de Palestina, comenzando así una etapa distinta de su vida, pues el obispo de esta ciudad lo invitó a fundar allí una [nueva] escuela de teología. Hacia el 244 volvió a Arabia, logrando convencer al obispo de Bostra, Berilo, del error de su monarquianismo. Tras pasar por numerosas penalidades durante la persecución de Decio, murió en Tiro el año 253.

“(…) Los invito a acoger en su corazón la enseñanza de [Orígenes] este gran maestro en la fe, el cual nos recuerda con entusiasmo que, en la lectura orante de la Escritura y en el compromiso coherente de la vida, la Iglesia siempre se renueva y rejuvenece. La palabra de Dios, que ni envejece ni se agota nunca, es medio privilegiado para ese fin. En efecto, la palabra de Dios, por obra del Espíritu Santo, nos guía continuamente a la verdad completa. Pidamos al Señor que nos dé hoy pensadores, teólogos y exégetas que perciban estas múltiples dimensiones, esta actualidad permanente de la sagrada Escritura, su novedad para hoy”. (§ tomado de la catequesis sobre Orígenes de Benedicto XVI, 25-04-2007).

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