Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo.

SEGUNDO DOMINGO DURANTE EL AÑO, Ciclo “C”

16/17 de enero 2016

Las Bodas de Caná

(Ilustración. Reichenau)

 

Introducción

 

Este domingo actúa como una bisagra: si bien por un lado abre hacia el tiempo durante el año, por el otro en el resuena un fuerte eco de Navidad-Epifanía-Bautismo, ya que el “signo” de las Bodas de Caná es la tercera manifestación epifánica de Cristo, junto con la de los Magos con su estrella y la del Bautismo[1].

En realidad, el gran símbolo del amor esponsalicio entre Cristo y la Iglesia es el que da unidad a las tres ‘manifestaciones’ celebradas en Epifanía, en el Bautismo y hoy, a través de las Bodas Mesiánicas, cosa que ya hemos mostrado en nuestros subsidios de Epifanía y del Bautismo del Señor, a través de las antífonas correspondientes al Benedictus y al Magníficat de Epifanía[2]. El gran patrólogo M. Simonetti ha publicado recientemente un estudio sobre los orígenes de estas antífonas del día de Epifanía en la liturgia ambrosiana, en textos que provienen del siglo 4º y cuyo tenor es el siguiente:

Hoy el celestial Esposo ha unido a sí a la Iglesia: ya que en el Jordán la lavó de sus pecados. Se apresuran los Magos trayendo dones para las nupcias reales; y los convidados se alegran por el agua convertida en vino. El soldado bautiza al Rey, el siervo a su Señor, Juan al Salvador. El agua del Jordán se asombra; la paloma atestigua: resuena la voz paterna: “este es mi Hijo, en el cual me complazco, escúchenlo”[3].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Isaías 62,1-5

 

1.1.- Por amor a Sión no me callaré, por amor a Jerusalén no descansaré, hasta que irrumpa su justicia como una luz radiante y su salvación, como una antorcha encendida (v.1). ¿Quién es el que habla? Podría ser Dios, que expresa su inquebrantable voluntad de llevar a buen puerto su proyecto salvífico, como también podría ser que hable el profeta, dando voz a su intenso deseo en favor de la salvación de Israel.

En última instancia, ambas respuestas son complementarias: el profeta se coloca en plena sintonía con los proyectos del Señor: desea aquello que Dios desea (y a su vez, le pone en el corazón el desearlo): los desposorios entre Dios y su pueblo.

 

1.2.- A la vuelta del Exilio, en el momento en el que el profeta habla, la situación es semejante, -¡para hablar con las imágenes del evangelio de este domingo!-, a la de las bodas de Caná, en las cuales no hay vino, ni entusiasmo, todo parece oscuro, pesado, sin sentido… Dios, por medio del profeta impulsa a su pueblo a la alegría, al optimismo, a levantar la cabeza aguardando el momento de los desposorios, de la fiesta de bodas, del momento de amor pleno entre Dios e Israel, cuando el amor se transforme en gozo pleno y, por lo tanto, en alabanza, canto y celebración. Todo amor auténtico lleva, al menos implícita, la afirmación: “es hermoso que tú seas”.

¡He ahí el sentido de toda vida humana! Nacida de la fuente del amor gratuito de Dios está destinada a desembocar nuevamente en dicho amor. La tradición bíblica nos presenta el Cielo como una eterna liturgia de alabanza (Apocalipsis), a todo el universo transformado en un eterno aleluya, en un canto y en una alegre aclamación, no hay meta más alta que esta.

Al tener que enfrentar nuestras dificultades y desolaciones, que por cierto no faltan, tenemos que tener muy presente esta perspectiva. Este es el desafío que esta profecía nos propone…

La situación y la vida de la Iglesia de hoy no dejan de tener semejanzas con aquella Jerusalén abandonada y desolada de la que habla el profeta… Las injusticias y una violencia difusa, que todo lo invade, induce al miedo y al pesimismo…

¡Menos mal que ésta no es la palabra última, la última palabra! El amor de Dios nos ha regalado a la Palabra que se hizo carne, desposada eternamente con nuestra humanidad. Su presencia pone a salvo la fiesta de la vida: ¡la nuestra y la de la Iglesia toda! El banquete eucarístico es maravilloso y humilde anticipo del banquete de bodas del Cordero, realidad de fe que nos impulsa a levantar la cabeza, a pesar de todas las dificultades, con la mirada puesta en aquella fiesta en la cual gozaremos de una inimaginable plenitud de vida, porque el Señor pone en ti su deleite y tu tierra tendrá un esposo. Como un joven se casa con una virgen, así te desposará el que te reconstruye; y como la esposa es la alegría de su esposo, así serás tú la alegría de tu Dios (v. 5): ¡Amén, aleluya!

 

 

Salmo Responsorial: Salmo 95[96],1-3. 7-10a. c.

 

2.1.- Digan a los pueblos: “El Señor es rey”. Esta exhortación del salmo 95 (v. 10) (…), en cierto sentido ofrece la tonalidad en que se modula todo el himno. En efecto, se sitúa entre los “salmos del Señor rey”, que abarcan los salmos 95-98, así como el 46 y el 92.

(…) En estos cánticos el centro está constituido por la figura grandiosa de Dios, que gobierna todo el universo y dirige la historia de la humanidad. También el salmo 95 exalta tanto al Creador de los seres como al Salvador de los pueblos: Dios afianzó el orbe, y no se moverá; él gobierna a los pueblos rectamente (v. 10). El verbo “gobernar” expresa la certeza de que no nos hallamos abandonados a las oscuras fuerzas del caos o de la casualidad, sino que desde siempre estamos en las manos de un Soberano justo y misericordioso.

 

2.2.- El salmo 95 comienza con una invitación jubilosa a alabar a Dios, una invitación que abre inmediatamente una perspectiva universal: cante al Señor, toda la tierra (v. 1). Se invita a los fieles a contar la gloria de Dios a los pueblos y, luego, a todas las naciones para proclamar sus maravillas (v. 3). Es más, el salmista interpela directamente a las “familias de los pueblos” (v. 7) para invitarlas a glorificar al Señor. Por último, pide a los fieles que digan a los pueblos:  el Señor es rey (v. 10), y precisa que el Señor “gobierna a las naciones” (v. 10), a los pueblos (v. 13). Es muy significativa esta apertura universal de parte de un pequeño pueblo aplastado entre grandes imperios. Este pueblo sabe que su Señor es el Dios del universo y que los dioses de los paganos son apariencia (v. 5).

El Salmo se halla sustancialmente constituido por dos cuadros. La primera parte (vv. 1-9) comprende una solemne epifanía del Señor “en su santuario” (v. 6), es decir, en el templo de Sión. La preceden y la siguen cantos y ritos sacrificiales de la asamblea de los fieles. Fluye intensamente la alabanza ante la majestad divina:  Canten al Señor un cántico nuevo, (…) canten (…), canten (…), bendigan (…), proclamen su victoria (…), cuenten su gloria, sus maravillas (…), aclamen la gloria y el poder del Señor, aclamen la gloria del nombre del Señor, entren en sus atrios trayéndole ofrendas, póstrense (…) (vv. 1-3, 7-9).

Así pues, el gesto fundamental ante el Señor rey, que manifiesta su gloria en la historia de la salvación, es el canto de adoración, alabanza y bendición. Estas actitudes deberían estar presentes también en nuestra liturgia diaria y en nuestra oración personal.

 

2.3.- En el centro de este canto coral encontramos una declaración contra los ídolos. Así, la plegaria se manifiesta como un camino para conseguir la pureza de la fe, según la conocida máxima: lex orandi, lex credendi, o sea, la norma de la oración verdadera es también norma de fe, es lección sobre la verdad divina. En efecto, esta se puede descubrir precisamente a través de la íntima comunión con Dios realizada en la oración.

El salmista proclama: Es grande el Señor, y muy digno de alabanza, más temible que todos los dioses. Pues los dioses de los paganos son apariencia, mientras que el Señor ha hecho el cielo (vv. 4-5). A través de la liturgia y la oración la fe se purifica de toda degeneración, se abandonan los ídolos a los que se sacrifica fácilmente algo de nosotros durante la vida diaria, se pasa del miedo ante la justicia trascedente de Dios a la experiencia viva de su amor.

 

2.4.- Pero pasemos al segundo cuadro, el que se abre con la proclamación de la realeza del Señor (vv. 10-13). Quien canta aquí es el universo, incluso en sus elementos más misteriosos y oscuros, como el mar, según la antigua concepción bíblica: Alégrese el cielo, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo llena; vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, aclamen los árboles del bosque, delante del Señor, que ya llega, ya llega a regir la tierra (vv. 11-13).

Como dirá San Pablo, también la naturaleza, juntamente con el hombre, espera vivamente (…) ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios (Rom 8, 19. 21).

Aquí quisiéramos dejar espacio a la relectura cristiana de este salmo que hicieron los Padres de la Iglesia, los cuales vieron en él una prefiguración de la Encarnación y de la crucifixión, signo de la paradójica realeza de Cristo.

 

2.5.- Así, san Gregorio Nacianceno, al comienzo del discurso pronunciado en Constantinopla en la Navidad del año 379 o del 380, recoge algunas expresiones del salmo 95:  “Cristo nace:  glorifíquenlo. Cristo baja del cielo: salgan a su encuentro. Cristo está en la tierra: levántense, cante al Señor, toda la tierra (v. 1); y, para unir a la vez los dos conceptos, “alégrese el cielo, goce la tierra” (v. 11) a causa de aquel que es celestial pero que luego se hizo terrestre” (Omelie sulla natività, Discurso 38, 1, Roma 1983, p. 44).

De este modo, el misterio de la realeza divina se manifiesta en la Encarnación. Más aún, el que reina “hecho terrestre”, reina precisamente en la humillación de la cruz. Es significativo que muchos antiguos leyeran el versículo 10 de este salmo con una sugestiva integración cristológica: El Señor reina desde el árbol de la cruz. Por esto, ya la Carta de Bernabé enseñaba que “el reino de Jesús está en el árbol de la cruz” (VIII, 5:  I Padri apostolici, Roma 1984, p. 198) y el mártir, san Justino, citando casi íntegramente el Salmo en su Primera Apología, concluía invitando a todos los pueblos a alegrarse porque “el Señor reinó desde el árbol de la cruz” (Gli apologeti greci, Roma 1986, p. 121). (…)[4]

 

 

Segunda Lectura: 1Cor 12,4-11

 

3.1.- Este domingo comenzamos a leer los capítulos 12 al 15 de la primera Carta a los Corintios, de los que seguiremos leyendo en los domingos subsiguientes. La lectura de hoy habla de los diversos dones del Espíritu Santo que se dan en las comunidades cristianas. Los dones y los carismas son variados, pero todos provienen del mismo y único Dios y brotan del amor único y unificador del Espíritu que el Hijo nos envía desde el Padre. Cada uno de los que ha recibido dichos dones está al servicio de la comunidad toda.

 

3.2.- Ni siquiera en la Iglesia se puede evitar que repercutan las posiciones políticas y las opciones sociológicas, ni que dejen de hacer sentir su influjo las leyes antropológicas. Sin duda se encontró san Pablo ante cierta “democratización” que no veía el hondo significado de los ministerios en la Iglesia. La distribución de estos ministerios no significa ante todo una escala de funcionarios que se disputan unos honores, ni se trata antes que nada de un cargo jerárquico meramente jurídico; se trata de unos dones que se conceden a uno o a otro para provecho de todos. El cargo que se recibe no es ante todo una investidura jurídica ni una concesión de poderes autoritarios, sino que cada cual llega a ser en la Iglesia, dentro de su rango y con su cargo, mediador y distribuidor de los dones cuya comunicación a los demás está encargado de asegurar. En la Iglesia, todos los ministerios son ministerios de servicio. San Pablo enumera distintas funciones que corresponden a otros tantos dones particulares. Seguidamente subraya que estos dones se distribuyen según la voluntad de Dios, pero que todos ellos proceden en su diversidad del mismo Espíritu Santo, y que todos colaboran a la creación única del pueblo de Dios.

 

3.3.- También aquí los trabajos del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia, que versan sobre los obispos, sacerdotes y laicos, han tenido empeño en precisar estos distintos cometidos y ministerios. Si se ha podido denunciar cierto clericalismo, también es posible pronunciarse contra una falsa democracia. Por ejemplo, si en la celebración litúrgica hay que hacer un gran esfuerzo para subrayar la unidad de la asamblea, sin embargo, no es uniformándolo todo ni cuidando de dejar que pase desapercibido el lugar donde se encuentra el celebrante ni, sobre todo, temiendo que éste asuma su papel de presidente, como se realiza lo que san Pablo acaba de enseñar. La presidencia del celebrante, litúrgicamente subrayada o por un emblema o por el lugar que ocupa, no es una presidencia ante todo jerárquica ni de superioridad, sino una presidencia ontológica. Por la celebrante pasa necesariamente toda la actividad ascendente de la asamblea, y por él pasan también todas las actividades descendentes por parte de Dios. En la liturgia, el primer celebrante es Cristo, y el sacerdote ocupa su lugar. No entender esto y reducir al sentimiento democrático de una región lo que debería ser signo de un determinado ministerio, no es adaptación sino confusión. Es preciso, por lo tanto, que sepamos admitir que el Espíritu distribuye a cada cual sus dones como quiere, pero siempre para provecho de todos[5].

 

 

Evangelio: San Juan 2,1-11(12)

 

4.1.- “El objetivo de [Juan 2,1-11] es señalar el cumplimiento de la alianza entre Dios e Israel y la realización por obra de Jesús de las esperanzas y de la promesa. El Mesías, que ha sido anunciado y reconocido en Jn 1,19-51, agrupa a su comunidad de discípulos en torno a un banquete de bodas, figura y presencia de los últimos tiempos. Según el simbolismo del evangelista, la madre de Jesús es Israel experimentando el vacío de su situación sin Cristo y abriéndose en la confianza a la iniciativa de Dios. Colmando una esperanza secular, Jesús anuncia figuradamente que ha sido escuchado el Israel fiel, con una generosidad desmedida, ya que afecta a la salvación de la humanidad entera[6]. El prólogo narrativo se cierra con el prototipo de los signos: la antigua alianza se convierte, por la presencia y la palabra de Jesús de Nazaret, en la alianza nueva. Si esto es así, el relato de Caná le ofrece al lector la mejor manera de hablar de la relación de los dos testamentos. El vino producido no ha sido sobreañadido al agua, sino que el agua se ha convertido en vino. Del mismo modo, el nuevo testamento no sustituye al que se ha llamado impropiamente el viejo testamento. Se trata del testamento mismo de Dios hecho nuevo por la palabra de Jesús. Aunque haya que reconocer y valorar dos etapas en la historia del designio de Dios no hay más que una sola alianza, que encuentra su cumplimiento con Jesús, pero que busca continuamente su fuente en la experiencia de Israel.

 

4.2.-Sin embargo, ¿cómo se hará realidad la figura de las bodas? Sin duda el relato acabó con la observación del maestresala o, por lo menos, con la reflexión del narrador que señala el resultado: la fe de los discípulos congregados en torno a Jesús. Pero en otro sentido el relato no ha terminado todavía. En la medida en que es posible tomar la perspectiva del «episodio», quedan en suspenso algunas cuestiones: ¿qué responde el esposo?, ¿qué ocurre con los criados?, ¿qué comprenden los invitados y el maestresala? Pero se trata de cuestiones no pertinentes en la lectura de un texto «simbólico». Sin embargo, incluso desde esta perspectiva, el relato sigue estando «abierto».

En efecto, si el milagro de Caná es el prototipo de los signos, dirige —como hemos dicho— la interpretación de los signos venideros. La alianza realizada simbólicamente al final del prólogo histórico se va a traducir de algún modo en los relatos ulteriores; entonces, al leer estos últimos, convendrá ponerlos en relación con el signo principal. Pero no es ésta nuestra perspectiva en este lugar, en donde se trata, al revés, de proyectar la luz de los relatos ulteriores sobre los elementos del texto de Caná, así como de tener en cuenta el lenguaje cristiano posterior.

 

4.2.1.- La primera iluminación nos viene del relato de los panes concedidos en abundancia (Jn 6). El discurso que le sigue muestra que en él se prefiguraba el sacramento de la eucaristía. Mientras que el relato no hablaba más que de pan, en el discurso se manda «comer carne» y «beber sangre», fórmulas que evocan la práctica eucarística. Como en ambos relatos se impone el tema de la sobreabundancia, el lector familiarizado con el evangelio puede creerse autorizado, junto con san Irineo que hablaba de un «compendio de la copa (eucarística)», a ver en el don del vino en Caná el complemento del don del pan, y por tanto una prefiguración del sacramento.

 

4.2.2.- La segunda luz nos puede venir de la interpretación dominante que el cuarto evangelio da de la hora. En 7,30 y 8,20, así como en 13,1, Juan califica de este modo el momento de la pasión y resurrección de Jesús. Entonces se puede pensar que al decir «mi hora» (2,4), Jesús abría ya a su madre a la perspectiva pascual, en la que todo quedaría «acabado». En el Calvario, cuando Jesús confía a María al discípulo amado, volvemos a encontrarnos con los términos que se utilizaron en Caná para hablar de ella: «madre de Jesús» y «mujer». Por tanto, es posible vislumbrar también aquí, a la manera de san Agustín, que la manifestación de la gloria de Jesús en Cana es una primera etapa en el camino que conduce a la cruz y a la exaltación.

 

4.2.3.- Algunos autores piensan que pueden desarrollar el sentido marial del texto: sabiendo que, en el Calvario, María se convirtió en la madre del discípulo amado, ven en sus primeras palabras en Caná (2,3) una cierta presión ejercida sobre su hijo en favor de unos amigos en apuros, una petición de milagro, y en las palabras siguientes (2,5) una mediación entre Jesús y los criados. María sería propiamente «mediadora» entre Jesús (Dios) y los fieles.

Frente a esta manera de pensar, inspirada ciertamente en una gran devoción, una exégesis atenta ayuda a situar lo que el texto implica realmente sobre el papel de María en la vida cristiana. En el relato, María es SiónIsrael que, después de decirle a Jesús la situación apurada en que se encontraba, se abre inmediatamente a la revelación que Jesús le hace en respuesta sobre su propia persona. Invitando a los criados a obedecer a Jesús en todo cuanto les diga, no solamente manifiesta que está en camino hacia la plenitud de la fe, sino que invita a los demás a compartir la misma actitud. Y más tarde su hijo la declarará «madre» del discípulo amado. ¿Qué significa esto? Si María no puede ser llamada mediadora en un sentido que el texto no tolera (a diferencia de Jesús, ella no es el puente que une a Dios y a la humanidad, sino que está por completo del lado de los hombres), sí que es la «matriz» en la que nace y crece, se forma y se desarrolla todo miembro del nuevo Israel. Más que Juan el Precursor que designó al Mesías, María es el Israel creyente en quien los hombres se hacen y son hijos de Dios.

 

4.2.4.- La mención del tercer día puede contribuir a profundizar en el misterio que se despliega en Caná. Si, en el primer nivel de la lectura, la expresión se limita a calificar un acontecimiento decisivo de la historia de la salvación, lo cierto es que, al utilizar esta fórmula tradicional, no requerida por el contexto narrativo, el evangelista quiso también evocar a sus lectores el misterio de la resurrección. En Jesús, que por su palabra hace que el agua se convierta en vino, el lector cristiano puede descubrir el misterio de Aquel que, viviendo por los siglos, está presente en su Iglesia.

 

4.2.5.- Más difícil resulta aplicarle a Jesús el término ‘nymphios’, traducido ordinariamente por «el esposo». Es verdad que la metáfora bíblica de Dios Esposo de Israel fue evolucionando en los textos cristianos que hablan de las bodas del Cordero con la Mujer que, en Ap 12, simboliza a la humanidad y a Israel, o de las bodas de Cristo con la Iglesia que es su cuerpo. En el mismo evangelio de Juan, el Precursor hablará del «esposo» en referencia a Jesús de Nazaret. Pero en Caná Jesús no ocupa el lugar del esposo que es el Dios de las promesas. Incluso, si sobre la base de la expresión «el tercer día» se quisiera en este caso traspasar los límites temporales del relato tal como se nos narra, al final de una lectura semejante seguiríamos ateniéndonos al sentido primero del episodio de Caná: si Jesús de Nazaret es el Cristo que vive para siempre, capaz de dar en todo tiempo a su Iglesia el vino mejor, es para revelar y comunicar a los hombres el amor del Padre para con todos ellos. En este episodio, lo mismo que en todo el cuarto evangelio, la cristología está al servicio de una auténtica teología.

 

4.3.- Finalmente, el texto contiene numerosos elementos que convergen para mostrar el modelo de la fiesta. Mientras que, para comenzar el relato de la vida pública, los sinópticos anuncian la “Buena Noticia”-= el Evangelio-, Juan describe la fiesta que constituye la venida de Jesús entre los suyos. Y en esta fiesta participa toda la creación, primero por el marco de las bodas, fiesta humana por excelencia, y luego bajo la figura del agua que, sacada de la fuente, se convierte en un vino mejor. Esto es lo que invita a mantener el valor de las realidades terrenas, pero también a verlas transfiguradas. En el encuentro con Dios es como el hombre realiza su propio desarrollo y plenitud. Y esta fiesta de un día es fiesta de siempre. ¿No es el prototipo de los signos ulteriores por los que Jesús va a dar cuerpo a su gloria? Así lo subraya un detalle del relato. Jesús no les dice a los criados que derramen todo el contenido de las tinajas, sino que «saquen» lo que sea suficiente para que el vino pueda ser saboreado por los asistentes. ¿No es esto declarar que la fiesta, inagotable, va a comenzar siempre de nuevo, por la palabra de Jesús?[7].

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

De la tierra sedienta[8] /ha manado una fuente,

que es capaz de saciar / la sed de las naciones.

Del seno virginal, / como de una roca,

ha brotado una semilla, / que da sin cesar cosechas.

Graneros sin cuento / había llenado José [en Egipto],

pero se consumieron / en los años del hambre.

Una sola Espiga de la Verdad / ha dado un pan,

y un pan celestial / que no se agota.

El pan que el Primogénito partió en el descampado

se consumió y pasó, / aunque era mucho.

Ahora ha vuelto a partir un nuevo pan,

que ni las generaciones ni las razas / son capaces de agotar.

Se consumieron los siete panes que había partido,

y también se acabaron los cinco panes que multiplicó.

Pero este único pan que ahora ha partido / ha conquistado a la creación;

que cuanto más se distribuye, / más se multiplica[9].

También llenó las ánforas / con una gran cantidad de vino;

pero lo escanciaron y se consumió, / aunque era mucho[10].

El cáliz que dio, en cambio, / contenía poca bebida;

pero su poder era enorme, / ilimitado.

Es un cáliz que acepta / toda clase de vinos,

pero el misterio que lleva dentro / es siempre igual a sí mismo.

Aquel único pan que partió entonces /no tiene frontera alguna;

y aquel único cáliz que escanció / no tiene límites.

Aquel grano de trigo, que fue sembrado entonces[11], / a los tres días

ascendió y ha llenado el granero de la Vida.

Es un pan espiritual, / igual que el que lo da;

y da la vida, de un modo espiritual, / a los espirituales[12].

Cada cual, según fuera la medida / de su discernimiento,

así percibía / al que es más grande que todos.

Sólo en su Padre / es perfecta la medida

de su conocimiento, /que sólo Él sabe lo grande que es.

Los seres celestiales, en cambio, / igual que los terrestres,

pueden sólo llegar a conocerlo / cada cual conforme a su capacidad.

El, siendo el Señor de todo, / nos da todas las cosas;

siendo el que enriquece a todos, / de todos toma prestado.

Él es quien lo da todo, / como que no tiene necesidad alguna;

y luego lo vuelve a tomar prestado, / como si lo necesitara.

El daba los rebaños de ovejas y de vacas, / como Creador;

y luego pedía los sacrificios, / como si tuviera necesidad de ellos.

El convirtió el agua en vino, / como Creador;

pero luego bebió de él / como los pobres.

En la fiesta de bodas / hizo la mezcla con lo que Él poseía[13]:

mezcló su vino y lo dio a beber, / allí donde no era más que un invitado[14].

 

pmaxalexander@gmail.com

1 “El domingo 2º durante el año se refiere aun a la manifestación del Señor, celebrada en la solemnidad de la Epifanía, por la perícopa tradicional de las bodas de Caná y otras dos, tomadas así mismo del Evangelio de san Juan” OLM, Nº 105.

[2] Veneremos este día santo, honrado con tres prodigios: hoy, la estrella condujo a los magos al pesebre; hoy, el agua se convirtió en vino en las bodas de Caná; hoy, Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán, para salvarnos. Aleluya (Magníficat). Hoy la Iglesia se ha unido a su celestial Esposo, porque, en el Jordán, Cristo ha lavado los pecados de ella, los magos acuden con regalos a las bodas del Rey y los invitados se alegran por el agua convertida en vino (Benedictus)

[3] Ver X. Léon-Dufour, Lectura del Evangelio de Juan I,- Jn 1-4, Salamanca 1989, p. 190, nota 156.

[4] Juan Pablo II, Audiencia General 18 de septiembre de 2002. Levemente abreviada y adaptada.

[5] Los § 3.2 y 3.3 son de: A. Nocent, El Año Litúrgico, – Celebra a Jesucristo 5-, Santander 1982, pp. 168 s. Levemente abreviado y adaptado.

[6] Dice X. Léon-Dufour en p. 190, nota 156: Nuestra lectura simbólica no pretende excluir las otras interpretaciones del episodio. Coincide incluso en un punto esencial con la interpretación tradicional que refleja la liturgia (en Oriente desde el siglo IV y en Occidente desde el VII), que reúne en una sola las tres escenas por las que Jesús «manifestó» su gloria, la epifanía, el vino de Cana y el bautismo «Tres milagros marcan el día que celebramos Hoy la estrella condujo a los magos al pesebre; hoy el vino se produjo a partir del agua para las bodas, hoy Cristo quiso ser bautizado por Juan en el Jordán para salvarnos» Antífona del Magníficat de Epifanía; leer C. Mohrmann, Etudes sur le latín des chrétiens, Roma 1958, pp. 260-262.

[7] X. Léon-Dufour, Lectura del Evangelio de Juan I,- Jn 1-4, Salamanca 1989, pp. 190-194. Subrayados y negrita, nuestros. Levemente adaptado.

[8] La imagen de la “tierra sedienta”, que aquí se refiere claramente a María, está tomada de Is 53,2.

[9] La estrofa se refiere al pan eucarístico, que el Señor “partió” en la Ultima Cena, cf. Mc 14,22-25 p

[10] En las bodas de Caná.

[11] Jn 12,36: Si el grano de trigo no…

[12] El Espíritu Santo juega un papel decisivo en la teología sacramental de San Efrén, y particularmente en su concepción de la Eucaristía, cf. Beck, “Eucharistie”, esp. pp. 51-58 y, para esta estrofa, p. 59s.; Graffin, “Eucharistie”. El énfasis en la riqueza inagotable y en el poder ilimitado de la Eucaristía, que marca las estrofas 83-95, tiene que ver probablemente con esa presencia del Espíritu Santo en las especies eucarísticas. Aunque no siempre que se menciona el espíritu o una presencia espiritual hay que suponer que se refiere concretamente al Espíritu Santo…

[13] Según Éphrem de Nisibe. Hymnes sur la Nativité (Intr., trad., y notas: F. Graffin-F. Cassingena-Trévedy), (S Ch 459), París 2001, p. 111, “Él poseía” hay que entenderlo a la luz de Fipi 2,6.

14 Cf. Jn 2,1-11. San Efrén de Nísibe: Himno cuarto sobre la Natividad de San Efrén de Nísibe, estrofas 84-98 y 201-207.Levemente adaptado y tomado de J. Martínez Fernández, www.sanefren.es San Efrén es el mayor representante literario de la Iglesia de Siria, fue un gran poeta, teólogo y místico que igualmente nos legó una abundante producción en prosa. La voz popular le dio el título de “cítara del Espíritu Santo”. Los datos más seguros que tenemos de él son estos: nació en Nísibe (Nísibis), hoy Nusaybin, Mesopotamia del Norte, hacia el 306. Parece que fue bautizado a los 18 años. Los obispos Jacobo y Valogeses influyeron en su formación. Pasó algún tiempo en el desierto, llevando vida eremítica hasta que el obispo Jacobo lo ordenó diácono y le encargó su escuela teológica. Cuando su ciudad natal cayó en manos de los persas en 363 pasó a Edesa. Murió, según parece, el 9 de junio de 373 en Edesa (hoy Urfa). Benedicto XV le dio el título de doctor de la Iglesia el 5 de octubre de 1920.

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