Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo.

LA GLORIOSA MANIFESTACIÓN DE JESÚS-MESÍAS:

EPIFANÍA DE SU BAUTISMO
09-10 de enero 2016

EPIFANÍA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR

[Icono de Teófanes de Creta.1546. Monasterio Stavronikita. Monte Athos. Grecia][1]

[1] Tomado de: www.elarcadenoe.org › … › Meditaciones iconográficas

Introducción

 

0.1.- Hoy es la fiesta del Bautismo del Señor. Esta mañana he bautizado a treinta y dos recién nacidos. Doy gracias con vosotros al Señor por estas criaturas y por cada nueva vida. A mí me gusta bautizar a los niños. ¡Me gusta mucho! Cada niño que nace es un don de alegría y de esperanza, y cada niño que es bautizado es un prodigio de la fe y una fiesta para la familia de Dios.

La página del Evangelio de hoy subraya que, cuando Jesús recibió el bautismo de Juan en el río Jordán, se abrieron los cielos (Mt 3, 16). Esto realiza las profecías. En efecto, hay una invocación que la liturgia nos hace repetir en el tiempo de Adviento: ¡Ojalá rasgaras el cielo y descendieras! (Is 63, 19). Si el cielo permanece cerrado, nuestro horizonte en esta vida terrena es sombrío, sin esperanza. En cambio, celebrando la Navidad, la fe una vez más nos ha dado la certeza de que el cielo se rasgó con la venida de Jesús. Y en el día del bautismo de Cristo contemplamos aún el cielo abierto. La manifestación del Hijo de Dios en la tierra marca el inicio del gran tiempo de la misericordia, después de que el pecado había cerrado el cielo, elevando como una barrera entre el ser humano y su Creador. Con el nacimiento de Jesús, el cielo se abre. Dios nos da en Cristo la garantía de un amor indestructible. Desde que el Verbo se hizo carne es, por lo tanto, posible ver el cielo abierto. Fue posible para los pastores de Belén, para los Magos de Oriente, para el Bautista, para los Apóstoles de Jesús, para san Esteban, el primer mártir, que exclamó: Veo los cielos abiertos (Hch 7, 56). Y es posible también para cada uno de nosotros, si nos dejamos invadir por el amor de Dios, que nos es donado por primera vez en el Bautismo. ¡Dejémonos invadir por el amor de Dios! ¡Éste es el gran tiempo de la misericordia! No lo olviden: ¡éste es el gran tiempo de la misericordia!

Cuando Jesús recibió el Bautismo de penitencia de Juan el Bautista, solidarizándose con el pueblo penitente —Él sin pecado y sin necesidad de conversión—, Dios Padre hizo oír su voz desde el cielo: Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco. Jesús recibió la aprobación del Padre celestial, que lo envió precisamente para que aceptara compartir nuestra condición, nuestra pobreza. Compartir es el auténtico modo de amar. Jesús no se disocia de nosotros, nos considera hermanos y comparte con nosotros. Así, nos hace hijos, juntamente con Él, de Dios Padre. Ésta es la revelación y la fuente del amor auténtico. Y, ¡este es el gran tiempo de la misericordia!

¿No les parece que en nuestro tiempo se necesita un suplemento de fraternidad y de amor? ¿No les parece que todos necesitamos un suplemento de caridad? No esa caridad que se conforma con la ayuda improvisada que no nos involucra, no nos pone en juego, sino la caridad que comparte, que se hace cargo del malestar y del sufrimiento del hermano. ¡Qué buen sabor adquiere la vida cuando dejamos que la inunde el amor de Dios![1]

 

0.2.- Sólo a partir de la cruz y la resurrección se clarifica todo el significado del [Bautismo de Jesús]. Al entrar en el agua, los que han de ser bautizados reconocen sus pecados y tratan de liberarse del peso de sus culpas. ¿Qué hizo Jesús?

Lucas, que en todo su Evangelio presta una viva atención a la oración de Jesús, y lo presenta constantemente como Aquel que ora –en diálogo con el Padre-, nos dice que Jesús recibió el bautismo mientras oraba (cf. 3,21). A partir de la cruz y la resurrección se hizo claro para los cristianos lo que había ocurrido: Jesús había cargado con la culpa de toda la humanidad; entró con ella en el Jordán. Inicia su vida pública tomando el puesto de los pecadores. La inicia con la anticipación de la cruz. Es, por así decirlo, el verdadero Jonás que dijo a los marineros: Agárrenme y échenme al mar (cf. Jon 1,12). El significado pleno del bautismo de Jesús, que comporta cumplir «toda justicia», se manifiesta sólo en la cruz: el bautismo es la aceptación de la muerte por los pecados de la humanidad, y la voz del cielo –Éste es mi Hijo amado (Mc 3,17)- es una referencia anticipada a la resurrección. Así se entiende también por qué en las palabras de Jesús el término bautismo designa su muerte (cf. Mc 10,38; Lc 12,50). Sólo a partir de aquí se puede entender el bautismo cristiano.

La anticipación de la muerte en la cruz que tiene lugar en el bautismo de Jesús, y la anticipación de la resurrección, anunciada en la voz del cielo, se han hecho ahora realidad. Así, el bautismo con agua de Juan recibe su pleno significado del bautismo de vida y de muerte de Jesús. Aceptar la invitación al bautismo significa ahora trasladarse al lugar del bautismo de Jesús y, así, recibir en su identificación con nosotros nuestra identificación con Él. El punto de su anticipación de la muerte es ahora para nosotros el punto de nuestra anticipación de la resurrección con Él. En su teología del bautismo (cf. Rm 6), Pablo ha desarrollado esta conexión interna sin hablar expresamente del bautismo de Jesús en el Jordán.

 

0.3.- Mediante su liturgia y teología del icono, la Iglesia oriental ha desarrollado y profundizado esta forma de entender el bautismo de Jesús. Ve una profunda relación entre el contenido de la fiesta de la Epifanía (proclamación de la filiación divina por la voz del cielo; en Oriente, la Epifanía es el día del bautismo) y la Pascua. En las palabras de Jesús a Juan: Está bien que cumplamos así toda justicia (Mt 3,15), ve una anticipación de las palabras pronunciadas en Getsemaní: Padre… no se haga mi voluntad, sino la tuya (Mt 26,39); los cantos litúrgicos del 3 de enero corresponden a los del Miércoles Santo, los del 4 de enero a los del Jueves Santo, los del 5 de enero a los del Viernes Santo y el Sábado Santo. La iconografía recoge estos paralelismos. El icono del bautismo de Jesús muestra el agua como un sepulcro líquido que tiene la forma de una cueva oscura, que a su vez es la representación iconográfica del Hades, el inframundo, el infierno. El descenso de Jesús a este sepulcro líquido, a este infierno que le envuelve por completo, es la representación del descenso al infierno: “Sumergido en el agua, ha vencido al poderoso” (cf. Le 11, 22), dice Cirilo de Jerusalén. Juan Crisóstomo escribe: «La entrada y la salida del agua son representación del descenso al infierno y de la resurrección».

 

0.4.- Los tropos de la liturgia bizantina añaden otro aspecto simbólico más: «El Jordán se retiró ante el manto de Eliseo, las aguas se dividieron y se abrió un camino seco como imagen auténtica del bautismo, por el que avanzamos por el camino de la vida»

El bautismo de Jesús se entiende, así como compendio de toda la historia, en el que se retoma el pasado y se anticipa el futuro: el ingreso en los pecados de los demás es el descenso al «infierno», no sólo como espectador, como ocurre en Dante, sino con-padeciendo y, con un sufrimiento transformador, convirtiendo los infiernos, abriendo y derribando las puertas del abismo. Es el descenso a la casa del mal, la lucha con el poderoso que tiene prisionero al hombre (y ¡cómo es cierto que todos somos prisioneros de los poderes sin nombre que nos manipulan!). Este poderoso, invencible con las meras fuerzas de la historia universal, es vencido y subyugado por el más poderoso que, siendo de la misma naturaleza de Dios, puede asumir toda la culpa del mundo sufriéndola hasta el fondo, sin dejar nada al descender en la identidad de quienes han caído. Esta lucha es la «vuelta» del ser, que produce una nueva calidad del ser, prepara un nuevo cielo y una nueva tierra. El sacramento -el Bautismo- aparece así como una participación en la lucha transformadora del mundo emprendida por Jesús en el cambio de vida que se ha producido en su descenso y ascenso[2].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Isaías 40,1-5. 9-11

 

1.1.- Hablen al corazón de Jerusalén y anúncienle que su tiempo de servicio se ha cumplido, que su culpa está paga, que ha recibido de la mano del Señor doble castigo por todos sus pecados. ¿De qué doble castigo, ya cumplido, estamos hablando? El lector atento de Isaías sabe que ese doble castigo alude a la desaparición de la casa de YHVH [el Templo] y de la casa del Rey (2Re 25,9), es decir el saqueo de Jerusalén por Nabucodonosor en el año 587 a. C. Al contrario de Isaías que recibió como misión endurecer el corazón del pueblo (Is 6,10), su(s) discípulo(s) recibe(n) la misión de fortalecer las manos débiles, robustecer las rodillas vacilantes (35,3), de ahí brota la Buena Noticia de: consuelen, consuelen a mi Pueblo. Dios en persona será el guía y el pastor solícito que guiará a su pueblo. Todo esto será una clarísima manifestación de la gloria del Señor (leer Jn 2,11: Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él. ¡Evangelio del próximo domingo!). Y esa gloria todos los hombres la verán juntamente (40,5); Isaías insiste en la universalidad de esta manifestación, en hebreo dice, literalmente: ‘toda carne junta la verá’, por eso sería más claro traducir y la verán todos los hombres juntos (Biblia de Peregrino/Nuestro Pueblo).

 

1.2.- Los acontecimientos de la historia en los que se pone de manifiesto la gloria del Señor, son aquellos en los que se manifiesta su poder salvador y liberador; su prototipo lo constituye el paso del mar Rojo. El profeta desea llamar la atención ante el hecho de que estamos ante “un nuevo éxodo”. Tengamos en cuenta que la madre Iglesia nos alimenta con este texto porque el Bautismo del Señor es una de las grandes manifestaciones de Dios; por eso mismo la tradición bizantina la denomina Teofanía[3].

Jesús es manifestado solemnemente por el Padre, como su Hijo muy amado, sobre el cual reposa el Espíritu Santo: ¡una Epifanía Trinitaria!

Comienza de este modo el ministerio público de Jesús que al igual que el profeta anuncia el consuelo a Israel: no se trata de un simple sentimiento sicológico, sino de un cambio total y absoluto desde una situación de opresión, injusticia y muerte a lo opuesto. Jesús trae, -¡es él en persona!-, la Buena Noticia, el Evangelio del Reino de Dios: se terminó la esclavitud, la vida ya no está bajo el yugo de poderes hostiles y extraños, sino de Dios (leer Is 52,7 y 61,1; Lc 4,16-22). Dios se hace pastor solícito, Jesús dirá de sí mismo: Yo soy el buen Pastor.

 

 

Salmo Responsorial: Salmo 103[104], 1b-4. 24-25. 27-30

 

2.1.- Esta vez tomamos por maestro [para transponer el salmo en cristiano], a un contemplativo cristiano. Porque lo que buscamos es recitar este salmo incluyendo a Jesucristo: como él lo recitó, como él lo transformó al hacerse parte de la creación y al transfigurar la creación en su glorificación. [Desde la Teofanía del Jordán], desde el Tabor, donde manifiesta su gloria luminosa, tendemos la vista en torno a esta tierra nuestra; desde la nube que lo transporta al cielo miramos hacia arriba y hacia abajo.

Escogeré como maestro de contemplación y poeta a san Juan de la Cruz, del que copio algunas estrofas del Cántico espiritual:

“¡Oh bosques y espesuras; // plantadas por la mano del Amado!;

¡oh prado de verduras// de flores esmaltado!; // decid si por vosotros ha pasado.

Mil gracias derramando, // pasó por estos sotos con presura,

y, yéndolos mirando, // con sola su figura // vestidos los dejó de su hermosura…

Mi Amado, las montañas, // los valles solitarios, nemorosos,

las ínsulas extrañas, // los ríos sonorosos, // el silbo de los aires amorosos”.

Se puede completar la lectura de este salmo con el capítulo 43 del Eclesiástico. Puede leerse también la traducción de este salmo por Fray Luis de León. Finalmente, es oportuno recordar el importante papel de la contemplación de la naturaleza en un auténtico programa de educación ecológica[4].

 

 

Segunda Lectura: Carta de san Pablo a Tito 2,11-14; 3, 4-7

 

3.1.- Pablo proclama el himno de la gracia y benevolencia divinas. En la hora determinada en el plan salvador de Dios se ha revelado el amor y benevolencia divina infinita e inefable, que han aparecido en Jesucristo, el unigénito Hijo de Dios que se ha hecho hombre. Él es esta benevolencia y amor divinos en su persona divina. En él ofrece Dios a todos los hombres, sin excepción alguna, la salvación. Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todo el que cree en él, no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16).

Ésta es la salvación que deben alcanzar todos los hombres: la liberación de la muerte eterna, la posesión de la vida eterna. La benevolencia divina no conoce límites.

Dios ofrece la salud en Jesucristo a todos los hombres sin distinción de personas, de situación social o de raza. Este amor de Dios es incomprensible y, al mismo tiempo, definitivo para el tiempo y la eternidad; sin embargo, obliga al hombre a una decisión clara, sea que se abra o que se cierre a esta llamada amorosa de Dios.

 

3.2.- Pero el cristiano no encuentra en el mundo actual la meta definitiva de su vida, vive en esperanza, su vida está sustentada por la esperanza en la venida del Señor. Así pues, aguarda la consumación de la salud venidera, y la plenitud de la salvación. Unida a la fe y al amor, esta esperanza constituye una estructura fundamental de toda vida cristiana (leer lCor 13,13; 1Tes 1,3).

Jesucristo se presenta como salvador y redentor de todos los hombres mediante su entrega a la muerte (Rom 5,8). Él entregó su vida como sacrificio expiatorio vicario por toda la humanidad que estaba desahuciada (Mc 10,45). De este modo Jesucristo realizó la obra de la redención y con ello nos libró de toda iniquidad, del pecado que tenía aprisionada a la humanidad con su poder tiránico.

 

3.3.- En la hora que Dios había determinado en su plan salvífico, cambió para la humanidad el curso de la historia de los hombres. La gran obra de Dios irrumpió con el nacimiento de Jesucristo y se completó en su muerto de cruz. En Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, aparecía la bondad y el amor de Dios por los hombres. Con palabras solemnes que han sido tomadas de las fórmulas de expresión del estilo áulico de otro tiempo son personificados dos atributos de Dios que se manifiestan en la encarnación de Jesucristo y que resplandecen como una luz en medio de las tinieblas. Se trata de la incomprensible bondad de Dios, que sale al encuentro del hombre pecador, no como juez y vengador, sino como Dios bondadoso y compasivo. Se trata del amor de Dios por los hombres, quien a pesar de su absoluta distancia con relación a los hombres desciende amablemente hasta su criatura. ¡Qué sublime imagen de Dios describe el Apóstol con estas palabras!

Con el nacimiento y la muerte en cruz de Jesucristo se da ese cambio en la historia de la humanidad, que implica también la gran transformación de cada uno de los hombres. Si el cristiano, con una fe verdadera y auténtica, se adhiere a esta bondad de Dios hecha carne y a este amor por los hombres, es decir a Jesucristo, si se entrega con toda su persona al Dios encarnado, entonces Dios lo libera de la corrupción eterna mediante un baño de regeneración, el bautismo de agua. La palabra “regeneración” (en griego: palingenesia), tomada del judaísmo helenista de entonces, es trasvasada al bautismo cristiano, porque éste hace del hombre una nueva creación: Lo viejo ya pasó y ha empezado lo nuevo (2Cor 5,17)[5].

 

 

Evangelio: san Lucas 3,15-16. 21-22

 

4.1.- En el v. 18, Lucas califica la predicación de Juan de anuncio de la Buena Noticia al pueblo (fórmula ausente de Mc y Mt), En general, Lucas está preocupado por situar a Jesús por encima de Juan, pero, al mismo tiempo, tanto en su evangelio como en los Hechos de los Apóstoles, no teme insistir en la predicación y el bautismo de Juan. Sin embargo, aquí evita decir que Juan anunciaba la Buena Noticia del Reino (como Jesús en 4,43), Juan es un modelo para los predicadores cristianos de la Iglesia de Lucas, no un rival para Jesús.

El comienzo de este texto (vv. 21-22) se relaciona bien con la predicación de Juan por la mención del Espíritu. Pero también se relaciona con la genealogía de Jesús por el eco que existe entre el final de ésta: “…, [hijo] de Adán, [hijo] de Dios” (v. 38), y la revelación de la voz celestial. “Tú eres mi Hijo” (v. 22).

 

4.2.- Lectura de conjunto. “… entonces el cielo se abrió y el Espíritu Santo descendió… y una voz vino del cielo…

 

4.2.1.- Esto es lo esencial para Lucas. La Importancia del acontecimiento para la misión está subrayada por el hecho de que Jesús está en oración (como antes de la elección de los Doce en 6,12-13). El resto (habiendo sido todo el pueblo bautizado, y habiendo sido bautizado Jesús) ya forma parte del pasado, como el mismo Juan, aunque éste cumpla la palabra del ángel a Zacarías. Preparará un pueblo bien dispuesto (1,17).

 

4.2.2.- Es en medio de este pueblo, y para él, cuando Jesús recibe ahora su misión. Dirigiéndose a Jesús, una voz procedente del cielo afirma: “ eres mi Hijo, lo que Jesús ya sabía (2,49). Según un gran número de manuscritos la voz añade: yo te he engendrado hoy. Esta palabra proviene del Salmo 2,7 es un decreto de Dios para la coronación de un nuevo rey, hijo de David. Así pues, Dios confirma a Jesús la misión de inaugurar la Buena Noticia del Reino. La observación: Cuando comenzó, Jesús tenía alrededor de treinta años (v 23), recuerda por otra parte la edad de David cuando se convirtió en rey (2 Sam 5,4). El ángel había dicho a María que su hijo, “Hijo del Altísimo”, recibiría el “trono de David, su padre” (1,32)

 

4.2.3.- Es posible que Lucas tuviera presente Is 63,19: Ay, si desgarrarás [griego: abrieras] los cielos y bajarás-descendieras…, ardiente oración para la renovación de las maravillas del Éxodo (ver primera lectura y Lc 9,31).

 

4.2.3.1.- Lucas subraya el aspecto físico de la paloma (v. 22), pero toma la precaución de emplear un “como”, para invitar que sus lectores vayan más allá de la letra del texto. No obstante, el simbolismo sigue siendo oscuro. A veces el pueblo de Israel es comparado con una paloma (Os 11,11) …; ¿remite aquí el símbolo a la formación, mediante el Espíritu, del pueblo del Mesías?[6]

 

4.3.- En la escena irrumpe también el Espíritu Santo bajo forma de “paloma” que “desciende y se posa” sobre Cristo. Se puede recurrir a varias referencias bíblicas para ilustrar esta imagen: a la paloma que indica el fin del diluvio y el inicio de una nueva era (leer Gen 8, 8-12; 1 P 3, 20-21); a la paloma del Cantar de los cantares, símbolo de la mujer amada (leer Ct 2, 14; 5, 2; 6, 9); a la paloma que es casi un símbolo de Israel en algunos pasajes del Primer Testamento (Os 7, 11; Sal 68, 14).

Es significativo un antiguo comentario judío al pasaje del Génesis (leer Gen 1, 2) que describe el aletear con ternura materna del Espíritu sobre las aguas iniciales: “El Espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas como una paloma que aletea sobre sus polluelos sin tocarlos” (Talmud, Hagigah 15 a). Sobre Jesús desciende, como fuerza de amor sobreabundante, el Espíritu Santo. El Catecismo de la Iglesia Católica, refiriéndose precisamente al bautismo de Jesús, enseña: “El Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción viene a “posarse” sobre él. De él manará este Espíritu para toda la humanidad”[7].

 

4.4.- Finalmente, la imagen bastante curiosa de la paloma nos orienta hacia la misma idea de la constitución del pueblo nuevo en la persona de Cristo. Dos interpretaciones diferentes tratan de aclarar el simbolismo de esa paloma, pero ambas le atribuyen una significación eclesiológica. Para unos, la palabra paloma sería un error de traducción; el texto original hablaría de shekinah, en otros términos, de la gloria misma de Dios que descansó sobre el Sinaí, después sobre el Templo, para hacer del pueblo la morada de Dios (Ex 24, 15-18; 40, 34-38). Para otros se trataría de una figura del pueblo elegido, sacada del Cantar de los Cantares (1, 15; 2, 14; 4, 1; 5, 2; 6, 9). El Esposo divino invita, en efecto, a su paloma, la nueva Jerusalén, para que se una a Él en nuevos desposorios. La aparición de la paloma en el momento del bautismo de Jesús podría significar que las bodas ya se han celebrado y que Dios ha encontrado su esposa. Ya se trate de los temas del cielo abierto, del Espíritu o de la paloma, todo ello orienta hacia una significación a la vez cristológica y eclesiológica del relato. La persona de Cristo se nos presenta ahí con sus vinculaciones al pueblo nuevo que El mismo constituye…

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Dios en la tierra, Dios entre los hombres. Ya no es aquel que proclama su ley en medio de relámpagos, al son de trompetas sobre la montaña humeante, desde el interior de la oscuridad de una terrible tormenta, sino el que con dulzura y bondad en cuerpo humano conversa con sus hermanos de raza. ¡Dios en la carne! Ya no es el que actúa en ocasiones, como con los profetas, sino el que asume plenamente la naturaleza humana y, por medio de su carne que es la de nuestra raza, eleva así a toda la humanidad.

Dirás: ¿Cómo ha venido la luz a todos por medio de uno solo? ¿De qué manera está la divinidad en la carne? Como el fuego en el hierro: no desplazándose sino comunicándose. En efecto, el fuego no se lanza hacia el hierro, sino que, permaneciendo en su lugar, le comunica su propia fuerza. Con lo cual él no ha quedado disminuido en nada sino que llena enteramente al hierro que se comunica. De la misma manera, Dios, el Verbo, que puso su morada entre nosotros, no salió fuera de sí mismo; el Verbo que se hizo carne no quedó sometido al cambio; el cielo no se vio privado de aquel que lo contenía y la tierra recibió en su propio seno al que está en los cielos…

Penétrate de este misterio: Dios vino en carne para matar a la muerte que se oculta en ella. De la misma manera que los remedios y las medicinas triunfan de los factores de corrupción, cuando son asimilados por el cuerpo, y de la misma manera que la oscuridad que reina en una casa se disipa con la entrada de la luz, así la muerte que tenía en su poder a la naturaleza humana fue aniquilada con la llegada de la divinidad. Lo mismo que en el agua el hielo se forma a costa de ella mientras es de noche y se extiende la oscuridad, pero se disuelve al salir el sol, por el calor de sus rayos: así la muerte reinó hasta la llegada de Cristo; pero cuando apareció la gracia salvadora de Dios y se elevó el Sol de justicia, la muerte fue absorbida por esta victoria, no habiendo podido soportar la coexistencia con la vida verdadera. ¡Oh profundidad de la bondad de Dios y de su amor a los hombres!…

Cantemos gloria con los pastores, bailemos a coro con los ángeles porque hoy nos ha nacido un Salvador, que es Cristo Señor. Es el Señor que se nos apareció, no en su condición divina, para no espantar nuestra debilidad, sino en la condición de esclavo, para liberar al que estaba reducido a servidumbre. ¿Quién tendrá un corazón tan bajo y tan ingrato como para no gozar y saltar de alegría por lo que sucede? Es una fiesta común de toda la creación… Nosotros también proclamamos nuestra alegría; a nuestra fiesta le damos el nombre de teofanía. Festejemos la salvación del mundo, el día en que nace la humanidad. Hoy ha quedado eliminada la condenación de Adán. Ya no se dirá en adelante: Eres polvo y en polvo te convertirás, sino: “Unido al qué está en los cielos, serás elevado al cielo”[8].

 

pmaxalexander@gmail.com

[1] Papa Francisco, Ángelus 12-01-2014.

[2] J. Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, – Primera parte: desde el Bautismo a la Transfiguración -, (Traducción de C. Bas Álvarez) Buenos Aires 2007, pp. 40-42. Adaptado.

[3] Hoy estamos de fiesta, el coro de los santos se une a nuestra asamblea y los ángeles participan en nuestra celebración. Hoy la gracia del Espíritu Santo desciende sobre las aguas en forma de paloma. Hoy se eleva el sol que no tiene ocaso y el mundo es iluminado por la luz del Señor… Hoy las nubes derraman el rocío de justicia. Hoy el Increado se hace imponer la mano por su propia creatura. Hoy el profeta y precursor viene delante de su Maestro, pero, temblando, se coloca detrás suyo, al ver la condescendencia de Dios para con nosotros. Hoy las aguas del Jordán son transformadas en medicina por la presencia del Señor. Hoy toda la creación es bañada con aguas místicas. Hoy los pecados de los hombres son borrados en las aguas del Jordán. Hoy el Paraíso se abre ante la humanidad, y el Sol de justicia brilla sobre nosotros. Hoy el agua amarga de Moisés es cambiada para el pueblo en agua dulce por la venida del Señor.

El Jordán se volvió atrás al ver al Invisible hecho visible, al Creador hecho carne, al Maestro asumiendo la forma de esclavo. El Jordán se volvió atrás y las montañas temblaron al ver al Dios encarnado. Las nubes dejaron escuchar su voz proclamando la admiración que les producía la aparición, entre los hombres, de la Luz de Luz. Es la fiesta del Señor la que hoy contemplamos en el Jordán; y vemos al Señor arrojar al Jordán la muerte que la desobediencia nos valió, el aguijón del error, las cadenas del infierno, regalando al mundo el bautismo salvador. Este es un texto de Sofronio de Jerusalén, Oración en la Teofanía de nuestro Señor; tomada de: E. Mercenier, La prière des Églises de rite byzantin, Chevetogne 1953, II,1, pp. 280-281

[4] L. Alonso Schokel y Cecilia Camiti, Salmos II (Salmos 73-150) – Traducción, introducciones y comentario, Estella (Navarra) 1993, p 363. Levemente adaptado.

[5] J. Reuss, Carta a Tito. Comentario para la lectura espiritual, Barcelona 1968, pp. 16-18. 21-23. Levemente modificado. Bastardilla y negrita nuestras.

[6] Adaptado de: Y Saoût, Evangelio de Jesucristo según san Lucas, Estella (Navarra) 2008 (CB 137), pp. 23-25.

[7] CatIgCat Nº 536. Este § 4.4, es una cita de: Juan Pablo II, Audiencia general del 12-04-2000.

[8] San Basilio el Grande; Homilía para el Nacimiento de Cristo, Nº 2 y 6: PG 31, 1459-1462, 1471-1474.

Basilio nació en Cesárea de Capadocia hacia el 330 en una familia cuya abuela paterna, Macrina, fue santa y cuyo abuelo materno murió mártir; Basilio contó entre sus diez hermanos con Gregorio de Nisa y Pedro de Sebaste y con su santa hermana, Macrina. Cursó estudios de retórica en Cesárea, Constantinopla y Atenas. En el 356 regresó a su tierra y, tras un cierto período en que se dedicó a la retórica, se hizo bautizar, partiendo a continuación en un viaje por Egipto, Palestina, Siria y Mesopotamia a fin de conocer a los monjes más famosos. Cuando volvió, repartió sus riquezas entre los pobres y marchó a Neocesarea para un primer ensayo de vida ascética. En el año 358 lo visitó allí Gregorio de Nacianzo. De la pluma de ambos surgió la Filocalia. Las así llamadas Reglas de san Basilio tienen un largo y trabajado itinerario de elaboración, fruto de su profunda experiencia monástica y espiritual y son un fiel eco de su fuerte y auténtico amor a la Escritura, al igual que sus nunca lo bastante ponderadas Reglas Morales. Para él la “única regla de vida cristiana” es EL EVANGELIO SIN GLOSA (Gribomont). Traducidas al latín tuvieron gran influencia en Occidente. Eusebio de Cesárea lo persuadió en el 364 de ordenarse sacerdote y a la muerte de aquél, en el 370, lo sucedió a la cabeza de su diócesis. Desarrolló entonces una actividad impresionante fundando instituciones dedicadas al socorro de los pobres y marginados; se opuso con valentía a las presiones imperiales encaminadas a obligarlo a adherirse al arrianismo. Preocupado inmensamente por las divisiones internas en la Iglesia intentó que Roma terciara en la disputa entre Melecio y Paulino, pero la jerarquía romana no quiso intervenir en el conflicto, aunque sí subrayó la existencia de una comunión en la fe. Murió el primer día del año 379 y se lo celebra litúrgicamente al día siguiente, junto a Gregorio Nazianzeno, su amigo del alma.

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