Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo.

SEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE NAVIDAD

02-03 de enero 2016

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Cristo como PALABRA de Dios en la eternidad y en el pesebre,

presente en el cosmos y circundado por seres fabulosos.

[Bernward, Hildesheim, después del año 1000]

Introducción

 

0.1.- El formulario de este domingo es el mismo para los tres ciclos. De hecho, es un domingo que en muchos lugares es utilizado para la celebración de la solemnidad de la Epifanía. Entre nosotros no es así. A primera vista los textos dan la impresión de ser una pura y simple repetición de los textos de Navidad. Sin embargo, como veremos en seguida, el contenido doctrinal es claramente propio, aunque evidentemente dentro de la órbita de la temática navideña.

La lectura del prólogo del evangelio de Juan es un elemento central de la liturgia de este domingo. Su tratamiento dependerá de si se ha leído íntegramente o no en las misas del día en Navidad.

 

0.2.- Si se quisiera sistematizar el contenido de las lecturas de hoy, se podría comparar con la fiesta celebrada el domingo anterior: la sagrada familia de Jesús, María y José. En aquel domingo, el tema de la presencia del Hijo de Dios hecho hombre en una familia humana, imagen y ejemplo para toda la familia de los hombres. Hoy, las lecturas nos presentan el tema de la presencia del Hijo de Dios -la Palabra hecha carne- entre los hombres, comunicándose en la historia a los hombres, y convirtiéndolos en hijas e hijos de Dios.

También podríamos decir que hoy centramos nuestra atención en el mismo misterio de la Palabra hecha carne, con todo lo que esto significa de comunicación profunda y auténtica.

La primera lectura y el evangelio son, en este domingo, textos más que paralelos. Casi cabría decir que son textos calcados, a diferentes niveles de revelación. La sabiduría de Dios es la Palabra hecha hombre, la que desde siempre era con Dios y era Dios. En ambos casos, sin embargo, se trata de comunicación: al pueblo que él ha escogido, el pueblo glorioso, a nosotros (este “nosotros” de Juan, que hay que entender a la luz del principio de su primera carta: los que estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo).

La segunda lectura nos dice todo esto, pero poniéndole los nombres propios: que nos bendijo en Cristo… nos predestinó a ser hijos adoptivos suyos por Jesucristo… No es una improvisación, esta comunicación de Dios a los hombres: en El nos eligió, antes de la creación del mundo -¡cuando nada existía!- para que fuésemos santos… En la reflexión sobre estos textos no puede faltar la referencia pascual. El tema de la carpa-toldo, repetido en la primera lectura y en el prólogo de Juan es un tema del éxodo y, por tanto, claramente pascual; el rechazo de la Palabra por parte de los de “su casa” es evocador de la pasión; la contemplación de la gloria del Hijo único del Padre nos lleva a la narración juánica de la pasión: “mirarán al que traspasaron“. Más directamente aún: un texto habitualmente poco atendido como es la antífona de entrada del misal romano, es altamente expresivo este domingo; se trata de Sabiduría 18, 14-15, narrando la noche de Egipto como una gesta de la Palabra poderosa de Dios (Un silencio sereno lo envolvía todo…).

Este elemento es importante. Jesucristo es la Palabra de Dios sobre todo en su misterio pascual.

Es entonces cuando lo que Él es se revela plenamente, se explicita podríamos decir, y se comunica con el don del Espíritu. No podemos limitar el sentido de la comunicación al conocimiento, sino que hay que llegar a la transfusión de vida: “Pues de su plenitud todos hemos recibido gracia sobre gracia. La condición de hijos de Dios es el fruto de esta comunicación.

Por la fe, es decir, por la aceptación interna y personal de esta Palabra hecha carne, nosotros nos asimilamos a su condición de Hijo. Nos hallamos ante un tema muy navideño. San León, especialmente, se complacía destacándolo en sus homilías navideñas[1].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Eclesiástico 24,1-4.12-16 (1-2. 5-6. 8-12)

 

1.0.- Nota previa: El texto de referencia para la liturgia, tanto en cuanto al texto a traducir como en cuanto a la numeración de los capítulos y versículos, es el de la Biblia Neo-Vulgata. Lamentablemente nuestro leccionario del Cono-Sur en este caso no lo tuvo en cuenta, con el resultado de omitir versículos, dada su diferente numeración. Por esa razón transcribimos en primer lugar una traducción del texto completo a leer, de acuerdo a la Neo-Vulgata:

La sabiduría hace su propio elogio,

se gloría en medio de su pueblo.

Abre la boca en la asamblea del Altísimo
y se gloría delante de su Poder.

En medio de su pueblo será ensalzada
y admirada en la congregación plena de los santos:

recibirá alabanzas de la muchedumbre de los elegidos
y será bendita entre los benditos.

Entonces el Creador del Universo me ordenó:
“establece tu carpa, habita en Jacob,
sea Israel tu heredad.

Desde el principio, antes de los siglos, me creó,
y no cesaré jamás.

En la Morada santa, en su presencia ofrecí culto
y en Sión me estableció;
en la ciudad escogida me hizo descansar,
en Jerusalén reside mi autoridad.

Eché raíces en un Pueblo glorioso,
en la porción del Señor, en su herencia

 

1.1.- Nuestra lectura nos presenta sólo una parte del discurso de la Sabiduría que se lee en Sir 24,1-31. La amplia introducción (1-4) entra de lleno en el argumento: la sabiduría habla en medio del Pueblo bendito y elegido; es ahí el lugar en el que se percibe su valor y esplendor, la belleza y el valor provienen de su relación privilegiada con Dios. No se accede a ella mediante un camino recorrido en solitario, sino’ caminando’ y perteneciendo al Pueblo de Dios, sobre todo bajo aquella especial forma de vida del pueblo que son sus asambleas litúrgicas.

 

1.2.- La sabiduría está presente en el mundo entero, nada ni nadie se libra de su presencia, a todos los pueblos manifiesta su resplandor. Es lo que subrayan los vv. 5-11, omitidos en la lectura litúrgica. Pero lo que el autor puntualiza y subraya es que dicha sabiduría habita especialmente en Israel, allí se pone plenamente de manifiesto todo su poder, desplegadas todas sus potencialidades de bendición. El texto emplea tres imágenes para subrayarlo: la morada o tienda de campaña, la herencia-heredad y la del jardín. La sabiduría instala su carpa en Israel, allí habita; Israel es su heredad-herencia, su propiedad; y su jardín hermoso y profusamente irrigado (ver Sal 46,5: el correr de las acequias alegra la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada), en el que crecen y se desarrollan toda clase de perfumadas plantas (este último aspecto es desarrollado en los vv17-23 omitidos por la lectura). Por último, en los vv. 32-33 el autor se encarga de descifrarnos su alegoría: todo esto es el libro de la Alianza del Dios Altísimo y la Ley que Moisés nos prescribió. La forma bajo la cual la sabiduría divina habita en Israel es la –Torá- Ley que plasma cada detalle de la vida del pueblo (leer Bar 3,32-4,1).

 

1.3.- Desde el punto de vista cristiano este proceso de concentración de la sabiduría no se ha concluido aún. Su utilización en el tiempo de Navidad y en conexión con el Prólogo de Juan es por demás elocuente: la Sabiduría de Dios ha concentrado y restringido aun más su presencia entre los hombres en la persona de Jesús de Nazaret, y su humanidad es la Morada-Tienda-Carpa, el Templo de Dios, su Heredad-Propiedad y su Paraíso en la tierra. Sin embargo, el proyecto de Dios no se detiene aquí: Él es el Primogénito de muchos hermanos, el cimiento y fundamento, la Cabeza del Cristo total. Construida por el Espíritu Santo dicha realidad, a la que Pablo llama Plenitud-Pleroma (Ef 1,23), es la morada, la herencia y el jardín de Dios entre los hombres: la Iglesia fue plantada en este mundo cual jardín de Dios, afirma hermosamente san Ireneo[2].

 

 

Evangelio: San Juan 1,1-18

 

2.1.- En la celebración de la Natividad del Señor, la Iglesia nos regaló un itinerario contemplativo para un progresivo crecimiento en la fe, en la aceptación de la Buena Noticia, que toma como punto de partida a Jesús hecho niño, frágil (misa de la noche: encontrarán un niño envuelto en pañales y acostado en un comedero de animales…), pero en ese Niño está escondida otra identidad que sólo puede ser revelada por el Ángel del Señor (los pastores encuentran todo según se lo habían anunciado y asombrados relatan…, y María confronta, medita, interpreta todo lo acontecido): ese Niño es el Mesías y el Salvador (misa de la aurora) y dando el paso decisivo en nuestra celebración doxológica, nuestra madre, la Iglesia, nos hace remontar al Principio, a contemplar al Verbo, a la Palabra de Dios por quien todo fue hecho y que se hizo carne, plantando su toldo entre nosotros… (misa del día). En este segundo domingo después de Navidad la liturgia nos invita a profundizar y prolongar el itinerario doxológico de fe poniendo nuevamente ante nuestra mirada interior ese maravilloso himno-obertura que solemos llamar “prólogo” de san Juan…

2.2.- La temática de la “luz” es central en toda la liturgia del Tiempo de Navidad-Epifanía y es igualmente uno de los aspectos centrales del himno-obertura de Juan. Con el “hacerse carne” del Verbo de Dios todo es iluminado por aquella luz que desde siempre estaba en Dios y era Dios. La luz quiso iluminar las tenebrosidades del mundo, pero las tinieblas no la recibieron. Por el contrario, a los que la recibieron les dio el poder de llegar a ser hijos/hijas de Dios. Así es como desde siempre se entendió a sí misma la Iglesia, la comunidad de los que se dejan iluminar por el Verbo, por Cristo, Luz del mundo, sea en la expresión de los Padres de la Iglesia a los que les gustaba hablar de los cristianos como “iluminados” en y por el bautismo hasta el vaticano II cuyo documento sobre la Iglesia comienza, precisamente, con las palabras “Luz de los pueblos” [“Lumen gentium”]. Los que no se “escondieron” de la luz para refugiarse en las tinieblas no nacieron de la carne ni de la sangre, sino de Dios. De este modo son poseedores de una fuente de vida que no es puramente horizontal, vale decir humana, sino divina, y dicha fuente no es otra que el Espíritu Santo. Es él la luz que hace brillar ante los ojos del alma, con inusitado resplandor, a la Palabra-Verbo encarnado, Jesús de Nazaret, mostrándonos su gloria, única e irrepetible, como unigénito nacido del Padre. Es hij@ de Dios aquel/la que intuye ya desde ahora esa gloria de Jesús. Se deja iluminar quien ve al Verbo de Dios que ha instalado su morada en la historia, en la vida de todo ser humano y deja que la instale en la propia vida, la de su familia y su comunidad.

El regalo de la Navidad es un obsequio de luz, de revelación, de manifestación. Más aun: el regalo nos viene dado en la manifestación y en la manifestación se realiza el don:

(…) gracias al misterio de la Palabra hecha carne, la luz de tu gloria [Padre] brilló ante nuestros ojos con nuevo resplandor, para que conociendo a Dios visiblemente Él nos lleve al amor de lo invisible [sería más exacto traducir: ¡nos arrebate al amor del INVISBLE!] (Prefacio Iº de Navidad).

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

El niño Jesús que nos ha nacido y que, en los que le reciben, crece diversamente en sabiduría, edad y gracia, no es idéntico en todos, sino que se adapta a la capacidad e idoneidad de cada uno, y en la medida en que es acogido, así aparece o como niño o como adolescente o como perfecto. Es lo que ocurre con el racimo de uvas: no siempre se muestra idéntico en la vid, sino que va cambiando al ritmo de las estaciones: germina, florece, fructifica, madura y se convierte finalmente en vino.

Así pues, la viña, en el fruto todavía no maduro ni apto para convertirse en vino, contiene ya la promesa, pero debe esperar la plenitud de los tiempos. Mientras tanto, el fruto no está en modo alguno desprovisto de atractivo: en vez de halagar al gusto, halaga al olfato; en la espera de la vendimia, conforta los sentidos del alma con la fragancia de la esperanza. La fe cierta y segura de la gracia que espera es motivo de gozo para quienes esperan pacientemente conseguir el objeto de la esperanza. Es exactamente lo que sucede con el racimo de Chipre: promete vino, no siéndolo aún; pero mediante la flor –la flor es la esperanza–, garantiza la gracia futura.

Y como quiera que quien plenamente se adhiere a la ley del Señor y la medita día y noche, se convierte en árbol perenne, exuberante con el frescor de aguas vivas y fructificando a su tiempo, por esta razón la viña del Esposo, que hunde sus raíces en el ubérrimo oasis de Engadí, esto es, en la profunda meditación regada y alimentada por la sagrada Escritura, produjo este racimo pletórico de flor y de vitalidad, fija la mirada en quien lo plantó y lo cultivó. ¡Qué bello cultivo, cuyo fruto refleja la belleza del Esposo!

Él es en verdad la verdadera luz, la verdadera vida y la justicia verdadera, como se lee en la Sabiduría y en otros lugares paralelos. Y cuando alguien, con sus obras, se convierte en lo que él es, al contemplar el «racimo» de su conciencia, ve en él al mismo Esposo, pues intuye la luz de la verdad en el esplendor y la pureza de su vida. Por eso dice aquella fértil vid: «Mío es el racimo que florece y germina». El es el verdadero racimo, que a sí mismo se exhibe en el madero y cuya sangre es alimento y salvación para cuantos la beben y se alegran en Cristo Jesús, nuestro Señor, al cual la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén[3].

Al nacer el Hijo, un gran júbilo se levantó en Belén:
ángeles bajaban del cielo cantando himnos,
y sus voces eran truenos potentes.
Al oír los cantos de alabanza
vinieron los mudos a glorificar al Hijo.
¡Bendito sea el Niño por quien Eva y Adán
volvieron a su primitiva inocencia!
Llegaron también los pastores con los mejores regalos de sus rebaños:
queso, leche, tierna carne y hermosos cantos.
Dieron la carne, con sabia discreción, a José,
la leche a María, y los cantos al Hijo.
También dieron un cordero al Cordero de Pascua,
un cordero primogénito al Primogénito,
una víctima a la Víctima,
un cordero mortal al Cordero inmortal.
¡Feliz suceso: el cordero ofrecido al Cordero!
Balaba el cordero primogénito delante del Primogénito,
como si cantara alabanzas al Cordero
que suprimió el sacrificio de corderos y toros.
Cantan al Cordero pascual
que nos trajo la Pascua del Hijo.
Los pastores, cayado en mano, lo adoraron
y saludaron con proféticas palabras:
“¡Salve Pastor supremo!
El cayado de Moisés alaba a tu cayado
¡Tú eres el Pastor universal![4]

 

pmaxalexander@gmail.com

[1] P. Tena, Misa Dominical 1987/01. Adaptado y extractado. Tomado de mercaba.org.

[2] San Ireneo, Contra las Herejías V,20,2. La lectura de Efesios y el Prólogo de Juan han sido ya presentados en subsidios anteriores.

[3] San Gregorio de Nisa, Comentario al Cantar de los Cantares (Hom 3: PG 44, 827-830). Nació en torno al 335 en la familia de San Basilio el Grande. Tras ejercer algún tiempo como profesor de retórica, optó por la vida monástica, retirándose a un monasterio del Ponto. En el 371 fue consagrado obispo de Nisa. Fracasó en su cometido, si hemos de creer a Basilio, a causa de su poca firmeza en el trato con la gente y de su escasa habilidad para la política. Por si esto fuera poco, su impericia administrativa se vio complicada por las acusaciones de malversación lanzadas contra él por herejes. En el 376 fue depuesto mientras se hallaba ausente. Dos años después regresó a la diócesis, y en el 379 asistió al sínodo de Antioquía. En el 380 fue elegido obispo de Sebaste, función que sólo desempeñó unos meses. En el 381 participó en el concilio de Constantinopla. Murió el 385.

[4] San Efrén de Nísibe, Himno V para Navidad, 1-3. Traducción de S. Huber, Los Santos Padres, Buenos Aires, t. II, pp.450-451 (con algunas modificaciones respecto de esta versión). Efrén nació en Nisibe de padres cristianos por el año 306. Creció bajo la tutela del obispo Jacobo (303-338), que estuvo presente en el concilio de Nicea. Con él fundó la escuela teológica de Nísibe. Efrén, una vez diácono, fue su principal animador bajo los sucesores de Jacobo. Después de los asedios del 328, 346 y 350, se reanudó en el 359 la guerra entre romanos y persas. En el año 363, Efrén tuvo que dejar Nísibe para trasladarse a Edesa, en donde siguió con su obra de predicación, de enseñanza y de controversia hasta la muerte que le sobrevino en el 373 según la crónica de Edesa.

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