Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas.

OCTAVA DE PASCUA DE NAVIDAD

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

Jornada mundial de la paz

1º de enero 2016

María del signo: “señal” del Emanuel

{Ícono ruso contemporáneo}

 

Introducción

 

En el primer día del año, la divina Providencia nos reúne para una celebración que cada vez nos conmueve por la riqueza y la belleza de sus coincidencias: el inicio del año civil se encuentra con el culmen de la octava de Navidad, en el que se celebra la Maternidad divina de María, y el encuentro de ambos tiene una feliz síntesis en la Jornada mundial de la paz.

A la luz del Nacimiento de Cristo, me complace dirigir a cada uno mis mejores deseos para el año que comienza. (…) Mis deseos se hacen eco del augurio que el Señor mismo nos acaba de dirigir en la liturgia de la Palabra. Una Palabra que, a partir del acontecimiento de Belén, evocado en su realidad histórica concreta por el evangelio de san Lucas (Lc 2, 16-21) e interpretado en todo su alcance salvífico por el apóstol san Pablo (Ga 4,4-7), se convierte en bendición para el pueblo de Dios y para toda la humanidad. Así se realiza la antigua tradición judía de la bendición (Nm 6, 22-27): los sacerdotes de Israel bendecían al pueblo invocando sobre él el nombre del Señor. Con una fórmula ternaria —presente en la primera lectura— el Nombre sagrado se invocaba tres veces sobre los fieles, como auspicio de gracia y de paz. Esta antigua costumbre nos lleva a una realidad esencial: para poder avanzar por el camino de la paz, los hombres y los pueblos necesitan ser iluminados por el rostro de Dios y ser bendecidos por su nombre. Precisamente esto se realizó de forma definitiva con la Encarnación: la venida del Hijo de Dios en nuestra carne y en la historia ha traído una bendición irrevocable, una luz que ya no se apaga nunca y ofrece a los creyentes y a los hombres de buena voluntad la posibilidad de construir la civilización del amor y de la paz[1].

 

Por el camino de la belleza”

“Ya el solo título de ‘Madre de Dios’ contiene en sí todo el misterio de la economía de la Encarnación”. Esta frase de san Juan Damasceno, que en Oriente es llamado: ‘el sello de los Padres’, es un maravilloso resumen de la historia de la reflexión de fe en torno a María. La Virgen Madre, que en cuanto totalmente relativa al misterio del Verbo encarnado, es denso compendio del Evangelio y figura concreta de la fe de la Iglesia. Verdaderamente, la estructura profunda del misterio de María es la estructura misma de la Alianza y el discurso de fe relativo a ella es testimonio del “nexo de los misterios” [nexus mysteriorum], es decir, del íntimo entrelazarse de los misterios en su reciprocidad y en la profunda unidad que los une. En la reflexión en torno a la Virgen Madre emerge la “LEY DE TOTALIDAD”: No se puede hablar de María si no es en relación a su Hijo y a la economía íntegra, -e integral-, de la salvación que en María halla su plena manifestación. Por otra parte, la misma intensidad de la relación de la Madre con el Hijo hace que reverbere y se refleje sobre ella, en su condición de criatura, la totalidad de lo que en Él llegó a su cumplimiento y perfección. Es por eso que se puede afirmar, -con el teólogo ruso Pavel Evdokimov-, que la historia de María es el compendio, el resumen de la historia del mundo, (historia convertida en) teología (y resumida) en una palabra sola, y que ella es el dogma viviente, la verdad sobre la realización de la criatura, de la criatura (total y plenamente) realizada[2] Porque María, así lo afirma el Vaticano II, habiendo entrado íntimamente en la historia de la Salvación, en cierta manera une   y refleja en sí los más grandes datos y exigencias de la fe, de modo que cuando es predicada y honrada (ella) remite los creyentes hacia su Hijo, a su sacrificio y al amor del Padre[3]. María remite a la totalidad del Misterio y al mismo tiempo lo refleja en sí: al igual que en la belleza, en María el Todo se refleja en el fragmento. Es por eso que de ella se afirma que Toda Hermosa es María, la Tota Pulchra. En total coherencia con dicha “ley de totalidad”, de “este camino de la belleza”, el discurso de fe respecto a María puede contemplarla como la mujer, icono del Misterio[4].

 

“Bendición”

La primera Lectura (Números 6,22-27), elegida en función del comienzo del año civil, es un hermosísimo texto, breve[5] pero denso, que nos ayuda a poner en la perspectiva adecuada el tiempo de vida que el Señor nos concede. Esta bendición nos muestra, al mismo tiempo, tanto aquello que el Señor nos concede como también aquello que debemos pedirle, a lo que debemos aspirar y predisponernos. La bendición de Dios es VIDA, multiplicación de vida, efusión sobreabundante de vida, sobre todo, en oposición al mal, bajo todas sus formas. La bendición de Dios es benevolencia, bondad que se derrama sobre toda criatura, y que para nosotros asume la forma concreta del perdón.   La bendición de Dios es PAZ, plenitud de vida que encuentra cumplimiento. El tiempo se hace, contemporáneamente, calmo e intenso, emparentado con la eternidad. La bendición de Dios se manifiesta en su SONRISA, su ROSTRO RADIANTE vuelto benevolentemente hacia nosotros.

Todo este tesoro es el don que Dios quiere regalarnos al comenzó del año como la mejor de las compañías; es el tesoro que debemos animarnos a pedirle: para nosotros, para nuestros seres queridos y para todos cuantos peregrinarán por los meandros del año de gracia del Señor 2012.

 

Un Niño nos ha nacido, un Hijo se nos ha dado

En la Octava de la Natividad el Evangelio nos conduce una vez más hacia el pesebre para ponernos de rodillas ante un comedero para animales en el que está recostado un niño que acaba de nacer, hijo de María, porque ella lo ha dado a luz, hijo de José según la Ley (cf. Gal 4,7), Hijo que únicamente Dios pudo darnos, concebido gracias al poder del Espíritu Santo (Lc 1,35).

El anuncio del nacimiento del Mesías, hecho por los ángeles a los pastores, ha iluminado sus corazones; la palabra que proclama el cumplimiento de las promesas hechas a los hijos de Israel los ha hecho apresurarse y acercarse hacia el lugar del Nacimiento, en el que encuentran todo conforme a las palabras angélicas: encontraron a María, a José y al recién nacido acostado en el pesebre. Se trata de una escena humana, -¡humanísima!-, cotidiana y sencilla, para nada extraordinaria, ya que se repite en tantas familias con el nacimiento de cada nuevo hijo. Y, sin embargo, aquel niño recostado en semejante cuna y envuelto en los pañales que revelan su fragilidad e impotencia, su condición puramente humana, es reconocido por los pastores como el Mesías nacido del seno del resto de Israel, ese grupito de hombres y mujeres humildes y despreciados que todo lo esperan del Señor (cf. Sof 3,12-13[6]). Apenas verlo se trasforman de inmediato en testigos contando la novedad de aquel Nacimiento a todos cuantos encuentran, transmitiéndoles con estupor semejante Buena Noticia, la alegría inefable ante una acción de Dios tan humilde y escondida y, sin embargo, evidente para los ojos que la contemplan con mirada de fe.

María, por su parte, mira, escucha, piensa, medita y vuelve a meditar en su corazón todos estos acontecimientos, encontrando en la inesperada llegada de los pastores la confirmación de lo que le había sido anunciado por el ángel acerca de su hijo. Después de haber engendrado a aquel Niño en la obediencia de una vida ofrecida por entero al Señor, -como lo muestra su virginidad-, ahora deberá acompañarlo en su crecimiento cual hijo llamado a conformarse en todo al anuncio del ángel: Jesús es Hijo del Altísimo, Rey sobre el trono de David su padre, Señor y Salvador (cf. Lc 1,32-33; 2,11). Ciertamente, con el nacimiento de este Niño ha llegado la plenitud de los tiempos, las promesas de Dios se han cumplido y todo el pueblo de Israel, pueblo de los creyentes en el Dios único, ha llegado al término de su gravidez, generando por voluntad y acción de Dios, al Cristo/Mesías y Señor, gracias a María, la hija de Sión, que representa a todos los creyentes.

El niño es un hijo primogénito (Lc 2,27), es un judío, hijo del pueblo santo y como tal, llevará en su carne el sello de la Alianza con Dios, la circuncisión (cf. Gen 17). Junto con este signo recibe un nombre en todo conforme al anuncio del ángel, nombre que indica tanto su total pertenencia a Dios como también su misión: Jesús (Yeshu’a) significa ‘el Señor salva’, es decir Salvador. En el momento de recibir dicho nombre Jesús derrama sangre, del mismo modo que sobre la Cruz derramará su sangre hasta morir, recibiendo de Dios el Nombre de Kýrios, de Señor; y María, que hoy aparece como madre de Jesús, será entonces reconocida como Madre del Señor, de Jesús hombre y Dios[7]

 

La circuncisión de Jesús

[Beato Angelico]

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

El nacimiento de Cristo no ocurre por necesidad, sino por el poder de Dios… Es el sacramento de su amor que restablece la salud de los hombres.

El que hizo nacer al hombre de una tierra virgen, hizo, con su propio nacimiento, nacer un hombre de un cuerpo inmaculado. La mano que había tomado barro para modelarnos quiso tomar ella misma carne para renovarnos. Que el Creador esté en la criatura y Dios en la carne, es un honor para la criatura sin ser una vergüenza para el Creador. ¿Por qué, oh hombre, tienes tan poco valor a tus ojos, siendo de tanto precio a los ojos de Dios?

¿Por qué investigar de qué materia procedes y no el sentido de tu existencia? Toda esta morada del mundo que contemplas, ¿no ha sido construida para ti? Para ti, la luz rechaza las tinieblas que te rodean, modera la noche y mide el día. Para ti el cielo se ilumina con la variada claridad del sol, de la luna y de las estrellas. Para ti, la tierra se esmalta de flores, los bosques de frutos. Para ti fue creada en el aire, en los campos y en el agua una multiplicidad hermosa y admirable de seres vivientes…

Y sin embargo, el Creador encuentra todavía con qué aumentar tu gloria. Imprime en ti su imagen para que esta imagen visible manifieste por toda la tierra la presencia del Creador invisible; te ha concedido su lugar en este mundo terrestre para que el vasto dominio de este mundo no se vea privado de un representante del Señor…[8]

 

pmaxalexander@gmail.com

[1] Benedicto XVI, Homilía 1º de enero 2009. Extractos.

[2] P. Evdokimov, La mujer y la salvación del mundo, Barcelona 1963, pp 54 y 216.

[3] Lumen Gentium 65.

[4] Bruno Forte, María, la mujer icono del misterio. Ensayo de mariología simbólico-narrativa, Sígueme, Salamanca 20004, p. 7.

[5] En hebreo la bendición emplea apenas 15 palabras: la 1ª bendición 3 palabras; la 2ª, 5 y la 3ª, 7.

[6] Yo dejaré en medio de ti a un pueblo pobre y humilde, que se refugiará en el nombre del Señor. El resto de Israel no cometerá injusticias ni hablará falsamente; y no se encontrarán en su boca palabras engañosas. Ellos pacerán y descansarán sin que nadie los perturbe.

[7] Inspirado en: E. Bianchi, Maria, Madre di Dio, www.monasterodibose

[8] San Pedro Crisólogo, Sermón 148; PL 52,596-598 (traducido en Lecturas cristianas para nuestro tiempo, Madrid 1973, B 19). La vida de Pedro, arzobispo de Rávena (Italia), llamado Crisólogo (= Palabra de oro) desde el siglo 9º, nos es casi desconocida. Nació en Ímola hacia 380. Entre 425 y 429, con certeza antes de 431, fue nombrado metropolita de Rávena. En 445 asistió al fallecimiento de Germán de Auxerre. Tres o cuatro años después escribió a Eutiques (¿+ 454?), archimandrita de Constantinopla, que había acudido a él después de su condena por parte de Flaviano (+ 449), invitándolo a someterse a las decisiones del papa León Magno (440-461). Falleció entre 449 y 458, probablemente el 3 de diciembre de 450, tal vez en Ímola. Se le atribuyen una Carta y unos ciento ochenta y tres Sermones.

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