Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lectuas – Domingo de Ramos.

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR,

Ciclo “C”

20 de marzo 2016

Escenas de la Pasión

[Evangeliario, hacia el año 1046]

Introducción

 

Esta semana comienza con una procesión festiva con ramos de olivo: todo el pueblo acoge a Jesús. Los niños y los jóvenes cantan, alaban a Jesús.

– Pero esta semana se encamina hacia el misterio de la muerte de Jesús y de su resurrección.

– Hemos escuchado la Pasión del Señor. Nos hará bien hacernos una sola pregunta: ¿Quién soy yo? ¿Quién soy yo ante mi Señor? ¿Quién soy yo ante Jesús que entra con fiesta en Jerusalén?

– ¿Soy capaz de expresar mi alegría, de alabarlo? ¿O guardo las distancias? ¿Quién soy yo ante Jesús que sufre?

– Hemos oído muchos nombres, tantos nombres. El grupo de dirigentes religiosos, algunos sacerdotes, algunos fariseos, algunos maestros de la ley, que habían decidido matarlo. Estaban esperando la oportunidad de apresarlo. ¿Soy yo como uno de ellos?

– También hemos oído otro nombre: Judas. Treinta monedas. ¿Yo soy como Judas? Hemos escuchado otros nombres: los discípulos que no entendían nada, que se durmieron mientras el Señor sufría. Mi vida, ¿está adormecida? ¿O soy como los discípulos, que no entendían lo que significaba traicionar a Jesús? ¿O como aquel otro discípulo que quería resolverlo todo con la espada? ¿Soy yo como ellos? ¿Soy yo como Judas, que finge amar y besa al Maestro para entregarlo, para traicionarlo? ¿Soy yo, un traidor? ¿Soy como aquellos dirigentes que organizan a toda prisa un tribunal y buscan falsos testigos? ¿Soy como ellos? Y cuando hago esto, si lo hago, ¿creo que de este modo salvo al pueblo?

– ¿Soy yo como Pilato? Cuando veo que la situación se pone difícil, ¿me lavo las manos y no sé asumir mi responsabilidad, dejando que condenen –o condenando yo mismo– a las personas?

– ¿Soy yo como aquel gentío que no sabía bien si se trataba de una reunión religiosa, de un juicio o de un circo, y que elige a Barrabás? Para ellos da igual: era más divertido, para humillar a Jesús.

– ¿Soy como los soldados que golpean al Señor, le escupen, lo insultan, se divierten humillando al Señor?

– ¿Soy como el Cireneo, que volvía del trabajo, cansado, pero que tuvo la buena voluntad de ayudar al Señor a llevar la cruz?

– ¿Soy como aquellos que pasaban ante la cruz y se burlaban de Jesús: «¡Él era tan valiente!… Que baje de la cruz y creeremos en él»? Mofarse de Jesús…

– ¿Soy yo como aquellas mujeres valientes, y como la Madre de Jesús, que estaban allí y sufrían en silencio?

– ¿Soy como José, el discípulo escondido, que lleva el cuerpo de Jesús con amor para enterrarlo?

– ¿Soy como las dos Marías que permanecen ante el sepulcro llorando y rezando?

– ¿Soy como aquellos jefes que al día siguiente fueron a Pilato para decirle: «Mira que éste ha dicho que resucitaría. Que no haya otro engaño», y bloquean la vida, bloquean el sepulcro para defender la doctrina, para que no salte fuera la vida?

– ¿Dónde está mi corazón? ¿A cuál de estas personas me parezco? Que esta pregunta nos acompañe durante toda la semana[1].

 

 

La entrada mesiánica

 

0.1.- La vida de Jesús tuvo su culminación en Jerusalén. ¿Cuántas veces había venido Jesús a la ciudad santa? El testimonio de los evangelios (sinópticos o/y Juan) no es uniforme. En lo referente a su último viaje, los motivos histórico-teológicos son los determinantes e importantes.

– Para Lucas, -¡para citar un ejemplo solamente!-, en su doble obra del Evangelio y de los Hechos, todo termina y todo parte de y desde Jerusalén.

– El hecho es que cuando se aproximaba la fiesta de la Pascua Jesús decide entrar a la ciudad montado en un burro, cumpliendo así las Escrituras…

– El número de peregrinos judíos que venían en tiempos de Jesús para la fiesta de Pascua era ciertamente grande. No se trataba solamente de los peregrinos que venían de Judea o de Galilea, sino también de peregrinos venidos de la diáspora. Se habla de unos 125.000 con los que la población de la ciudad, normalmente de unos 55.000 habitantes, se elevaba a unos 180.000. Muchos peregrinos llegaban con algunos días de anticipación. El ambiente de la ciudad estaba profundamente impregnado por todo lo concerniente a la fiesta.

– ¿Qué sucedió cuando Jesús se dirigió a la ciudad, desde el monte de los olivos? El relato evangélico, nos hace pensar que las personas que lo aclamaron eran sus discípulos y tal vez algún que otro grupo de peregrinos, aunque, según el cuarto evangelista (Jn 12,12s), también acudieron otras personas desde la ciudad para aclamarlo.

– Jesús, caminante y peregrino que se dirige a celebrar la fiesta, es aclamado ante las puertas de la ciudad por sus discípulos y otros peregrinos. Más que simple alegría por el hecho de que, después del largo caminar, se ha llegado finalmente a la ciudad santa (ya están pisando nuestros pies tus umbrales Jerusalén), lo que crea este ambiente de alegría es la esperanza de que por fin está por cumplirse el advenimiento del Reino de Dios proclamado por Jesús. La aclamación incluía ciertamente una tonalidad mesiánica.

– No quedan dudas acerca de la intención del relato evangélico: detalles como el del asna (inspirada en Zac 9,9, como también en Gn 49,11); o el de la aclamación mesiánica de la multitud (gracias al uso del Salmo 117(118),26 que en realidad se podía dirigir, como aclamación, a cualquier peregrino que se acercaba a la ciudad en fiesta); en fin, el Hosanna (aclamación reservada para Dios en el Sal 118,26a), tienen que ser interpretados en el sentido de un reconocimiento de la realeza mesiánica de Jesús, el CRISTO = el MESIÁS.

 

0.2.- ¿Cómo es que no intervinieron ni los soldados ni las autoridades del poder invasor, de Roma? Seguramente porque consideraron se trataba de una manifestación pacífica. Pero en realidad ni siquiera sabemos si la tal ovación jugó algún papel y, en qué sentido, en el juicio contra Jesús.

– Lo que impresiona más es que no alcanzamos a constatar claramente, en el relato, la reacción de Jesús ante tal manifestación mesiánica. Jesús aparece más bien silencioso. Pero no debemos olvidar algo: Jesús se reveló aquí, mediante sus gestos proféticos, como el Mesías de los humildes.

 

0.3.- Los evangelistas sitúan la entrada de Jesús en Jerusalén en los días que preceden a la Pascua. Sin embargo, puede constatarse que ellos han recogido diversas tradiciones relativas a este acontecimiento, presentándolas dentro del marco de una entronización mesiánica, comparable con la de la fiesta judía de los Tabernáculos: el Mesías escatológico, esperado para dicha fiesta, finalmente ha llegado.

– La fiesta judía de los Tabernáculos, -¡una de las tres fiestas mayores en el calendario litúrgico del pueblo elegido!-, se celebraba en otra época del año, distinta a la de la Pascua: en la época de recolección de las cosechas. Venía a ser como la clausura del año, celebrando y agradeciendo su abundancia, al mismo tiempo imploraba la bendición divina para el año nuevo. Este interés por el tiempo futuro había servido a los profetas para convertirla en una celebración con un marcado carácter escatológico. El ritual tradicional de la fiesta de los Tabernáculos incluía la costumbre de agitar ramas de árboles (Lev 23,33-34; Neh 8,13-18). Ciertos ritos particulares, al ritmo del Salmo 117/118, eran una clara referencia a la fecundidad de los últimos tiempos (Ez 47,12; Jn 7,38-39; Ap 22,2), y podían constituirse en una verdadera entronización del Mesías esperado[2].

En el Domingo de Ramos se conjugan, por lo tanto, los recuerdos evangélicos de inspiración pascual con los de la fiesta judía de los Tabernáculos, de todo lo cual ya da testimonio la peregrina Egeria en su antiquísimo diario de viaje.

 

0.4.- Llama la atención el comportamiento tan dispar que se observa en la gente que -en el momento de la entrada en Jerusalén- aclama entusiasmada e ilusionada y a los pocos días –convencida “por sumos sacerdotes y senadores”– grita “! crucifícalo !” o simplemente ‘pasan’ ocupados en otros asuntos, o callan. Reflejo no sólo de las masas de ayer, -¡y de hoy!-, sino del corazón de cada cual, capaz de entregas y olvidos, de gestos comprometidos y de miedos y traiciones.

– Y en el centro de todo Jesús. ¡Ecce homo! Viviendo su propia fidelidad en fidelidad al Padre y para gloria del Padre (“te he glorificado sobre la tierra llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar”). Pero como la “gloria de Dios es que el hombre viva”, Dios “le concedió el Nombre sobre todo nombre; de modo que, al nombre de Jesús, toda lengua proclame ¡Jesucristo es Señor!, para gloria de Dios Padre”.

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Isaías 50,4-7

 

1.1.- En todo el Primer Testamento no hay páginas más sugestivas para meditar la Pasión de Jesús que los poemas del Siervo de YHVH. Este Siervo es realmente un bellísimo boceto de la figura del Mesías paciente.

 

1.2.- Aquí se presenta, en primer lugar, como Siervo de YHVH: «Mi Señor». Esta palabra encierra mucho cariño y mucha dependencia. Él cada mañana está a la escucha. Aparece como un iniciado en el sufrimiento: ahí están sus espaldas, sus mejillas, su rostro, que recibirán todo tipo de golpes. Pero es fuerte, paciente, … Así se siente capacitado para acercarse a los que sufren y están abatidos, y podrá compartir y decir palabras de aliento. Por último, confía plenamente en el éxito de su misión, no porque tenga fuerzas sobrehumanas, sino porque «mi Señor me ayudaba»[3].

 

 

Salmo responsorial: Salmo 21.

 

2.1.- Uno de los momentos más impresionantes de la pasión de Cristo es cuando pronuncia aquellas palabras: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Expresan todo el drama espiritual que sufre en medio de los tormentos de la cruz. San Marcos y san Mateo nos han transmitido estas palabras, incluso en la lengua original: ¿Eli, Eli, lama sabactani? Si todos recuerdan fácilmente estas palabras que inspiran un hondo sentimiento de admiración hacia el crucificado agonizante, no todos sabrán seguramente que las palabras de Jesús son el inicio del salmo 21, y que él seguramente lo continuaría rezando, como consuelo para su alma y realización de una palabra profética sobre el Mesías.  A la luz de este salmo, la cruz no es un fracaso, no es una derrota de uno que se había excedido en ilusiones mesiánicas: es el cumplimiento de un plan trazado por Dios y desde antiguo anunciado a su pueblo, Israel. “El misterio de la cruz, escándalo o locura, aparecía a la luz del salmo 21 como el misterio de la fuerza de Dios” (Scheifler). Cristo en la cruz ora con el salmo 21. Toda su vida ha orado, como buen judío, con los salmos. El los ha convertido en alimento de su alma. Los ha hecho suyos, se ha identificado con ellos, les ha dado cumplimiento. Y así no es de extrañar que en el momento de su agonía vengan, diríamos espontáneamente, a su mente y a sus labios, las  oraciones sálmicas más apropiadas. Concretamente el salmo 21, que es uno de los más conmovedores del salterio.

 

2.2.- Con un vivo realismo describe este salmo la situación límite del justo doliente, cubierto de toda clase de males, físicos y morales, hundido en su espíritu no menos que maltratado en su cuerpo. Con voz profética ha ido anunciando los dolores indecibles que arrollarían a aquél que sería más tarde el Salvador de su pueblo. Nuestro salmo tiene, en el PT, un paralelo impresionante, también muy conocido del pueblo cristiano: el canto del Siervo de YHVH (Is 52,13—53,12). Son dos textos muy afines.

El texto de Isaías es más bien una profecía mesiánica sobre lo que sufriría el Siervo de YHVH para la redención de los hombres. El profeta contempla al Mesías en su aspecto doliente y redentor. El salmo 21, aun siendo también una profecía mesiánica, expresa la realidad de un hombre justo, el salmista, que ha vivido en carne propia las amargas experiencias que describe.

Leemos en Isaías: No tenía apariencia ni presencia; le vimos y no tenía aspecto que pudiéramos estimar. Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y conocedor de todos los quebrantos, como uno ante quien se vuelve el rostro, menospreciado, no le tuvimos en cuenta. Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba. Nosotros le tuvimos por azotado, herido por Dios y humillado. Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas (/Is/53/02-05).  El salmo 21 se expresa en primera persona. Es el mismo hombre que sufre el que describe su dolor. Su descripción es algo vivencial, que sufre en carne viva[4].

 

 

Segunda Lectura: Carta a los Filipenses 2,6-11

 

3.1.- Vamos a reflexionar ahora sobre la primera parte de nuestro himno (vv. 6-8), donde se describe el paradójico despojarse del Verbo divino, que renuncia a su gloria y asume la condición humana. Cristo encarnado y humillado en la muerte más infame, la de la crucifixión, se propone como modelo vital para el cristiano. En efecto, este, como se afirma en el contexto, debe tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús (v. 5), sentimientos de humildad y donación, desprendimiento y generosidad.

 

3.2.- Ciertamente, Cristo posee la naturaleza divina con todas sus prerrogativas. Pero esta realidad trascendente no se interpreta y vive con vistas al poder, a la grandeza y al dominio. Cristo no usa su igualdad con Dios, su dignidad gloriosa y su poder como instrumento de triunfo, signo de distancia y expresión de supremacía aplastante (v. 6). Al contrario, él se despojó, se vació a sí mismo, sumergiéndose sin reservas en la miserable y débil condición humana. La forma (morphe) divina se oculta en Cristo bajo la “forma” (morphe) humana, es decir, bajo nuestra realidad marcada por el sufrimiento, la pobreza, el límite y la muerte (cf. v. 7).

Así pues, no se trata de un simple revestimiento, de una apariencia mudable, como se creía que sucedía a las divinidades de la cultura grecorromana:  la realidad de Cristo es divina en una experiencia auténticamente humana. Dios no sólo toma apariencia de hombre, sino que se hace hombre y se convierte realmente en uno de nosotros, se convierte realmente en “Dios con nosotros”; no se limita a mirarnos con benignidad desde el trono de su gloria, sino que se sumerge personalmente en la historia humana, haciéndose “carne”, es decir, realidad frágil, condicionada por el tiempo y el espacio (cf. Jn 1, 14).

 

3.3.- Esta participación radical y verdadera en la condición humana, excluido el pecado (cf. Hb 4, 15), lleva a Jesús hasta la frontera que es el signo de nuestra finitud y caducidad, la muerte. Ahora bien, su muerte no es fruto de un mecanismo oscuro o de una ciega fatalidad:  nace de su libre opción de obediencia al designio de salvación del Padre (cf. Flp 2, 8).

El Apóstol añade que la muerte a la que Jesús sale al encuentro es la muerte de cruz, es decir, la más degradante, pues así quiere ser verdaderamente hermano de todo hombre y de toda mujer, incluso de los que se ven arrastrados a un fin atroz e ignominioso. Pero precisamente en su pasión y muerte Cristo testimonia su adhesión libre y consciente a la voluntad del Padre, como se lee en la carta a los Hebreos: A pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer (Hb 5, 8).

Detengámonos aquí, en nuestra reflexión sobre la primera parte del himno cristológico, centrado en la encarnación y en la pasión redentora. Más adelante tendremos ocasión de profundizar en el itinerario sucesivo, el pascual, que lleva de la cruz a la gloria. Creo que el elemento fundamental de esta primera parte del himno es la invitación a tener los mismos sentimientos de Jesús. Tener los mismos sentimientos de Jesús significa no considerar el poder, la riqueza, el prestigio como los valores supremos de nuestra vida, porque en el fondo no responden a la sed más profunda de nuestro espíritu, sino abrir nuestro corazón al Otro, llevar con el Otro el peso de nuestra vida y abrirnos al Padre del cielo con sentido de obediencia y confianza, sabiendo que precisamente obedeciendo al Padre seremos libres. Tener los mismos sentimientos de Jesús ha de ser el ejercicio diario de los cristianos[5].

 
Evangelio: San Lucas 22,7. 14-23,56 (ó, más breve: 22,66a-23,1b-49)

 

4.1.- En el contexto del Evangelio

 

4.1.1.- En Lucas, como en los otros evangelios, la Pasión no toma al lector de improviso. Desde el prólogo, que cuenta los orígenes y la infancia de Jesús, vemos cómo se perfila el trágico destino de esa vida que comienza. Simeón trata sin contemplaciones a la madre de Jesús cuando, durante la presentación en el Templo (2,34). La primera Pascua en Jerusalén (2,41-42) anuncia la última, la de la muerte (22,1.7).

Más tarde, Satán, que ataca al Mesías en el desierto, sólo le dará tregua hasta el momento oportuno, cuando el mismo Satán entre en Judas y desencadene el último asalto contra Jesús, en la hora de las tinieblas (22,53; 23,44).

En la escena de la transfiguración, Lucas desliza una alusión a la partida (éxodos) de Jesús, que se llevará a cabo en Jerusalén (9,31); se trata de un eufemismo, pero también da a entender que esta muerte no es el final del proyecto de Dios. Los dos primeros anuncios de la Pasión (9,22.44) encuadran esta escena gloriosa, que está, asimismo, marcada con un sesgo trágico.

 

4.1.2.- A partir de 9,51, el viaje hacia Jerusalén es el símbolo de un destino que conduce a Jesús hacia la cruz y hacia la gloria. El comienzo es solemne: Cuando llegó el tiempo de su partida de este mundo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén, con una alusión tanto a la muerte de Cristo como a su ascensión (Hch 1,11.22). A lo largo de este viaje, Lucas subraya su relato recordando que el itinerario está en marcha, que es voluntario y cuál es su final. A pesar de que Herodes quiera matarlo a lo largo del camino, no es esto lo que hará que Jesús se mueva, sino sólo una necesidad que procede de Dios (13,31-33), de la que deberemos aprender que está consignada en los libros santos.

A su llegada a Jerusalén, el complot contra Jesús se anuncia mientras enseña en el Templo (19,47-48; 20,19). Por último, ante la proximidad del desenlace, las declaraciones se encadenan, lo que proporciona la clave de lo que se va a producir: ¡Cuánto he deseado celebrar esta pascua con ustedes antes de morir!, exclama Jesús (22,15), ya que ésta es la copa que representa la nueva alianza con la sangre que se derrama por ustedes (22,20), el anuncio de la traición (22,21-22) y de la negación de Pedro (22,31-34).

 

4.2.- ¿Quién es este que sufre la pasión?

 

4.2.1.- En el relato de la Pasión según Lucas encontramos todos los títulos que el resto del evangelio concede a Jesús. Es el Cristo o el Mesías (22,67; 23,2.35.39), el Hijo de Dios (22,70), el Hijo del hombre (22,48.69); es el Señor (22,49.61) Y el profeta de los últimos tiempos (22,64). Por último, es el «Elegido de Dios» (23,35) 18. Estos apelativos, en parte en labios de adversarios, contienen en este caso una sutil ironía: incluso los enemigos de Jesús son conducidos a confesar el carácter único, sobrehumano, de su víctima.

Pero en más de un momento del relato, el propio Jesús hace que brille su trascendencia. Según Lucas, lo mismo que para Mateo y Juan, Jesús domina la situación y es el dueño de su destino, incluida su propia muerte.

 

4.2.2.- Así, el arresto sólo tiene lugar cuando Jesús, por así decir, ha dado la señal, cuando ha llegado “la hora” fijada por Dios (22,53). En la sesión del sanedrín, Jesús se comporta más bien como guía del debate que como acusado (22,66-71).

En el camino del Calvario actúa como profeta al anunciar el castigo de Dios (23,28-31). Al ladrón arrepentido, Jesús le asegura la dicha final (23,43).

Por último, Jesús no muere pasivamente: su muerte, acto voluntario, es un último homenaje de piedad filial en el que devuelve a Dios, su Padre, el espíritu de vida que le dio (23,46).

 

4.2.3.- Si ésta es la envergadura de la persona de Jesús a los ojos del evangelista, se entiende que haya reducido lo más posible los detalles de la Pasión capaces de atentar contra su dignidad (algunos también podían sorprender a los lectores griegos por su excesivo realismo).

En la agonía, Jesús no cae a tierra (como en Mc 14,35), sino que se contenta con “arrodillarse” para rezar (22,41). El beso de Judas no se menciona como tal (22,47). El arresto está un tanto escamoteado (22,54), y Lucas no emplea el verbo griego que significa «arrestar», «aprehender» (kratein), a propósito de Jesús. En la escena de los ultrajes (22,63), los malos tratos están resumidos y se omiten los salivazos. No hay ninguna acusación de blasfemia al término de la sesión del sanedrín (22,71; compárese Mc 14,64; Mt 26,65). Jesús, a diferencia de lo que leemos en Mc 15,1, no es mostrado con las manos atadas cuando es conducido ante Pilato (Lc 23,1). La flagelación es objeto de un hábil camuflaje (23,16.22: el término preciso es reemplazado por un eufemismo, «castigar»). Y las burlas de los soldados romanos (Mc 15,16-20, par.), son completamente silenciadas. A Jesús no se le pone en el brete de «bajar de la cruz», sino sólo de «salvarse» (23,35.37.39), lo que atenúa la provocación. Por último, el grito de abandono es reemplazado por una oración llena de confianza tomada del salmo 31,6: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (23,46).

 

4.3.- ¿Por qué la Pasión?

 

4.3.1.- ¿Acaso no ha visto Lucas en la pasión y la muerte de Jesús más que un ejemplo de piedad heroica, sin el sentido con el que se las encuentra en otros lugares del Nuevo Testamento y que hacen de ellas un sacrificio para el perdón de los pecados? Responder afirmativamente, como hacen algunos exégetas, es adoptar una postura excesiva que no tiene en cuenta el conjunto del evangelio de Lucas y los Hechos de los Apóstoles.

Sin duda, Lucas presenta a Jesús en su Pasión como un ejemplo soberano que puede inspirar a los cristianos. La escena de la agonía comienza y acaba con una exhortación a la oración dirigida a los discípulos (22,40.46), a la que la súplica de Jesús otorga todo su peso: Oren para no caer en tentación. La misericordia y el perdón que se expresan en la curación de la oreja herida, después de la escaramuza de Getsemaní (22,51), proporcionan el ejemplo de lo que Jesús impone a sus discípulos Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian (6,27). A los lectores se les sugieren sentimientos de confianza, pero también de arrepentimiento, en el dialogo de Jesús con el malhechor crucificado con él. Jesús, que durante su vida se ha mostrado lleno de compasión por los pecadores, no espera de su compañero de suplicio más que un gesto de conversión para hacer que comparta su propia dicha. El mismo mensaje se contiene en el reproche que Jesús dirige al traidor: Judas, con un beso entregas al Hijo del hombre (22,48); ¿se tratará de una última tabla de salvación, como se sugiere a veces? Sin imponerse, esta exégesis está muy de acuerdo con el propósito de edificación que Lucas manifiesta en el conjunto de su relato.

 

4.3.2.- Sin embargo, nos equivocaríamos si excluyéramos de las intenciones de Lucas la de proponer la muerte de Cristo como sacrificio. En efecto, el tema está presente en el relato de la institución de la eucaristía (22,19-20), con la mención del cuerpo que se entrega por ustedes y de la sangre que se derrama por ustedes (así en el texto griego ‘largo’, que los especialistas consideran como auténtico). Otra expresión del mismo tema se puede leer en el discurso que Lucas pone en labios de Pablo ante los ancianos de Éfeso: el apóstol les recuerda que han sido constituidos pastores vigilantes de la Iglesia de Dios, que él adquirió con la sangre de su propio Hijo (Hch 20,28). Mediante estos dos ejemplos, Lucas muestra que no le repugna reproducir un motivo teológico a partir de ese momento tradicional. Hemos de observar, Sin embargo, que no lo explota a fondo (como Pablo) ni trata de profundizar en su sentido.

 

4.4.- Pilato y los romanos

 

4.4.1.- ¿Tiene Lucas intención de defender a Jesús, a sus discípulos y, por tanto, a los Cristianos de cualquier reproche de subversión y de oposición al imperio romano? Al atribuir a los judíos la crucifixión de Jesús, Lucas escribe también que estos mismos judíos pidieron a Pilato que lo matas» (Hch 13,28 21). Esto es lo que se refiere en el relato del proceso, donde la responsabilidad del gobernador, lejos de ser suprimida, está acrecentada, ya que el juez pronuncia explícitamente una sentencia judicial al término de la sesión (Lc 23,24). Por tanto, conviene no sobreestimar en Lucas un propósito defensivo en el que Pilato sería utilizado como garante de la inocencia política de Jesús, al afirmar ésta por tres veces (23,4 14-15 22), el juez opone más bien una resistencia al designio de Dios. Pero Dios acabará por triunfar, pues Jesús “debe” morir, y eso no podrá impedirlo un magistrado del imperio. Pero esta intención principal no suprime el otro propósito, tanto más cuanto que el mismo autor hace mucho, en los Hechos de los Apóstoles, por mostrar a las autoridades del imperio y a sus subalternos bien dispuestos hacia Pablo. Esta sistemática empresa se une a lo que se puede encontrar en el relato de la Pasión según Lucas. Pilato, sin manifestar simpatía por el prisionero, y descartando en Jesús cualquier acusación de subversión, apoyado además por Herodes (Lc 23,15), se convierte indirectamente en el abogado del acusado, según la Justicia romana que representa[6].

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Hemos completado la travesía del ayuno y, por gracia de Dios, hemos llegado a buen puerto. Porque efectivamente, lo que es el puerto para quienes capitanean un barco, la recompensa para los corredores, la medalla para los atletas, lo es esta semana para nosotros, es el más grande y sumo bien, y en ella combatimos con la finalidad de obtener el premio. Por eso mismo la llamamos [Semana Santa], Semana Grande. Y no porque sus jornadas sean más prolongadas que las demás, ya que hay jornadas más largas en otras semanas; tampoco porque tenga más días que las demás, ya que [en eso] todas las semanas son iguales; sino porque durante esta semana el Señor ha hecho grandes cosas.

En el transcurso de esta semana, que llamamos Grande, la prolongada tiranía del diablo llegó a su término, la muerte se extinguió, el Fuerte fue vencido, sus bienes dispersados, el pecado fue rechazado, abolida la maldición, el paraíso está nuevamente abierto, y el acceso al cielo libre y expedito, los seres humanos han entrado en comunicación con los ángeles, el muro de separación ha sido derribado, el velo rasgado y el Dios de la paz nos ha traído la paz a cielo y tierra. Esas son las razones por las que denominamos Grande a esta semana.

Es comprensible que durante esta semana la multitud de los cristianos intensifique sus esfuerzos, algunos multiplican sus ayunos, otros sus vigilias santas, otros sus limosnas. Esta es una manera de atestiguar, a través del celo por las buenas obras, todo el bien que nos ha hecho el Señor. Cuando el Señor resucitó a Lázaro, la ciudad toda de Jerusalén atestiguaba de que había resucitado a un muerto a través de la multitud que salía al encuentro de Cristo, ya que el fervor de aquellos que salían a recibirlo atestiguaba la magnitud del milagro realizado; del mismo modo, nuestro fervor en celebrar la Semana Grande prueba y atestigua la magnitud de las grandes obras realizadas antaño [a favor nuestro]. Porque nosotros, los que partimos actualmente al encuentro de Cristo, no salimos de una sola ciudad, únicamente de Jerusalén, sino que en el mundo entero las Iglesias, a millares, parten al encuentro de Jesús; no salen a recibirlo agitando ramos de palmera, sino que ofrecen a Cristo el Señor la limosna, el amor al prójimo, la virtud, el ayuno, las lágrimas, la oración, las vigilias y toda suerte de virtudes.

Veneremos también nosotros esta semana, yo saldré junto con ustedes, llevando como ramo de olivo las palabras de mi enseñanza, depositando de este modo mis dos moneditas, como la viuda del Evangelio. Antiguamente los niños hebreos salieron con palmas en sus manos, y exclamando en voz alta: Hosanna en lo más alto del cielo, bendito el que viene en el nombre del Señor. Nosotros, a su vez, salgamos llevando a guisa de ramos [de palma] las buenas disposiciones de un alma en flor; repitiendo con fuerte voz el [salmo] que hoy cantamos: ¡Alaba alma mía al Señor, alabaré al Señor mientras viva, [salmodiaré para mi Dios mientras exista][7].

pmaxalexander@gmail.com

[1] Papa Francisco, Homilía Domingo de Ramos: 13-04-2014

[2] La aclamación ‘Hosanna’ que figura en los 4 evangelios ha encontrado un puesto de relieve en la liturgia de las comunidades cristianas primitivas como grito de tono escatológico. En la Didajé, implorando el fin de este mundo y la venida del Reino de Dios se dice: “Venga la gracia y pase este mundo, Hosanna al Dios de David. Quien esté preparado que se acerque, quien no lo está que se convierta. Maranatha, ven Señor. Amén” Hay otros testimonios…, actualmente la aclamación del hosanna está colocada en el Sanctus, antes del relato de la Institución.

[3] Caritas, Ríos del corazón, – Cuaresma y Pascua 1993. p. 141.

[4] J. M. Vernet, Dossiers del CPL, Nº 22

[5] Benedicto XVI, Catequesis del 1º de junio de 2005. Abreviada y adaptada.

[6] S. Légasse, Los relatos de la Pasión, Estella (Navarra) 2002 (CB 112), pp. 28-30. Levemente adaptado.

[7] San Juan Crisóstomo, Comentario al salmo 145 (2ª explicación), Traducido de Opera Omnia (Montfaucon), Volumen 5,632-634. Juan (344-407) nació en Antioquía, hijo de Secundus, alto funcionario del Imperio, que murió prematuramente, dejando viuda a su esposa con apenas veinte años, Anthusa, no pensó jamás en un segundo matrimonio, consagrándose por entero a la educación de su único hijo. En su ciudad natal fue alumno del célebre retórico pagano Libanio. Luego, siendo un simple catecúmeno, se inició en el estudio de las Sagradas Escrituras bajo la dirección de Diódoro, futuro Obispo de Tarso, en compañía de Teodoro, futuro Obispo de Mopsuestia. Bautizado, conforme a la costumbre de la época, cumplidos ya los 20 años de edad, y ordenado lector, prácticamente de inmediato, por Melesio, Obispo de Antioquía, soñaba con llevar vida eremítica. Él mismo cuenta que consintió en renunciar a dicho proyecto sólo en atención a su madre, la cual le suplicó no la dejara viuda por segunda vez. Sin embargo, su ciencia y su virtud atraían la atención del clero y del pueblo cristiano, y ya desde el año 373 se quiso ordenarlo obispo. Con el fin de librarse de semejante carga y a la vez cediendo a su gusto personal, -su madre había fallecido mientras tanto-, se fue al desierto. Pasó cuatro años en un monasterio, luego dos años en una caverna, llevando vida solitaria, trayendo como consecuencia que muy pronto quedó arruinada su salud, debido a las austeridades a las que se sometía, ya que era de salud más bien débil. Forzado, por este motivo, a volver a Antioquía, fue ordenado diácono (año 38I), y algunos años más tarde, sacerdote, siendo encargado especialmente de la predicación (año 386). Después de tantos tanteos (con 42 años), por fin había encontrado su camino. A la muerte de Nectario, patriarca de Constantinopla, fue elegido para sucederlo, aunque él para nada lo deseaba, y hubo que recurrir a la fuerza y al engaño para trasladarlo a dicha ciudad. Carente de las dotes diplomáticas más elementales para moverse en los círculos de la corte y deseoso de reformar al relajado clero, sólo encontró una encarnizada oposición que le costó numerosos disgustos y destierros. Desterrado por fin a Cúcuso en el 404 —no sin incidentes previos en los que incluso hubo derramamiento de sangre— estuvo allí durante tres años, pero el temor de sus enemigos a que el lugar de su destierro se convirtiera en meta de peregrinaciones, los llevó a lograr del emperador un lugar de exilio aun más lejano, esta vez a Pitio, al extremo oriental del mar Negro. La quebrantada salud de Juan no resistió y murió durante el viaje.

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