Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Laicos (DELAI)

HACIA UN ENCUENTRO QUE TRANSFORMA (MERCEDES CLARA)

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Una alegría, de verdad, estar acá. El Departamento de Laicos es como mi casa, en mis épocas mozas, desde los 18 hasta hace unos años… hubo allí un espacio de encuentro justamente, de encuentros que me transformaron, encontré muchas personas sabias que son mojones en mi historia de fe. Ver que muchas de esas caras están presentes es también un motivo de alegría.

En el DELAI también descubrí mi vocación laical, descubrí que tenía un lugar en esta Iglesia, los testigos me la presentaron como Iglesia en movimiento, Iglesia que quiere leer en profundidad los signos de los tiempos para poder sentir por dónde va el Espíritu, por dónde nos va llamando y por dónde tenemos que responder. Esa conciencia de la importancia que tenemos como laicos y laicas, ser fermento en la masa para construir la Iglesia, la sociedad y el Reino, en definitiva.

Desde este tesoro que es para mí la vocación laical, desde mi experiencia de que Jesús se sigue revelando en todos los momentos de nuestra vida de distintas maneras, pero principalmente a través de las experiencias de encuentro verdadero, y cuando digo verdadero, digo desde la verdad de cada uno. Este encuentro verdadero es transformador en sí mismo, si no hay transformación de algo, por pequeño que sea en ambas partes no hay encuentro. Seguro que todos vivimos la experiencia de pasar a veces por intercambios, y digo pasar, porque ese intercambio no pasa por nuestro corazón, no nos afecta, no nos modifica, no nos pasa nada.

Es fuerte eso, porque nos pasa que hay personas que tenemos muy cerquita con las que nunca nos encontramos desde lo que realmente somos. Se levantan muros invisibles, desde prejuicios, miedos, defensas, enojos, resentimientos, ideas de cómo debería ser el otro, de qué podría yo esperar del otro y no de cómo efectivamente es. Esos muros, que muchas veces son también luchas de poder, en definitiva, son cegueras que no nos dejan vernos, que no nos permiten encontrarnos y que nos mantienen a miles de kilómetros de distancia, aunque estemos en la misma casa, o en el mismo movimiento, o en la misma comunidad.

Entonces es todo un desafío el encuentro, porque además de encontrarnos con el otro y con su verdad, con su novedad, nos exige ser conscientes también de los límites, las posibilidades.

Me gusta hablar de novedad porque el encuentro con el otro como ya lo dicen algunos filósofos es un acontecimiento. Acontecimiento como eso que sale de la rutina, que es siempre nuevo, que es único, que se da en un aquí y un ahora, en un tiempo y un espacio determinado y es irrepetible, donde dos biografías se encuentran, se cruzan y se reescriben…

Digo que nos reescribimos porque cuando nos encontramos con otro no somos hoja en blanco, venimos escritos, la historia, nuestra historia nos ha escrito, lo que hemos podido hacer con ella.

En realidad en cada encuentro con otro somos todo lo que somos, pasado, presente, futuro, lo que sabemos, lo que no sabemos, lo consciente, lo no consciente, todos los tiempos están allí.

Está presente nuestra historia, nuestras heridas, creencias, valores, cultura, la vara con que medimos al otro, las ideas, los conceptos que tenemos de nosotros mismos, a veces tan limitantes… Y todo eso se va entretejiendo en la realidad viva, que es ingobernable, en donde el otro irrumpe en mi vida y yo irrumpo en la de otro.

En estos mundos que se encuentran, en esta humanidad en construcción, en movimiento, nos “alteramos” necesariamente, por el solo hecho de encontrarnos y habitar un espacio común.

Si bien estamos escritos, también tenemos espacios en blanco para seguirnos escribiendo con ese otro; y nuestra biografía sigue también a partir de ese otro, por eso digo que también está el futuro presente en el encuentro, porque ese futuro de alguna manera está ahí, haciéndose en el momento presente. En ese encuentro: o reforzamos nuestras ideas o nos peleamos con otras ideas, en definitiva, se va tejiendo el sentido de quienes somos, de quién es el otro, y de qué podemos hacer juntos.

Viendo ahora el video de Francisco, pensaba en esta sociedad fragmentada, deshilachada, desgarrada, con la violencia que implica el desgarramiento, que Francisco iluminó con sus palabras diciendo: No es una crisis económica, no es una crisis cultural, es una crisis del hombre, lo que está en peligro es el hombre.

Y como nos cuesta conectar con esta gracia de que todos somos potencialmente imagen y semejanza, de Dios. En esta cultura del desencuentro, tenemos entonces el desafío de crear cultura de encuentro.

Ahora que nos vemos en esta mañana de lluvia, pienso que esto es cultura del encuentro, acá estamos, encontrándonos, creyendo y creando encuentro en este mismo momento. En este día para pensar juntos cómo generar y habitar encuentros humanizantes, que testimonien a este Jesús vivo, que nos vuelvan una Iglesia puente, capaz de crear caminos, de unir fragmentos desconectados, de devolver la dignidad a tantos, que se las hemos robado, pensaba que en realidad ya sabemos cómo es un encuentro que transforma, todos tenemos experiencias en nuestra propia vida.

Entonces quería invitarlos durante unos minutitos a cerrar los ojos y a conectar con eso, dejar que venga a nuestro corazón algún encuentro transformador que hayamos vivido, sin pensar mucho… Dejar que venga, que venga un rostro, conectar con ese acontecimiento, con ese otro, vamos a ese encuentro y allí estamos, los dos… Nos miro de lejos, me acerco, me detengo en el otro, lo miro desde los pies, a la cabeza… Me veo a mí, registro cómo me siento, cómo están mis músculos: tensos, flojos, cómo está mi gesto, mis manos, y enfoco nuestros rostros.  Me concentro en los ojos, ¿cómo es la mirada de ese otro?, ¿cómo me mira?… Escucho su silencio, ¿cómo me escucha? Dejo resonar algunas palabras… ¿de qué me habla?  Me quedo en el tono de voz, el volumen, en lo que late atrás de las palabras, cómo expresa su cuerpo la disponibilidad, ¿qué me transmite? ……

Nos despedimos de ese encuentro y lo atesoramos en la memoria del corazón, allí donde estaba.   Y seguramente si pudiéramos compartir este encuentro tal vez coincidiríamos en que nos sentimos mirados, escuchados, acompañados, queridos, valorados, sostenidos en una palabra capaz de  integrar nuestras sombras, pero también de reforzarnos en la luz.

Si fuimos capaces de vivir esta experiencia, podemos comprender lo que cada persona que se encontró con Jesús, sintió, experimentó, él es sin duda El Maestro del encuentro. Basta ver el Evangelio en infinidad de escenas de Jesús encontrándose con otros. Me viene a la memoria la de Bartimeo, como paisaje perfecto, donde ese encuentro no solo provoca la curación del ciego, sino también les cambia la mirada a todos los que estaban alrededor; y transformó a Bartimeo de alguien marginado en alguien integrado, de alguien silenciado en alguien escuchado.

 Y ahora tenemos la tentación de decir: claro, eso lo pudo hacer Jesús porque es Jesús, y sin embargo, Dios nos regaló a nosotros el testimonio que hoy recordábamos de innumerables hermanos y hermanas que nos comunican con su vida esta experiencia.

Por eso hoy, en esta parte quería traer la experiencia del Padre Cacho, por cercanía, también física en el tiempo y el espacio, por la fuerza de su testimonio y por esa profunda coherencia. Y porque en realidad el centro de su vida fue ese, fue encontrarse con otros, y transformar la realidad, transformarse él y los propios vecinos en ese encuentro.

La vida de Cacho siempre es fuente de inspiración inagotable y de aprendizaje. Lo que marcaba la agenda de Cacho era el encuentro con las personas, no es que tenía un programa preestablecido de lo que debía hacer, sino que ese mismo encuentro era lo que iba pautando su vida. Y eso hacía que el otro sintiera que no había nada más importante que él, que ese encuentro, que ese rato para escucharse. Y a veces me pregunto ¿cómo logró eso?  Esa escucha tan profunda que tiene Cacho. Pocha, una vecina decía: Cuando él me escucha siento que digo cosas que no sabía que tenía adentro. Ese poder que ejercía Cacho para despertar el poder del otro, para que el otro pueda encontrarse en una nueva versión de sí mismo. Esa mirada que tiene Cacho del otro. Para él los vecinos no son un problema, son un misterio. Cacho logra conectar con esa belleza del otro, con esa fuerza, con esa solidaridad, con esos gestos que se van tejiendo, con ese dolor que le quema adentro por esa desigualdad, esa muerte, esa mutilación de una vida por la pobreza. El convive con esa rebeldía y eso es un motor, pero también con esa solidaridad y esa fuerza que descubre en los vecinos. Así se va tejiendo ese encuentro.

Me parece que esto que tiene Cacho de cruzar fronteras para estar en movimiento, estar en salida, implica salir del lugar donde estamos. Pero a veces salir del lugar donde estamos físicamente, no implica movimiento. Yo soy testimonio de eso, habré ido tres años al barrio de Cacho, creyendo que estaba moviéndome, y en realidad estaba reproduciendo lo que yo quería que el otro hiciera.   Esta experiencia de Cacho de vaciarse primero de sí mismo, de “resetearse”, porque hay un lenguaje nuevo, hay algo nuevo, el otro es una fuente de conocimiento, que necesito aprender. Además hay algo mío que vive allí en ese otro y que necesito encontrar para ser más plenamente yo. En Cacho es su cuerpo, es la mediación, es el Evangelio, es esa palabra que no necesita ser palabra porque ya todo él habla.  Su palabra es la propia vida. Se ha encontrado en ese otro, se ve en su mirada y se reconoce de alguna manera como un ser nuevo.

La experiencia de Cacho, lo que me revela, es primero de dónde parte, la motivación, él siente la necesidad de encontrar a Dios en el barrio, en los vecinos, él no siente que va a llevar nada, él se vacía y siente que ese Dios se está revelando en el barrio y que está allí mucho antes de que él llegue. Esa es la motivación, lo que lo mueve. ¿Desde dónde salimos a encontrarnos?

Me parece que allí hay algo fundante también en esta experiencia. Entonces, no siempre salir y movernos hacia afuera es movernos realmente de sitio, de ese lugar interno que implica mirar al otro como una novedad, mirar al otro como ese Dios que vive, que está haciendo preguntas y que me exige mirarme a mí mismo desde ese otro. Dejar que ese otro me mire, y poderme encontrar con la novedad de mi mismo en ese encuentro. No hay entonces acción transformadora en un solo sentido.

Termino con una frase de Cacho.

Hay un periodista que le pregunta, -a él le molesta que le hagan preguntas que encasillan al otro, que lo etiquetan – “ ¿Qué acción social hace usted acá?” Y contesta: “No yo no hago ninguna acción social, yo pertenezco a este lugar”.    Con todo lo que implica pertenecer a un lugar, estar, mirar, vivir.  Los mismos vecinos dicen: Cacho fue uno más de nosotros, sufrió, vivió, murió, con nosotros.   Y termina diciendo: “Yo me he sentido más que nunca persona y sacerdote en medio de los vecinos”.  Y entonces el periodista le pregunta: “¿Y cuál es el fruto?”  Y responde con esa simpleza: “Sentirme querido y amado”. Lo mismo que los vecinos sintieron: ser queridos y amados. Ese encuentro fue transformador para todos, por eso se dio el milagro.

Cacho mismo no puede creer lo que está sucediendo en el barrio, lo que está sucediendo en él, porque es como una colonización mutua, donde empieza a pasar algo diferente: Surge un nosotros nuevo, que ya no es él y los vecinos y los voluntarios, sino que es un espacio donde todos encuentran la posibilidad de ser ellos mismos, de desplegar su potencia, de multiplicarla en la fuerza colectiva… Ese nosotros resultó un lugar de revelación, de creación.

Cacho siempre nos interpela: ¿Cuál es la frontera que tenemos que cruzar cada uno de nosotros como movimientos, como comunidades, como Iglesia de Montevideo, del Uruguay? Cuáles son esas fronteras, las visibles, que nos exigen dar pasos concretos hacia afuera de nosotros mismos; pero también esas fronteras invisibles, que implican un camino hacia adentro donde recibir a ese otro, hacerle un lugar, hospedarlo en nuestro centro y descubrir en él a ese Jesús que nos habla desde los encuentros.

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