Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Laicos (DELAI)

EL DESAFÍO DE LA EMPATÍA (FACUNDO PONCE DE LEÓN)

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Buenos días!. Empiezo por agradecer la invitación, especialmente a Cecilia. Déjenme decirles que yo empecé a dar clase en la Universidad Católica en 2001 y Cecilia era la Decana, fue de mis primeras reuniones en la Universidad. Después me fui del país, ahora volví a trabajar en la Universidad y, de las primeras cosas que me pasaron en el nuevo desafío, fue tener una reunión con Cecilia donde me invitó a este Encuentro del cual me siento muy honrado de participar. Cosas de la providencia, diecisiete años después en situaciones tan diferentes, volver a encontrarnos.

Segundo quiero pedirles disculpas dobles: primero porque me tengo que ir inmediatamente después ya que festejamos el cumpleaños tres años a mi hijo Vicente, le festejamos,…. aunque de hecho yo no estoy haciendo mucho porque estoy aquí. La segunda disculpa es porque más que ayudar a cerrar esta mañana, tengo la sensación de que la voy a arruinar. A lo que pasó en la mañana vengo a darle un aspecto frío, a una cosa tan conmovedora como lo que escuchamos hasta ahora, voy a darle una cariz distante. Esta frialdad me pone un poco incómodo. De todos modos, también creo que tiene un valor, ya que contemplación y acción, saber y hacer, son puentes que hay que recorrer una y otra vez.

Vengo a hablar desde un lugar más frío,  ya que no giraré entorno a una experiencia vivencial como las que nos han contado hasta ahora, sino que es más el ejercicio filosófico de entender qué son las palabras. Por qué usamos las palabras que usamos para comunicarnos y para encontrarnos. Esta cuestión más teórica, espero también que sirva en la tarde para poder ver cómo se encarnan en las prácticas concretas las palabras que usamos.

Lo primero que quiero contarles es sobre la palabra empatía. Es una palabra que se suele usar muy mal. Yo aprendí esto entrevistando a un oncólogo suizo. Viví en Suiza cuatro años y en el último año me puse a investigar sobre cuidados paliativos y estuve con personas que acompañan a personas que van a morir. Hice muchas entrevistas, pero la que le hice a Hans Neuenschwander me quedó grabada. Yo llegué allí hablando italiano y me pongo a contarle la cuestión de la empatía y entonces él, que era suizo alemán, me dice: “Ustedes, los latinos, no entienden la empatía. Ustedes son simpáticos, no son empáticos.” “¿Cómo?” le pregunto. “Si – responde – ¿sabés lo que me pasa cuando tengo que atender pacientes italianos por ejemplo? Me pasa siempre lo mismo: me agarra el hijo antes de entrar a la sala y me dice: “No le digas a papá que tiene cáncer. No se lo cuentes, inventále algo”. Entro a la habitación, y el padre me dice: “no le digas a mi hijo lo que yo tengo…” Todos se cuidan y todos lloran, y no le cuentes, y no le expliques y no le digas, que no sepa que sé, que no sospeche, todos muy juntos…  “Ser empático -me dice el doctor- es una distancia, no es una cercanía”.

Encontrar esta distancia es un desafío, es el desafío de la empatía. No es sólo cómo nos acercamos, también es cómo nos alejamos, cómo respetamos el espacio del otro. Esto siempre es difícil pero es particularmente complejo cuando uno fue tocado por la Buena Nueva. Cuando uno cree que “un niño nos ha nacido” y que ese niño es la Encarnación. Me refiero a todo esto que habita dentro de cualquier cristiano. Entonces claro, te dan ganas de decir: “te cuento la Buena Nueva, es esta, mirá el Evangelio, ya está, ya pasó, es así y asá… pero no. Hay que respetar, hay que mantener la distancia y crear espacios para el encuentro sin sofocar, aunque sea sofocar con la Buena Nueva.

Hablando más en términos políticos, Schopenhauer tiene esta imagen con los puercoespines.  Muchos seguramente la conocen. Cuando se acercan porque tienen frío, lo hacen tanto que se pinchan entre ellos, entonces se alejan,  pero vuelven a tener frío y entonces empiezan a acercarse. Así hasta encontrar el lugar justo.[1] Convivir es encontrar este equilibrio, encontrar cuál es ese espacio donde no tenés más frío y no estás pinchando al otro.

En esta búsqueda de cercanía y lejanía tiene que haber como un pudor. Es otra de las palabras que me parece importante compartir con ustedes. Un pudor del respeto por el misterio del otro y por la inconmensurabilidad del otro.

En las reuniones preparatorias a veces salía: “tenemos que ir a decir el Evangelio”, “hay que salir a contarlo”. Yo apuntaría: no hay que salir desde el Evangelio, sino hacia el Evangelio. La diferencia es que en el “hacia” dejas abierta la chance del espacio vacío, pero no un vacío existencial, sino un vacío de inconmensurabilidad, de misterio. Si no vemos esto, nos pegamos demasiado, somos demasiado simpáticos, anulamos distaancias y esto puede tener consecuencias complicadas para todas las partes implicadas.

Para dar la Buena Noticia, también hay que saberla inconmensurable, hay que saberla misteriosa. A raíz de esto estoy especialmente atento a las partes de la Biblia donde aparece esta dimensión. Probablemente una de las más claras es cuándo Jesús se va al Monte de Olivos antes de la Pasión. No sabemos qué rezó, no sabemos qué pasó. Hay otro pasaje muy conocido, el de la mujer adúltera, el Evangelio es clarísimo, Jesús está haciendo algo en la tierra, que no sabemos qué es, no sabemos. Y el sacerdote que diga que sabe qué es, nos miente, y el laico que diga que sabe qué es, miente. No lo sabemos.

Incorporar esta cuestión de lo misterioso, de lo inconmensurable, es fundamental; es allí donde se juega también el desafío de la empatía. Te quiero dar la Buena Nueva, pero voy a respetar tus tiempos, voy a respetar que nunca te voy a aprehender del todo. Sin esto el encuentro no tendrá todo el fruto que puede tener.

Hablo de fruto, para hablar también de la cultura como cultivo, de la “cultura del encuentro” como cultivo. Uno de los últimos testimonios que escuchamos tiene mucho que ver con esto.

Cultura tiene que ver con cultivo y cultivo tiene que ver con paciencia. Es un juego de palabras que les quiero proponer.  Cuando hay urgencia, hay que ir despacio. Cuando uno va rápido en una urgencia, hace las cosas mal. Tenemos una urgencia del encuentro, tenemos una urgencia de testimonios, y cuando hay urgencia, es el momento en que tenemos que ser pacientes.

La cultura como cultivo tiene mucho que ver con esa paciencia. Uno planta, uno riega, pero uno espera, es verdad que la primavera trae fruto,  pero a veces los mejores colores están en el otroño y el invierno también tiene sus ciclos… es necesario tener esta paciencia en el sentido de espera, de empatizar con estas inconmensurabilidades… Siembro-riego-espero. Esto suena bien pero no es nada fácil.

Hace un momento le decía a Merce: “decime por favor que el Padre Cacho tenía también algunos momentos de estos para poder validar la tesis de la distancia requerida” Ella por suerte me decía: “sí, mirá que a veces él se tenía que ir a Paysandú o a Salto a desenchufar” Bueno, validada entonces, puedo seguir con la tesis… Cultivo y espero, tomo distancia para estar cerca.

Somos una sociedad fragmentada también porque muchos individuos están fragmentados internamente, no tienen la capacidad de soportar la soledad de sí mismos. Cuando hacés ese proceso de soledad, de retirarte para volver, el encuentro con el otro es mucho más rico, se logra así el respeto de espacios.

Con Merce tenemos un amigo muy querido en común que se fue a cuidar niños que se morían en Calcuta, en la época de la Madre Teresa.[2] Estaba en un pabellón, su tarea diaria era acompañarlos y después de que se morían sacarlos del pabellón. Cuando te contaba su rutina, era tan fuerte!! y él decía que lo único que pedía era tener un cuarto, necesitaba tener un espacio que fuese suyo. Sólo con eso podía después hacer esta tarea, pero sin ese espacio, cuando le tocaba dormir en lugares más colectivos, no podía. Necesitaba la distancia de ese espacio privado para poder encarar su servicio.

No sabemos cuál es esta distancia entre unos y otros, el desafío es encontrarla. Hablaban hoy de mañana de la Pastoral Penitenciaria. Una de mis experiencias cuando entré al Comcar por primera vez fue sentir que los presos como que me atacaban…, se me venían cerca. Y un policía me dijo: “no, no te quieren atacar, perdieron la noción del espacio, están tan hacinados que perdieron la distancia. Cuando casi te pega con su nariz, no te está intimidando, perdió la dimensión de lo que es estar cerca o lejos”. Me quedó grabada esa cuestión.

La cultura como paciencia, la cultura como cultivo, la cultura como inconmensurabilidad que exige respeto y también la cultura como atención. Estar atentos, la actitud de vigilia es una actitud muy importante cuando hablamos de la cultura del encuentro. En esa búsqueda de la distancia justa, uno tiene que estar todo el tiempo prestando atención. Si uno pierde esta tensión, pierde la atención del encuentro, es como que “desabona” el terreno, se pierde la fertilidad que puede tener el encuentro.  Es cansador estar atento, por eso hay que respetar el espacio. Uno puede estar cansado y necesitar salir. Pero cuando estás en el momento del encuentro, cuando estás encontrándote con el otro, hay que estar atento. La actitud de vigilia creo que es una actitud central para este desafío.

Una última cosa para compartir con ustedes tiene que ver con la diferencia entre la vocación y los protocolos. Esto también viene asociado a la investigación que hice sobre cuidados paliativos. Le preguntaba a un psiquíatra si alguien puede tener la vocación de cuidar a un enfermo terminal como si fuera una carrera técnica. Cómo era eso posible cuando antes las tareas de la hacían naturalmente la familia, o las monjas, o los volunarios. Debería decir “voluntarias” porque hay una cosa muy femenina en esto del cuidado. Y lo sigue habiendo. Los datos muestran que en educación inicial la mayoría son mujeres, en las residencias de ancianos el 85% de las personas que van cotidianamente a visitar a los residentes son mujeres, son más las hijas que los hijos.

Le preguntaba a este médico por la cuestión de la vocación, ¿por qué hay que estudiar enfermería y hay que estudiar para atender situaciones que siempre fueron vocacionales?. Él me decía que hay que estudiarlas porque hay protocolos. Hay protocolos de cuidado, hay cosas que se sabe que se tienen que hacer en determinada situación. Los protocolos nos ahorran tiempo. Si a mi ahora se me para el corazón acá hay un procedimiento para reanimarme. No lo sé, pero seguramente aquí el Maturana tenga un desfibrilador y hay un protocolo a seguir, si se ponen todos nerviosos yo me muero, si alguno está tranquilo y sigue el protocolo quizás me salve. Los protocolos sanitarios son una construcción humana para saber responder en el tiempo justo a una urgencia.

El problema – me decía el psiquiatra- es que profesionalizar los cuidados, como profesionalizar el encuentro, o las urgencias, tiene riesgos. Las cosas que se profesionalizan ya no las hacen más los allegados o los vocacionales, la pueden hacer los asistentes sociales o los psicólogos, quiero decir, existe el riesgo de perder la vocación y que se vuelva una tarea mecánica. Gélida. Por ejemplo: cuántos enfermeros hay que no son vocacionales. Los que estuvimos en algún sanatorio alguna vez internados hemos visto personas que nos hacen pensar: “qué poca vocación de cuidado, qué mal que te habla, para qué se dedicará a esto…”

Entonces: es importante que haya protocolos porque te advierte de ciertos errores que uno puede cometer, pero hay que incluir adentro una cercanía, el calor humano que permite lo vocacional.  Siempre hay una tensión acá, parecida a la que hay entre simpático y empático, entre lo vocacional y lo protocolar, maneras de llegar a un lugar, maneras de estar frente al otro, de vínculo y respeto, de acercarse sin perder el pudor. Creo que también en este sentido tenemos todos los cristianos un desafío por delante.  Buena tarde!

[1] La metáfora de Schopenhauer: “Una sociedad de puercoespines se apiñaba, en un frío día de invierno, para defenderse de la congelación con el mutuo calor. Sin embargo, pronto se hirieron mutuamente con las púas, lo que los alejó de nuevo unos de otros. Cuando la necesidad de calentarse los aproximó otra vez, se repitió aquel segundo inconveniente; así fueron arrojados de aquí para allá entre sufrimientos, hasta que hubieron encontrado una distancia media entre sí, que era la que mejor podían soportar. […] En virtud de esto se satisface sólo imperfectamente la necesidad de calor mutuo, pero a cambio no se siente el pinchazo de las púas.” Cito aquí de la versión de Guillermo Solana Díez en La invención del amor: Cernuda, Schopenhauer, Freud; Madrid, La Balsa de la Medusa, núm. 19-20, 1991, pág. 111.
[2] Daniele Finzi Pasca, clown suizo italiano y reconocido director teatral a nivel mundial.

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