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La Iglesia en los medios Del Antiguo al Nuevo Pacto de las Catacumbas (1965-2019) [menciona a Mons. Mendiharat]

RELIGIÓN DIGITAL |
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Compromiso de Reino al servicio de la Casa Común de la Tierra.

Un grupo significativo de Padres y Madres del Sínodo para la Amazonia, que se está celebrando en Roma, acaba de renovar en la Catacumba de Domitila  (20.10.2019) el famoso Pacto de las Catacumbas que se celebró y firmó en la misma Catacumba a finales del Vaticano II (1865).

El primer pacto   trataba de la Pobreza en la Iglesia, desde la perspectiva de unos obispos varones que se comprometían a volver al Evangelio, en gesto de comunión con los pobres y de nueva visión del evangelio, renunciando para siempre al poder y jerarquía social de la Iglesia.

Este segundo pacto retoma y reafirma en el mismo lugar el espíritu y compromiso del primero, pero lo pone y se pone al servicio del Reino de Dios, que se expresa y encarna en el cuidado de los pobres y de la casa común de la tierra, desde la periferia del mundo (Amazonia), en el centro histórico de la Iglesia Católica (catacumbas de Roma). Lo han firmado no sólo unos obispos, sino también otros participantes,hombres y mujeres, del sínodo de la Amazonia.

Con esa ocasión quiero presentar el origen, sentido y compromiso del primer pacto (1965), renovado ahora en este segundo pacto,  desde la perspectiva de un Reino que se encarna y expresa en el cuidado de la Casa Común, para bien de todos los hombres y mujeres, en una Iglesia que debería haber abandonado la línea del poder religioso, para convertirse en servidora del bien concreto de los hombres, ligado a su casa común en la tierra, conforme a la oración de Jesús: Así en la tierra como en el cielo.

Primer pacto de las Catacumbas, año 1965

Hace 54 años (el 16.11.1965) se celebró en Roma, a finales del Concilio Vaticano II, en la Catacumba de Santa Domitila, regentada ahora por los Misioneros del Verbo Divino, un pacto de cardenales y obispos a favor de una Iglesia Pobre, en comunión con las más desfavorecidos y oprimidos, al servicio de todos los hombres.

El pasado domingo (2.10. 2019) un grupo de obispos y participantes del Sínodo para la Amazonia se volverán a reunir en la misma Catacumba, para ratificar aquel pacto y formular uno nuevo, en clave de comunión del hombre con la tierra, de solidaridad económico‒social y de misión comunitaria, abierta a todos los pueblos, desde la “catacumbas” de los ríos de la Amazonia.

Con ocasión de cincuentenario del primer pacto tuve la suerte de programas y dirigir, con el colega y amigo J. Antunes da Silva, Misionero del Verbo Divino, el libro conmemorativo del Primer pacto de las Catacumbas, que fue editado en cuatro lenguas (cf. imágenes), y que ha servido y sirve de orientación en el camino de la misión universal cristiana, desde los pobres de la tierra, desde la perspectiva de unos obispos y agentes de pastoral encarnados en la vida de los pueblos del mundo, al servicio de todos los pobres del mundo.

La orientación y sentido de aquel Pacto, con su historia, su actualidad y su futuro, fue el tema de trabajo de un grupo de especialistas, básicamente hispanos e hispano‒americanos (aunque también italianos, alemanes, africanos y asiáticos) que quisieron ofrecer una visión de conjunto de la tarea de la Iglesia, en un camino que está ahora desembocando el Sínodo para la Amazonia. Sobre su intención, contenido y visión general de los trabajo, cf. http://www.verbodivino.es/hojear/4209/el-pacto-de-las-catacumbas.pdf

CONTENIDO DEL LIBRO

Al cumplirse los 50 años de la firma del Pacto de las Catacumbas y de la clausura del Vaticano II, la Congregación de los Misioneros del Verbo Divino (custodios de las catacumbas de Domitila, donde se firmó aquel Pacto) ha recogido en este libro no solo el texto del Pacto y los nombres de quienes lo firmaron, sino algunos trabajos significativos de diversos autores y autoras.

Tras la introducción de Heinz Kulueke, superior general de la SVD, y el testimonio profético de Mons. Luigi Bettazzi, firmante del Pacto, sigue una visión bíblica de fondo de Xabier Pikaza y un panorama histórico-pastoral de Norbert Arntz. Algunos profesores analizan críticamente el compromiso histórico del Pacto y su importancia en la Iglesia actual: Joan Planellas, Santiago Madrigal y José Arregi. Otros inciden en su importancia para la teología y la vida de la Iglesia latinoamericana: Jon Sobrino, Agenor Brighenti, Jorge Costadoat, José de Jesús Legorreta, Carlos María Galli y Piero Coda.

El aspecto antropológico, eclesial y social del Pacto es estudiado por José Antonio Pagola, F. Javier Vitoria, José Ignacio González Faus, Mercedes Navarro, José Antunes da Silva, Maria Clara Bingemer y Bárbara P. Bucker. Varios autores destacan la importancia misionera del Pacto: Stephen Bevans, Mary-Noelle Ethel Ezeh, Virginia Saldanha y Paul Han. Finalmente, Nelly Arrobo y Luis Miguel Baronetto recuerdan la aportación testimonial de dos firmantes americanos del Pacto: Mons. Leonidas Proaño y Enrique Angelelli.

EL LIBRO DEL PRIMER PACTO DE LAS CATACUMBAS. AÑO 2015

El año 2015, la Iglesia Católica celebra el 50° aniversario de la clausura del Concilio Vaticano 11, que ha marcado un hito en su historia dos veces milenaria. Al final de aquel evento, inspirados por lo que se hacía y se decía el aula conciliar, unos 40 obispos de varios países del mundo se reunieron en la Catacumba de Domitila para firmar lo que hoy día se conoce como El Pacto de las Catacumbas, un texto y proyecto que expone La misión de los pobres en la Iglesia.

Con aquel Pacto, los obispos se comprometieron a caminar con los pobres, siendo no sólo una Iglesia para los pobres, sino de los pobres, pues son ellos los que encarnan y realizan la más alta misión del evangelio. Para lograr ese fin, los obispos decidieron asumir un estilo de vida sencillo, propio de los pobres, renunciando no sólo a los símbolos de poder, sino al mismo poder externo, para retomar así, con la ayuda del Dios Trinidad y el Espíritu de Cristo, el primer impulso misionero de la Iglesia en el mundo actual (era el año 1965), marcado por la dura lucha económica y la opresión geneal de los pobres.

El espíritu del Pacto de las Catacumbas ha guiado algunas de las mejores iniciativas cristianas de los cincuenta últimos años, no sólo en América Latina, donde tuvo especial repercusión, sino en el conjunto de la Iglesia Católica, de forma que su testimonio (su inspiración y su texto) ha venido a convertirse en uno de los signos mas influyentes y significativos del catolicismo del siglo XX.  Aquel Pacto sigue siendo hoy tan importante como lo fue en su día, de manera que podemos y debemos acogerlo y propagarlo con más fuerza que en el tiempo del Concilio, aunque no todos los cristianos (individuos y comunidades) lo hayamos acogido con el mismo entusiasmo.

Por eso es bueno aprovechar esta fecha (su cincuentenario) para celebrarlo. Así lo ha sentido el Papa Francisco, quien, a través de su palabra y ejemplo de vida, ha puesto de nuevo la opción por los pobres y los  marginados en el centro de la vida y el magisterio de la Iglesia, superando todas las vacilaciones que pudieran existir sobre ese tema.  En esa línea podemos afirmar que, siguiendo el espíritu del Vaticano 11, y del mensaje del Papa Francisco, el Pacto de la Catacumba de Domitila puede y debe servir como inspiración y orientación para toda la Iglesia.

            Así lo ha sentido, de un modo especial, la Congregación de los Misioneros del Verbo Divino, que no sólo son los “custodios” de la Catacumba de Domitila, donde se firmó aquel Pacto, sino que quieren ser promotores de una misión cristiana realizada desde y con los pobres. En esa línea, sin abandonar la “misión a las gentes” (dirigida a los pueblos todavía no cristianos) debemos asumir de un modo especial, privilegiado, la “misión a los pobres”, con el mismo Jesús que vino a evangelizar a los pobres (cf. Lc 4, 18-19; Mt 11, 3) como ha destacado ese Pacto.

Con esa decisión, al cumplirse los cincuenta años de aquel documento, y de la clausura del  Vaticano II, hemos recogido en este libro no sólo el texto del Pacto y los nombres de aquellos que lo firmaron, sino algunos trabajos más significativos que ayuden a entenderlo y situarlo en su historia pasada, en su actualidad y en su proyección hacia el futuro. Queremos que aquel Pacto siga ofreciendo una palabra de estímulo para el conjunto de la Iglesia, no sólo para los obispos, que fueron y son los primeros responsables de la “misión a los pobres”, sino para todos los cristianos comprometidos en la tarea del evangelio, pensando de un modo especial en las religiosas y los religiosos, a fin de que la  vida consagrada  pueda actualizar sus estructuras y su forma de servir a los pobres desde su unión con Cristo, como han venido destacado este año dedicado a ella (2015).

Este libro quiere que se conozca y asuma el don y tarea del Pacto de las Catacumbas, su contenido y sus repercusiones en la vida de la Iglesia. Por eso hemos querido estudiarlo desde diversas perspectivas (fundamentos bíblicos y eclesiológicos, opción por los pobres, compromiso eclesial y evangelización desde la perspectiva del mundo actual, a los cincuenta años del Concilio Vaticano II), para contextualizar e impulsar su mensaje. Lo hemos hecho con tres fines principales:

Conocer y asumir con más decisión el espíritu del Vaticano II y de los compromisos eclesiales celebrados por los obispos en el Pacto de las Catacumbas.

Renovar el compromiso que asumió toda la Iglesia para tansformar la vida humana y construir un mundo basado en la solidaridad y la justicia, partiendo del evangelio de los pobres.

Reforzar con los Padres de Pacto del año 1965 la invitación que el Papa Francisco no sigue haciendo (año 2015) para ser una Iglesia pobre, que evangeliza y sirve a los hombres desde su misma pobreza.

TEXTO 1965

“Nosotros, obispos, reunidos en el Concilio Vaticano II…    nos comprometemos a lo que sigue:

  1. Procuraremos vivir según el modo ordinario de nuestra población en lo que toca a casa, comida, medios de locomoción, y a todo lo que de ahí se desprende. Mt 5, 3; 6, 33s; 8-20.
  2. Renunciamos para siempre a la apariencia y la realidad de la riqueza, especialmente en el vestir (ricas vestimentas, colores llamativos) y en símbolos de metales preciosos (esos signos deben ser, ciertamente, evangélicos). Mc 6, 9; Mt 10, 9s; Hech 3, 6. Ni oro ni plata.
  3. No poseeremos bienes muebles ni inmuebles, ni tendremos cuentas en el banco, etc, a nombre propio; y, si es necesario poseer algo, pondremos todo a nombre de la diócesis, o de las obras sociales o caritativas. Mt 6, 19-21; Lc 12, 33s.
  4. En cuanto sea posible confiaremos la gestión financiera y material de nuestra diócesis a una comisión de laicos competentes y conscientes de su papel apostólico, para ser menos administradores y más pastores y apóstoles. Mt 10, 8; Hech 6, 1-7.
  5. Rechazamos que verbalmente o por escrito nos llamen con nombres y títulos que expresen grandeza y poder (Eminencia, Excelencia, Monseñor…). Preferimos que nos llamen con el nombre evangélico de Padre. Mt 20, 25-28; 23, 6-11; Jn 13, 12-15.
  6. En nuestro comportamiento y relaciones sociales evitaremos todo lo que pueda parecer concesión de privilegios, primacía o incluso preferencia a los ricos y a los poderosos (por ejemplo en banquetes ofrecidos o aceptados, en servicios religiosos). Lc 13, 12-14; 1 Cor 9, 14-19.
  7. Igualmente evitaremos propiciar o adular la vanidad de quien quiera que sea, al recompensar o solicitar ayudas, o por cualquier otra razón. Invitaremos a nuestros fieles a que consideren sus dádivas como una participación normal en el culto, en el apostolado y en la acción social. Mt 6, 2-4; Lc 15, 9-13; 2 Cor 12, 4.
  8. Daremos todo lo que sea necesario de nuestro tiempo, reflexión, corazón, medios, etc. al servicio apostólico y pastoral de las personas y de los grupos trabajadores y económicamente débiles y subdesarrollados, sin que eso perjudique a otras personas y grupos de la diócesis. Apoyaremos a los laicos, religiosos, diáconos o sacerdotes que el Señor llama a evangelizar a los pobres y trabajadores, compartiendo su vida y el trabajo. Lc 4, 18s; Mc 6, 4; Mt 11, 4s; Hech 18, 3s; 20, 33-35; 1 Cor 4, 12 y 9, 1-27.
  9. Conscientes de las exigencias de la justicia y de la caridad, y de sus mutuas relaciones, procuraremos transformar las obras de beneficencia en obras sociales basadas en la caridad y en la justicia, que tengan en cuenta a todos y a todas, como un humilde servicio a los organismos públicos competentes. Mt 25, 31-46; Lc 13, 12-14 y 33s.
  10. Haremos todo lo posible para que los responsables de nuestro gobierno y de nuestros servicios públicos decidan y pongan en práctica las leyes, estructuras e instituciones sociales que son necesarias para la justicia, la igualdad y el desarrollo armónico y total de todo el hombre y de todos los hombres, y, así, para el advenimiento de un orden social, nuevo, digno de hijos de hombres y de hijos de Dios. Cfr. Hech 2, 44s; 4, 32-35; 5, 4; 2 Cor 8 y 9; 1 Tim 5, 16.
  11. Porque la colegialidad de los obispos encuentra su más plena realización evangélica en el servicio en común a las mayorías en miseria física cultural y moral -dos tercios de la humanidad- nos comprometemos:
    * a compartir, según nuestras posibilidades, en los proyectos urgentes de los episcopados de las naciones pobres;

* a pedir juntos, al nivel de organismos internacionales, dando siempre testimonio del evangelio, como lo hizo el papa Pablo VI en las Naciones Unidas, la adopción de estructuras económicas y culturales que no fabriquen naciones pobres en un mundo cada vez más rico, sino que permitan que las mayorías pobres salgan de su miseria.Nos comprometemos a compartir nuestra vida, en caridad pastoral, con nuestros hermanos en Cristo, sacerdotes, religiosos y laicos, para que nuestro ministerio constituya un verdadero servicio. Así,

* nos esforzaremos para “revisar nuestra vida” con ellos;

* buscaremos colaboradores para poder ser más animadores según el Espíritu que jefes según el mundo;

* procuraremos hacernos lo más humanamente posible presentes, ser acogedores;

* nos mostraremos abiertos a todos, sea cual fuere su religión. Mc 8, 34s; Hech 6, 1-7; 1 Tim 3, 8-10.Cuando regresemos a nuestras diócesis daremos a conocer estas resoluciones a nuestros diocesanos, pidiéndoles que nos ayuden con su comprensión, su colaboración y sus oraciones.

Que Dios nos ayude a ser fieles.

FIRMANTES FUNDACIONALES

Brasil:

Dom Antônio Fragoso (Crateús-CE),

Don Francisco Mesquita Filho Austregésilo (Afogados da Ingazeira – PE),

Dom João Batista da Mota e Albuquerque, arzobispo de Vitória, ES

Luiz Gonzaga Fernandes, que había de ser consagrado obispo auxiliar de Vitória

Dom Jorge Marcos de Oliveira (Santo André-SP),

Dom Helder Camara, obispo de Recife

Dom Henrique Golland Trindade, OFM, arzobispo de Botucatu, SP,

Dom José Maria Pires, arzobispo de Paraíba, PB.

Colombia:

Mons. Tulio Botero Salazar, arzobispo de Medellín

Mons. Antonio Medina Medina, obispo auxiliar de Medellín

Mons. Anibal Muñoz Duque, Obispo de  Nueva Pamplona,

Mons.  Raúl Zambrano de Facatativá

Mons. Angelo Cuniberti, vicario apostólico de Florencia.

Argentina:

Mons. Alberto Devoto  de la diócesis de Goya

Mons. Vicente Faustino Zazpe de la diócesis de Rafaela

Mons. Juan José Iriarte de Reconquista

Mons. Enrique Angelelli, obispo auxiliar de Córdoba

Otros países de América Latina

Mons. Alfredo Viola, obispo de Salto  (Uruguay) y su auxiliar,

Mons. Marcelo Mendiharat, obispo auxiliar de Salto (Uruguay)

Mons. Manuel Larraín de Talca en Chile,

Mons. Gregorio McGrath Marco de Panamá (Diócesis de Santiago de Veraguas),

Mons. Leonidas Proaño en Riobamba, Ecuador

Francia

Mons Guy Marie Riobé, obispo de Orleans,

Mons Gérard Huyghe, obispo de Arras,

Mons. Adrien Gand, obispo auxiliar de Lille

Otros países de Europa

Mons. Charles Marie Himmer, obispo de Tournai, Bélgica,

Mons. Rafael González Moralejo, obispo auxiliar de Valencia, España,

Mons. Julius Angerhausen, obispo auxiliar de Essen, Alemania…

Mons. Luigi Betazzi, obispo auxiliar de Bolonia

África

Dom Bernard Yago, arzobispo de Abidjan, Costa de Marfil

Mons. José Blomjous, obispo de Mwanza, en Tanzania

Mons. Georges Mercier, obispo de Laghouat en el Sahara, África

Asia y América del Norte

Mons. Hakim, obispo melquita de Nazaret,

Mons. Haddad, obispo melquita, auxiliar de Beirut, Líbano

Mons. Gérard Marie Coderre, obispo de Saint Jean de Quebec, Canadá,

Mons. Charles Joseph de Melckebeke, de origen un belga, obispo de Ningxia, China

 INDICE GENERAL

Trasfondo histórico:en las raíces del pacto
Un pacto bíblico: la iglesia y los pobres en el NT (X. Pikaza)
Un pacto para seguir a Jesús pobre. caminando con los pobres (J. A. Pagola)
El pacto de las catacumbas: «un espejo de pastores». Teología y praxis del ministerio episcopal (S. Madrigal, sj)
El pacto de las catacumbas a la luz de de Francisco de Asís (J. Arregi)
Los artífices del «pacto de las catacumbas».Origen, evolución y crepúsculo del grupo llamado «iglesia de los pobres» (J. Planellas)
2ª parte. A los cincuenta años: recepción desigual y creadora

Iglesia de los pobres. El Vaticano II, Medellín, Romero (J. Sobrino

Pacto das catacumbas e tradição eclesial libertadora (A. Brighenti

Pacto de las catacumbas. La “más latinoamericana” de las teologías (J. Costadoat)

Identidad y cambio en la iglesia latinoamericana: Una reflexión desde el “pacto de las catacumbas” (J Legorreta)

Los pobres en el corazón de Dios. Del Pacto de las catacumbas al Papa Francisco (Carlos M. Galli)

3ª parte. Historia para recorrer

Ejemplaridad evangélica e iglesia de los pobres. pacto de las catacumbas, una opción de vida (F. J. Vitoria)
The pact of the catacombs. Implications for the church’s mission (S. Bevans svd)
The pact of the catacombs and the church in africa (M.-N Ethel Ezeh, IHM)
4. Una iglesia pobre y para los pobres. Más allá del pacto de las catacumbas (I. I. González Faus)
5. Ampliar el pacto de las catacumbas. Raíces y trasfondos igualitarios en el movimiento de Jesús (mercedes navarro puerto mc)
4ª parte. Ir a las raíces: camino de Dios, vida humana

Hacia un nuevo modo de ser humano. el pacto de las catacumbas, una llamada a la conversión (M. C. L. Bingemer)

Regressar ao evangelho, preparar o futuro. O pacto das catacumbas e a vida consagrada (J. Antunes da Silva)

5ª parte. apéndices y testimonios

Monseñor Leónidas Proaño y el pacto de las catacumbas (N. Arrobo)

El obispo Angelelli y el pacto de las catacumbas (L. M. Baronetto)

CONCLUSIÓN 2019. PACTO DE LAS CATACUMBAS POR LA CASA COMÚN

El Pacto de la Catacumbas del año 1965 quedó en parte velado y olvidado en el conjunto de la Iglesia… Una parte considerable de la Iglesia posterior, en perspectiva jerárquica, dejó a un lado las iniciativas y compromisos de aquel pacto, ratificando de nuevo una iglesia de “riqueza” jerárquica, en línea de seguridad jerárquica y dogmática, más que de compromiso de evangelio desde el margen de los pobres, desde las nuevas catacumbas de una humanidad sufriente.

Un grupo de participantes del Sínodo para la Amazonia quieren ratificar el próximo domingo el antiguo Pacto de las Catacumbas,  que podría y debería titularse Pacto Universal al servicio del evangelio de la tierra y de los pobres, desde la Amazonia. El texto que se quiere firmar es el siguiente:

20.10.2019

PACTO DE LAS CATACUMBAS PARA LA CASA COMÚN

Por una Iglesia con rostro amazónico, pobre y servidora, profética y samaritana

Nosotros, los participantes del Sínodo Pan-Amazónico, compartimos la alegría de vivir entre numerosos pueblos indígenas, quilombolas, ribereños, migrantes, comunidades en la periferia de las ciudades de este inmenso territorio del Planeta. Con ellos hemos experimentado la fuerza del Evangelio que actúa en los pequeños. El encuentro con estos pueblos nos desafía y nos invita a una vida más simple de compartir y gratuidad. Influidos por la escucha de sus gritos y lágrimas, acogemos de corazón las palabras del Papa Francisco:

“Muchos hermanos y hermanas en la Amazonía cargan cruces pesadas y esperan el consuelo liberador del Evangelio, la caricia amorosa de la Iglesia. Por ellos, con ellos, caminemos juntos”.

Recordamos con gratitud a los obispos que, en las Catacumbas de Santa Domitila, al final del Concilio Vaticano II, firmaron el Pacto por una Iglesia servidora y pobre. Recordamos con reverencia a todos los mártires miembros de las comunidades eclesiales de base, de las pastorales y movimientos populares; líderes indígenas, misioneras y misioneros, laicos, sacerdotes y obispos, que derramaron su sangre debido a esta opción por los pobres, por defender la vida y luchar por la salvaguardia de nuestra Casa Común. Al agradecimiento por su heroísmo, unimos nuestra decisión de continuar su lucha con firmeza y valentía. Es un sentimiento de urgencia que se impone ante las agresiones que hoy devastan el territorio amazónico, amenazado por la violencia de un sistema económico depredador y consumista.

Ante la Santísima Trinidad, nuestras Iglesias particulares, las Iglesias de América Latina y el Caribe y de aquellas que son solidarias en África, Asia, Oceanía, Europa y el norte del continente americano, a los pies de los apóstoles Pedro y Pablo y de la multitud de mártires de Roma, América Latina y especialmente de nuestra Amazonía, en profunda comunión con el sucesor de Pedro, invocamos al Espíritu Santo y nos comprometemos personal y comunitariamente a lo siguiente:

Sínodo para la Amazonía

  1. Asumir, ante la extrema amenaza del calentamiento global y el agotamiento de los recursos naturales, un compromiso de defender en nuestros territorios y con nuestras actitudes la selva amazónica en pie. De ella provienen las dádivas del agua para gran parte del territorio sudamericano, la contribución al ciclo del carbono y la regulación del clima global, una incalculable biodiversidad y una rica socio diversidad para la humanidad y la Tierra entera.
  2. Reconocer que no somos dueños de la madre tierra, sino sus hijos e hijas, formados del polvo de la tierra(Gen 2, 7-8), huéspedes y peregrinos (1 Ped 1, 17b y 1 Ped 2, 11), llamados a ser sus celosos cuidadores y cuidadores (Gen 1, 26). Por tanto, nos comprometemos a una ecología integral, en la cual todo está interconectado, el género humano y toda la creación porque todos los seres son hijas e hijos de la tierra y sobre ellos flota el Espíritu de Dios (Génesis 1: 2).
  3. Acoger y renovar cada día la alianza de Dios con todo lo creado: «Por mi parte, estableceré mi alianza contigo y tu descendencia, con todos los seres vivos que están contigo, aves, animales domésticos y salvajes, en resumen, con todas las bestias de la tierra que salieron del arca contigo” (Gen 9: 9-10; Gen 9: 12-17).
  4. Renovar en nuestras iglesias la opción preferencial por los pobres, especialmente por los pueblos originarios, y junto con ellos garantizar el derecho a ser protagonistas en la sociedad y en la Iglesia. Ayudarlos a preservar sus tierras, culturas, lenguas, historias, identidades y espiritualidades. Crecer en la conciencia de que deben ser respetados local y globalmente y, en consecuencia, alentar, por todos los medios a nuestro alcance, a ser acogidos en pie de igualdad en el concierto mundial de otros pueblos y culturas.
  5. Abandonar, como resultado, en nuestras parroquias, diócesis y grupos toda clase de mentalidad y postura colonialistas, acogiendo y valorando la diversidad cultural, étnica y lingüística en un diálogo respetuoso con todas las tradiciones espirituales.
  6. Denunciar todas las formas de violencia y agresión contra la autonomía y los derechos de los pueblos indígenas, su identidad, sus territorios y sus formas de vida.
  7. Anunciar la novedad liberadora del evangelio de Jesucristo, en la acogida al otro demás y al diferente, como sucedió con Pedro en la casa de Cornelio: “Usted bien sabe que está prohibido que un judío se relacione con un extranjero o que entre en su casa. Ahora, Dios me ha mostrado que no se debe decir que ningún hombre es profano o impuro” (Hechos 10, 28).
  8. Caminar ecuménicamente con otras comunidades cristianas en el anuncio inculturado y liberador del evangelio, y con otras religiones y personas de buena voluntad, en solidaridad con los pueblos originarios, los pobres y los pequeños, en defensa de sus derechos y en la preservación de la Casa. Común
  9. Establecer en nuestras iglesias particulares una forma de vida sinodal, donde los representantes de los pueblos ariginários, misioneros, laicos, en razón de su bautismo y en comunión con sus pastores, tengan voz y voto en las asambleas diocesanas, en los consejos pastorales y parroquiales, en resumen, en todo lo que les cabe en el gobierno de las comunidades.
  10. Comprometernos en el reconocimiento urgente de los ministerios eclesiales ya existentes en las comunidades, llevados a cabo por agentes pastorales, catequistas indígenas, ministras y ministros de la Palabra, valorando especialmente su atención a los más vulnerables y excluidos.
  11. Hacer efectivo en las comunidades que nos han confiado el paso de una pastoral de visita a una pastoral de presencia, asegurando que el derecho a la Mesa de la Palabra y la Mesa de la Eucaristía se haga efectivo en todas las comunidades.
  12. Reconocer los servicios y la real diaconía de la gran cantidad de mujeres que dirigen comunidades en la Amazonía hoy y buscar consolidarlas con un ministerio apropiado de mujeres líderes de comunidad.
  13. Buscar nuevos caminos de acción pastoral en las ciudades donde actuamos, con el protagonismo de laicos y jóvenes, con atención a sus periferias y migrantes, trabajadores y desempleados, los estudiantes, educadores, investigadores y al mundo de la cultura y de la comunicación.
  14. Asumir frente a la avalancha del consumismo con un estilo de vida alegremente sobrio, sencillo y solidario con aquellos que tienen poco o nada; reducir la producción de residuos y el uso de plásticos, favorecer la producción y comercialización de productos agroecológicos y utilizar el transporte público siempre que sea posible.
  15. Ponernos al lado de los que son perseguidos por el servicio profético de denuncia y reparación de injusticias, de defensa de la tierra y de los derechos de los pequeños, de acogida y apoyo a los migrantes y refugiados. Cultivar amistades verdaderas con los pobres, visitar a los más simples y enfermos, ejerciendo el ministerio de la escucha, del consuelo y del apoyo que traen aliento y renuevan la esperanza.

Francisco, durante la procesión de arranque del Sínodo de la Amazonía

Conscientes de nuestras debilidades, nuestra pobreza y pequeñez frente a desafíos tan grandes y graves, nos encomendamos a la oración de la Iglesia. Que nuestras comunidades eclesiales, sobre todo, nos ayuden con su intercesión, afecto en el Señor y, cuando sea necesario, con la caridad de la corrección fraterna.

Acogemos de corazón abierto la invitación del cardenal Hummes a ser guiados por el Espíritu Santo en estos días del Sínodo y en nuestro regreso a nuestras iglesias:

“Déjense envolver en el manto de la Madre de Dios y Reina de la Amazonía. No dejemos que nos venza la auto-referencialidad, sino la misericordia ante el grito de los pobres y de la tierra. Se requerirá mucha oración, meditación y discernimiento, así como una práctica concreta de comunión eclesial y espíritu sinodal. Este sínodo es como una mesa que Dios ha preparado para sus pobres y nos pide  nosotros que seamos los que sirven la mesa».

Celebramos esta Eucaristía del Pacto como «un acto de amor cósmico». “¡Sí, cósmico! Porque incluso cuando se lleva a cabo en el pequeño altar de una iglesia de aldea, la Eucaristía siempre se celebra, en cierto modo, en el altar del mundo». La Eucaristía une el cielo y la tierra, abraza y penetra toda la creación. El mundo salido de las manos de Dios regresa a Él en feliz y plena adoración: en el Pan Eucarístico «la creación tiende a la divinización, a las santas nupcias, a la unificación con el mismo Creador». «Por esta razón, la Eucaristía es también fuente de luz y motivación para nuestras preocupaciones por el medio ambiente, y nos lleva a ser guardianes de toda la creación».

Catacumbas de Santa Domitila

Roma, 20 de octubre de 2019