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Noticeu Dar respuestas a la búsqueda de significados: un reto para los educadores según Mons. Galimberti

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En su columna en el Diario “Cambio” de Salto, Mons. Pablo Galimberti plantea esta semana que “el problema de la educación es si tenemos una respuesta adecuada a la búsqueda de significado” ya que “es algo que el joven necesita mucho más que simples datos”. “Si no se los introduce en el significado de la realidad total, el interés que despierta (la materia) irá disminuyendo”, asevera.

A continuación el texto completo de la columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti.

 

DESPERTAR PREGUNTAS

En su autobiografía, Olivier Clément, francés perteneciente a la iglesia ortodoxa, vinculada a la tradición rusa, cuenta una experiencia de su infancia. Su padre, no creyente, lo había “educado” en truncar  preguntas. Pero esto no le había impedido, desde niño, verse interpelado por la realidad.

A los ocho años murió su amigo Antonio. Ante el ataúd el niño preguntó: “Papá, ¿dónde está Antonio?” El padre, coherente con su ateísmo, le contestó: “Antonio no está en ninguna parte, está muerto”.

El diálogo pareció acabar aquí, pero a los doce años, paseando con su padre una noche, ante un cielo estrellado, el adolescente le preguntó de nuevo: “Papá, ¿qué hay más allá de las estrellas?” “Más allá de las estrellas no hay nada”.

Lo primero que comprobamos es que ninguna persona, ningún poder de este mundo, puede detener la interpelación que nace por el impacto que la realidad produce en el yo y que despierta continuamente una pregunta por el sentido.

Lo que sucede con las estrellas, ocurre también con los afectos, el trabajo, enfermedades, violencias, las cosas más hermosas que contemplamos y las más absurdas que nos sorprenden. Y que no están lejos sino también muy dentro de nosotros.

La tarea de un “educador” (palabra que viene del latín: e-ducere, o sea “sacar de adentro”) es clave. Está lejos de la concepción “bancaria” (Paulo Freire). Esta misión debería alentar a los docentes en sus fatigas cotidianas.

Pero existe algo más fuerte que impide “tirar la toalla”. El deseo de encontrar sentido a lo que nos ocurre a diario no conoce pausa. Podemos distraernos, darnos una tregua, olvidarnos por algún tiempo, pero las preguntas vuelven. A veces estas preguntas afloran repentinamente en situaciones críticas, como ocurrió al aviador, protagonista de El Principito.

Encontrar respuesta que haga comprensible lo que nos sorprende, es parte de una vida normal. No satisfacen consejos como: tomáte unas vacaciones, ¡tuviste un año muy complicado!

Un docente puede explicar a sus alumnos física, química… pero sin darle mayor profundidad o el significado último. Pero el joven necesita mucho más que simples datos. Si no se los introduce en el significado de la realidad total, el interés que despierta irá disminuyendo. Si un niño no sabe cómo usar el juguete, terminará dejándolo en un rincón. La ausencia de significado apaga el deseo.

Un buen educador no debería olvidar el compromiso serio con la realidad. Todos somos “educadores”. No sólo en el aula. También cuando mantenemos un encuentro personal o dirigimos la palabra en una boda o delante de un niño fallecido.

No basta cualquier respuesta para dar significado al dolor, a una frustración o una opción vocacional. Nos convertimos en testigos de lo que decimos. Un padre o una madre no pueden satisfacer la educación de un hijo con vaguedades, clichés o veladas amenazas.

El problema de la educación de los jóvenes es si tenemos una respuesta adecuada a la búsqueda de significado. Como la pregunta del niño ante su amigo muerto. La educación no es tanto un problema de los adolescentes o jóvenes sino de los adultos. Acabo de ver la primera charla televisada de un docente italiano, Franco Nembrini, sobre Pinocho. Aclara lo que he querido plantear.

Es el auténtico método socrático. Lástima que hemos achicado tanto el horizonte y se controla si un docente transgredió unos centímetros la laicidad, para denunciarlo.