Iglesia al día

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La Iglesia en los medios Crónica de la visita del papa Francisco a Bolivia

EL OBSERVADOR |

*Por Agustín Castillo (Desde Bolivia)

Milan, el niño de siete años que se hizo famoso por su carta al papa Francisco, le pidió de puño y letra que se abrigara porque la mañana del jueves 9 de julio iba a estar fría. El pronóstico lo alertaba y las constantes lluvias de la semana anterior –que no dieron tregua e inundaron la ciudad- lo confirmaban. Pero cuando el papa-móvil llegó al altar del Cristo Redentor sobre las 10 de la mañana, salió el sol. Fuerte y borrando las nubes. Unos le dicen casualidad, otros, señal.

Cierren los ojos unos segundos. La señal es tangible y visible. De color blanco. Imaginen una multitud que salió a la calle. Piensen en veredas desbordadas. En mujeres, niños, bebés, hombres, ancianos, enfermos, inválidos, indígenas, europeos, sudamericanos. A la multitud, aún de ojos cerrados, agréguenle banderas. Pongan un tono más arriba del blanco. El amarillo tenue. Que las banderas sean amarillas y blancas. Sí. Pueden igual mezclar, como si fuera una obra abstracta, más colores. Porque hay enseñas de varios países hermanos: Argentina, Brasil, Uruguay y más.

Ahora agiten la cabeza para agregar a la escena los movimientos de miles de banderitas. ¿Vieron? El paisaje va tomando forma. Pero llevemos más arriba el listón. Propongo un desafío. Voz. Sí, vamos a darle voz a la escena. Que sean gritos. Pero no de tristeza. De algarabía, de esperanza. Sí, que sean gritos de euforia, de pasión. Eso mismo. De saber que algo bueno está ahí, cerca, que está por venir. Mañana o tal vez pronto. Pero que si tiene que ser, el escenario está listo.

Abran los ojos. ¿Lo ven? Ahí, entre los gritos y las banderas, entre el color y el calor, entre las nubes que se van, asoma con brillo propio entre la multitud una sonrisa gigante. Una sonrisa verdadera que es capaz de contagiar e iluminar con apenas enseñar los dientes. Es capaz de decir muchas cosas sin decir absolutamente nada. Esa es la sonrisa de Jorge Bergoglio. El papa Francisco. El “papa de los pobres” se ha dicho. El primero de estas tierras. Una mirada que basta para bendecir lo que hay a su paso y de cambiar las cosas que son imposibles de alterar.

Pero de repente no hay más voz. Vuelvo a instalar una suerte de reto. ¿Puede una multitud que sale a la calle mantener el silencio? ¿Se imaginan a un millón de personas quietas en una avenida guardando un silencio de hospital? Las multitudes tienen por naturaleza llevar un sonido ensordecedor, perturbador. Pero sobre la avenida Monseñor Rivero de Santa Cruz de la Sierra, un jueves 9 de julio a las 10 de la mañana de un invierno crudo pero con el sol brotando, hay un millón de personas apretadas sobre el cemento pero en completo silencio. Los gritos de estupor fueron antes. Ahora un profundo mutismo es el dueño de la escena. Se oye el viento y las hojas.

Ese millar de personas no estaba en silencio en vano. Estaba esperando la palabra de Francisco. El papa más carismático de todos los tiempos. El que rompió el protocolo con solo asomarse a la escalera del avión. El que hizo un guiño en Aimara. El que abrazó a niños lo que sus brazos le permitieron. El que paró el papa-móvil para subir a una feligresa al costado del camino. El que pidió hablar del mar cuando el tema era fruta prohibida y desató la furia vecina. El que fue a una clínica para visitar a un viejo amigo. La máxima figura de la Iglesia Católica que construyó un puente entre Cuba y Estados Unidos. El que pide perdón por otros y el que lava pies de presos. Él ahora estaba ahí. A los pies del Cristo Redentor, bajo las columnas talladas de la Chiquitanía, que tanto olor destila a sus orígenes jesuitas.

Estaba ahí pronto para dar un mensaje revelador: de unión y de hermandad a un pueblo que salió a la calle cargando ilusión para reflexionar y que ahora en un silencio ensordecedor (vaya oxímoron) espera oírlo como quien espera la fórmula que conlleve al éxito seguro.

Porque hasta los vendedores ambulantes que tomaron las calles querían verlo mientras vendían. “Nos trae mucha fe”, reza una señora que vende remeras. Mientras la multitud marcha, hay gente que posa con una réplica en cartón del papa con esa sonrisa en tamaño real. Lo abrazan como si fuera él. Se dispara el click, se imprime la foto. Se venden rosarios, marcha un chorizo, un majadito y un cuñapé. Se prueban chalinas y se esfuman los llaveros con su cara. Todo alrededor sucede entre el bullicio y el silencio.

No dio la receta. Nadie la tiene. Pero mostró el camino. O mejor dicho lo marcó. Pidió un proceso. Pidió que no descarten más a los pobres. Que no sean dejados de lado. Lo dijo usando una palabra que despierta cansancio y que no tiene mañana: basta. Basta. Qué les den de comer. Citó la parábola de multiplicar panes y peces para ilustrar su oración. El camino ya estaba trillado desde Ecuador y también desde el humo blanco: la familia primero. Quiere en su discurso siempre acercar y busca –sin demagogias- tender puentes dónde es imposible ponerse a construir.

Del otro lado siempre el silencio. La gente sin mirar el altar, sin poder ver una pantalla gigante, pero mirando la nada, escuchando la voz de Francisco. Puse en el celular a mi madre para que pudiera oír la misa y retumbó su voz cuando me habló por el eco del silencio de los fieles congregados. Ahí pude contemplar aquella masividad en un estado que solo una persona puede lograr. Y no importa el cansancio de dormir como vagabundos por la calle para escuchar más de cerca. Para ver más de cerca. Que importa si la espera de la noche anterior fue con música, bailes, diversión y rondas de juegos alrededor de un campamento improvisado sobre una avenida que a diario huele asquerosamente a cemento. En la que solo se escuchan bocinazos y se respira el humo negro de los escapes, en donde los conductores se miran desafiantes para ver quien cruza primero. Esa misma calle albergó por una noche, entre la humedad y el frío, millones de sueños.

Los fieles pasaron horas y horas en vilo llegando desde los lugares más lejanos del mapa para escuchar a Francisco. Para llevarse a sus casas y a su corazón una reflexión para que la visita sea más que las fotos, las poses y las tapas de los diarios. “Me conmuevo cuando veo a muchas madres cargando a sus hijos en las espaldas, como ustedes lo hacen aquí”, dice entonces Francisco y solo basta voltear la cabeza y encontrar sentada en la vereda a una mujer vendiendo recuerdos del papa con su hijo bien acobijado entre telas. “Ustedes cargan sobre sus hombros desilusiones, tristezas, amarguras y las injusticias, pero también la historia de sus pueblos”, decora el pontífice como si también hubiese observado en ese instante a tantas mujeres que llevan tanto en sus hombros con la mirada fija en el suelo, perdida, sin contemplar jamás el horizonte.

Ya no había entonces rastro de la lluvia de los días anteriores. Ni de la nieve en La Paz. El viento no traía frío sino más bien limpiaba las nubes. Traía también calma y la brisa sabía bien. “Gracias por estar reunidos”, fue su bendición y allí el sol salió con la misma velocidad que el millón de personas se sacaba sus abrigos. No puede haber una metáfora tan explícita como la expuesta entre el clima y las palabras. Entre la acción y la reacción. Hasta los niños quedaron callados sin siquiera saber qué era todo aquello.

¿Puede una multitud quedarse callada tan solo escuchando una voz? Sí. Este revolucionario cura argentino que se fue a Italia soltando un “Ya vengo”, que no cumplió por el humo blanco del Vaticano que lo puso al frente de la Iglesia Católica, lo puede. Está también en el ojo de la tormenta. Por sus dichos y por sus acciones. Pero después del silencio, pide entonces los gritos y los líos porque “el futuro de la humanidad está fundamentalmente en manos de los pueblos” y porque “este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los pueblos”.

Francisco se dio vuelta y subió las escaleras del avión. Se fue con el mismo sol que trajo, pero dejó mucho más que un clima agradable. Dejó infinidad de letras para que se conviertan en canciones que luego sean revoluciones posibles. ¿Puede también el simple paso de una persona generar consciencia? Absolutamente. Hay renovación. Cada letra de la carta que este niño escribió es una muestra. Aunque confieso que en algo se equivoca. Perdóname Milan. Tu carta me conmovió y hasta me hizo reflexionar. Pero no hay que ponerse una campera. No hay que abrigarse con ropa. Es imposible que esté frío cuando un hombre vestido de blanco puede callar a multitudes, convencerlas, y poner en jaque las fuerzas más invulnerables del planeta. Ahora todo está en manos del pueblo.