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La Iglesia en los medios Correa, mucho cuidado con la clase media (Se cita al Papa Francisco) [Opinión]

EL OBSERVADOR |

Por Gabriel Pastor – Especial para El Observador

El 1º de mayo el presidente de Ecuador, Rafael Correa, viaja en un automóvil gris plateado a una movilización de simpatizantes del gobierno. El auto se desplaza por una calle angosta a velocidad de hombre junto a otros autos oficiales. Dos o tres escoltas trotan a los costados del vehículo gris metalizado del jefe de Estado. Pero el auto del presidente frena sorpresivamente en mitad de una calle. Correa baja del vehículo. Se lo ve enojado. Sube a la vereda y se dirige a un joven de 17 años que estaba tan sorprendido como el resto de los transeúntes. “¿Por qué haces esto? ¿Por qué faltas el respeto al presidente?”, increpa Correa a Luis C., según la versión oficial. Luis C. había visto a Correa en el auto e instintivamente le hizo dos gestos de rechazo que el primer mandatario no puede tolerar: bajó los pulgares de sus manos hacia abajo y, luego, hizo lo que en Quito se conoce como “sacar yuca” (un antebrazo levantado con el puño cerrado, y la otra mano apoyada en la articulación del codo). Según la versión de Luis C., el presidente lo golpeó en el pecho y le dijo: “Aprende a respetar, muchachito; yo soy tu presidente, muchachito malcriado…”. Luego Correa ordena detener al joven y lo condenan a realizar 20 horas de trabajo comunitario. Luis C. camina junto a su madre que, en medio de un ambiente confuso, le pega una cachetada a un guardaespaldas presidencial. Un par de lentes de sol del vigilante presidencial vuela por los aires.

Así es el talante de Rafael Correa en el poder cuando no le gusta lo que ve o no le gusta lo que escucha. Los analistas políticos ubican a su gobierno en el casillero chavista junto a Evo Morales, de Bolivia.

Correa, de 52 años, presidente desde 2007, tiene un doctorado en Economía de la Universidad de Illinois y un máster de Artes en Economía de la Universidad de Lovaina. Son muy pocos los presidentes latinoamericanos que pueden mostrar tan calificado currículum. Pero parecería que, a la hora de gobernar, la mayor influencia de Correa ha sido la escuela política del comandante Chávez.

Los dirigentes políticos de la oposición y de la sociedad civil de Ecuador critican al presidente con los mismos argumentos: Correa no escucha. Correa no dialoga. Y lo tildan de déspota.

En el gobierno de Correa, la Policía reprime actos de protestas que convoca la oposición –a quienes el presidente considera golpistas–; se ejerce un férreo control sobre la libertad de prensa y se asfixia a los medios de comunicación críticos con el poder.

Por lo menos desde que está en el Palacio de Carondelet, Correa siempre actuó como un caudillo autoritario. Con ese temple político ya ganó tres elecciones consecutivas y aspira a continuar luego de 2017.

Sin embargo, los estudios de opinión pública empiezan a mostrar a votantes con el ceño fruncido por actitudes “prepotentes” y políticas socialistas del mandamás ecuatoriano. Como si fuera algo nuevo.

Una encuesta de Cedatos-Gallup, registró en junio el índice de apoyo más bajo a la gestión de Correa (46%) desde que asumió el poder. El estudio reveló una caída de cinco puntos porcentuales en la aprobación a la gestión presidencial al pasar de 51% en mayo a 46% en junio, mientras que el índice de desaprobación aumentó de 43% a 45% en el mismo lapso, según la consultora. Es la primera vez que el apoyo a la administración de Correa cae del 50%.

¿Por qué cambió el humor de la ciudadanía? ¿Por qué hasta no hace mucho tiempo, los electores no hacían más que encoger los hombros ante la “prepotencia” bolivariana y ahora, muchos de ellos, acompañan las protestas encabezadas por sindicatos, indígenas y organizaciones políticas, ondean banderas negras y gritan “¡Fuera Correa, fuera!”?

“La economía, estúpido”, diría Bill Clinton. Es que fue lo único que cambió desde que Correa ganó las elecciones hace ocho años. En el primer lustro, los pobres y las clases medias gozaban de un viaje nutrido de los altos precios del petróleo y de generosos programas sociales. Durante ese período de bonanza económica, Ecuador bajó considerablemente la pobreza y las clases medias se desarrollaron como nunca.

Pero ese país idílico llegó a su fin por la caída de los precios de las materias primas que impactó directamente en los ingresos del Estado que financian la versión populista bolivariana de Correa.

Hay un vínculo entre la caída del precio del petróleo y la caída de popularidad de Correa. Que se hace mucho más fuerte con las medidas que aprueba o proyecta el gobierno para enfrentar la pérdida de ingresos. Por ejemplo, subir aranceles de importación en el comercio con Colombia y Perú; la eliminación gradual del subsidio a los combustibles a los autos de lujo; recorte de subsidios…

Pero lo que hizo estallar el polvorín fue un proyecto de Correa para subir el impuesto a las herencias y a las ganancias de capital. El jueves 2 se realizaron multitudinarias manifestaciones en las que hubo una crítica generalizada al gobierno. En Ecuador aseguran que han sido de las mayores protestas en una década. Quizá por ello Correa decidió congelar el proyecto, aunque ha argumentado otra cosa: evitar que se empañara la visita del papa Francisco, que estuvo en Quito y Guayaquil desde el domingo 5 al miércoles 8.

Correa no cambió su modo autoritario de ejercer el poder. Simplemente se metió con la clase media y eso en América Latina es muy caro. Es que, como declaró el politólogo ecuatoriano Andrés Mejías Costa, “las clases medias latinoamericanas son conservadoras y no dejan que se metan en sus bolsillos”. l

Columnista de El Observador y editor del suplemento Correo de Ideas.