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La Iglesia en los medios Contracorriente (Marcha por la familia)

EL PAÍS |

Los militantes en contra del matrimonio homosexual

SEBASTIÁN CABRERA

El mundo de Walter es simple y claro: lo que está mal, está mal. Es lunes de nochecita y, un rato antes de las siete de la tarde, él está en la Plaza Matriz, ahí al lado de La Pasiva, para protestar contra el matrimonio de personas del mismo sexo.

Para Walter -un hombre de 50 años, empleado del rubro electrónica, que usa ropa más bien formal y tiene cabello tirando a rubio- Uruguay retrocedió unos cuantos casilleros esta semana.

“Se sabe que los que son del mismo sexo y se juntan para revolcarse tienen un problema cerebral”, dice, muy serio. Y luego sigue: hay un lobby fuertísimo, en cualquier momento van a proponer casamientos de a tres o que se puedan casar con niños. Es igual que con esos que quieren legalizar “el exterminio de bebés”, dice. Es todo lo mismo para Walter. La batalla se está perdiendo.

A Walter lo acompaña un muchacho de 23 años que lleva una pancarta con el mensaje “por la familia” y una cruz amarilla con un corazón rojo en el medio. “Poné que soy un amigo de Jesús y que vengo desde Tala por amor a la iglesia”, dice. Se nota que el tono algo violento de su compañero de movilización le incomoda un poco. “Dios sabrá por qué pasa esto, él sabe lo que hace… Yo prefiero dar un mensaje de misericordia”, dice y se ríe.

Walter y el amigo de Jesús marcharán en un rato hasta la Plaza Independencia en la soledad de una noche otoñal que en la Ciudad Vieja se presenta particularmente triste. No están solos. Hay unas 50 personas más, la mayoría jóvenes, entre ellos algunos diputados del Partido Nacional: Jaime Trobo, Pablo Abdala, Gerardo Amarilla y Martín Elgue. También hay un cura, José Luis Vidal, quién felicita a los legisladores por haber venido hasta acá. “Hay que animarse”, dice Vidal a quien lo quiera escuchar.

Hoy, estar en contra del matrimonio homosexual es casi una transgresión: lo que está bien visto en muchos círculos, lo políticamente correcto, es el apoyo al matrimonio igualitario. Quizás por eso sean tan pocos los que llegaron a la Plaza Matriz a expresarse en contra de esta ley, que fue sancionada el miércoles de noche en la Cámara de Diputados.

Son pocos, y algunos están bastante radicalizados.

Allá está Gustavo. Flaco, alto, con campera militar y bandera de Uruguay bien arriba, se mueve nervioso para todos lados. Estudia museología y tiene 35 años. La tesis central de su argumentación es que el matrimonio homosexual es artificial, no tiene como fin perpetuar la especie. “El día que dos homosexuales tengan un hijo, ahí hablamos”, torea Gustavo, y se da media vuelta.

Martín Elgue, un diputado herrerista suplente que no votó la ley cuando se trató por primera vez en Diputados, charla con el sacerdote. “Soy uno de los seis que no voté en Diputados”, le dice a Vidal y este lo palmea.

Vidal es sacerdote católico y abogado. Piensa que se están destruyendo las bases de la nacionalidad, que se está destruyendo la nación. Hace un rato leyó que en Holanda legalizaron a una asociación de pedófilos y dice que, quizás, acá vamos por el mismo camino.

Se refiere a que un tribunal holandés rechazó el recurso de apelación en el que se solicitaba la prohibición de una asociación que defiende las relaciones sexuales entre niños y adultos. El tribunal consideró que las actividades de esa asociación podían ser contrarias a la ley, pero que no constituyen “una amenaza a la desintegración” de la sociedad.

“Es decir, en Holanda ahora es legal la relación sexual con niños. Ese es el progreso, da la impresión”, dice Vidal, quien representa a una iglesia que ha enfrentado cientos de denuncias por pedofilia en las últimas décadas y que ahora busca reparar el daño que esto le ha generado en su imagen.

SON SERES HUMANOS. ¿Quién organizó la marcha? “Vení que te los presento”, dice Elgue, y va a buscar a Mathías González y Roel Bottari, dos muchachos, quienes -megáfono en mano- llevarán la voz durante toda la jornada, convocada bajo el lema “Vení a defender a la familia”.

González, de 16 años, estudia derecho en el liceo Pastorino. Bottari tiene 19 y estudia profesorado de historia. Ambos son militantes blancos e integran la autodenominada Mesa Nacional en Defensa y Promoción de la Familia. En los últimos días los han tratado de homofóbicos y también de nazis.

Dicen que el movimiento está inspirado en la ola francesa en contra del matrimonio y la adopción para las parejas del mismo sexo, un proyecto de ley que también está en discusión actualmente en ese país. Allá hubo una manifestación de casi un millón y medio de habitantes, en un país de 66 millones de habitantes. Acá se manifestaron varias decenas en un país de algo más de tres millones.

González y Bottari dicen que no están en contra de los homosexuales, que “son seres humanos y personas como cualquier otro”. Pero el matrimonio, creen ellos, es una sola cosa: entre un hombre y una mujer.

“Que yo me case con mi novia no es lo mismo que un chico se case con otro chico, ¿no?”, pregunta Bottari. González dice que se va a devaluar el matrimonio real si puede haber un matrimonio entre dos hombres o entre dos mujeres. Y pone un ejemplo sacado de la economía: “Si fabricás moneda falsa, enseguida devaluás la moneda verdadera y todo el sistema económico entra en colapso”.

González y Bottari hacen sonar sirenas mientras todos caminan y cantan “matrimonio eres, de hombres y mujeres”. También, “familia es marido y mujer y no otra cosa que nos quieren imponer”. Y, “a ti legislador, esto tiene un costo, jugás con la familia y ya no tendrás mi voto”.

Mientras, dos muchachas llevan una pancarta con un texto del versículo 3 del salmo 128, que dice “tu mujer será como vid, que lleva fruto a los lados de tu casa. Tus hijos como plantas de olivo alrededor de la mesa”.

La poca gente que pasa, mira y sigue rápido. Es de noche y empieza a hacer frío. El chofer de un 121 toca la bocina en señal de saludo frente a la puerta de la Ciudadela, donde González, Bottari y dos jóvenes más leen una proclama arriba de una camioneta.

-¿Qué venimos a defender? -pregunta a los gritos una oradora.

-¡La familia! -responden a coro las decenas de personas reunidas-. ¡Viva la familia, viva la familia!

El discurso dura unos 10 minutos y los conceptos concretos son cuatro o cinco, no muchos más.

Que todos nacimos de un hombre y una mujer.

Que está en juego la familia tal como la conocíamos con un papá, una mamá y uno o varios hijos.

Que los homosexuales merecen respeto, como cualquiera.

Que el amor no se regula por ley.

Y que la ambigüedad, “que muestra que todo es igual”, ha traído decadencia.

Eso dicen ellos. Al final nombran, uno a uno, a los legisladores que no votaron la ley en el Parlamento y agradecen la “heroica actitud” de ese puñado de senadores y diputados. González y Bottari bajan de la camioneta, aplauden, sonríen y dicen que “no hay que aflojar”, que todavía se puede. Pero ya saben que no hay marcha atrás y que -aunque no les guste- en pocas semanas por esa misma peatonal Sarandí, ahora casi vacía, caminarán parejas de hombres y de mujeres que estarán felizmente casadas.

¿Y la unión concubinaria?

En diciembre de 2007 se aprobó la ley de unión concubinaria, vista como una forma de legalizar a parejas del mismo sexo. Esa ley dice que existe unión concubinaria, con todos los derechos y obligaciones, cuando dos personas de cualquier sexo conviven al menos media década.

Pero lo cierto es que la unión concubinaria gay no ha tenido gran éxito hasta ahora. En parte porque se trata de un proceso judicial y por lo tanto el trámite demora al menos medio año, hay que contratar abogados, ir a una o dos audiencias, llevar testigos, presentar pruebas de la convivencia, de la estabilidad de la relación y hasta contar si tienen sexo o no.

Y es caro. En el Registro Civil hay que pagar 261 pesos para el trámite de matrimonio. Pero la unión concubinaria ronda los 20.000 pesos, entre abogados, timbres y publicación en el Diario Oficial.

Hasta noviembre de 2012 iban unas 500 uniones en todo el país, según estimó la doctora Luz Calvo, de la cátedra de Derecho de Familia de la Universidad de la República, en un artículo que publicó Qué Pasa en ese momento. Pero allí estaban incluidas las parejas de distinto y del mismo sexo. Algunos dicen que, más o menos, la mitad de los trámites son de parejas gay.