Iglesia al día

" En este tiempo de pandemia, que dejó sin efecto o en suspenso tantos proyectos personales y colectivos... damos, en primer lugar, gracias a Dios por todo lo bueno que hizo surgir en los corazones de hombres y mujeres de nuestra tierra. En todo ello encontramos motivos de esperanza. "
Mirando con Dios este tiempo

Mons. Pablo Galimberti Contra la mediocridad

Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti | 8 de junio de 2012

 

A principio de esta semana visitó nuestra diócesis un alemán de 51 años que trabaja en una institución vinculada a la iglesia. En los dos días que estuvo hizo visitas en Salto, Paysandú y Artigas.

Cenando en un lugar tranquilo de las termas, comparando a los uruguayos con otros países que él conoce, elogió nuestra sencillez y cordialidad. Como ejemplo puso el tiempo que dedicamos en atender a un extranjero. Mientras que en Alemania, donde trabaja, se controla el tiempo que se dedica a una visita.

La conversación se animó después de probar una cerveza uruguaya, que saboreó y elogió. Preguntándole por su familia, nos mostró la foto de su esposa, que es colombiana, a quien conoció cuando vivió en Cali en uno de los barrios más violentos de la ciudad. Allí trabajaba como enfermero. Nos habló de sus dos hijas, la mayor de 8 años y la menor de 6.

Comentando el estilo de vida en la ciudad de Essen, donde vive y trabaja, nos dijo que cada mañana viaja a la oficina en tren, que puntualmente emplea 12 minutos desde su casa. Viajar en auto por las carreteras de Alemania, en días de semana, tiene dos inconvenientes: lo estresante por el frecuente embotellamiento en los días laborales y el factor contaminación, que crece en proporción al número de vehículos.

Nos sorprendió bastante cuando nos dijo que no tenía auto. Y ¿cómo hacen en vacaciones, cuando salís con tu familia? ¡También en tren! Igual disfrutamos mucho. El a veces toma taxi; otras veces usa bicicleta o también camina.

Al día siguiente nos dijo que quería hablar por teléfono a su familia y sacamos la cuenta que en Alemania serían las 19 horas. La urgencia era porque sus hijas se acostaban entre 19 y 19 y 30 aproximadamente. ¿Tan temprano? ¿No ven televisión? ¡No tenemos televisión! respondió. ¿Y cuando juegue Alemania con Portugal el próximo sábado ¿cómo hacés? Voy a casa de un amigo que vive a 500 metros o lo veo en la computadora.

Los pocos rasgos de la personalidad de esta visita me mostraron que es un hombre que intenta vivir serenamente de acuerdo a sus valores y convicciones; y sin hacer ostentación transita por senderos diferentes a los esquemas de la cultura media donde nació, vive y trabaja.

No se trata de imitar. En nuestro país sin trenes y sin auto no podríamos hacer lo que hacemos.

La coherencia con los propios valores y creencias puede ser fácil si por coherencia entendemos el simple transitar por las grandes avenidas ideológicas o cosmovisiones del mundo. Pero la experiencia dice que la coherencia y sinceridad hasta la médula es siempre una meta laboriosa. Los alquimistas usaban la imagen de la búsqueda de la piedra filosofal que requiere oscuridades, purificaciones y asimilaciones de lo más opuesto. En lenguaje evangélico se trata de asumir la cruz del amor incondicional y del amor al enemigo, o sea, a lo que a diario se nos “cruza”.

En sociedades globalizadas no sólo por la simultánea circulación de noticias sino también por objetos de consumo, imágenes y valores contrapuestos, es un desafío cultivar la coherencia con las propias raíces incorporando a la vez los avances tecnológicos.

Se trata de integrar sin ser dependientes cada día de más cosas. En una ocasión el monje benedictino argentino Mamerto Menapace contó que un día llegó al monasterio un joven. Cuando al día siguiente se pusieron a charlar sobre el ritmo del monasterio, el joven lo primero que le mostró fue un sofisticado aparato electrónico, pongamos por ej. un reproductor de música mp3. ¿Qué es eso? preguntó el monje. Y el joven le hizo una rápida demostración de todas las funciones de este chiche sobre el cual el monje no tenía ni idea. El monje lo miró sonriente, hizo una pausa y le dijo: ¿mirá…, sabés una cosa? ¡No lo necesito!

Todos los días hay que pelear contra la mediocridad que nivela hacia abajo, impone conductas adictivas y adhiere a conductas según estadísticas y no conforme a lo que dicta una buena conciencia y una sana educación.

Es responsabilidad de los padres vigilar y fortalecer el buen gusto de sus hijos para distinguir lo bueno de la mediocridad dañina, aunque esta haga ruido.

Columna publicada en el Diario “Cambio” del viernes 8 de junio de 2012