Iglesia al día

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La Iglesia en los medios Conflictos divinos

EL PAÍS |

Sexo y violencia en el convento

Asesinatos, envenenamientos y rituales de iniciación lésbicos en uno de los mayores – y menos conocidos – escándalos que vivió la Iglesia Católica en el siglo XIX.

SI UN uruguayo medio escucha las palabras “pío nono”, de seguro piense en esa masa, a la vez esponjosa, fina y manejable que se usa para arrollados de repostería. Alguien algo más culto se acordará de Giovanni Maria Mastai Ferretti (1792–1878), hombre de familia noble que entre 1846 y 1878 fuera Papa con el nombre de Pío IX.

Fue el suyo el papado más extenso de la historia, si se exceptúa el de San Pedro. El personaje tiene para Uruguay un interés lateral: el tesoro que por años buscaron en el Cementerio Central y adyacencias las hermanas Masilotti habría sido en sus orígenes propiedad de un supuesto hijo ilegítimo de Mastai Ferretti.

El papado de Pío fue “más hamacado que un tren” por las graves encrujicadas de fe que vivía el cristianismo en el siglo XIX. Esas encrucijadas derivaron en conflictos y, también, en un caso criminal ocurrido entre las monjas del convento de San Ambrosio Della Massima en 1859 donde hubo envenenamientos, asesinatos, y rituales de iniciación lésbicos. Dicho caso, largamente oculto en los archivos del Vaticano, salió poco a poco a luz. La historia definitiva parece estar en el estudio del historiador papal Hubert Wolf, cuyo libro en alemán fue traducido al inglés como The Nuns of Sant Ambrogio (Oxford, 2015).

HALCONES Y PALOMAS.
Es justo, antes que nada, explicar el contexto que alimentó estos crímenes.

La Revolución Francesa y el Imperio Napoleónico significaron para los Estados Pontificios un golpe durísimo. Fueron abolidos por un corto lapso, dando lugar a la República Romana, para ser reinstaurados luego del Congreso de Viena, muy debilitados.

En el plano de las ideas los embates eran muy fuertes. El racionalismo y el cientificismo, herederos del iluminismo del Siglo XVIII ponían en jaque el concepto de religión revelada y, en consecuencia, la primacía espiritual de la Iglesia. El avance del darwinismo ponía en cuestión la idea misma de pecado original y, por ende, el papel salvador de Cristo en la Historia.

Estas tensiones fueron conformando en el seno de la Curia Romana dos corrientes: los zelanti (podría traducirse como duros, ultraortodoxos, conservadores, etc.) y los politicanti, es decir, los prelados más liberales, más dispuestos a compromisos con la política y las ideas de su tiempo.

Pío IX, que llegó al papado en 1846, fue un politicanti moderado. La oleada de revoluciones liberal/nacionalistas de 1848, que proclamó la República, lo obligó a huir disfrazado de monje a Gaeta, en el Reino de las dos Sicilias, desde donde pidió la ayuda de las potencias católicas para ser repuesto en su poder temporal. Cuando las bayonetas francesas lo devolvieron a su trono era un hombre bastante menos liberal que el que asumiera el papado dos años antes. Prueba de ello, entre otras medidas, fue la reinstauración del gueto judío en Roma.

Fue una Iglesia sometida a fuertes amenazas. Para contrarrestar esto captó el fervor de la grey católica promoviendo la veneración de la Virgen, proclamando el dogma de la Inmaculada Concepción de María. A continuación convocó al Concilio Vaticano I (1869-70), donde la Iglesia condenó el racionalismo, afirmando que la sola razón humana no puede sin ayuda de la Gracia conocer la verdad. Era una decisión imprescindible. Aceptar una religiosidad vaga y abierta, por respetable que esto sea en términos intelectuales y humanos, y por mucho que fomente la tolerancia entre los hombres, habría dado al traste en pocos años con la Iglesia como Institución.

Más controvertido aún —y mal entendido— es el dogma de la infalibilidad papal surgido de ese concilio. Allí no se sostiene que el Papa esté exento del error humano, sino que cuando auxiliado por el Espíritu Santo se expide sobre asuntos doctrinales, no falla, porque Dios es infalible. Es, por cierto, algo carente de sentido para un agnóstico, un ateo o un fiel de otra religión, pero puede tener sentido para un católico, aunque sigue siendo criticado, como ocurrió con la prédica de Hans Küng en el siglo XX.

El concilio quedó inconcluso porque los ejércitos de Víctor Manuel II, comandados por Garibaldi, cercaban Roma para incorporarla como capital al Reino de Italia, objetivo que casi lograron. Algunos católicos progresistas sostienen que la llegada de Garibaldi fue providencial para evitar un posicionamiento conservador de la Iglesia en cuestiones tales como el rechazo de la Teoría de la Evolución y la afirmación de que el relato del Génesis sobre la creación humana y el pecado original deba ser tomado por los católicos como verdad histórica.

BOTÓN DE MUESTRA.
A veces estudiar un caso como el escándalo de las monjas de San Ambrosio ayuda a entender la cosa.

La princesa alemana Katharina Von Hohenzollern-Sigmaringen, emparentada con la casa reinante de Prusia, entra como novicia a dicho convento en 1859. Al principio está encantada, pero a los pocos meses se hace rescatar por su primo, un arzobispo muy influyente en la Curia Vaticana, aduciendo que están tratando de envenenarla.

Interviene entonces la Inquisición, que a esas alturas no aplicaba el potro y otras torturas, sino que era una eficaz burocracia que, a fuerza de prolijos interrogatorios y concienzudos expedientes, lograba discernir responsabilidades en crímenes contra la fe católica. Allí descubre que la “Madre Vicaria” y encargada de las novicias, la Hermana María Luisa de 27 años, es la responsable de los intentos de asesinato, porque la princesa es un obstáculo para su virtual reinado en el convento. Al igual que la fundadora del convento, María Agnese Firrao, que había sido condenada por la Inquisición, la Madre Vicaria pretende ser una santa viviente, predilecta de la Virgen, que le dicta cartas y a menudo la lleva con ella a los cielos. María Luisa usará esa posición de privilegio —basada en la credulidad de las otras monjas, pero ayudada por la Abadesa y por dos confesores jesuitas— para permitirse una constante infracción de las reglas de la vida consagrada, incluyendo abundantes amoríos lésbicos y heterosexuales (en este campo, tomará de amante al Padre Peters, uno de los confesores), y asesinatos. Cuando alguna de las monjas proteste por alguno de estos pecados, María Luisa aducirá que el Diablo, para perjudicarla, ha tomado su forma. Pero la racionalidad de Katharina se mantendrá firme en la convicción de que lo diabólico es la conducta de la Madre Vicaria.

Katharina había dejado su tierra, de mayoría protestante y embarcada en un fuerte proceso de secularización, atraída por la piedad más visceral y sentida de los católicos del sur europeo. Pero no renunció a su elemental sensatez cuando vio a su alrededor una burda superchería, que la ingenuidad e ignorancia de sus hermanas de convento dieron por buena.

La Iglesia como institución siempre desconfió de los místicos, pero sobre todo de las místicas. Ellas, al tener ese supuesto contacto directo con la divinidad, cuestionaban el poder de mediación entre Dios y los hombres de la Iglesia y el clero. Es decir, el rol predominante masculino en la curia. Pero la iglesia del siglo XIX necesitaba a estos místicos, siempre y cuando pudiesen probar científicamente su condición. El caso más claro son los análisis médicos a los que se sometía a quienes presentaban los estigmas de Cristo. Lo curioso es que, en la disputa con el cientificismo positivista, la Iglesia dio por buenos sus criterios de verdad. El riesgo era que inescrupulosos como la Hermana María Luisa decidieran fraguar pruebas de su santidad —a veces ridículas para un observador apenas culto, pero eficaces para los ignorantes.

El caso San Ambrosio muestra que, a regañadientes y con contradicciones, la fe y la razón empezaban un largo camino hacia la reconciliación.