Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Comisión Nacional de la Animación Bíblica de la Pastoral

LA PALABRA DE DIOS PERMANECE PARA SIEMPRE

COMENTARIO BÍBLICO  Isaías 55,10-11

Sembrador

 1.1.- El Libro de la Consolación (Is 40-55) se abre con una magnifica confesión de fe: la palabra de nuestro Dios permanece para siempre (Is 40,8) A pesar de cualquier oposición, la promesa de Dios se cumplirá (41,26, 42,9, 43,9) El final del libro, que constituye nuestra 1ª lectura, ofrece una ilustración de ello. En este texto famoso el profeta dirige una exhortación   final al pueblo desesperanzado: la Palabra que Dios ha dicho por medio del profeta se cumplirá indefectiblemente: sí, ustedes saldrán gozosamente y serán conducidos en paz, se lee en el versículo que está a continuación de los de nuestra lectura (55,12). Es evidente que la situación del pueblo en el exilio es de tal índole que no deja demasiado espacio a la esperanza, haciendo que la Palabra de Dios corra el riesgo de ser considerada como una ilusión piadosa. Sin embargo, no es así y el profeta aduce dos elementos probatorios.

 Primero: los caminos de Dios no son los caminos humanos (55,8-9). Es éste, otro célebre texto, que leído en su contexto, pone de relieve el hecho que Dios puede salvar aun allí donde humanamente parece no haber posibilidades.

 Segundo: la Palabra de Dios jamás cae en el vacío, lo que Dios dice se realiza. La comparación con la parábola del sembrador  (Mt 13,4-9; Mc 4,3-9; Lc 8,5-8) debe ser hecha con gran precaución para no llevar a equívocos. Nuestro texto de Isaías no fija su atención en las disposiciones humanas, sino en la voluntad divina: la salvación se cumplirá gracias a la intrínseca fuerza de la Palabra. Ciertamente que el creer en ella es necesario, de ahí la exhortación a la conversión (55,6-8).

 1.2.- La lluvia produce semilla y pan. Se trata de las dos extremidades de todo el proceso: de la semilla al pan, y entremedio todo el esfuerzo del trabajo humano (ver 2Cor 9,10). Sin embargo queda muy en claro que la realización del plan de Dios no depende de la respuesta humana, ya que nada puede anularlo. Vimos cómo el Libro de la Consolación se abría con una idea similar: la hierba se seca, la flor se marchita, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre (40,8).

 Texto que subraya fuertemente el contraste entre la fragilidad humana y la solidez de Dios. Toda la profecía del Deutero-Isaías está enmarcada entre esas dos columnas, circundada por la fe inquebrantable en la solidez del proyecto salvífico de Dios, aun cuando se encuentre ante situaciones humanamente desesperanzadoras: tu palabra, Señor, es eterna, más estable que el cielo (Sal 119,89)

 1.3.- La lluvia baja del cielo y allá vuelve, al igual que la Palabra. Ella viene a nosotros y entra en la historia, puede que circunstancialmente “decodificada”, captada, por el profeta. La Palabra eficaz no es la del profeta, sino la de Dios. La palabra profética tiene un carácter de revelación y,- ¡si es auténtica! -, es espejo de aquella Palabra que sale de la boca de Dios, actúa en la historia, y retorna, al fin y al cabo, a Dios.  Su retorno a Dios es, también él, de gran importancia, pues si no retornara a ese puerto, terminaría en (la) nada. Una palabra que no vuelve a Dios es un ‘soplo’, apenas un aliento fugaz, y todos los alientos inútiles, puestos en la balanza de la historia, subirían más leves que un soplo (Sal 62,10), serían como una navecilla perdida en el espacio. Dios es alfa y omega, principio y fin, todo parte de Él y todo en Él desemboca, encontrando su lugar definitivo en relación a Él. Pensemos en la palabra humana: ¿acaso la palabra salida de nuestros labios no vuelve a nosotros, en el sentido que acabamos por percibirla, como palabra sustanciosa o vacía, real o vana? En Dios la Palabra nace del silencio, de allí surge como Palabra (re)creadora, y vuelve al silencio como amarre y plenitud definitiva. El entero cosmos, con su historia, queda abarcado dentro de ese “viaje ida y vuelta” de la Palabra.

 1.4.- Es por eso que el ser humano no puede vivir solamente de pan (ver Dt 8,3; Mt 4,4; Lc 4,4): sin la Palabra el hombre se convertiría en juguete de las diversas fuerzas que actúan en la historia, con la imposibilidad de desarrollar cualquier proyecto que poseyera en su conjunto un carácter positivo.

 Los cristianos lo sabemos: la Palabra se hizo carne y acampo en nuestra historia (ver Jn 1,1. 14) y en ella continúa actuando hasta llevar a pleno cumplimiento el proyecto de Dios (ver Mt 28,20). Sigue produciendo semilla para el sembrador de Evangelio (ver Mc 4,14) y Pan para quien de él desee alimentarse  (ver Jn 6,40. 51). El plan del Señor subsiste por siempre, los proyectos de su corazón, de edad en edad (Sal 33,11; Ap 19,11-16)). Es necesario tener el “coraje de la Palabra”, coraje que implica escucha silenciosa y orante y anuncio fiel y valiente. Esa escucha perseverante conducen a una abundante cosecha: ¡ojalá escuchemos en el HOY de Dios, la voz del Señor! (ver Sal 95,7 y Heb 3,7-4,11).