Iglesia al día

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Tiempo de la Creación

La Iglesia en los medios Comedor del FOEB al norte de Casavalle abrió a pedido de los padres

ECOS.LA/UY |

En la cancha del club Arapey.

Ante el cierre de la escuela 141 por vacaciones, el Centro FOEB de Instrucciones y Mendoza abre y alimenta a 70 chicos hasta el miércoles.

De pronto, golpean a la puerta de la pequeña oficina dentro del pequeño club Arapey Mendoza. De un parlante en el salón comedor suena “Dura”, de Daddy Yankee, a todo lo que da. Dos niñas de unos diez años piden permiso para entrar. Silvia Silva, coordinadora del Centro Social Educativo de la Federación de Obreros y Empleados de la Bebida (FOEB) que ahí funciona, a una tesis de recibirse de psicóloga, responde, pide que bajen el volumen y luego vuelve al diálogo con ECOS: “Al principio no tocaban la puerta. Entraban y se metían”. Sonríe. “¿De qué estábamos hablando…?”.

Según sus palabras, ella hablaba de “contención, apoyo y amor”. De la búsqueda de inculcar “valores perdidos” y “hábitos de convivencia” a unos 70 chicos de la zona. Todos ellos alumnos, de tercero a sexto, de la cercana escuela 141, una escuela “de contexto”, tal como se dice hoy, con la que FOEB ya venía trabajando desde 2017.

Este centro socio-educativo FOEB se inauguró el 5 de marzo ahí en las instalaciones del Arapey, un club de baby-fútbol de Instrucciones y Mendoza, cerca de Manga, Puntas del Miguelete y Casavalle, que es el nombre que el común de la gente le pone a todo lo que esté “por la vuelta” y tenga connotaciones de pobreza, marginalidad y delincuencia. Y atendiendo una necesidad social, esta semana, de lunes a miércoles, abrió de forma especial para darles algo parecido a una Semana de Turismo –palabra que suena agriamente irónica dado el contexto-, con actividades recreativas y almuerzo.

“Debido a la situación económica de las familias de los chiqulines, hicimos una ‘encuesta’ con los padres sobre si concurrirían a la semana. La mayoría dijo que sí, por lo que decidimos abrir”, indicó Silva.

Alrededor de 255 mil niños comen en las escuelas de todo el país, le dijo a ECOS el consejero de Primaria Pablo Caggiani, pero estas no abren en Turismo. “No hay demanda”, expresó, señalando que factores tales como la baja del desempleo pueden influir en que eso sea innecesario, a la vez que planes como los que implementa el Ministerio de Desarrollo Social (Mides) pueden intervenir en las familias que lo necesiten.

Sin embargo, que el comedor de la escuela 141 haya estado cerrado, señaló Rodolfo Bisquiazzo, un vecino que lleva 41 de sus 56 años de vida colaborando con distintas organizaciones barriales y que es otro de los adultos responsables del lugar, influyó mucho la apertura estos días de este centro FOEB.

Sentirse parte

Fabián González prepara la parrilla y María Noel Chans –veinte años colaborando con el club y con los “gurises” de la zona- supervisa todo lo que tiene que ver con la cocina. El menú es de aceptación unánime: hamburguesas al pan. Rodolfo Bisquiazzo ordena a los varones que le tiren de a uno y desde el punto penal a un estoico arquero, en una cancha cuyos arcos no tienen una brizna de pasto en metros a la redonda. Silvia Silva se mezcla con unas chicas que juegan al volley. Otras, adentro del club, ensayan la coreografía con “Dura” y otras joyas del reggaeton. En un salón, otros escolares tienen clase de plástica. Hay niños con aspecto de niños y algunos otros pocos niños –casi siempre, niñas- con pinta de adolescencia adelantada.

En total, unos 45 chicos están disfrutando de las vacaciones, “sintiéndose parte de algo”, al decir de Bisquiazzo, como cualquier otro niño, por lo menos de 10 a 15 horas.

Los cinco centros educativos FOEB –dos en Montevideo y uno en Pan de Azúcar (Maldonado), Minas (Lavalleja) y Paysandú- atienden a un total de 275 niños en todo el país, según le dice a ECOS Richard Read, histórico dirigente del sindicato de la bebida y uno de los grandes impulsores de esta iniciativa. Funcionan a contraturno: a los que asisten a la escuela en turno vespertino les dan –en la mañana- desayuno y talleres de inglés, ajedrez, recreación, artes plásticas y apoyo educativo; lo mismo para los alumnos de la mañana en la tarde, con el obvio gambito de la merienda por el desayuno. Entre los dos turnos, el de Mendoza atiende a unos 70 niños, y hay lista de espera para entrar.

Si bien se había avisado que en estos días especiales de Turismo no se servía desayuno, unos veinte niños llegaron al Arapey con el estómago vacío. María Chans, una mujer de esas que se desvive por trabajar con chicos, de esas que se emociona con sus sonrisas, de las que insiste que hay que “inculcarles normas de respeto, que es lo que se perdió”, debió salir de apuro a comprar algo para paliar esa situación.

Los días de horario normal, se procura que tanto el desayuno como la merienda sean lo más sustanciosos posibles. Como los encargados dicen, nunca saben cuándo comió el niño por última vez ni cuándo volverá a llenarse la panza. También está la incertidumbre sobre qué pasará desde el jueves hasta que vuelva a abrir la escuela.

Hábitos que se aprenden

“Esto es una oportunidad que se les da a estos niños de sentirse parte de algo, de que no sean vistos como discriminados”, subraya Bisquiazzo. Enseguida, enumera una larga lista de organizaciones que han trabajado en el barrio con la gente excluida, incluyendo al Mides, la Comisión de Fomento del barrio, la Red Mendoza e Instrucciones y la Iglesia (Mercedes Trovato, responsable de la Comisión de Pastoral Social de la Iglesia Católica de Montevideo, le dijo a ECOS que a través de comedores, reparto de canasta en parroquias y ollas comunitarias, esta cubre “alguna necesidad alimenticia” de aproximadamente 1.800 personas). “Muchos vienen de situaciones en sus casas muy complicadas. Nosotros queremos que se sientan parte de la comunidad y de la sociedad, que desarrollen el sentido de pertenencia”.

La experiencia de los centros FOEB comenzó en 2017 y este año se incrementó con la apertura de un local en Paysandú y este de Instrucciones y Mendoza. Muchos de estos niños, conocieron la rambla y el Estadio Centenario –destinos lejanísimos para ellos- gracias a esta iniciativa. Golpear la puerta y pedir permiso no fueron los únicos hábitos aprendidos. Los responsables del lugar dicen que muchos chicos ahí se acostumbraron a usar la cisterna, lavarse las manos antes de comer y los dientes después. Los hábitos hacen al monje y también al que quiere superarse en la vida, sostienen los encargados.

“Al principio, muchos se sorprendían cuando los saludaban con un beso y un abrazo”, dice Silvia Silva, sin saber si sonreír o no. Una vez un niño le dijo: “Me gustaría que fueras mi mamá”. Otra vez, no sabe si reír o llorar.

Fabián dice que las hamburguesas están hechas y María Noel administra todo. Los chicos se dividen en dos turnos para que todos puedan estar sentados a la mesa. Hay voluntarios para llevar la bandeja de lechuga y de tomate. Las hamburguesas generarán unanimidad, pero no pasa lo mismo con la lechuga y el tomate, la mayonesa y el kétchup, por lo que los improvisados mozos tendrán que hacer un ejercicio de memoria considerable para que cada comensal termine satisfecho. Se come en orden y a la vez riendo. En breve terminará la jornada. A algunos los vendrán a buscar sus padres; otros, con toda certeza la mayoría, deberán irse solos a sus casas. Por un rato, fueron unos niños disfrutando de unas buenas vacaciones.

“¿Si esto puede hacer la diferencia?”, se pregunta Rodolfo Bisquiazzo, antes de volver a organizar el fusilamiento de un arquero. “Yo creo que no todo está perdido. Si lo pensara, te puedo asegurar que no estaría aquí”, subraya quien a los 15 años se integró a la Comisión de Fomento barrial. Y lo dice con una convicción que amerita atenderlo.