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La Iglesia en los medios Columna- Evangelii Gaudium: tropieza Francisco

EL OBSERVADOR | OPINIÓN

Por Pablo Aragón – especial para El Observador 

Con fecha 24 de noviembre, el mundo conoció la primera exhortación apostólica de S. S. Francisco, dirigida a obispos, presbíteros, diáconos, personas consagradas y laicos, en relación al anuncio del Evangelio en el mundo actual: Evangelii Gaudium, o la alegría del Evangelio que, según puntualiza el Santo Padre, es aquella que llena “el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús”.

Se trata de un hermoso documento, en cinco capítulos, en el que el papa se presenta a su Iglesia ya no bajo la luz de los medios de comunicación, de los tuits, de los gestos, o las anécdotas, sino asumiendo, de lleno, un mensaje dirigido a la intimidad de sus hermanos en la fe, más allá de los reclamos mundanos, más allá de las prioridades que el cristiano sabe subalternas frente a la inmensidad del mensaje de que es custodio.

Y el pontífice, que del texto emerge es, por cierto, agradablemente similar a la figura pública que llamamos Francisco: llano, pastoral, práctico, e inclinado al humilde apartamiento, si es que con él logra trasmitir esa alegría evangélica que tan claramente siente.

Imposible resumir aquí un razonamiento de 200 páginas. Baste hablar del celo misionero que ellas recogen, de sus atentas reflexiones en torno al diálogo del cristiano con la mundaneidad, las sensatas pragmáticas con las que el papa baliza el anuncio evangélico y, finalmente, su rendido programa de caridad como llamado a la acción pública de la espiritualidad cristiana en el siglo XXI.

El papa expresamente asegura que Evangelii Gaudium “no es un documento social” y, al hacerlo, nos remite al Compendio de la doctrina social de la Iglesia; de hecho, se cuida bien de aclarar que sus exhortaciones en este terreno no aspiran a un “monopolio en la interpretación de la realidad social o en la propuesta de soluciones para los problemas contemporáneos”.

La lectura, sin embargo, del capítulo segundo de la exhortación, “En la crisis del compromiso comunitario”, nos pone frente a pronunciamientos de clara contundencia social, en las que el Santo Padre interpreta la realidad desde juicios que no parecen tanto querer acompañar la reflexión, como determinarla.

“Así como el mandamiento de “no matar” pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana”, escribe Francisco en 2.53, “hoy tenemos que decir “no a una economía de la exclusión y la iniquidad”. Esa economía mata. “No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es iniquidad”.

La piedra basal de este razonamiento es tristemente errada. Por cierto que debe el cristiano decir “no a una economía de la exclusión y la iniquidad”, de ser claro el presupuesto que no expone de que ella existe en compañía de otra, que postula la inclusión y la equidad (lo que estaría significando una opción del papa por la segunda, en un giro de claro magisterio social). Y, desde ya, no es exclusión que la prensa no difunda la muerte de un indigente y sí lo haga con los movimientos bursátiles … entre otras cosas porque sí hace ambas cosas. ¿Y es el vicio de desperdiciar comida una característica de cierto sistema económico, antes que un problema de edificación personal?

Sobre tan débil fundamento lógico tropezamos, en 2.54, con esta enormidad: “Algunos todavía defienden las teorías del ‘derrame’, que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante”.

La economía de mercado bien podría decir, en este punto: “Con la Iglesia hemos dado, Sancho”.

Pues bien: si hay algo que los hechos han confirmado, unánimemente, y con impar elocuencia, es que el sistema “favorecido por la libertad de mercado”, es el único que ha sido capaz de generar prosperidad y, a través del derrame de esta, mejorar la equidad e inclusión de vastos segmentos de la población mundial.

Completas bibliotecas estadísticas refutan lo que el Santo Padre desestima como “burdo e ingenuo”.

Y no llegamos a la peor parte aún. “Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente”, asegura S. S. Francisco en 2.56, “las de la mayoría quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común.”

La debilidad aquí es no aquilatar que la pobreza mundial ha experimentado en las últimas décadas una sostenida caída, en razón directamente proporcional a la apertura de mercados: cualquier tabla comparativa entre indicadores de libertad económica y mejora en la calidad de vida mostrará esa correspondencia. Y ello explica el peor desenlace del argumento: una virtual opción papal por la ideología que postula el “control de los Estados, encargados de velar por el bien común”, pese a la no menos abundante literatura que demuestra cómo ese estado ideal, con su cohorte de males (burocracia, asistencialismo, endeudamiento, parasitismo, ahogo reglamentario) está en la raíz de los problemas que enfrentan los más pobres, antes que en la de sus soluciones.

Nada de esto está en el Compendio de la doctrina social de la Iglesia al que el Santo Padre nos remite o, por lo menos, nada parecido a su contundente pronunciamiento en el sentido de que “el sistema social y económico es injusto en su raíz”. Y, al tiempo, lo que no está en su Exhortación Apostólica es la evaluación de los sistemas alternativos que, aun hoy, sujetan al ser humano a una servidumbre oscura y brutal, en lúgubres mazmorras como Zimbabwe, Cuba o Corea del Norte.

El papa ha querido, manifiestamente, razonar con nosotros, y su primer intento habla a las claras de la necesidad de dialogar con él, a fin de no caer, una vez más, en los rancios debates que, sobre estos puntos, abriera la llamada “teología de la liberación”, de la que Juan Pablo II insuperablemente dijera que “solo busca liberarnos de la teología”.

“¿Está Dios contra la economía?”, se preguntaban los economistas católicos franceses Jacques Paternot y Gabriel Veraldi en 1989. No, y mucho menos contra la economía abierta y libre, cuyo fundamento moral es el de la ciega imprevisibilidad de los mercados. Es en pro de la edificación religiosa y moral de los agentes de esa economía que la palabra del heredero de san Pedro debe librar la batalla, y no en jeremíadas socializantes, que tan poca luz arrojan sobre el dilema de cómo alimentar, alojar y educar a más seres humanos mientras aguardan la llegada del reino. l

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