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La Iglesia en los medios Cantar de la Virgen Negra: un grito de protesta [Opinión]

EL OBSERVADOR |

LINCOLN MAIZTEGUI CASAS

Hace unos años ya, tuve la satisfacción de ser uno de los presentadores de la novela Cantar de la Virgen Negra, de Fernando Aguirre Ramírez. Se trata de la segunda novela de este autor sobre hechos y personajes situados en la España de tiempos del Cid Campeador; la primera fue El Cantar del Dragón Rojo, presentada en 2008. Hay una continuidad –no cronológica– de la acción, de modo que ambas novelas están inextricablemente ligadas. En opinión de quien esto escribe, de la primera a la segunda entrega de esta saga hay un notorio progreso en el estilo y la soltura narrativa de un escritor conocido hasta ahora casi exclusivamente por sus obras jurídicas, que ha decidido dedicarse a la narrativa a una altura relativamente avanzada de su existencia. Los personajes resultan más creíbles y coherentes, las situaciones más estimulantes, y la tensión dramática mejor lograda. La novela se mueve, básicamente, en dos tiempos separados por 21 años –del 1073 al 1094- y aunque los protagonistas son varios, la historia tiene su centro en las peripecias de Diego Pérez, capitán del Cid, colaborador y protegido de Minaya Álvar Fáñez, que ignora su origen noble y asciende en base a sus méritos personales en una época en la que no era fácil hacerlo. Precisamente la historia del origen de Diego Pérez y la tragedia de su madre, doña Inés de Nájera, está narrada en la fase más antigua de la acción, la que se desarrolla en 1073. Los intermediarios entre los hechos y el lector son varios; el propio Diego Pérez, que evoca aspectos de su vida en “flashback”, un narrador más o menos omnisciente y nada menos que un ángel, el Ángel de la Guarda del protagonista, que muchas veces escribe en vez de su protegido y sin el consentimiento de este. Ese ángel que conoce toda la literatura pasada y futura, y que sin embargo resulta insólitamente humano en sus dudas, sus afectos, sus errores y su reivindicación del libre albedrío angélico, ya estaba en la novela primigenia y me sigue pareciendo uno de los grandes aciertos del autor. A lo largo del texto, hechos históricos documentados se dan la mano con otros de corte semilegendario, y se alternan con los que son producto de la fértil inventiva de Aguirre, sin que la verosimilitud se vea afectada ni siquiera cuando resulta que es muy difícil creer que las cosas hayan sido como se describen; después de todo, un hecho se hace creíble o no según cómo se lo sepa contar. En muchos casos se citan pasajes enteros del Cantar de mio Cid, de los viejos romances castellanos e incluso de poemas de origen euskaldún y árabe; estas fuentes sirven a la vez de apoyo documental y de elemento capaz de cargar de belleza y sensibilidad a lo que sucede bajo la mirada del lector. En definitiva, que estamos ante una espléndida novela histórica, equiparable a las mejores escritas en este país en varias décadas. Sin embargo, creo que más allá del disfrute de esta lectura, hay que agradecerle a Fernando Aguirre Ramírez que haya puesto su mirada y su interés en las raíces culturales del Uruguay, y haya dado vida a nuestros ancestros hispánicos. Hoy día, cuando parece que en este lugar en el que hemos construido nuestra vida, no se puede hablar de nuestra raigambre europea sin recibir la acusación de ultramontano y reaccionario, cuando la única forma musical que parece digna de la atención de las autoridades es la cumbia villera, cuando lo que no suena con tamboriles no existe –ni siquiera nuestro hermoso Himno Nacional, irreversiblemente donizettiano y rossiniano– y cuando se hace cada vez más evidente que hay un insensato propósito de renunciar a la parte fundamental de lo que hemos sido y aún somos –europeos trasplantados–, este hermoso fresco de la España de la Reconquista, en la que cristianos, musulmanes y judíos se mataban alegremente pero también convivían, se relacionaban y se enriquecían mutuamente, llega en un momento especialmente oportuno y se erige, tal vez a pesar del propio autor, en un grito de protesta.l

Los personajes resultan más creíbles y coherentes, las situaciones más estimulantes y la tensión dramática mejor lograda

Más allá del disfrute de esta lectura, hay que agradecerle a Fernando Aguirre Ramírez que haya puesto su mirada y su interés en las raíces culturales del Uruguay y haya dado vida a nuestros ancestros hispánicos.