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LA REPÚBLICA |

¿Cómo vive la población carcelaria la religión?

carcel

Cuarta parte de la población carcelaria practica alguna religión. La mayoría son cristianos, evangélicos/pentecostales y católicos. Pero también hay umbandistas y afroamericanas, islámicos y judíos.

Muchos presos soportan el encierro abrazados a la fe. Una manera de pagar sus culpas acercándose a Dios para hacer más llevadera la vida tras los muros.

La libertad de religión y el encierro mantienen un vínculo complejo al que se aproxima un estudio realizado por Nelson Da Costa, Fernando Ordóñez y José Techera, docentes e investigadores de la Universidad Católica, en cárceles de Montevideo.

El estudio de investigación de la Universidad Católica y la Fundación entre Todos analiza cómo viven los reclusos la religión. El trabajo se centra tanto en la presencia de la fe en los establecimientos carcelarios, como en la idea de Dios que tienen los presos y en cómo se acercan al fenómeno. Así, mediante el análisis de entrevistas, los investigadores bosquejan la vida religiosa de los reclusos e identifican los factores que influyen en su fe.

Según el Servicio de Paz y Justicia (Serpaj) y el Observatorio del Sistema Judicial (OSJ) realizado en 2012, el 26% de la población privada de libertad practica alguna religión.

El cristianismo es el que predomina dentro del ámbito, involucrando a tres cuartas partes del total, pero no es el único; y además está dividido entre evangélicos/pentecostales y católicos. Los primeros involucran a un 8.6% de la población carcelaria, mientras que los segundos a un 6,9%. Asimismo, hay presencia de religiones umbandistas y afroamericanas en un 1,1%, un 0,2% de budistas, 0,1% de islámicos, 0,1% de judíos, otro 0,2% metafísico y un restante 5,8% que no identifica su pertenencia.

Según indican Da Costa, Ordóñez y Techera, el volcarse a la religión se da, como en otros ámbitos, por la necesidad de encontrar sentido a la experiencia de vida. Puede que eso no difiera de la actitud religiosa de cualquier otro ciudadano, pero en ese sentido, relataron que lo notorio de la participación en grupos religiosos intra-muros es que se trata de una forma de administrar “el tiempo del no-tiempo” que supone la reclusión, y así “ordenar la vida” en un entorno en el que todo es ocio.

Ámbitos religiosos

Si bien el trabajo asegura que la participación es difícil de cuantificar porque se modifica constantemente, sobresalen como espacios religiosos preponderantes los espacios que la Iglesia Católica y evangélicos llevan adelante dentro de las cárceles. El dato es interesante en un doble aspecto: habla de su presencia en ese ámbito, pero también de que el voluntariado religioso es, según afirman, una de las pocas formas en las que la sociedad civil interviene en la realidad de los privados de libertad.

Al respecto, el director de la Fundación Entre Todos, Pbro. Lic. Javier Galdona, dijo que hay “tendencia y tentación” de las organizaciones a quedar encerradas en sí mismas o en lo estatal, y por eso la presencia en las cárceles es prácticamente nula. Así, ironizó con que la cárcel debería ser lo más parecida posible a un queso, para que “tenga permeabilidad con la sociedad civil ‘normal’, y tras los muros se pueda vivir lo más semejante al afuera”. “Solo así se pueden hacer egresos que impliquen integración”, aseguró al comentar la investigación, que fue impulsada por la fundación que preside.

Presencia católica y evangélica en las prisiones

Ambas religiones son las que por su predominio fueron abordadas por el estudio. Puntualmente, el voluntariado católico involucra a 80 laicos que llevan adelante actividades semanales “de escucha y reflexión” en seis cárceles de Montevideo. Allí pueden asistir quienes lo deseen, porque se apunta a lo social-religioso y no a lo “mesiánico y proselitista”, según aseguran los autores. A esas reuniones asiste el 5% de la población carcelaria.

Contrariamente, en el caso de evangélicos/protestantes, que participan mayormente a través del Ministerio Cristiano Carcelario del Uruguay, la tarea es implementada por pastores que hacen visitas diarias a aquellos reclusos que profesan su fe y que se manifiestan cristianos.

Aunque queda claro para los autores que el profesar la religión de manera ortodoxa no es un aspecto propio de la religiosidad en prisión, se nota que quienes presentan una adhesión más explícita son los evangélicos.

En ese sentido, según aseguró Gustavo Belarra, subdirector técnico del Instituto Nacional de Rehabilitación (INR), se da la discusión interna en torno a las situaciones de poder que genera la religión en la cárcel “en particular ante la intervención evangélica en un rol fuerte y pesado”. Si bien aseguró que las evaluaciones de la participación tienen impactos muy positivos en términos de vida cotidiana, subrayó que “preocupa cómo se dan esas estructuras de micropoder en las que el Estado como agente que administra puede tener una frontera de gestión difícil de medir”.

Adaptación

Tras realizar entrevistas en profundidad a 28 reclusos (mujeres y hombres) que integran los grupos religiosos, Da Costa, Ordóñez y Techera reflexionan que el participar es una suerte de mecanismo de adaptación al encierro. Tras las rejas, la fe funciona como un espacio de paz que “los defiende de las hostilidades”.

Por otra parte, advierten que la religión en dicho contexto se vuelve una fuente de oportunidades en dos sentidos. Algunos la utilizan para conseguir “mejores condiciones”, y otros lo ven como una oportunidad para “ser tratados como personas”.

“Dios se alza como certeza”, asegura la investigación, y como una “decisión propia” en un entorno en el que no parecen contar y en el que reina la incertidumbre. “Tengo un rato para elegir con quién estoy, frente a una situación en la que estoy con quien no elijo estar”, explicó Ordóñez sobre la participación reclusa en esos espacios. Lo religioso es así refugio y además, según puntualizan, aporta mediante el lenguaje bíblico una herramienta “para tener qué decir a los demás en malos momentos”.

Pese a la presencia de la fe, el trabajo expresa que solo pocos de los reclusos entrevistados se sienten responsables del delito cometido a través de la religión y su entendimieno. A algunos sí les ayuda a tomar conciencia de sus acciones, pero la mayoría no vincula esa responsabilidad con lo que la religión propone, sino que se siente víctima de su situación; subraya el estudio. De esa forma, valores religiosos y el delito cometido van en paralelo, “pero no se tocan”.

Expectativas

Los autores enfatizan que la lógica de la seguridad es la rectora de las posibilidades dentro del sistema penitenciario y eso hace que lo religioso no esté entre las prioridades. Sin embargo, entienden que las autoridades carcelarias ven que la fe puede cumplir una función ordenadora dentro del caos y también aportar a la rehabilitación. No así algunos funcionarios policiales. Según afirma el trabajo, desde la perspectiva de la guardia se ve a las prácticas religiosas como distorsión y como una “innecesaria preocupación por un criminal que no merece tales cuidados”. Sobre este punto, el comisionado parlamentario para el Sistema Carcelario, Dr. Álvaro Garcé, estimó que en el ámbito punitivo disciplinario de los centros “hay una matriz autoritaria heredada de los 70 y 80 muy anclada a pesar del esfuerzo real y efectivo por modificarla”. Dijo que eso está presente y convive con los cada vez más frecuentes y estipulados espacios para la intervención técnica. En ese sentido, acentuó que hace falta darle tiempo y crédito al cambio.

Como puntos positivos, Garcé destacó los efectos del voluntariado religioso en términos de convivencia y específicamente se refirió al motín del 24 de abril de 2012 en el Comcar, cuando “el único lugar que quedó en pie en el módulo 5 fue el piso cristiano”, en el que los reclusos dijeron: “Nosotros no entramos en la lógica de la destrucción”. Asimismo, recalcó que el reflexionar en torno a la fe sirve para reconstruir el lazo con la familia, aspecto importante al momento de recuperar la libertad.

Por su parte, Belarra especificó que al gestionar el encierro se aprovechan oportunidades como la afinidad religiosa y los términos de convivencia que generan para agrupar a los reclusos.

El Dios de “adentro”

La investigación hace foco en cuál es la imagen de Dios que tienen las personas privadas de libertad, y arriba a que existe tanto la idea de Dios castigador, como la de amigo en quién confiar, protector, dador de sentido y presencia constante. “En situaciones de riesgo en la cárcel siempre me encomiendo y todo sale bien”; “lo tengo acalambrado de tanto hablarle”; “es fuente de sentido y ayuda a aceptar errores” y “te da otra oportunidad”, son algunas de las citas presentes en el trabajo que se desprenden de las entrevistas con los reclusos.

Derecho al libre culto

Belarra informó que el INR gestiona junto a la Fundación entre Todos un protocolo que busca organizar la intervención de diferentes religiones dentro de los centros. Estimó que es importante que salga como manual para ir determinando cómo se canaliza el derecho al libre culto, que dijo “tiene que ir de la mano no de que una ‘mae do santo’ pueda participar de un ámbito intrarreligioso, sino de que pueda realmente desarrollar su culto en un espacio”. En esa línea, Galdona aseguró que el darle espacio a otro tipo de actividades fuera de lo formal “es imprescindible para que la población reclusa pueda integrarse”. “Tener 300 presos por cada 100 mil habitantes es un escándalo que como sociedad significa que no sabemos resolver nuestros conflictos. No podemos esperar que se transforme la sociedad para transformar la cárcel ni viceversa”, sentenció.

Presencia religiosa en cárceles uruguayas

Evangélicos/pentecostales 8,6%

Católicos 6,9%

Umbandistas 1,1%

Budistas 0,2%

Islámicos 0,1%

Judíos 0,1%

Metafísicos 0,2%

Números que hablan (1500)

Según el censo realizado en 2010 por el departamento de Sociología de la Udelar a la población privada de libertad, al 31 de octubre de dicho año el número de presos era de 8.763, con perspectivas de crecimiento de entre 7 y 10% por lo que a fin del gobierno del Frente Amplio (FA) se estima habrá unos 12 mil reclusos.

Del total, la población femenina representa un 8%, por lo que en números absolutos sigue siendo población mayoritariamente masculina. Respecto a edades, un 70% son menores de 35 años y solo el 5% tienen más de 55 años.

Más de la mitad de las personas recluidas son solteras, un 56,9%; mientras que un 29,5% tienen pareja. El 63,4% tiene hijos y un 30,6% no.

En Montevideo reside el 54,1% de la población carcelaria, siendo Canelones el segundo departamento con un 12,7%.

El censo expone una clara vulnerabilidad social de los reclusos, ocurriendo que solo un 25% completó la educación media, un 45% sóoo Primaria, y 15% no alcanzó ese nivel.

En su mayoría, los presos están recluidos por un solo delito. El más cometido es la rapiña con un 36,9%, mientras que el hurto está en segundo lugar con 14,8% y el homicidio tercero con un 12,6%. Los recluidos por temas vinculados a la droga y el tráfico de estupefacientes componen el 10,4% de la población carcelaria.

Un 36,3% cometió el delito bajo efectos del alcohol o la droga, y de ese porcentaje, un 47,7% hacía referencia con ello a la pasta base.

Asimismo, cuatro de cada 10 reclusos tienen familiares o amigos con antecedentes.