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La Iglesia en los medios Bodas tan simbólicas como reales [de interés]

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Casarse con un falso juez es cada vez más frecuente en Uruguay. las razones son muchas: desde el factor económico hasta las ganas de sumar humor.

Suenan los violines mientras Chandler espera a Mónica en el altar. Todo está listo para la boda. Joey – su amigo y vecino – llega tarde a la ceremonia, toma su lugar de juez entre ambos novios y les da pie para comenzar a pronunciar sus votos. Los declara marido y mujer y después se da cuenta de que olvidaron ponerse los anillos. La escena se repite y, una vez colocadas las alianzas, llega el esperado beso.

El capítulo The One with Monica and Chandler’s Wedding de la famosa serie Friends se emitió por primera vez en 2001. Por aquel entonces llevar un juez falso a la boda no era algo habitual. Hoy, el recurso está instalado en varios países del mundo. Uruguay no es la excepción, aunque la tendencia empezó a hacerse más visible a partir de 2015.

Son varios los motivos que llevan a las parejas a tomar esa decisión. En primer lugar, cuando el juez de paz y el libro de actas no llegan al lugar donde los novios quieren realizar la ceremonia y luego la fiesta. A veces también lo hacen porque buscan una forma original de sumar una cuota de humor a una instancia que puede llegar a ser muy protocolar. Además, aunque la mayoría de las parejas consultadas por galería dijeron que era el motivo “menos importante”, está el factor dinero. Llevar un juez de Paz a la ceremonia fuera del Registro Civil cuesta 18.430 pesos. En tanto, si el matrimonio se realiza en la oficina de Ciudad Vieja, el precio es de 306 pesos, a lo que hay que sumarle la publicación en el Diario Oficial, 255 pesos de la Libreta de Matrimonio y 766 pesos por cada testigo adicional a los cuatro que ya son obligatorios.

A diferencia de un juez real, un show de un actor cuesta alrededor de 9.500 pesos.  Antonio Felicini, que trabaja de falso juez de boda desde hace tres años junto a Erika Soca, contó que su propuesta no es hacer stand up ni shows de humor, sino buscar construir un guion en conjunto con los novios que cuente la historia de la relación y de la vida como pareja.

Para conseguir un casamiento “único y original”, Felicini se reúne con los novios para conocerlos, hablar de su primera cita y de las anécdotas vividas en conjunto. El actor lleva hechas alrededor de 60 ceremonias falsas. Allí también se encarga de recibir a los invitados y a los novios, llevar adelante el discurso, la promesa de los anillos y todos los pasos que implican los casamientos tradicionales. “Como actor, lo primero que quise hacer fue una especie de obra de teatro que cubriera alrededor de 45 minutos. Empecé a pensar cómo hacerlo y comencé a armar guiones con la historia de cada pareja. Pero después me fui empapando más en las ceremonias y me di cuenta de que eran un disparate de largas y lo empezamos a hacer de unos 20 minutos. Depende de los condimentos que le ponga la pareja”, explica Felicini.

El gran día. Sobre qué pasa el día de la boda, también hay muchas variantes. Algunas parejas deciden contar su decisión de tener una ceremonia diferente, mientras que otras prefieren que funcione como una especie de sorpresa. “Nuestra idea fue buscar un cura que nos casara en la playa pero se nos complicó, ya que en Uruguay no suelen realizar ceremonias religiosas en otro lugar que no sea la iglesia”, cuenta la argentina Sofía Lozada. Finalmente, Sofía y su ahora marido Nicolás Laso resolvieron utilizar este recurso y casarse en Punta del Este. “Al principio teníamos miedo, no estábamos muy convencidos, ya que era algo diferente, sin una validez “real”, y no queríamos que la gente lo interpretara como “poco serio” o “sin sentido”, pero nos llevamos una gran sorpresa”.

En el caso de Daniela Camargo y Marcelo Gil la situación fue diferente. “Nunca nos convenció la idea de llevar un juez común, porque hemos ido a ceremonias que fueron bastante aburridas, impersonales y no muy cálidas”, dice ella. De todos modos, pensó que iba a ser imposible convencer a Marcelo de hacer la ceremonia con un actor de boda.

Lucía Silva y Santiago Vila, que se casaron bajo esta modalidad en setiembre de 2018 en su casa de Punta del Este, aseguran que el principal motivo que los llevó a tomar la decisión fue la practicidad. “El trámite para llevar un juez era mucho más difícil y costoso. Estábamos bastante perdidos en qué hacer, incluso pensamos en pedirle a nuestro cuñado que hiciera de juez, pero una semana antes me apareció la publicidad de ellos en Instagram y enseguida llamé para coordinar”, cuenta la novia, que recuerda que la ceremonia fue fluida y emotiva. “Ellos le pueden dar a la ceremonia una calidez que los jueces reales no logran, ya que resultan superfríos y estructurados. Y sentíamos que no era lo que queríamos para nuestro casamiento después de 10 años juntos”, agrega.

Otras opciones. Como lo hicieron Monica y Chandler en Friends, Carolina Minchiotti y Paul Apolant apostaron a un amigo de la pareja para que tomara el lugar de maestro de ceremonias en su casamiento. “Pensamos en contratar a un juez de mentira, pero como había muchos amigos y familiares que sabían que nos íbamos a casar en el juzgado nos pareció mejor idea pedirle a uno de ellos que hablara en la ceremonia”, recuerda Carolina. La diferencia entre el discurso hecho por un juez —que en general no conoce a los novios— y un amigo de toda la vida para ellos era fundamental.

La tarea recayó en una amiga de la pareja, que además de conocerlos en profundidad es abogada y profesora de Derecho. “El discurso lo hicimos entre los tres, mi esposo, mi amiga y yo. Y salió perfecto”, recuerda la novia.

El casamiento de Florencia Canedo y Marcos Carpani estuvo en esa misma línea, pero fue todavía más informal. “Nos queríamos casar pero no teníamos ganas de que fuera un juez a la fiesta, nos parecía aburrido y queríamos darle un poco más de onda”, dice ella. Así, le pidieron a su “gran amigo” Claudio Peyo que tomara ese papel. Claudio lo hizo de una manera inusual: no se vistió como juez sino que usó un disfraz de Elvis. “A nosotros nos encanta el rocanrol y queríamos hacer algo más adecuado a nuestro estilo. Algunos invitados ya sabían y otros quedaron de cara, pero todo el mundo se divirtió”, comenta.

Más allá de los motivos o las particularidades, quienes trabajan en el rubro hablan de un crecimiento exponencial y una energía diferente a la habitual. «Lo que hemos detectado con esto de poner jueces de boda falsos es que las fiestas arrancan diferente. Cuando uno va a hacer la actuación en la fiesta empieza hablando de lo que pasó y arranca de otra manera, con buena onda”, concluye.

Personajes y algo más

Petru Valensky: “Hago de jueza que llega a la boda para volver a casar a los novios, por un error en el Registro Civil, y a partir de ahí lo desarrollo. El final tiene que tener una parte emotiva, haya humor o no, siempre le pongo algo que toque la fibra íntima y emotiva de los novios”.

Pablo Fabregat (Tío Aldo): “Uso como base el discurso del Registro Civil y eso lo extiendo con partes de humor de algún monólogo de casamiento o alguna despedida de solteros familiar. Es lo que menos hago porque no es algo muy frecuente, haré 5 o 10 por año. En total habré hecho entre 50 y 100”.

Gastón Izaguirre: “Hice de juez de boda este sábado en la boda de Sebastián y Diego, unos amigos míos que me pidieron. Nos fuimos a la Sierra de Minas, nos vestimos de gala, los metimos en una habitación y cuando ellos salieron les pusimos unas togas. Hicimos un casamiento espectacular”.