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La Iglesia en los medios Benedicto XVI: la culpa de la pederastia es de Mayo del 68

UY PRESS |
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La culpa de la pederastia en la Iglesia católica no es ni más ni menos que de la revolución sexual de los años sesenta del siglo pasado, según el “papa emérito” Benedicto XVI.

La culpa es uno de los pilares de la doctrina de la Iglesia Católica; siempre la hay, y siempre hay a quien atribuírsela, pero por supuesto que nunca a sí misma, aún a pesar de haber cometido muchas de las mayores barbaridades de la la historia.

En un documento de 18 páginas Joseph Ratzinger, el papa emérito Benedicto XVI, que abdicara y posibilitara el acceso al pontificado de Jorge Bergoglio, analiza lo que para él son algunas de las causas de la plaga de los abusos a menores que azota a la Iglesia.

El texto, titulado La Iglesia y los abusos sexuales, navega por la situación actual con el pretexto de la cumbre que el vaticano celebró el pasado febrero para tratar el tema y señala fundamentos teológicos para lidiar con uno de los momentos más complicados de la Iglesia católica.

Pero, según da cuenta El País de Madrid, va mucho más allá del ámbito eclesiástico y atribuye el problema a una evolución de las costumbres sexuales producida en toda la sociedad y originada durante la revolución sexual de los años sesenta. Además, culpa a «una justicia garantista» con los sacerdotes de parte de su impunidad y de la falta durante años de castigos más severos.

El texto está dividido en tres partes y debía publicarse en la el semanario católico alemán Klerusblatt en Semana Santa, según señala AciPrensa. Pero ha sido filtrado por The New York Post y otros medios. El documento está estructurado en tres partes. En la primera, presenta el contexto histórico desde la década de los sesenta. De hecho, sitúa el epicentro del origen de la cuestión en la revolución de Mayo del 68 y el colapso espiritual que, supuestamente, produjo. «Se puede decir que en los 20 años entre 1960 y 1980, los estándares vinculantes hasta entonces respecto a la sexualidad colapsaron completamente, y surgió una nueva normalidad que hasta ahora ha sido sujeto de varios laboriosos intentos de disrupción». Pero el Papa emérito va más allá en la demonización de ese periodo y señala que «parte de la fisionomía de la Revolución del 68 fue que la pedofilia también se diagnosticó como permitida y apropiada».

En la segunda, se refiere al impacto que tuvo una cierta decadencia moral de aquel periodo de los sacerdotes; y, en la tercera, lanza una propuesta para encarar una situación que, según él, «no fue aguda hasta mediados de los años 80». El texto, sin embargo, no da referencias claras sobre cómo erradicar los abusos a menores en el seno de la Iglesia y concluye que la pederastia ha alcanzado «estas proporciones» ante «la ausencia de Dios».

Ratzinger explica que ha escrito el texto de acuerdo con la Secretaría de Estado del Vaticano y con el propio Francisco  «La extensión y la gravedad de los incidentes reportados han desconcertado a sacerdotes y laicos, y han hecho que muchos cuestionen la misma fe de la Iglesia», comienza el Papa emérito refiriéndose al origen de la cumbre vaticana de febrero. «Fue necesario enviar un mensaje fuerte y buscar un nuevo comienzo para hacer que la Iglesia sea nuevamente creíble como luz entre los pueblos y como una fuerza que sirve contra los poderes de la destrucción».

El Papa emérito se centra mucho en la experiencia vivida en su juventud en Alemania y habla de «clubes de homosexuales» formados «en varios seminarios que actuaban más o menos abiertamente» y que «cambiaron significativamente el clima que se vivía en ellos». Son curiosas algunas revelaciones que hace ahora, como la de que «en un seminario en el sur de Alemania, los candidatos al sacerdocio y para el ministerio laico de especialistas pastorales vivían juntos e incluso los casados a veces estaban con sus esposas e hijos; y en ocasiones con sus novias».

Ratzinger también se refiere a obispos que rechazaban la tradición católica en nombre de un «catolicismo moderno». Un problema, que según explica, era conocido por la Santa Sede. Además, defiende el papel de Juan Pablo II en esta cuestión, pese a que ahora algunas corrientes modernas traten de desacreditarle. Junto a él, explica, se llegó a la conclusión de que debía dotarse a la Congregación para la Doctrina de la Fe (entonces Ratzinger era el prefecto de dicho dicasterio) de la autoridad y los mecanismos para juzgar y castigar unos delitos que una justicia demasiado «garantista» era incapaz de controlar.