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Papa Francisco

Noticeu Ante un mundo sin rumbo, hay un fundamento, una verdad y un sentido para cada uno, que viene de Dios, aseguró Mons. Sanguinetti

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“La entrada de Jesús en Jerusalén y su camino hasta la muerte en cruz es un camino de salvación, es el camino para conducirnos hasta el Padre, no de un modo físico, sino por la transformación de nuestras personas y nuestras vidas”, aseguró el Obispo de Canelones, Mons. Alberto Sanguinetti en la celebración del Domingo de Ramos. .

“Hoy, pues, renovamos nuestra fe en Jesús, como Mesías, Cristo, Ungido y consagrado por Dios para ser nuestro salvador. Esta fe la proclamamos, la confesamos, la cantamos”, señaló el Pastor al tiempo que subrayó que “aclamarlo es querer que El reine en nosotros” y pedirle que reine “en nuestra mente, en nuestros corazones y en nuestras vidas”. “No reine en nosotros el pecado, la vanidad, el amor propio, nuestros caprichos. Al contrario, aclamamos a Jesús, para seguirlo, para ser sus discípulos”, puntualizó Mons. Sanguinetti.

“El mundo está en continuo movimiento para todos lados, sin rumbo ni sentido. Nos ofrece tomar, usar y tirar, tanto a las cosas como a las personas. Llega hasta la desesperación de presentar como libertad el afirmar que no hay un sentido del hombre, no hay una ley natural, no hay un proyecto de santidad, no hay meta de vida eterna. Es un mundo cínico y desesperanzado”, advirtió el Obispo de Canelones. En este sentido, el Pastor enfatizó que “
guiados por la fe y la razón, bajo la luz de nuestro Creador y Salvador, nosotros afirmamos que hay un fundamento, una verdad para el hombre, un sentido para cada uno, que viene de Dios”.
Nosotros reconocemos y creemos que hay una meta el Padre y con él la vida eterna, de la que Jesús nos hace partícipes por su resurrección y entrada en los cielos. Hay un camino: Jesús, por su pasión y muerte, por su cruz. Hay un orden en este caminar hacia la meta: el llamado del Padre, la voluntad de Dios. Hay una manera de asociarnos a ese orden y ese camino hacia la meta: unirnos a la cruz de Cristo, unirnos a la obediencia de Cristo al Padre”, explicó Mons. Sanguinetti en la celebración de este Domingo de Ramos.

Prédica de Mons. Alberto Sanguinetti .Domingo de Ramos

Al entrar Jesús en Jerusalén es aclamado: Bendito el que viene en el nombre del Señor. Viene como Mesías, es decir, aquel que Dios consagró y envió al mundo para salvar a su pueblo. Es el Rey que hace presente el Reinado salvador de Dios.

Hoy, pues, renovamos nuestra fe en Jesús, como Mesías, Cristo, Ungido y consagrado por Dios para ser nuestro salvador. Esta fe la proclamamos, la confesamos, la cantamos. Bendito el que viene en el hombre del Señor, Rey de Israel, nuestra cabeza y nuestro Salvador, Hosanna en el cielo.

Ahora bien, aclamarlo es querer que el reine en nosotros, es pedirle: “ven a reinar en nuestra mente, en nuestros corazones y en nuestras vidas”. No reine en nosotros el pecado, la vanidad, el amor propio, nuestros caprichos. Al contrario, aclamamos a Jesús, para seguirlo, para ser sus discípulos.

Jesús, el rey salvador, entra en Jerusalén para entregar su vida por nosotros. Aclamarlo hoy con las voces y con los ramos, es también pedirle que nos haga participar de su salvación, de la entrega que hizo por nosotros y nos dé la vida nueva de su reino, aquí en la tierra y definitivamente en el cielo.

Jesús nos revela que Dios es su Padre, de un modo único, porque Él es el Hijo de Dios de un modo único, es un solo Dios con el Padre y el Espíritu Santo. Jesús en su humanidad que tomó de la Virgen María, se entrega, para que nosotros seamos perdonados y reconciliados con el Padre, para que seamos hechos por la fe y el bautismo hijos de adopción de Dios, para llevarnos al Padre.

La entrada de Jesús en Jerusalén y su camino hasta la muerte en cruz es un camino de salvación, es el camino para conducirnos hasta el Padre, no de un modo físico, sino por la transformación de nuestras personas y nuestras vidas.

Ahora nosotros vamos a ir en procesión, en peregrinación, hasta la Iglesia, aclamando a Jesús nuestro Rey y Salvador, el Hijo de Dios que tenía que venir al mundo.
Una procesión no es una caminata, no es tampoco una manifestación para reclamar algo, no es un paseo.
Una procesión y una peregrinación es significar con nuestro cuerpo, con nuestro andar, que vamos hacia una meta, y nuestra meta es Dios. Y en nuestra procesión vamos conducidos por Jesús, aclamándolo, y siguiéndolo. Jesús es el camino, la verdad y la vida. Por él vamos hacia el Padre. El canto y las oraciones de la Iglesia expresan el sentido esta procesión: cantémoslos.

El mundo tienen está en continuo movimiento para todos lados, sin rumbo ni sentido. Nos ofrece tomar, usar y tirar, tanto a las cosas como a las personas. Llega hasta la desesperación de presentar como libertad el afirmar que no hay un sentido del hombre, no hay una ley natural, no hay un proyecto de santidad, no hay meta de vida eterna. Es un mundo cínico y desesperanzado.
Crea mucho movimiento es turismo o paseo para rellenar la vida con distracciones.

Guiados por la fe y la razón, bajo la luz de nuestro Creador y Salvador, nosotros afirmamos que hay un fundamento, una verdad para el hombre, un sentido para cada uno, que viene de Dios.
Nosotros reconocemos y creemos que hay una meta el Padre y con él la vida eterna, de la que Jesús nos hace partícipes por su resurrección y entrada en los cielos.
Hay un camino: Jesús, por su pasión y muerte, por su cruz.
Hay un orden en este caminar hacia la meta: el llamado del Padre, la voluntad de Dios.
Hay una manera de asociarnos a ese orden y ese camino hacia la meta: unirnos a la cruz de Cristo, unirnos a la obediencia de Cristo al Padre.
Al aclamar a Jesús, queremos unirnos a su obediencia al Padre. Como somos seres inteligentes y libres, es por nuestra libertad, nuestra obediencia, nuestra entrega en unión con Jesús que vamos hacia el Dios y Padre nuestro.
Aclamemos a Jesús como salvador y rey, queriendo ser sus discípulos como Él lo enseña: el que quiere ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. El que pierda la vida por mí y el Evangelio y la encontrará, como regalo de Cristo Rey vencedor en la cruz y resurrección y que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.