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La Iglesia en los medios Acusado de abuso sexual, sacerdote de Fraile Muerto huye a su Colombia natal

CARAS Y CARETAS |
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El sacerdote Fernando, quien desde hace seis años reviste como párroco de la parroquia de Fraile Muerto, huyó a Colombia luego de ser acusado de abuso sexual en varias pintadas callejeras.

Varias paredes de Fraile Muerto lucían pintadas alusivas al cura Fernando, oriundo de Colombia pero que desde hace seis años se desempeñaba como párroco de Fraile Muerto, en el departamento de Cerro Largo. Los escritos no auguraban nada bueno, algunos llevaban su nombre, otros eran dibujos donde el cura aparecía bien representado y todas referían a abusos sexuales, tanto a menores como a mayores de edad, cometidos por el sacerdote.

Un comunicado del obispo de Melo, Heriberto Bodeant, dice lo siguiente:

Con respecto a la situación que está viviendo la comunidad parroquial de Fraile Muerto, de la que se ha marchado el sacerdote colombiano que se encontraba a cargo, quiero hacer algunas aclaraciones:

En primer lugar, no se recibió en el Obispado ninguna denuncia formal sobre abuso de menores. En cambio, en el gimnasio de Fraile Muerto apareció un escrito que aludía al sacerdote, involucrándolo sexualmente con tres personas.

En una conversación que inmediatamente sostuve con el sacerdote alegó que el escrito en la pared era “una calumnia” y manifestó su deseo de volver a Colombia para atender su salud, porque se sentía muy estresado, y la de sus padres, ya ancianos.

Le manifesté que, ante todo, esa situación debía ser aclarada y que no podía permitirle ausentarse del país.

Ese día me trasladé a Fraile Muerto. Pude ver una foto de la pintada, que ya había sido tapada. Allí se aludía a tres personas, de sexo masculino: una de ellas con su apellido, a quien pudimos identificar, mayor de edad; las otras dos por sobrenombres, que hasta ahora no se ha llegado a identificar.

Constatado esto, se inició una investigación y se interrogó al sacerdote, que negó haber tenido relaciones sexuales con nadie.

En todo tiempo siguió insistiendo en que quería volver a Colombia. Solicitó ayuda para hacerlo y se le negó. Se le dijo rotundamente que no se le daba autorización para retirarse de la diócesis sin que se aclarara debidamente si había ocurrido algo o no.

A pesar de las advertencias, el 31 de julio el sacerdote regresó a Colombia. Consumado ese hecho, hice un decreto suspendiéndolo en su ministerio e intimándolo a regresar. El decreto fue enviado a las autoridades de la diócesis en la que actualmente reside, para que le sea comunicado y para que la Iglesia en Colombia esté en conocimiento de la situación del sacerdote.

La investigación sobre la conducta del sacerdote sigue abierta, buscando establecer cuál es la verdad. Toda persona que desee aportar información al respecto será recibida y escuchada.

El sacerdocio, en la Iglesia Católica, no es un trabajo o una profesión que se ejerce dentro de un horario, quedando el resto del tiempo en un ámbito de vida privada donde cada uno lleva su vida como le parece. No. El sacerdocio es un estado de vida. El sacerdote, antes de su ordenación, hace una promesa de celibato. Eso es parte de su total consagración a Dios y al prójimo. Se compromete así a vivir en abstinencia de relaciones sexuales, canalizando su afectividad en la consagración que ha hecho. El celibato bien entendido no es una auto represión, sino una forma de vivir una entrega de la propia persona a Dios y a los hermanos. Una promesa difícil de vivir, porque el sacerdote sigue siendo un ser humano frágil. Por eso, debe buscar siempre la fuerza que da la Gracia de Dios a través de su vida de oración y su participación en los Sacramentos. El sacerdote que incumple su promesa y comienza una vida de promiscuidad sexual, está traicionando la vocación que recibió de Dios y la promesa con la que ha respondido a ese llamado.

La acusación de promiscuidad sexual contra un sacerdote es una acusación muy seria, porque se le está acusando de una falta moral muy grave. Si esa acusación es probada, la Iglesia sanciona esa conducta con penas que pueden llegar hasta la expulsión como miembro del clero. Eso se hace a través de un proceso eclesiástico, que se inicia con una investigación.

En cambio, si un sacerdote tiene relaciones con personas menores de edad, se trata de algo aún más grave y que configura un delito en el que la justicia de los Estados también interviene, de acuerdo con las leyes de cada país. De probarse esos delitos, existen penas de prisión, como sucede en Uruguay. La Conferencia Episcopal dispone de una línea telefónica para recoger eventuales denuncias de esos delitos, 095 382 465.