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La Iglesia en los medios A 50 años de la gran reforma de la Iglesia

EL PAÍS |

ELISABETTA PIQUÉ | LA NACIÓN/GDA

¿Revolución o reforma? ¿Ruptura o continuidad? El 11 de octubre de 1962, hace 50 años, tuvo su inicio el Concilio Ecuménico Vaticano II, evento histórico que significó un antes y un después para la Iglesia Católica.

El concilio fue anunciado por Juan XXIII el “papa bueno” ante un grupo de cardenales que se quedaron boquiabiertos el 25 de enero de 1959. Pero arrancó el 11 de octubre de 1962, cuando unos 3.000 obispos de todo el mundo -2090 de Europa y del continente americano, 408 de Asia, 351 de África y 74 de Oceanía-, atravesaron la Plaza de San Pedro en una procesión solemne hacia la Basílica de San Pedro, sede de los trabajos. Muerto el “papa bueno” en junio de 1963, fue su sucesor, Pablo VI, quien condujo el Concilio hasta su fin, el 8 de diciembre de 1965.

Evento histórico que desató tensiones y que aún suscita fuertes discusiones sobre su interpretación -¿provocó una ruptura, una reforma o fue el origen de la crisis del catolicismo de las últimas décadas?-, el Concilio Vaticano II marcó la apertura de la Iglesia Católica al mundo moderno, en su intento de aggiornarse al hombre contemporáneo, para salir de un encierro casi medieval.

Campo de batalla entre tradicionalistas y progresistas hace 50 años -y aún hoy-, el Concilio produjo cambios revolucionarios. El más importante, el de la liturgia: antes de él, la misa era en latín y el sacerdote la celebraba de espaldas a los fieles.

Pero fueron muchas otras las reformas: antes del Concilio la Biblia era un objeto desconocido para gran parte de los fieles, pocos tenían un ejemplar en su casa o se sentían capaces de leerla. Los que no eran católicos y las otras religiones eran vistos con desconfianza y sospecha. Antes del Concilio había menos diálogo entre el clero y los fieles, y ni el Tercer Mundo ni los pobres estaban en el centro de atención de la Iglesia.

A partir del Concilio, que inyectó gran esperanza, hubo fuertes avances. No sólo en la renovación de la liturgia -que también derivó en abusos-, sino también en el diálogo tanto ecuménico (con las otras iglesias cristianas), como interreligioso y especialmente con los judíos, antes definidos “pérfidos”. La nueva relación con los marginados del mundo -impulsada en el Concilio por el obispo brasileño Helder Cámara- dio lugar en América latina al movimiento de sacerdotes para el Tercer Mundo y a la después castigada Teología de la Liberación.

Los vientos de cambio que comenzaron a soplar con el Concilio Vaticano II también dieron lugar en 1996 al cisma de los ultratradicionalistas lefebvrianos, que nunca digirieron cuatro puntos centrales de aquél: la nueva liturgia, el diálogo con las otras religiones, el ecumenismo y la libertad religiosa.

Tal como recordó esta semana en la audiencia general de los miércoles, como joven teólogo, asistente del arzobispo de Colonia Joseph Frings, Joseph Ratzinger fue testigo del Concilio Vaticano II, que definió como “un gran evento eclesial, cuyos documentos siguen siendo una brújula para nuestro tiempo”. Entonces, cuando vivió una “experiencia única” y fue testigo de “una Iglesia viva, esperanzada y alegre”, el futuro papa alemán se encontraba entre los peritos progresistas alemanes. No por nada en una entrevista de 1977 Ratzinger dijo que el Concilio fue “un terremoto y al mismo tiempo una crisis saludable”. Décadas más tarde, como papa de clara línea conservadora, habló de otra forma. En su primer discurso a la Curia para los saludos navideños de 2005 -y al cumplirse el 40° aniversario del fin del Concilio-, Benedicto XVI admitió que en gran parte de la Iglesia fue “difícil” la recepción de este evento. “Todo depende de la justa interpretación del Concilio o, como diríamos hoy, de su justa hermenéutica, de su justa llave de lectura y de su aplicación”, dijo. Y explicó que los problemas comenzaron desde el momento en que dos hermenéuticas contrarias -la “de la discontinuidad y la ruptura” y la “de la reforma, de la renovación en continuidad”- se enfrentaron.

Más allá de las interpretaciones, vastos sectores de la Iglesia Católica sienten que aún deben cosecharse los frutos sembrados en el Concilio Vaticano II.

“Como la Iglesia oficial se hizo resistente al espíritu del Vaticano II, muchos católicos encontraron una manera para trabajar desde la Iglesia siendo fieles al cambio que ellos pensaban que era lo que el Vaticano II pretendía: una Iglesia colegiada y democrática; pluralismo y diálogo dentro de la Iglesia; igualdad de género y aceptación de diversas orientaciones sexuales; la ordenación de las mujeres y de personas casadas para el servicio del pueblo de Dios y no para propiciar un nuevo clericalismo; la separación de la religión y el Estado”, dijo Vittorio Bellavite, del movimiento católico progresista Somos Iglesia.

Decepcionado ante la falta de reformas, un movimiento de sacerdotes austríaco lanzó en 2006 un llamado a la desobediencia -denominado ” Pfarrer initiative”-, que reclama, entre otras cosas, el sacerdocio femenino, la comunión a los divorciados vueltos a casar, la abolición de la obligación del celibato y la apertura de los laicos. El movimiento rebelde se ha expandido también en Alemania, creando gran preocupación en Roma.

Nadie tampoco olvida que en octubre de 1999, durante el Sínodo de Obispos para Europa, el recientemente fallecido cardenal Carlo Maria Martini -ícono del ala progresista de la Iglesia- creó gran revuelo al manifestar la necesidad de un nuevo concilio. ¿Temas a tratar? La falta de sacerdotes ordenados, el papel de la mujer, la sexualidad, la disciplina del matrimonio y la praxis de la penitencia.

Concilio Vaticano II

Esta semana, se cumplieron los 50 años del inicio del Concilio Ecoménico Vaticano II, inspiración de Juan XXIII, un papa anciano que debía ser de transición pero que con su intuición terminó sacudiendo a la Iglesia Católica. Fue el mismo Juan XXIII, llamado “el papa bueno”, quien el 25 de enero de 1959 anunció el Concilio ante un grupo de cardenales que se quedaron boquiabiertos; pero sus reformas comenzaron lentamente a aplicarse a partir del 11 de octubre de 1962. En aquel momento significó una ruptura con tradiciones que venían desde el medioevo, pero hoy, nuevamente, se alzan voces para pedir la abolición del celibato y la comunión de los divorciados.