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La Iglesia en los medios 1968: 50 años del Uruguay intenso [menciona a los jesuitas]

180 |
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Por Gabriel Quirici.

El “año de todos los extremos” le llama la historiadora Magdalena Broquetas en virtud de la radicalización de los procesos de violencia política callejera, estatal y simbólica que pusieron de manifiesto la crisis del Uruguay liberal en todas sus dimensiones.

Se arrastraban diez años de estancamiento económico: el PBI per cápita casi que no crecía desde 1957, los intentos de reformas dirigidos por los colegiados blancos (1959-66) no habían obtenido resultados satisfactorios y el modelo de industrialización hacia adentro (exitoso hasta mediados de los años 50) daba sus últimos estertores en medio del agotamiento de la capacidad instalada, la escasez de divisas y el nulo crecimiento del agro.

La crisis bancaria había golpeado fuertemente al país en 1965 con el desplome de Transatlántico y otras entidades financieras, y la alta inflación se convertía en una fuente incontrolable de redistribución forzada del ingreso, como señalan los economistas Walter Cancela y Alicia Melgar en “El desarrollo frustrado”. Perjudicaba  a los sectores con ingresos fijos que no tenían capacidad de ajustar su capacidad de compra a la depreciación de la moneda. En paralelo, la especulación y los negociados eran tema de frecuentes denuncias en la prensa, y no parecía encontrarse un norte político para reactivar al Uruguay. Un país que hacía rato ya que había dejado de dar oportunidades a su población y que de ser receptor de inmigrantes en los cincuenta, pasó a tener más de 10.000 emigrados por año en los sesenta.

La región a su vez estaba convulsionada por la Guerra Fría, la dictadura de Brasil consolidada desde 1964 se veía acompañada por la reciente toma del poder militar en Argentina (Onganía, 1967) y practicaban tanto una política de represión a los movimientos sociales y juveniles con marcado discurso anticomunista, como estrategias de ajuste económico de shock para controlar precios y salarios. Al mismo tiempo soplaban vientos revolucionarios en algunos grupos que miraban como ejemplo lo ocurrido en Cuba, mientras cobraba mayor influencia la estrategia económica norteamericana a través del FMI. En medio de una pérdida de prestigio y liderazgo de los Estados Unidos por su intervención imperialista en Vietnam y la represión a los movimientos civiles internos además del asesinato de sus líderes como Martin Luther King en abril y Bobby Kennedy en junio.

Tiempos de mucha intensidad internacional y también de cambios en las sensibilidades y las formas de hacer política: la extensión de la juventud y los horizontes temporales y experienciales que hacían parecer posible (y para algunos absolutamente necesaria) la revolución o la represión antidemocrática, estaban más a la orden del día que antes.

Si bien en la previa al 68 el clima fue de creciente polarización política (hubo rumores de golpe en 1965, aparecieron bandas fascistas y pequeños grupos revolucionarios) lejos de perder las coordenadas democráticas, Uruguay ensayó un cambio constitucional reestrenando la forma presidencialista en 1967 con el retorno de los colorados al gobierno liderados por Oscar Gestido. El veterano general retirado intentó varios planes sin éxito pero la edad y el estrés terminaron con su vida en diciembre de aquel año.

El 68 en sí

El mes anterior al cambio de año, Jorge Pacheco Areco se estrenó como presidente y lo hizo con un decreto de proscripción de partidos de izquierda favorables a la revolución y la clausura de cinco medios de prensa. A lo largo del 68 la figura del presidente se fue irá convirtiendo en un centro de poder y tensiones muy importante. Hay que tener en cuenta que es muy probable que la “dureza de estilo” con la que está asociada pueda explicarse en parte por su debilidad inicial. Pacheco no tenía un grupo político propio, carecía de redes de militantes o de asesores y contactos en las esferas de poder y asumió con extremo gesto de gravedad los desafíos que tuvo por delante.

En el Partido Colorado hubo pujas por participar del gabinete, por lograr que Pacheco siguiera sus consejos (Jorge Batlle todo el tiempo se mostraba como referente y genio de la línea económica neoliberal como solución) y otros como el vicepresidente Alberto Abdala intentaban que Pacheco renunciara para asumir el cargo, mostrándolo débil y sin capacidad.

Eso llevó en parte a que Pacheco se separara del elenco político tradicional y comenzara a ver con buenos ojos la incorporación de actores de las “fuerzas vivas” en lo que fue conocido a partir de marzo como el “gabinete empresarial”. Lo que a su vez tuvo consecuencias en las decisiones de política económica a encarar.

El Ejército por su parte mostraba una gran mayoría de oficiales constitucionalistas y legalistas, alejados de la Doctrina de la Seguridad Nacional de Estados Unidos. En enero 543 oficiales votaron en contra de reconocer a los caídos en América en manos de las guerrillas, frente a 240 que sí lo querían hacer. La principal figura era el Jefe de la Región militar Nº 3, Gral. Líber Seregni, factor de estabilidad para la continuidad de Pacheco al momento de conocerse la muerte de Gestido. Pero el rol del Ejército y la situación de Seregni habrían de cambiar.

Uruguay mantenía los problemas económicos mencionados. Se planteaba seguir la receta fondomonetarista de ajuste y el semanario Marcha denunciaba en enero, que eso llevaría a la congelación de precios y salarios. Mientras voceros del gobierno desmentían tal denuncia, el Ministro de Economía negoció un préstamo del FMI y consiguió un acuerdo para que el dinero llegara en marzo. Pero a poco de intentar andar aparece la noticia en abril de que habrá una devaluación importante. Lo extraño fue que el diario BP Color lo anunció con exactitud el día anterior (“Mañana el dólar valdrá 250 pesos”) y esto generó sospechas de que había algún infidente en el equipo económico que había pasado el dato, no solo al diario, sino probablemente a otros agentes de mercado que contaron con información privilegiada para pasarse a la divisa verde antes de que se concretara el cambio. Esto se conoció como la “infidencia” y salpicó, sin que haya pruebas concluyentes, al entorno de Jorge Batlle, desprestigiando al sistema político y bancario en un contexto de recesión.

Además de los problemas políticos y financieros, el país atravesaba otros frentes de protestas: la Federación Rural no quería pagar más detracciones, los empresarios se quejaban de los consejos de salarios, los obreros reclaman por la canasta básica y la CNT pide hacer un frente común opositor. También llegan los cañeros en su tercera marcha sobre Montevideo, a los que se suman los remolacheros y en Fray Bentos los trabajadores demandaban la nacionalización del Anglo a punto de fundirse, mientras que los tamberos eran militarizados por negarse a vender a pérdida y los bancarios amenazados en función de que los paros perjudicaban la dinámica de la city. En ese contexto se celebró un Primero de Mayo con disturbios entre la policía y los manifestantes provocado por agitadores infiltrados por el Ministerio del Interior, como testimonia Di Candia en su colección “Memoria de la violencia” publicada por El País.

Un mayo de recesión, represión, corrupción, aumento del combustible… y  comenzó a crecer la agitación estudiantil reclamando por la suba del boleto (la nafta había duplicado su valor). El gobierno decreta la congelación de la canasta básica porque los precios siguen subiendo. Hay incidentes en 18 de Julio. Los sacerdotes jesuitas reciben a los cañeros. Se ocupan casi veinte liceos. AEBU hace paros. Caen dos ministros interpelados por el parlamento. Bandas de derecha atentan contra la sede de la UJC. La sucesión incontenible de hechos puede seguir en la Cronología 1967-73 coordinada por el historiador Carlos Demasi.

Entonces el gobierno decide tomar la iniciativa y establecer su noción de orden. Pacheco dice en cadena de radio y televisión que el principal enemigo del país es la inflación y se propone actuar. En junio, como si fuera un invierno caliente, y en este orden cronológico, el Poder Ejecutivo decreta Medidas Prontas de Seguridad (el 13 de junio) y luego la Congelación de Precios y Salarios (el 28 de junio). Justo antes de que se iniciaran las rondas de Consejos de Salarios y cuando la inflación alcanzaba el histórico récord de 167%.

Las Medidas Prontas de Seguridad para el control callejero y estudiantil, más la militarización de los funcionarios de Subsistencias (para que no hicieran paro y se repartieran los bienes básicos). El shock económico para intentar controlar el espiral inflacionario desde una perspectiva monetarista que restableciera un equilibrio en el mercado ya descontrolado, pero en clara desventaja para los sectores asalariados.

Vale detenerse en la crono otra vez, porque aquí estuvo el punto de fuga. Los sectores movilizados intentaron manifestar su disconformidad, pero toparon con una represión más decidida y con un ejercicio periódico de la censura que prohibía informar de la realización de paros u ocupaciones para dar la sensación de estabilidad. Se intervinieron los liceos, la UTU, la Universidad, se militarizó a los funcionarios bancarios pero igual se protestó. El parlamento fue convocado para levantar las Medidas Prontas de Seguridad pero los aliados al Poder Ejecutivo no dieron el quórum. Varios ministros renunciaron y en agosto, moría luego de un enfrentamiento frente a Veterinaria, Líber Arce. Gran consternación y decenas de miles a su entierro, que terminó en disturbios. El Uruguay de convivencia democrática estaba profundamente herido, y para peor, crecerían, como ellos nunca hubieran esperado, los grupos pequeños de acción directa, en especial el Movimiento de Liberación Nacional con sus operativos de secuestro y robo a bancos, pasando de la etapa “Robin Hood” a la “militarización” de sus acciones. Los Tupamaros, que casi no formaban parte de la agenda política, debido a sus dificultades y escasa dimensión, y que ni siquiera habían merecido una mención en la justificación del decreto de Medidas Prontas, cobraron protagonismo.

La situación en la enseñanza nunca pudo ser del todo controlada, ocupaciones, marchas, pedreas, atentados fascistas, intervención policial y dos asesinatos más (Susana Pintos y Hugo de los Santos). Tanto que  a fines de setiembre se suspendieron los cursos hasta mediados de octubre. Los disturbios callejeros intermintentes (quema de autos y buses) se sucedían como las censuras a medios de prensa, mientras los precios se estabilizaban. Varios actores políticos comenzaron a entrever la posibilidad de crear una alianza nueva y en filas nacionalistas el gran ex-ministro de Ganadería, ahora senador interpelante (Wilson Ferreira) se perfila como opositor candidateable para hacerle frente a Pacheco, quien, a su vez, con un magistral uso de la cadena de radio y televisión lograba construir una imagen de autoridad y decisión inimaginada al momento de la muerte de Gestido.

En noviembre, por desavenencias internas y discrepancias políticas, el Gral Seregni pidió la baja y se reunió con Pacheco. A poco días muchos oficiales le siguieron el ejemplo y el gobierno clausuró los diarios que publicaron su manifiesto de apoyo a Seregni. La correlación entre demócratas y seguidores de la Doctrina de la Seguridad Nacional cambiaría de forma favorable a estos en las FFAA. Seregni había manifestado públicamente su desacuerdo con las militarizaciones y se proponía dedicarse a la vida política para construir una alternativa amplia y artiguista. Los sectores más nacionalistas y anticomunistas tendrían ahora un peso mayoritario a la interna militar.

El año se cerraba con una economía estable y sin inflación, un salario real por el piso, un presidente fortalecido y un movimiento social radicalizado con opciones democráticas todavía, pero con la percepción de que la democracia en parte, estaba agotada. Para muchos actores las formas tradicionales se veían agotadas, las historias de diálogo y reforma institucional parecían no tener horizonte. La fuerza de los decretos, de la represión y o de la protesta tomaban mayor voltaje, y los discursos salvacionistas o mesiánicos también. El politólogo Francisco Panizza, en “Uruguay Batllismo y después” sugiere la idea de que el Uruguay que procesaba sus conflictos a través de una hegemonía incompleta y la articulación entre fracciones partidarias y grupo sociales, se estaba agotando. Las soluciones extremas comenzaron a tener más audiencia.  No fueron aún las mayorías: porque muchos blancos apostarían por una refundación del partido liderados por Wilson y un programa de cambios democráticos, otro grupo importante de uruguayos creyó que fundando un nuevo partido habría chance de hacer reformas profundas y se irían juntando en el futuro Frente Amplio, también un parte colorada apostaba por el liberalismo democrático. Pero al mismo tiempo, y sobre todo después de junio del 68, la derechización discursiva y autoritaria de parte del estado y de grupo sociales ligados al ruralismo y a los movimientos conservadores ganó terreno y generó una reacción radical del otro extremo del arco ideológico, que ya no veía nada democrático en el contexto de represión, censura y muerte, y se volcó a la lucha armada. Por eso el 68 fue el año del crack político del Uruguay liberal y comenzó a quebrarse la democracia.